domingo, 30 de enero de 2011

GALERIA DE FOTOS DE JOSE MARIA ARGUEDAS

ARGUEDAS Y LA SITUACION POLITICA ACTUAL

por Juan Cristóbal
(Lima, 1 de febrero, del 2011)

Seré lo más breve posible, por razones personales. Sin embargo, una atingencia preliminar, antes de entrar al meollo de lo que deseo esbozar.  Se ha conmemorado los cien años del nacimiento de Arguedas en todos los rincones del país y eso nos vuelve a preguntarnos (como volviendo los ojos sobre el hombro, como diría Vallejo) si la obra de JMA es y sigue siendo una “utopía arcaica” como nos decía el famoso novelista y sus varios seguidores.

En los diferentes reconocimientos que se han hecho, por parte de crìticos literarios, agrupaciones culturales, políticos y estudiosos de la obra de JMA, hay varios temas olvidados, pero hay uno central que atraviesa tanto el universo literario como el político-social. Y es el tema del mestizaje.

Apoyándome en una notable crìtico literario y profesor universitario, Alberto Escobar (olvidado por los actuales estudiosos de la literatura y especialmente en su visión y postura sobre Arguedas), en un trabajo que se editó en 1981, por The University of Chicago, titulado “Arguedas, el desmitificador del indio y del rito indigenista”, que pertenecìa a otro mayor (que no sé si se editó), en ese texto se rescata la posición nítida de Arguedas sobre el problema del mestizaje, tanto en lo literario como en la sociedad peruana.

Sintetizando tal postura: Arguedas planteaba que el problema del mestizaje tiene una historia y un desarrollo. La historia es desde la propia conquista española y su visión virreynal y colonial del indio y de la sociedad, cuestión que todavía perdura en la variada literatura peruana y en el plano político, social y moral del país.

Y su desarrollo es el choque de ambos mundos y visiones culturales (dentro de propios y específicos desarrollos), especialmente a partir de la década del 30, en la que se interactúan e interinfluencian, muchas veces de manera frontal. Pero dice Arguedas y reafirma Escobar, el mestizaje no debe ni puede quedarse en esa situación, sino que debe resolverse, tanto en el ámbito cultural como político-social, dentro de las condiciones en la que la situación social la conduzca.

La mayor parte de los crìticos literarios y escritores han pisado pero no han pasado la raya del término “mestizaje” y se han quedado allí sin proseguir en su enfrentamiento con el otro mundo (recuèrdese la famosa pero estéril polémica de “andinos y mestizos”). Lo mismo sucede con los políticos actuales. Por eso, ahora se puede saber porque los que se llamaron en un tiempo “socialistas” ahora son “nacionalistas”.

Sin embargo, JMA, al que tanto se cita y recuerda por literatos y politicos en la actualidad, si planteó la solución a este problema central. Pero los “conmemoradores” (oficiales y no) no lo han querido ver. Para terminar cita a otro “olvidado”, al narrador Carlos Meneses, que aborda lúcidamente el tema en este punto. Dice en un reciente artículo “No se debe odiar a Arguedas”, publicado en el blog “Bosque de Palabras” de Julio Carmona:

“(“Todas las sangres”). Cada página que concluía era un retrato de lo que significa la desigualdad. Una porción del dolor del auténtico peruano maltratado. Sentía voces lanzadas con ferocidad, y ayes, quejidos como toda respuesta. De las páginas del libro salían los indios heridos, sus mujeres violadas, los niños sin alfabeto y trabajando desde que tenían uso de razón. ¿Y quién tiene la culpa? ¿Y quién queda indiferente ante ese cuadro? ¿Y quién manda y se adueña de todo?

Uno piensa cuando termina la lectura de “Todas las sangres”, ¿Arguedas estuvo presente en ese mundo? ¿Arguedas los vio sufrir? ¿Arguedas supo quién tiene la culpa?

 Arguedas vive, ha vivido, vivirá a través de su obra, defendiendo a esos otros peruanos humillados. Demostrando la insolidaridad de muchos y clamando por la igualdad, por los mismos derechos para todos. Y al terminar de leer “Los ríos profundos”, “El zorro de arriba y el zorro de abajo”, “Agua”, “Todas las sangres”, los otros libros en los que Arguedas escribe acerca de la realidad peruana como sobre un pentagrama de dolor, uno se pregunta: ¿Y todo va a seguir igual? ¿Y a pesar de esta denuncia emocionada e inteligente, no habrá cambio? ¿Continuará la indiferencia? ¿La sociedad peruana seguirá fragmentada en muchas partes, por culpa de complejos raciales e injusta distribución de la riqueza?”.

Creemos que la sociedad en su conjunto ya no puede seguir soportando todo este clima de injusticia, mentiras y corrupción en que vivimos. Debemos dar un gran salto y es a ese mundo que Mariátegui y Vallejo llamaron “socialista”.  O “socialismo mágico”, como lo llamo Arguedas. Mundo que no se sabe por qué misteriosas razones tanto se oculta.

 

egipto

sábado, 29 de enero de 2011

MAYNOR FREYRE COMENTA . POEMARIOS HORRIDAS MAÑANAS Y KAFKA DE JUAN CRISTOBAL

Nota : Como no se pudo presentar formalmente los poemarios antes mencionados, nuestro blog invita a un grupo poetas y/o críticos literarios que expresen su opinión sobre la poesía recientemente escrita de nuestro querido poeta Juan Cristobal. Asi mismo recordamos que se encuentran en venta en la librerias El Virrey. y en la distribuidora Ar Kabas (6525350)

viernes, 28 de enero de 2011

MARCO AURELIO DENEGRI ENTREVISTA A CARMEN ROSA PINILLA

RICARDO RAEZ ; EL SUICIDA INCOMODO ( 1911-1969) (BLOG PARABIENOPARAMAL)

Dicen que la personalidad de José María Arguedas era el producto de su niñez en la sierra marcada por capítulos de enorme tristeza y esporádicas alegrías: el maltrato de su madrastra y hermanastro, su convivencia con campesinos indios, y los cientos de viajes que realizó con su padre, donde sufrió en carne propia el rechazo a lo andino. Esas experiencias forjaron en él una percepción especial de lo cruel que puede ser el hombre. Por ello, sus novelas describen con maestría las eternas injusticias del Perú e identifican con claridad a los que pelean sin escrúpulos por el poder.

Entre los grupos que pasaron por el escrutinio de Arguedas está el Apra. En la terrible El Sexto - una novela que recrea la vida en esa cárcel a fines de los 30- deja que Pedro, uno de los dirigentes comunistas que están encerrados con Gabriel, el personaje principal, explique a lo que se dedica el partido de la estrella:

El oportunismo al menudeo y en lo grande es la línea fiel del apra. Y por tanto maniobrar, se embarullan, se extravían, se embrollan ellos mismos. La doctrina no es ni quiere el “jefe” que sea clara. Tampoco la puede plantear claramente. No es por entero fascista; declara ser marxista y está contra el comunismo, es anti-imperalista y ataca a la URSS para neutralizar o ganarse el apoyo de los Estados Unidos. El “jefe” se proclama antifeudal, pero se rodea de señores que son grandes del norte; ellos lo esconden en sus casas, lo protegen, hasta lo mantienen; y es ídolo de los obreros de esos mismos señores feudales. Engaña a unos y a otros; recibe el halago de los poderosos, por lo bajo, en las alcobas, y mantiene enlace con los proletarios de los ingenios, aparece ante ellos como el revolucionario incorruptible y sacrificado. Pero ¿qué les ofrece? Adjetivos, adjetivos.En la actualidad, solo sería cuestión de cambiar fascista por socialdemócrata o señores del norte por mineros, para entender que el oportunismo sigue tan vigente como hace 70 años. El "jefe", así como ahora lo es Alan García, lo era en ese tiempo Víctor Raúl Haya de la Torre. Estoy seguro que a Meche Aráoz no le hicieron leer El Sexto en la Universidad del Pacífico.

Arguedas quiso suicidarse desde siempre, pero recién se atrevió cuando ya había vomitado las tétricas visiones que lo siguieron durante toda la vida. Y arrojó todo con una sensibilidad que conmueve y genera profundas reflexiones. Ahora que Mario Vargas Llosa es su pata, Alan no tenía a nada que temerle para acabar su mandato de la mano de los intelectuales, que hasta Ministerio de Cultura tienen. Su última gran incomodidad era el escritor suicida y se lo sacó de encima cuando prefirió que 2011 sea el aniversario 100, pero de Machu Picchu.

Sin embargo José María merece que este sea su año. La única forma de que mantengamos su brillante espíritu con nosotros es que todos leamos sus obras y las entendamos de una buena vez.

ALICIA MAGUIÑA

ALICIA MAGUIÑA ( ENTREVISTA 280111) RECUERDOS Y HOMENAJE A JOSE MARIA ARGUEDAS

ALICIA MAGUIÑA (ENTREVISTA 280111) RECUERDOS Y HOMENAJE A JOSE MARIA ARGUEDAS



Para el blog SPA, fue muy grato entrevistar a la gran artista nacional Alicia Maguiña. Somos admiradores de su arte y su trayectoria. Se le escucha en Radio Nacional los Lunes, Miércoles y Viernes de 2 a 3 pm.






Mi padre también fue magistrado al igual que los padres de José María y Alicia Maguiña. Nacido en Chalhuanca, Apurimac, siempre tenía en sus manos un libro del autor de Ríos Profundos.










Doña Alicia nos brinda con esta entrevista nuevas aristas del conocimiento del amauta Arguedas: entre ella no a la división de la costa versus la sierra; muchos de los que celebran hoy día el centenario; no hicieron nada en el momento que falleció. Wiñata kausansin José María no es un homenaje a su vida sino es una ofrenda sentida a su muerte. La brega de doña Alicia, en estos momentos, contra los que alegremente expresan sin conocimiento de causa sobre la vida y la obra de JOSE MARIA ARGUEDAS.


Doña Alicia le agradecemos el valioso tiempo que nos brindo; podemos decir de ella que su apuesta por los pobres, por los que sufren la opresión, su lucha por un arte nacional, contra los prejuicios de la herencia colonial, su lucha gremial por los compañeros artistas: es un ejemplo usted es una mujer muy bella, y al igual que Arguedas de valiente corazón.




No acostumbramos firmar, no piensen que nos ocultamos en anonimato, ni secretismo, sino que bregamos contra el culto a la personalidad. Pero esta vez lo amerita con sobradas razones.


LUIS ANAMARIA
29.01.11
0.38 AM



El papel del trabajo hoy


Temas Económicos - 2


EL PAPEL DEL TRABAJO HOY
(Esbozo inicial)
           
Acerca del trabajo, actividad humana encaminada a un fin, los Maestros del proletariado han escrito temas fundamentales. Marx, incluso desde antes de El Manifiesto Comunista y de El Capital, escribió Trabajo Asalariado y Capital (XII-847), Salario, Precio y Ganancia (VI-865), republicados después con ejemplares prólogos de su gran amigo, compañero, camarada. Engels escribió El sistema del trabajo asalariado (VIII-891) Y en 1876 había escrito específicamente El papel del trabajo en la transformación del mono en hombre, publicado en 1895, medular y orientador análisis acerca del rol del trabajo en la humanización primero y deshumanización después, de la especie humana, que había tratado de manera global en El Origen de la Familia,.. (1884)
            En su polémico El Derecho a la Pereza (1880), Paul Lafargue, analizando el "derecho al trabajo" trató el tema desde otro ángulo, concluyendo que "la máquina es la redentora de la humanidad" Todo depende de si la máquina es propiedad privada o propiedad social. Es el tema cardinal de ahora, con el agotamiento del sistema capitalista.
            La primera experiencia duradera de construcción del socialismo no pudo abolir el esquema heredado de trabajo asalariado (zarabótnaia plata), pero introdujo el subbotnik (sábados comunistas) y el stajanovismo (trabajo de punta por iniciativa individual)
            De la actividad humana, Occidente no recordaba sino el trabajo esclavista, el trabajo servil, el trabajo asalariado. Incluso en castellano trabajo es término esclavista; proviene de tripaliare = torturar, y éste de tripalium = instrumento de tortura. Pero, antes del esclavismo, ¿cómo se desarrollaba la actividad humana? Para más de un investigador era un misterio cómo se desarrollaron culturas como la egipcia. Pero está finalmente comprobado que en Egipto no se conoció la moneda ni el trabajo esclavista generalizado.
            En Sudamérica, el Tawantinsuyu era la etapa superior del socialismo primitivo. Por esta etapa superior, Despotismo, habían pasado antes en el viejo mundo culturas como Egipto. Despotismo, etimológicamente es sinónimo de Señorío, y si uno expresa el carácter negativo otro expresa el carácter positivo del mismo fenómeno, de la misma etapa de desarrollo de la humanidad. Incluso un cronista escribió acerca de El Señorío de los Incas.
            Acerca de este régimen "teocrático y despótico" JCM señaló que "No es posible hablar de tiranía abstractamente. Una tiranía es un hecho concreto. Y es real sólo en la medida en que oprime la voluntad de un pueblo o en que contradice y sofoca su impulso vital. Muchas veces, en la antigüedad, un régimen absolutista y teocrático ha encarnado y representado, por el contrario, esa voluntad y ese impulso. Este parece haber sido el caso del imperio incaico" (18.09.25) Es muy actual este esclarecedor análisis.
            Truncado el proceso autónomo, desapareció la organización estatal (ayllu-marka-suyu-Tawantinsuyu) pero supervivió la comunidad humana que se reorganizaba en ayllus y que fueron incorporados al nuevo sistema como comunidades adscritas a los feudos.
            En estas comunidades supervivió y supervive hasta el presente la forma específica de actividad laboral precolombina, de la cual no queda vestigio histórico en otras latitudes. Esta actividad es triple: ayni-llank'ay-minga (o mink'a) Una expresa reciprocidad, otra expresa iniciativa, otra expresa cooperación. ¿Tiene actualidad este concepto laboral?
            Pues, ¡Sí! Esta trilogía reciprocidad-iniciativa-cooperación es la solución del socialismo a la actividad laboral humana cuando la máquina sea propiedad social.
Ragarro
28.01.11


JOSE MARTI HEROE Y POETA NACIONAL DE CUBA ....28 DE ENERO DE 1853


Cultivo una Rosa Blanca



Cultivo una rosa blanca

En Junio como en Enero,

Para el amigo sincero,

Que me da su mano franca.



Y para el cruel que me arranca

El corazón con que vivo,

Cardo ni ortiga cultivo

cultivo una rosa blanca.





Versos Sencillos



Yo soy un hombre sincero

De donde crece la palma.

Y antes de morirme quiero

Echar mis versos del alma.

Yo vengo de todas partes,

Y hacia todas partes voy:

Arte soy entre las artes,

En los montes, monte soy.

Yo sé los nombres extraños

De las yerbas y las flores,

Y de mortales engaños,

Y de sublimes dolores.

Yo he visto en la noche oscura

Llover sobre mi cabeza

Los rayos de lumbre pura

De la divina belleza.

Alas nacer vi en los hombros

De las mujeres hermosas:

Y salir de los escombros

Volando las mariposas.

He visto vivir a un hombre

Con el puñal al costado,

Sin decir jamás el nombre

De aquella que lo ha matado.

Rápida, como un reflejo,

Dos veces vi el alma, dos:

Cuando murió el pobre viejo,

Cuando ella me dijo adiós.

Temblé una vez –en la reja,

A la entrada de la viña.—

Cuando la bárbara abeja

Picó en la frente a mi niña.

Gocé una vez, de tal suerte

Que gocé cual nunca: --cuando

La sentencia de mi muerte

Leyó el alcalde llorando.



Oigo un suspiro, a través

De las tierras y la mar,

Y no es un suspiro, --es

Que mi hijo va a despertar.

Si dicen que del joyero

Tome la joya mejor

Tomo a un amigo sincero

Y pongo a un lado el amor.

Yo he visto al águila herida

Volar al azul sereno,

Y morir en su guarida

La víbora del veneno.

Yo sé bien que cuando el mundo

Cede, lívido, al descanso,

Sobre el silencio profundo

Murmura el arroyo manso.

Yo he puesto la mano osada

De horror y júbilo yerta,

Sobre la estrella apagada

Que cayó frente a mi puerta.

Oculto en mi pecho bravo

La pena que me lo hiere:

El hijo de un pueblo esclavo

Vive por él, calla, y muere.

Todo es hermoso y constante,

Todo es música y razón,

Y todo, como el diamante,

Antes que luz es carbón.

Yo sé que el necio se entierra

Con gran lujo y con gran llanto,--

Y que no hay fruta en la tierra

Como la del camposanto.

Callo, y entiendo, y me quito

La pompa del rimador:

Cuelgo de un árbol marchito

Mi muceta de doctor.



V



Si ves un monte de espumas,

Es mi verso lo que ves:

Mi verso es un monte, y es

Un abanico de plumas.

Mi verso es como un puñal

Que por el puño echa flor:

Mi verso es un surtidor

Que da un agua de coral.

Mi verso es de un verde claro

Y de un carmín encendido:

Mi verso es un ciervo herido

Que busca en el monte amparo.

Mi verso al valiente agrada:

Mi verso, breve y sincero,

Es del vigor del acero

Con que se funde la espada.



X



El alma trémula y sola

Padece al anochecer:

Hay baile; vamos a ver

La bailarina española.

Han hecho bien en quitar

El banderón de la acera;

Porque si está la bandera,

No sé, yo no puedo entrar.

Ya llega la bailarina:

Soberbia y pálida llega:

¿Cómo dicen que es gallega?

Pues dicen mal: es divina.

Lleva un sombrero torero

Y una capa carmesí:

¡Lo mismo que un alelí!

Que se pusiese un sombrero!

Se ve, de paso, la ceja,

Ceja de mora traidora:

Y la mirada, de mora:

Y como nieve la oreja.

Preludian, bajan la luz,

Y sale en bata y mantón,

La virgen de la Asunción

Bailando un baile andaluz.

Alza, retando, la frente;

Crúzase al hombre la manta:

En arco el brazo levanta:

Mueve despacio el pie ardiente.

Repica con los tacones

El tablado zalamera,

Como si la tabla fuera

Tablado de corazones.

Y va el convite creciendo

En las llamas de los ojos,

Y el manto de flecos rojos

Se va en el aire meciendo.

Súbito, de un salto arranca:

Húrtase, se quiebra, gira:

Abre en dos la cachemira,

Ofrece la bata blanca.

El cuerpo cede y ondea;

La boca abierta provoca;

Es un rosa la boca:

Lentamente taconea.

Recoge, de un débil giro,

El manto de flecos rojos:

Se va, cerrando los ojos,

Se va, como en un suspiro...

Baila muy bien la española;

Es blanco y rojo el mantón:

¡Vuelve, fosca a su rincón,

El alma trémula y sola!



XI



Yo tengo un paje muy fiel

Que me cuida y que me gruñe,

Y al salir, me limpia y bruñe

Mi corona de laurel.

Yo tengo un paje ejemplar

Que no come, que no duerme,

Y que se acurruca a verme

Trabajar, y sollozar.

Salgo, y el vil se desliza

Y en mi bolsillo aparece;

Vuelvo, y el terco me ofrece

Una taza de ceniza.

Si duermo, al rayar el día

Se sienta junto a mi cama:

Si escribo, sangre derrama

Mi paje en la escribanía.

Mi paje, hombre de respeto,

Al andar castañetea:

Hiela mi paje, y chispea:

Mi paje es un esqueleto.



XVIII



Es rubia: el cabello suelto

Da más luz al ojo moro:

Voy, desde entonces, envuelto

En un torbellino de oro.

La abeja estival que zumba

Más ágil por la flor nueva,

No dice, como antes, "tumba":

"Eva" dice: todo es "Eva".

Bajo, en lo oscuro, al temido

Raudal de la catarata:

¡Y brilla el iris, tendido

Sobre las hojas de plata!

Miro, ceñudo, la agreste

Pompa del monte irritado;

¡Y en el alma azul celeste

Brota un jacinto rosado!

Voy, por el bosque, a paseo

A la laguna vecina:

Y entre las ramas la veo,

Y por el agua camina.

La serpiente del jardín

Silva, escupe, y se resbala

Por su agujero: el clarín

Me tiende, trinando, el ala.

¡Arpa soy, salterio soy

Donde vibra el Universo:

Vengo del sol, y al sol voy:

Soy el amor: soy el verso!



XII



Estoy en el baile extraño

De polaina y casaquín

Que dan, del año hacia el fin,

Los cazadores del año.

Una duquesa violeta

Va con un frac colorado:

Marca un vizconde pintado

El tiempo en la pandereta.

Y pasan las chupas rojas;

Pasan los tules de fuego,

Como delante de un ciego

Pasan volando las hojas.



XLV



Sueño con claustros de mármol

Donde en silencio divino

Los héroes, de pie, reposan:

¡De noche, a la luz del alma,

Hablo con ellos: de noche!

Están en fila: paseo

Entre las filas: las manos

De piedra les beso: abren

Los ojos de piedra: mueven

Los labios de piedra: tiemblan

Las barbas de piedra: empuñan

La espada de piedra: lloran:

¡Vibra la espada en la vaina!:

Mudo, les beso la mano.

Hablo con ellos, de noche!

Están en fila: paseo

Entre las filas: lloroso

Me abrazo a un mármol: "Oh mármol,

Dicen que beben tus hijos

Su propia sangre en las copas

Venenosas de sus dueños!

Que hablan la lengua podrida

De sus rufianes! que comen

Juntos el pan del oprobio,

En la mesa ensangrentada!!

Que pierden en lengua inútil

El último fuego!: ¡dicen,

Oh mármol, mármol dormido,

Que ya se ha muerto tu raza!"

Échame en tierra de un bote

El héroe que abrazo: me ase

Del cuello: barre la tierra

Con mi cabeza: levanta

El brazo, ¡el brazo le luce

Lo mismo que un sol!: resuena

La piedra: buscan el cinto

Las manos blancas: del soclo

Saltan los hombres de mármol!



XLVI



Vierte, corazón, tu pena

Donde no se llegue a ver,

Por soberbia, y por no ser

Motivo de pena ajena.

Yo te quiero, verso amigo,

Porque cuando siento el pecho

Ya muy cargado y deshecho,

Parto la carga contigo.

Tú me sufres, tú aposentas

En tu regazo amoroso,

Todo mi ardor doloroso,

Todas mis ansias y afrentas.



Tú, porque yo pueda en calma

Amar y hacer bien, consientes

En enturbiar tus corrientes

En cuanto me agobia el alma.

Tú, porque yo cruce fiero

La tierra, y sin odio, y puro,

Te arrastras, pálido y duro,

Mi amoroso compañero.

Mi vida así se encamina

Al cielo limpia y serena,

Y tú me cargas mi pena

Con tu paciencia divina.

Y porque mi cruel costumbre

De echarme en ti te desvía

De tu dichosa armonía

Y natural mansedumbre;

Porque mis penas arrojo

Sobre tu seno, y lo azotan,

Y tu corriente alborotan,

Y acá lívido, allá rojo,

Blanco allá como la muerte,

Ora arremetes y ruges,

Ora con el peso crujes

De un dolor más que tú fuerte.

¿Habré, como me aconseja

Un corazón mal nacido,

De dejar en el olvido

A aquel que nunca deja?

¡Verso, nos hablan de un Dios

A donde van los difuntos:

Verso, o nos condenan juntos,

O nos salvamos los dos!







La Niña de Guatemala



Quiero, a la sombra de un ala,

Contar este cuento en flor:

La niña de Guatemala,

La que se murió de amor.



Eran de lirios los ramos,

Y las orlas de reseda

Y de jazmín: la enterramos

En una caja de seda.



...Ella dio al desmemoriado

Una almohadilla de olor:

El volvió, volvió casado:

Ella se murió de amor.



Iban cargándola en andas

Obispos y embajadores:

Detrás iba el pueblo en tandas,

Todo cargado de flores.



...Ella, por volverlo a ver,

Salió a verlo al mirador:

El volvió con su mujer:

Ella se murió de amor.



Como de bronce candente

Al beso de despedida

Era su frente ¡la frente

Que más he amado en mi vida!



...Se entró de tarde en el río,

La sacó muerta el doctor:

Dicen que murió de frío:

Yo sé que murió de amor.



Allí, en la bóveda helada,

La pusieron en dos bancos:

Besé su mano afilada,

Besé sus zapatos blancos.



Callado, al oscurecer,

Me llamó el enterrador:

¡Nunca más he vuelto a ver

A la que murió de amor!









Homomagno



Homomagno sin ventura

La hirsuta y retostada cabellera

Con sus pálidas manos se mesaba.

"Máscara soy, mentira soy, decía;

Estas carnes y formas, estas barbas

Y rostro, estas memorias de la bestia,

Que como silla a lomo de caballo

Sobre el alma oprimida echan y ajustan,

Por el rayo de luz que el alma mía

En la sombra entrevé, - no son Homomagno!



Mis ojos sólo; los mis caros ojos,

Que me revelan mi disfraz, son míos:

Queman, me queman, nuca duermen, oran,

Y en mi rostro los siento y en el cielo,

Y le cuentan de mí, y a mí de él cuentan.

Por qué, por qué, para cargar en ellos

Un grano ruin de alpiste mal trojado

Talló el Creador mis colosales hombros?

Ando, pregunto, ruinas y cimientos

Vuelco y sacudo, a delirantes sorbos

En la Creación, la madre de mil pechos,

Las fuentes todas de la visa aspiro:

Muerdo, atormento, beso las calladas

Manos de piedra que glpeo.

Con demencia amorosa su invisible

Cabeza con las secas manos mías

Acaricio y destrenzo: por la tierra

Me tiendo compungido y los confusos

Pies, con mi llanto baño y con kis besos.

Y en medio de la noche, palpitante,

Con mis voraces ojos en el cráneo

Y en sus órbitas anchas encendidos,

Trémulo, en mí plegado, hambriento espero,

Por si al próximo sol respuestas vienen;

Y a cada nueva luz –de igual enjuto

Modo, y ruin, la vida me aparece,

Como gota de leche que en cansado

Pezón, al terco ordeño, titubea,-

Como carga de hormiga,- como taza

De agua añeja en la jaula de un jilguero.-"



Remordidas y rotas, ramos de uvas

Estrujadas y negras, las ardientes

Manos del triste Homomagno parecían!



Y la tierra en silencio, y una hermosa

Voz de mi corazón, me contestaron.





Yugo y Estrella



Cuando nací, sin sol, mi madre dijo:

-Flor de mi seno, Homomagno generoso,

De mí y de la creación suma y reflejo,

Pez que en ave y corcel y hombre se torna,

Mira estas dos, que con dolor te brindo,

Insignias de la vida: ve y escoge.

Este, es unyugo: quien lo acepta, goza:

Hace de manso buey, y como presta

Servicio a los eñores, duerme en paja

Calente, y tiene rica y ancha avena.

Ésta, oh misterio que de mí naciste

Cual la cumbre nació de la montaña,

Ésta, que alumbra y mata, es una estrella:

Como que riega luz, los pecadores

Huyen de quien la lleva, y en la vida,

Cual un monstruo de crímenes cargado,

Todo el que lleva luz se queda solo.

Pero el hombre que al buey sin pena imita,

Buey vuelve a ser, y en apagado bruto

La escala universal de nuevo empieza.

El que la estrella sin temor se ciñe,

Como que crea, crece!

Cuando al mundo

De su copa el licor vació ya el vivo:

Cuando, para manjar de la sangrienta

Fiesta humana, sacó contento y grave

Su propio corazón: cuando a los vientos

De Norte y Sur virtió su voz sagrada,-

La estrella como un manto, en luz lo envuelve

Se enciende, como a fiesta, el aire claro,

Y el vivo que a vivir no tuvo miedo,

Se oye que un paso más sube en la sombra!

Dame el yugo, oh mi madre, de manera

Que el puesto en él de pie, luzca en mi frente

Mejor la estrella que ilumina y mata.







Amor de Ciudad Grande



De gorja son y rapidez los tiempos.

Corre cual luz la voz; en lata aguja,

Cual nave despeñada en sirte horrenda,

Húndese el rayo, y en ligera barca

El hombre, como alado, el aire hiende.

¿Así el amor, sin pompa ni misterio

Muere, apenas nacido., de saciado!

Jaula es la villa de palomas muertas

Y ávidos cazadores! Si los pechos

Se rompen de los hombres, y las carnes

Rotas por tierra ruedan, no han de verse

Dentro más que frutillas estrujadas!

Se ama de pie, en las calles, entre el polvo

De los salones y als plazas; muere

La flor que nace. Aquella virgen

Trémula que antes a la muerte daba

La mano pura que a ignorado mozo;

El goce de temer: aquel salirse

Del pecho el corazón; el inefable

Placer de merecer; el grato susto

De caminar deprisa en derechura

Del hogar de la amada, y a sus puertas

Como un niño feliz romper en llanto;-

Y aquel mirar, de nuestro amor al fuego,

Irse tiñiendo de color las rosas,-

Ea, que son patrañas! Pues ¿quién tiene

Tiempo de ser hidalgo? Bien que sienta

Cual áureo vaso o lienzo suntuoso,

Dama gentil en casa de magnate!

O si se tiene sed, se alarga el brazo

Y a la copa que pasa se la apura!

Luego, la copa turbia al polvo rueda,

Y el hábil catador, - manchado el pecho

De una sangre invisible,- sigue alegre,

Coronado de mirtos, su camino!

No son los cuerpos ya sino desechos,

Y fosas, y jirones! Y las almas

No son como en el árbol fruta rica

En cuya blanda piel la almíbar dulce

En su sazón de maduresz rebosa,-

Sino fruta de plaza que a brutales

Golpes el rudo labradoe madura!

¿La edad es ésta de los labios secos!

De las noches sin sueño! De la vida

Estrujada en agraz! ¿Qué es lo que falta

Que la ventura falta? Como liebre

Azorada, el espíritu se esconde,

Trémulo huyendo al cazador que ríe,

Cual en soto selvoso, en nuestro pecho;

Y el deseo, de brazo de la fiebre,

Cual rico cazador recorre el soto.

¡Me espanta la ciudad! ¡Toda está llena

De copas por vaciar, o huecas copas!

¡Tengo miedo ¡ay de mí! De que este vino

Tósigo sea, y en mis venas luego

Cual duende vengador los dientes clave!

¡Tengo sed,- más de un vino que en la tierra

No se sabe beber! ¡No he padecido

Bastante aún, para romper el muro

Que me aparta ¡oh dolor! De mi viñedo!

¡Tomad vosotros, catadores ruines

De vinillos humanos, esos vasos

Donde el jugo de lirio a grandes sorbos

Sin compasión y sin temor se bebe!

Tomad! Yo soy honrado: y tengo miedo!







Príncipe Enano



Para un príncipe enano !Venga mi caballero

Se hace esta fiesta. Por esta senda!

Tiene guedejas rubias, !Entrese mi tirano

Blandas guedejas; Por esta cueva!

Por sobre el hombro blanco Tal es, cuando a mis ojos

Luengas le cuelgan. Su imagen llega,

Sus dos ojos parecen Cual si en lóbrego antro

Estrellas negras: Pálida estrella

!Vuelan, brillan, palpitan, Con fulgores de ópalo

Relampaguean! Todo vistiera.

El para mí es corona, A su paso la sombra

Almohada, espuela. Matices muestra,

Mi mano, que así embrida Como al sol que las hiere

Potros y hienas, Las nubes negras.

Va, mansa y obediente, !Heme ya , puesto en armas,

Donde él la lleva. En la pelea!

Si el ceño frunce, temo; Quiere el príncipe enano

Si se me queja,- Que a luchar vuelva:

Cual de mujer, mi rostro !El para mí es corona,

Nieve se trueca: Almohada, espuela!

Su sangre, pues, anima Y como el sol, quebrando

Mis flacas venas: Las nubes negras,

!Con su gozo mi sangre En banda de colores

Se hincha, o se seca! La sombra trueca,-

Para un príncipe enano El, al tocarla, borda

Se hace esta fiesta. En la onda espesa,

Mi banda de batalla !Entrese mi tirano

Roja y violeta. Por esta cueva!

¿Con que mi dueño quiere !Déjeme que la vida

Que a vivir vuelva? A él, a él le ofrezca!

!Venga mi caballero Para un príncipe enano

Por esta senda! Se hace esta fiesta.





Musa Traviesa



Mi musa? Es un diablillo Contándolo, me inunda

Con ala de ángel. Un gozo grave:-

!Ah, musilla traviesa, Y cual si el monte alegre,

Qué vuelo trae! Queriendo holgarse

Al alba enamorando

Yo suelo, caballero Con voces ágiles,

En sueños graves, Sus hilillos sonoros

Cabalgar horas luengas Desanudase,

Sobre los aires. Y salpicando riscos,

Me entro en nubes rosadas, Labrando esmaltes,

Bajo a hondos mares, Refrescando sedientas

Y en los senos eternos Cálidas cauces,

Hago viajes. Echáralos risueños

Allí asisto a la inmensa Por falda y valle, -

Boda inefable, Así, al alba del alma

Y en los talleres huelgo Regocijándose,

De la luz madre: Mi espíritu encendido

Y con ella es la oscura Me echa a raudales

Vida, radiante, Por las mejillas secas

Y a mis ojos los antros Lágrimas suaves.

Son nidos de ángeles! Me siento, cual si en magno

Al viajero del cielo Templo oficiase:

¿Qué el mundo frágil? Cual si mi alma por mirra

Pues, ¿no saben los hombres Virtiese al aire;

Qué encargo traen? Cual si en mi hombro surgieran

!Rasgarse el bravo pecho, Fuerzas de Atlante;

Vaciar su sangre, Cual si el sol en mi seno

Y andar, andar heridos La luz fraguase: -

Muy largo valle, !Y estallo, hiervo, vibro,

Roto el cuerpo en harapos, Alas me nacen!

Los pies en carne,

Hasta dar sonriendo Suavemente la puerta

-!No en tierra!- exánimes! Del cuarto se abre,

Y entonces sus talleres Y éntranse a él gozosos

La luz les abre, Luz, risas, aire.

Y ven lo que yo veo: Al par da el sol en mi alma

¿Qué el mundo frágil? Y en los cristales:

Seres hay de montaña, !Por la puerta se ha entrado

seres de valle, Mi diablo ángel!

Y seres de pantanos ¿Qué fue de aquellos sueños,

Y lodazales. De mi viaje,

Del papel amarillo,

De mis sueños desciendo, Del llanto suave?

Volando vanse, Cual si de mariposas

Y en papel amarillo Tras gran combate

Cuento el viaje. Volaran alas de oro



Por tierra y aire, Mis libros lance,

Así vuelan las hojas Y siéntese magnífico

Do cuento el trance. Sobre el desastre,

Hala acá el travesuelo Y muéstreme riendo,

Mi paño árabe; Roto el encaje-

Allá monta en el lomo -!Qué encaje no se rompe

De un incunable; En el combate!-

Un carcax con mis plumas Su cuello, en que la risa

Fabrica y átase; Gruesa onda hace!

Un sílex persiguiendo Venga, y por cauce nuevo

Vuelca un estante, Mi vida lance,

Y !allá ruedan por tierra Y a mis manos la vieja

Versillos frágiles, Péñola arranque,

Brumosos pensadores, Y del vaso manchado

Lópeos galanes! La tinta vacie!

De águilas diminutas !Vaso puro de nácar:

Puéblase el aire: Dame a que harte

!Son las ideas, que ascienden, Esta sed de pureza:

Rotas sus cárceles! Los labios cánsame!

¿Son éstas que lo envuelven

Del muro arranca, y cíñese, Carnes, o nácares?

Indio plumaje: La risa, como en taza

Aquella que me dieron De ónice árabe,

De oro brillante, En su incólume seno

Pluma, a marcar nacida Bulle triunfante:

Frentes infames, !Hete aquí, hueso pálido,

De su caja de seda Vivo y durable!

Saca, y la blande: Hijo soy de mi hijo!

Del sol a los requiebros El me rehace!

Brilla el plumaje,

Que baña en aúreas tintas Pudiera yo, hijo mío,

Su audaz semblante. Quebrando el arte

De ambos lados el rubio Universal, muriendo

Cabello al aire, Mis años dándote,

A mí súbito viénese Envejecerte súbito,

A que lo abrace. La vida ahorrarte!-

De beso en beso escala Mas no: que no verías

Mi mesa frágil; En horas graves

!Oh, Jacob, mariposa, Entrar el sol al alma

Ismaëlillo, árabe! Y a los cristales!

¿Qué ha de haber que me guste Hierva en tu seno puro

Como mirarle Risa asonante:

De entre polvo de libros Rueden pliegues abajo

Surgir radiante, Libros exangës:

Y, en vez de acero, verle Sube, Jacob alegre,

De pluma armarse, La escala suave:

Y buscar en mis brazos Ven, y de beso en beso

Tregua al combate? Mi mesa asaltes:-

Venga, venga Ismaelillo: !Pues ésa es mi musilla,

La mesa asalte, Mi diablo ángel!

Y por los anchos pliegues !Ah, musilla traviesa,

Del paño árabe Qué vuelo trae!

En rota vergonzosa







Penachos Vívidos



Como taza en que hierve Ora en carreras locas,

De transparente vino O en sonoros relinchos,

En doradas burbujas O sacudiendo el aire

El generoso espíritu; El crinaje magnífico;-

Como inquieto mar joven Asi mis pensamientos

Del cauce nuevo henchido Rebosan en mí vividos,

Rebosa, y por las playas Y en crespa espuma de oro

Bulle y muere tranquilo; Besan tus pies sumisos,

O en fúlgidos penachos

Como manada alegre De varios tintes ricos,

De bellos potros vivos Se mecen y se inclinan

Que en la mañana clara Cuando tú pasas -hijo!

Muestran su regocijo,







Valle Lozano



Dígame mi labriego Otros, con dagas grandes

¿Cómo es que ha andado Mi pecho araron:

En esta noche lóbrega Pues, ¿qué hierro es el tuyo

Este hondo campo? Que no hace daño?

Dígame de qué flores Y esto dije -y el niño

Untó el arado Riendo me trajo

Que la tierra olorosa En sus dos manos blancas

Trasciende a nardos? Un beso casto.

Dígame de qué ríos

Regó ese prado,

Que era un valle muy negro

Y ora es lozano?







Versos Libres



Hierro

Ganado tengo el pan: hágase el verso,-

Y en su comercio dulce se ejercite

La mano, que cual prófugo perdido

Entre oscuras malezas, o quien lleva

A rastra enorme peso, andaba ha poco

Sumas hilando y revolviendo cifras.

Bardo ¿consejo quieres? Pues descuelga

de la pálida espalda ensangrentada

El arpa dívea, acalla los sollozos

Que a tu garganta como mar en furia

Se agolparán, y en la madera rica

Taja plumillas de escritorio y echa

Las cuerdas rotas al movible viento.

¡ Oh alma!, ¡oh, alma buena! ¡mal oficio

Tienes!: ¡póstrate, calla, cede, lame

Manos de potentado, ensalza, excusa

Defectos, tenlos –que es mejor manera

De excusarlos, y mansa y temerosa

Vicios celebra, encumbra vanidades:

Verás entonces, alma, cuál se trueca

En plato de oro rico tu desnudo

Plato de pobre!

Pero guarda ¡oh alma!

¡Que usan los hombres hoy oro empañado!

Ni de esos cures, que fabrican de oro

Sus joyas el bribón y el barbilindo:

Las armas no, -las armas son de hierro!

Mi mal es rudo: la ciudad lo encona:

Lo alivia el campo inmenso: ¡otro más vasto

Lo aliviará mejor! –Y las oscuras

Tardes me atraen, cual si mi patria fuera

La dilatada sombra.

Era yo niño-

Y con filial amor miraba al cielo,

¡Cuán pobre a mi avaricia el descuidado

Cariño del hogar! ¡Cuán tristemente

Bañado el rostro ansioso en llanto largo

Con mis ávidos ojos perseguía

La madre austera, el padre pensativo

Sin que jamás los labios ardorosos

Del corazón voraz la sed saciasen.

¡ Oh verso amigo,

Muero de soledad, de amor me muero!

No de vulgar amor; estos amores

Envenenan y ofuscan: no es hermosa

La fruta en la mujer, sino la estrella

La tierra ha de ser luz, y todo vivo

Debe en torno de sí dar lumbre de astro.

¡ oh, estas damas de muestra ¡ ¡oh, estas copas

de carne! ¡oh, estas siervas, ante el dueño

que las ennjoya y que las nutre echadas!

¡ te digo, oh verso, que los dientes duelen

de comer de esta carne!

Es de inefable

Amor del que yo muero, -del muy dulce

Menester de llevar, como se lleva

Un niño tierno en las cuidadosas manos,

Cuanto de bello y triste ven mis ojos.

Del sueño, que las fuerzas no repara

Sino de los dichosos, y a los tristes

El duro humor y la fatiga aumenta,

Salto, al Sol, como un ebrio. Con las manos

Mi frente oprimo, y de los turbios ojos

Brota raudal de lágrimas. ¡ Y miro

El Sol tan bello y mi desierta alcoba,

Y mi virtud inútil, y las fuerzas

Que cual tropel famélico de hirsutas

Fieras saltan de mí buscando empleo;

Y el aire hueco palpo, y en el muro

Frío y desnudo el cuerpo vacilante

Apoyo, y en el cráneo estremecido

En agonía flota el pensamiento,

Cual leño de bajel despedazado

Que el mar en furia a playa ardiente arroja!

¡ Y echo a andar, como un muerto que camina,

Loco de amor, de soledad, de espanto!

¡Amar, agobia! ¡es tósigo el exceso

de amor! Y la prestada casa oscila

Cual barco en tempestad: en el destierro

Naúfrago es todo hombre, y toda casa

Inseguro bajel, al mar vendido!



¡Sólo las flores del paterno prado

Tienen olor! ¡Sólo las seibas patrias

Del sol amparan! Como en vaga nube

Por suelo extraño se anda; las miradas

Injurias nos parecen, y el sol mismo,

¡Más que en grato calor, enciende en ira!

¡No de voces queridas puebla el eco

los aires de otras tierras: y no vuelan

del arbolar espeso entre las ramas

los pálidos espíritus amados!

De carne viva y profanadas frutas

Viven los hombres, -¡ay! mas el proscripto

¡ De sus entrañas propias se alimenta!

¡ Tiranos: desterrad a los que ancalzan

el honor de vuestro odio: ya son muertos!

Valiera más ¡ oh barbaros! que al punto

De arrebatarlos al hogar, hundiera

En lo más hondo de su pecho honrado

Vuestro esbirro más cruel su hoja más dura!

Grato es morir, horrible, vivir muerto.

Mas no! mas no! La dicha es una prenda

De compasión de la fortuna al triste

Que no sabe domarla: a sus mejores

Hijos desgracias da naturaleza:

Fecunda el hierro al llano, el golpe al hierro!







Canto de Otoño



Bien; ya lo sé!: -la muerte está sentada

A mis umbrales: cautelosa viene,

Porque sus llantos y su amor no apronten

En mi defensa, cuando lejos viven

Padres e hijo.-al retornar ceñudo

De mi estéril labor, triste y oscura,

Con que a mi casa del invierno abrigo,

De pie sobre las hojas amarillas,

En la mano fatal la flor del sueño,

La negra toca en alas rematada,

Ávido el rostro, - trémulo la miro

Cada tarde aguardándome a mi puerta

En mi hijo pienso, y de la dama oscura

Huyo sin fuerzas devorado el pecho

De un frenético amor! Mujer más bella

No hay que la muerte!: por un beso suyo

Bosques espesos de laureles varios,

Y las adelfas del amor, y el gozo

De remembrarme mis niñeces diera!

...Pienso en aquél a quien el amor culpable

trajo a vivir, - y, sollozando, esquivo

de mi amada los brazos: - mas ya gozo

de la aurora perenne el bien seguro.

Oh, vida, adios: - quien va a morir, va muerto.

Oh, duelos con la sombra: oh, pobladores

Ocultos del espacio: oh formidables

Gigantes que a los vivos azorados

Mueren, dirigen, postran, precipitan!

Oh, cónclave de jueces, blandos sólo

A la virtud, que nube tenebrosa,

En grueso manto de oro recogidos,

Y duros como peña, aguardan torvos

A que al volver de la batalla rindan

-como el frutal sus frutos-

de sus obras de paz los hombres cuenta,

de sus divinas alas!... de los nuevos

árboles que sembraron, de las tristes

lágrimas que enjugaron, de las fosas

que a los tigres y vívoras abrieron,

y de las fortalezas eminentes

que al amor de los hombres levantaron!

¡esta es la dama, el Rey, la patria, el premio

apetecido, la arrogante mora

que a su brusco señor cautiva espera

llorando en la desierta espera barbacana!:

este el santo Salem, este el Sepulcro

de los hombres modernos:-no se vierta

más sangre que la propia! No se bata

sino al que odia el amor! Únjase presto

soldados del amor los hombres todos!:

la tierra entera marcha a la conquista

De este Rey y señor, que guarda el cielo!

...Viles: el que es traidor a sus deberes.

Muere como traidor, del golpe propio

De su arma ociosa el pecho atravesado!

¡Ved que no acaba el drama de la vida

En esta parte oscura! ¡Ved que luego

Tras la losa de mármol o la blanda

Cortina de humo y césped se reanuda

El drama portentoso! ¡y ved, oh viles,

Que los buenos, los tristes, los burlados,

Serán een la otra parte burladores!

Otros de lirio y sangre se alimenten:

¡Yo no! ¡yo no! Los lóbregos espacios

rasgué desde mi infancia con los tristes

Penetradores ojos: el misterio

En una hora feliz de sueño acaso

De los jueces así, y amé la vida

Porque del doloroso mal me salva

De volverla a vivi. Alegremente

El peso eché del infortunio al hombro:

Porque el que en huelga y regocijo vive

Y huye el dolor, y esquiva las sabrosas

Penas de la virtud, irá confuso

Del frío y torvo juez a la sentencia,

Cual soldado cobarde que en herrumbre

Dejó las nobles armas; ¡y los jueces

No en su dosel lo ampararán, no en brazos

Lo encumbrarán, mas lo echarán altivos

A odiar, a amar y a batallar de nuevo

En la fogosa y sofocante arena!

¡Oh! ¿qué mortal que se asomó a la vida

vivir de nuevo quiere? ...

Puede ansiosa

La Muerte, pues, de pie en las hojas secas,

Esperarme a mi umbral con cada turbia

Tarde de Otoño, y silenciosa puede

Irme tejiendo con helados copos

Mi manto funeral.

No di al olvido

Las armas del amor: no de otra púrpura

Vestí que de mi sangre.

Abre los brazos, listo estoy, madre Muerte:

Al juez me lleva!

Hijo!...Qué imagen miro? qué llorosa

Visión rompe la sombra, y blandamente

Como con luz de estrella la ilumina?

Hijo!... qué me demandan tus abiertos

Brazos? A qué descubres tu afligido

Pecho? Por qué me muestran tus desnudos

Pies, aún no heridos, y las blancas manos

Vuelves a mí?

Cesa! calla! reposa! Vive: el padre

No ha de morir hasta que la ardua lucha

Rico de todas armas lance al hijo!-

Ven, oh mi hijuelo, y que tus alas blancas

De los abrazos de la muerte oscura

Y de su manto funeral me libren!











BOSQUE DE ROSAS



Allí despacio te diré mis cuitas;

Allí en tu boca escribiré mis versos!—

Ven, que la soledad será tu escudo!

Pero, si acaso lloras, en tus manos

Esconderé mi rostro, y con mis lágrimas

Borraré los extraños versos míos.



Sufrir ¡tú a quien yo amo, y ser yo el casco

Brutal, y tú, mi amada, el lirio roto?

Oh, la sangre del alma, tú la has visto?

Tiene manos y voz, y al que la vierte

Eternamente entre la sombra acusa.

¡Hay crímenes ocultos, y hay cadáveres

De almas, y hay villanos matadores!

Al bosque ven: del roble más erguido

Un pilòn labremos, y en el pilòn

Cuantos engañen a mujer pongamos!



Esta es la lidia humana: la tremenda

Batalla de los cascos y los lirios!

Pues los hombres soberbios ¿no son fieras?

Bestias y fieras! Mira, aquí te traigo

Mi bestia muerta, y mi furor domado.—

Ven, a callar; a murmurar; al ruido

De las hojas de Abril y los nidales.

Deja, oh mi amada, las paredes mudas

De esta casa ahoyada y ven conmigo

No al mar que bate y ruge sino al bosque

De rosas que hay al fondo de la selva.

Allí es buena la vida, porque es libre—

Y la virtud, por libre, será cierta,

Por libre, mi respeto meritorio.

Ni el amor, si no es libre, da ventura.

¡Oh, gentes ruines, las que en calma gozan

De robados amores! Si es ajeno

El cariño, el placer de respetarlo

Mayor mil veces es que el de su goce;

Del buen obrar ¡qué orgullo al pecho queda

Y còmo en dulces lágrimas rebosa,

Y en extrañas palabras, que parecen

Aleteos, no voces! Y ¡qué culpa

La de fingir amor! Pues hay tormento

Como aquél, sin amar, de hablar de amores!

Ven, que allí triste iré, pues yo me veo!

Ven, que la soledad será tu escudo!





FLORES DEL CIELO



Leí estos versos de Ronsard:

«Je vous envoie un bouquet que ma main

Vient de trier de ces fleurs épanouies»,

y escribí esto:



Flores? No quiero flores! Las del cielo

Quisiera yo segar!

Cruja, cual falda

De monte roto, esta cansada veste

Que me encinta y engrilla con sus miembros

Como con sierpes,— y en mi alma sacian

Su hambre, y asoman a la cueva lòbrega

Donde mora mi espíritu, su negra

Cabeza, y boca roja y sonriente!—

Caiga, como un encanto, este tejido

Enmarañado, de raíces! —Surjan

Donde mis brazos alas,— y parezca

Que, al ascender por la solemne atmòsfera,

De mis ojos, del mundo a que van llenos,

Ríos de luz sobre los hombres rueden!



Y huelguen por los húmedos jardines

Bardos tibios segando florecillas:—

Yo, pálido de amor, de pie en las sombras,

Envuelto en gigantesca vestidura

De lumbre astral, en mi jardín, el cielo,

Un ramo haré magnífico de estrellas:

¡No temblará de asir la luz mi mano!;



Y buscaré, donde las nubes duermen,

Amada, y en su seno la más viva

Le prenderé, y esparciré las otras

Por su áurea y vaporosa cabellera.





COPA CICLÓPEA



El sol alumbra: ya en los aires miro

La copa amarga: ya mis labios tiemblan,

—No de temor, que prostituye,— de ira!...

El Universo, en las mañanas alza

Medio dormido aún de un dulce sueño

En las manos la tierra perezosa,

Copa inmortal, donde

Hierven al sol las fuerzas de la vida!—

Al niño triscador, al venturoso

De alma tibia y mediocre, a la fragante

Mujer que con los ojos desmayados

Abrirse ve en el aire extrañas rosas,

Iris la tierra es, roto en colores,—

Raudal que juvenece, y rueda limpio

Por perfumado llano, y al retozo

Y al desmayo después plácido brinda!—

Y para mí, porque a los hombres amo

Y mi gusto y mi bien terco descuido,

La tierra melancòlica aparece

Sobre mi frente que la vida bate,

De lúgubre color inmenso yugo!

La frente encorvo, el cuello manso inclino,

Y, con los labios apretados, muero.





POMONA



Oh, ritmo de la carne, oh melodía,

Oh licor vigorante, oh filtro dulce

De la hechicera forma! —no hay milagro

En el cuento de Lázaro, si Cristo

Llevò a su tumba una mujer hermosa!



Qué soy— quién es, sino Memnòn en donde

Toda la luz del Universo canta,—

Y cauce humilde en que van revueltas,

Las eternas corrientes de la vida? —

Iba,— como arroyuelo que cansado

De regar plantas ásperas fenece,

Y, de amor por el Sol noble transido,

A su fuego con gozo se evapora:

Iba, —cual jarra que el licor ligero

Hinche, sacude, en el fermento rompe,

Y en silenciosos hilos abandona:

Iba,— cual gladiador que sin combate

Del incòlume escudo ampara el rostro

Y el cuerpo rinde en la ignorada arena

...Y súbito,— las fuerzas juveniles

De un nuevo mar, el pecho rebosante

Hinchen y embargan,— el cansado brío

Arde otra vez,— y puebla el aire sano

Música suave y blando olor de mieles!

Porque a mis ojos los fragantes brazos

En armònico gesto alzò Pomona.





MEDIA NOCHE



Oh, qué vergüenza!: —El sol ha iluminado

La tierra: el amplio mar en sus entrañas

Nuevas columnas a sus naves rojas

Ha levantado: el monte, granos nuevos

Juntò en el curso del solemne día

A sus jaspes y breñas: en el vientre

De las aves y bestias nuevos hijos

Vida, que es forma, cobran: en las ramas

Las frutas de los árboles maduran:—

Y yo, mozo de gleba, he puesto sòlo,

Mientras que el mundo gigantesco crece,

Mi jornal en las ollas de la casa!



Por Dios, que soy un vil!:— No en vano el sueño

A mis pálidos ojos es negado!

No en vano por las calles titubeo

Ebrio de un vino amargo, cual quien busca

Fosa ignorada donde hundirse, y nadie

Su crimen grande y su ignominia sepa!

No en vano el corazòn me tiembla ansioso

Como el pecho sin calma de un malvado!



El cielo, el cielo, con sus ojos de oro

Me mira, y ve mi cobardía, y lanza

Mi cuerpo fugitivo por la sombra

Como quien loco y desolado huye

De un vigilante que en sí mismo lleva!

La tierra es soledad! la luz se enfría!

Adonde iré que este volcan se apague?

Adonde iré que el vigilante duerma?



Oh, sed de amor! —oh, corazòn, prendado

De cuanto vivo el Universo habita;



Del gusanillo verde en que se trueca

La hoja del árbol: —del rizado jaspe

En que las ondas de la mar se cuajan:—

De los árboles presos, que a los ojos

Me sacan siempre lágrimas: —del lindo

Bribòn gentil que con los pies desnudos

En fango o nieve, diario o flor pregona.

Oh, corazòn, —que en el carnal vestido

No hierros de hacer oro, ni belfudos

Labios glotones y sensuosos mira,—

Sino corazas de batalla, y hornos

Donde la vida universal fermenta!—



Y yo, pobre de mí!, preso en mi jaula,

La gran batalla de los hombres miro!—

[1878]









YUGO Y ESTRELLA



Cuando nací, sin sol, mi madre dijo:

—Flor de mi seno, Homagno generoso

De mí y de la Creaciòn suma y reflejo,

Pez que en ave y corcel y hombre se torna,

Mira estas dos, que con dolor te brindo,

Insignias de la vida: ve y escoge.

Éste, es un yugo: quien lo acepta, goza:

Hace de manso buey, y como presta

Servicio a los señores, duerme en paja

Caliente, y tiene rica y ancha avena.

Ésta, oh misterio que de mí naciste

Cual la lumbre naciò de la montaña,

Ésta, que alumbra y mata, es una estrella:

Como que riega luz, los pecadores

Huyen de quien la lleva, y en la vida,

Cual un monstruo de crímenes cargado,

Todo el que lleva luz, se queda solo.

Pero el hombre que al buey sin pena imita,

Buey vuelve a ser, y en apagado bruto

La escala universal de nuevo empieza.

El que la estrella sin temor se ciñe,

Como que crea, crece!

Cuando al mundo

De su copa el licor vaciò ya el vivo:

Cuando, para manjar de la sangrienta

Fiesta humana, sacò contento y grave

Su propio corazòn: cuando a los vientos

De Norte y Sur virtiò su voz sagrada,—

La estrella como un manto, en luz lo envuelve,



Se enciende, como a fiesta, el aire claro,

Y el vivo que a vivir no tuvo miedo,

Se oye que un paso más sube en la sombra!



—Dame el yugo, oh mi madre, de manera

Que puesto en él de pie, luzca en mi frente

Mejor la estrella que ilumina y mata.





ISLA FAMOSA



Aquí estoy, solo estoy, despedazado.

Ruge el cielo: las nubes se aglomeran,

Y aprietan, y ennegrecen, y desgajan:

Los vapores del mar la roca ciñen:

Sacra angustia y horror mis ojos comen:

A qué, Naturaleza embravecida,

A qué la esteril soledad en torno

De quien de ansia de amor rebosa y muere?

Dònde, Cristo sin cruz, los ojos pones?

Dònde, oh sombra enemiga, dònde el ara

Digna por fin de recibir mi frente?

En pro de quién derramaré mi vida?



—Rasgòse el velo: por un tajo ameno

De claro azul, como en sus lienzos abre

Entre mazos de sombra Díaz famoso,

El hombre triste de la roca mira

En lindo campo tropical, galanes

Blancos, y Venus negras, de unas flores

Fétidas y fangosas coronados:





Danzando van: a cada giro nuevo

Bajo los muelles pies la tierra cede!

Y cuando en ancho beso los gastados

Labios sin lustre ya, trémulos juntan,

Sáltanle de los labios agoreras

Aves tintas en hiel, aves de muerte.





SED DE BELLEZA



Solo, estoy solo: viene el verso amigo,

Como el esposo diligente acude

De la erizada tòrtola al reclamo.

Cual de los altos montes en deshielo

Por breñas y por valles en copiosos

Hilos las nieves desatadas bajan—

Así por mis entrañas oprimidas

Un balsámico amor y una avaricia

Celeste de hermosura se derraman.

Tal desde el vasto azul, sobre la tierra,

Cual si de alma de virgen la sombría

Humanidad sangrienta perfumasen,

Su luz benigna las estrellas vierten

Esposas del silencio! —y de las flores

Tal el aroma vago se levanta.



Dadme lo sumo y lo perfecto: dadme

Un dibujo de Angelo: una espada

Con puño de Cellini, más hermosa

Que las techumbres de marfil calado

Que se place en labrar Naturaleza.





El cráneo augusto dadme donde ardieron

El universo Hamlet y la furia

Tempestuosa del moro: —la manceba

India que a orillas del ameno río

Que del viejo Chichén los muros baña

A la sombra de un plátano pomposo

Y sus propios cabellos, el esbelto

Cuerpo bruñido y nítido enjugaba.

Dadme mi cielo azul... dadme la pura

Alma de mármol que al soberbio Louvre

Dio, cual su espuma y flor, Milo famosa.





¡OH, MARGARITA!



Una cita a la sombra de tu oscuro

Portal donde el friecillo nos convida

A apretarnos los dos, de tan estrecho

Modo, que un solo cuerpo los dos sean:

Deja que el aire zumbador resbale,

Cargado de salud, como travieso

Mozo que las corteja, entre las hojas,

Y en el pino

Rumor y majestad mi verso aprenda.

Sòlo la noche del amor es digna.

La oscuridad, la soledad convienen.

Ya no se puede amar, ¡oh Margarita!





ÁGUILA BLANCA





De pie, cada mañana,

Junto a mi áspero lecho está el verdugo.—



Brilla el sol, nace el mundo, el aire ahuyenta

Del cráneo la malicia,—

Y mi águila infeliz, mi águila blanca

Que cada noche en mi alma se renueva,

Al alba universal las alas tiende

Y camino del sol emprende el vuelo.

Y silencioso el bárbaro verdugo

De un nuevo golpe de puñal le quiebra

El fuerte corazòn cada mañana.

Y en vez del claro vuelo al sol altivo

Por entre pies, ensangrentada, rota,

De un grano en busca el águila rastrea.



Oh noche, sol del triste, amable seno

Donde su fuerza el corazòn revive,

Perdura, apaga el sol, toma la forma

De mujer, libre y pura, a que yo pueda

Ungir tus pies, y con mis besos locos

Ceñir tu frente y calentar tus manos.

Líbrame, eterna noche, del verdugo,

O dale, a que me dé, con la primera

Alba, una limpia y redentora espada.

Que con qué la has de hacer? Con luz de estrellas!







HE VIVIDO: ME HE MUERTO...



He vivido: me he muerto: y en mi andante

Fosa sigo viviendo: una armadura

Del hierro montaraz del siglo octavo,

Menos, sí, menos que mi rostro pesa.

Al cráneo inquieto lo mantengo fijo



Porque al rodar por tierra el mar de llanto

[............................], no asombre.

Quejarme, no me quejo: que es de lacayos

Quejarse, y de mujeres,

Y de aprendices de la trova, manos

Nuevas en liras viejas: —Pero vivo

Cual si mi ser entero en un agudo

Desgarrador sollozo se exhalara.—

De tierra, a cada sol mis restos propios

Recojo, en junto los apilo, a rastras

A la implacable luz y a los voraces

Hombres cual si viviesen los paseo:

Mas si frente a la luz me fuese dado

Como en la sombra donde duermo, al polvo

Mis disfraces echar, viérase súbito

Un cuerpo sin calor venir a tierra

Tal como un monte muerto que en sus propias

Inanimadas faldas se derrumba.



He vivido: al deber juré mis armas

Y ni una vez el sol doblò las cuestas

Sin que mi lidia y mi victoria viere:—

Ni hablar, ni ver, ni pensar yo quisiera!

Cruzados ambos brazos, como en nube

Parda, en mortal sosiego me hundiría.

De noche, cuando al sueño a sus soldados

En el negro cuartel llama la vida,

La espalda vuelvo a cuanto vive: al muro

La frente doy, y como jugo y copia

De mis batallas en la tierra miro—

La rubia cabellera de una niña

Y la cabeza blanca de un anciano!





ESTROFA NUEVA



Cuando, oh Poesía,

Cuando en tu seno reposar me es dado!—

Ancha es y hermosa y fúlgida la vida:

Que éste o aquél o yo vivamos tristes,

Culpa de éste o aquél será, o mi culpa!

Nace el corcel, del ala más lejano

Que el hombre, en quien el ala encumbradora

Ya en los ingentes brazos se diseña:

Sin más brida el corcel nace que el viento

Espoleador y flameador,— al hombre

La vida echa sus riendas en la cuna!

Si las tuerce o revuelve, y si tropieza

Y da en atolladero, a sí se culpe

Y del incendio o del zarzal redima

La destrozada brida: sin que al noble

Sol y [.................] vida desafíe.

De nuestro bien o mal autores somos,

Y cada cual autor de sí: la queja

A la torpeza y la deshonra añade

De nuestro error: cantemos, sí, cantemos

Aunque las hidras nuestro pecho roan

El Universo colosal y hermoso!



Un obrero tiznado, una enfermiza

Mujer, de faz enjuta y dedos gruesos:

Otra que al dar al sol los entumidos

Miembros en el taller, como una egipcia

Voluptuosa y feliz, la saya burda

Con las manos recoge, y canta, y danza:

Un niño que, sin miedo a la ventisca,



Como el soldado con el arma al hombro,

Va con sus libros a la escuela: el denso

Rebaño de hombres que en silencio triste

Sale a la aurora y con la noche vuelve

Del pan del día en la difícil busca,—

Cual la luz a Memnòn, mueven mi lira.

Los niños, versos vivos, los heroicos

Y pálidos ancianos, los oscuros

Hornos donde en bridòn o tritòn truecan

Los hombres victoriosos las montañas

Astiánax son y Andròmaca mejores,

Mejores, si, que los del viejo Homero.



Naturaleza siempre viva: el mundo

De minotauro yendo a mariposa

Que de rondar el sol enferma y muere:

Dejad, por Dios, que la mujer cansada

De amar, con leche y menjurjes

Su piel rugosa y su verdad restaure,

Repíntense las viejas: la doncella

Con rosas naturales se corone:—

La sed de luz, que como el mar salado

La de los labios, con el agua amarga

De la vida se irrita: la columna

Compacta de asaltantes, que sin miedo,

Al Dios de ayer en los desnudos hombros

La mano libre y desferrada ponen,—



Y los ligeros pies en el vacío,—

Poesía son, y estrofa alada, y grito

Que ni en tercetos ni en octava estrecha

Ni en remilgados serventesios caben:



Vaciad un monte,— en tajo de Sol vivo

Tallad un plectro: o de la mar brillante

El seno rojo y nacarado, el molde

De la triunfante estrofa nueva sea!



Como nobles de Nápoles, fantasmas

Sin carne ya y sin sangre, que en palacios

Muertos y oscuros con añejas chupas

De comido blasòn, a paso sordo

Andan, y al mundo que camina enseñan

Como un grito sin voz la seca encía,

Así, sobre los árboles cansados,

Y los ciriales rotos, y los huecos

De oxidadas diademas, duendecillos

Con chupa vieja y metro viejo asoman!

No en tronco seco y muerto hacen sus nidos,

Alegres recaderos de mañana,

Las lindas aves, cuerdas y gentiles:

Ramaje quieren suelto y denso, y tronco

Alto y robusto, en fibra rico y savia.

Mas con el sol se alza el deber: se pone

Mucho después que el sol: de la hornería

Y su batalla y su fragor cansada

La mente plena en el rendido cuerpo,

Atormentada duerme, —como el verso

Vivo en los aires, por la lira rota

Sin dar sonidos desolado pasa!



Perdona, pues, oh estrofa nueva, el tosco

Alarde de mi amor. Cuando, oh Poesía,

Cuando en tu seno reposar me es dado.





MUJERES



1

Ésta, es rubia: ésa, oscura: aquélla, extraña

Mujer de ojos de mar y cejas negras:

Y una cual palma egipcia alta y solemne

Y otra como un canario gorjeadora.

Pasan, y muerden: los cabellos luengos

Echan, como una red: como un juguete

La lánguida beldad ponen al labio

Casto y febril del amador que a un templo

Con menos devociòn que al cuerpo llega

De la mujer amada: ella, sin velos.

Yace, y a su merced; —él, casto y mudo

En la inflamada sombra alza dichoso

Como un manto imperial de luz de aurora.

Cual un pájaro loco en tanto ausente

En frágil rama y en menudas flores

De la mujer el alma travesea:

Noble furor enciende al sacerdote

Y a la insensata, contra el ara augusta

Como una copa de cristal rompiera:—

Pájaros, sòlo pájaros: el alma

Su ardiente amor reserve al universo.



2



Vino hirviente es amor: del vaso afuera,

Echa, brillando al Sol, la alegre espuma:



Y en sus claras burbujas, desmayados

Cuerpos, rizosos niños, cenadores

Fragantes y amistosas alamedas

Y juguetones ciervos se retratan:

De joyas, de esmeraldas, de rubíes,

De ònices y turquesas y del duro

Diamante al fuego eterno derretidos,

Se hace el vino satánico: Mañana

El vaso sin ventura que lo tuvo

Cual comido de hienas, y espantosa

Lava mordente se verá quemado.



3



Bien duerma, bien despierte, bien recline—

Aunque no lo reclino— bien de hinojos,

Ante un niño que llega el cuerpo doble

Que no se dobla a viles y a tiranos,

Siento que siempre estoy en pie: —si suelo

Cual del niño en los rizos suele el aire

Benigno, en los piadosos labios tristes

Dejar que vuele una sonrisa, —es fijo

Así, sépalo el mozo, así sonríen

Cuantos nobles y crédulos buscaron

El sol eterno en la belleza humana.

Sòlo hay un vaso que la sed apague

De hermosura y amor: Naturaleza

Abrazos deleitosos, híbleos besos

A sus amantes pròdiga regala.



4



Para que el hombre los tallara puso

El monte y el volcán Naturaleza,—

El mar, para que el hombre ver pudiese

Que era menor que su cerebro,— en horno

Igual, sol, aire y hombres elabora.

Porque los dome, el pecho al hombre inunda

Con pardos brutos y con torvas fieras.

¡Y el hombre, no alza el monte: no en el libre

Aire, ni en sol magnífico se trueca:

Y en sus manos sin honra, a las sensuales

Bestias del pecho el corazòn ofrece:

A los pies de la esclava vencedora:

El hombre yace, deshonrado, muerto.





ASTRO PURO



De un muerto, que al calor de un astro puro,

De paso por la tierra, como un manto

De oro sintiò sobre sus huesos tibios

El polvo de la tumba, al sol radiante

Resucitò gozoso, viviò un día,

Y se volviò a morir,— son estos versos:



Alma piadosa que a mi tumba llamas

Y cual la blanca luz de astros de Enero,

Por el palacio de mi pecho en ruinas

Entras, e irradias, y los restos fríos

De los que en él voraces habitaron

Truecas, oh maga! en candidas palomas:—

Espíritu, pureza, luz, ternura,

Aves sin pies que el ruido humano espanta,

Señora de la negra cabellera,



El verso muerto a tu presencia surge

Como a las dulces horas el rocío

En el oscuro mar el sol dorado

Y álzase por el aire, cuanto existe

Cual su manto en el vuelo recogiendo,

Y a ti llega, y se postra, y por la tierra

En colosales pliegues [...........]

Con majestad de púrpura romana.

Besé tus pies,— te vi pasar: Señora,

Perfume y luz tiene por fin la tierra!

El verso aquel que a dentelladas duras

La vida diaria y ruin me remordía

Y en ásperos retazos, de mis secos

Y codiciosos labios se exhalaba,

Ora triunfante y melodioso bulle,

Y como ola de mar al sol sereno

Bajo el espacio azul rueda en espuma:

Oh mago, oh mago amor!

Ya compañía

Tengo para afrontar la vida eterna:

Para la hora de la luz, la hora

De reposo y de flor, ya tengo cita.



Esto diciendo, los abiertos brazos

Tendiò el cantor, como a abrazar. El vivo

Amor que su viril estrofa mueve

Sòlo durò lo que la estrofa dura:

Alma infeliz el alma ardiente, aquélla

En que el ascua más leve alza un incendio

[...........""..........] y el sueño



Que vio esplender, y quiso asir, hundiòse

Como un águila muerta: el ígneo, el [...]

Callò, brillò, volviò solo a su tumba.





HOMAGNO AUDAZ



Homagno audaz, de tanto haber vivido

Con el alma, que quema, se moría.—

Por las còncavas sienes las canosas

Lasas guedejas le colgaban: hinca

Las silenciosas manos en los secos.

Muslos: los labios, como ofensa augusta

Al negro pueblo universal, horrible

Pueblo infeliz y hediondo de los Midas,

Junta como quien niega: y en los claros

Ojos de ansia y amor, que la vislumbre

De la muerte feliz, arroba, brilla

Como en selva nocturna hoguera blanca

La mirada caudal de un Dios que muere

Remordido de hormigas:

Suplicante



A sus llagados pies Jòveno hermoso

Tiéndese y llora; y en los negros ojos

Desolaciòn patética le brilla:

No, no Homagno, ¡negras ropas visten

Las mujeres de estos tiempos! —en que—

Como hojas verdes en invierno, lucen:

Oh las mujeres, oh las necias, trajes

De rosas sin olor: —jubòn rosado,

Con trajes anchos de perlada seda:—

En los [...............] el galano

Talle le ciñen: —oh dime, dime Homagno,

De este palacio de que sales; dime

Qué secreto conjuro la uva rompe

De las sabrosas mieles: di qué llave

Abre las puertas del placer profundo

Que fortalece y embalsama: dilo,

Oh noble Homagno, a Jòveno extranjero:—



La sublime piedad abriò los labios

Del moribundo noble musitando:

La llave quieres, Jòveno, del mundo?

La llave de la fuerza, la del goce

Sereno y penetrante, la del hondo

Valor que a mundos y a villas,

Cual gigante amazona desafía;

La del escudo impenetrable, escudo

Contra la tentadora humana Infamia!

Yo ni de dioses ni de filtro tengo

Fuerzas maravillosas: he vivido,

Y la divinidad está en la vida!:

¡Mira si no la frente de los viejos!



Estréchame la mano: no, no esperes

A que yo te la tienda: ¡yo sabia

Antes tenderla, de mi hermoso modo

Que envolvía en sombra de amor el Universo!

Hoy, ya no puedo alzarla de la piedra

Donde me asiento: aunque el corazòn

Plumas nuevas se viste y tiende el ala:

¡No acaba el alma humana en este mundo!

Ya, cual bucles de piedra, en mi mondado

Cráneo cuelgan mis últimos cabellos;

Pero debajo no! debajo vibra

Todo el fuego magnífico y sonoro

Que mantiene la tierra!

Ven y toma

Esta mano que ha visto mucha pena!

Dicen que así verás lo que yo he visto.

¡Aprieta bien, aprieta bien mi mano!

Es bueno ir de la mano de los jòvenes!:

¡Así, de sombra a luz, crece la vida!

¡Déjame divagar: la mente vaga

Como las nubes, madres de la tierra!



Mozo, ven, pues: ase mi mano y mira:

Aquí están, a tus ojos, en hilera,

Frías y dormidas como estatuas, todas

Las que de amor el pecho te han movido:

¡Las llaves falsas, Jòveno, del cielo!

Una no más sencillamente lo abre

Como nuestro dominio: pero nota

Còmo estas barbas a la tierra llegan

Blancas y ensangrentadas, y aún no topo

Con la que me pudiera abrir el cielo.

En cambio, mira a mi redor: la tierra

Está amasada con las llaves rotas

Con que he probado a abrirlo: —y que éste es todo



El mundo dicen los bellacos luego!

¡Viene después un cierto olor de rosa,

Un trono en una nube, un vuelo vago,

Y un aire y una sangre hecha de besos!

¡Pompa de claridad la muerte miro!:

¡Palpa cuál, de pensarla, están calientes,

Finos, como si fuesen a una boda,

Ágiles como alas, y sedosos,

Como la mocedad después del baño,

Estos bucles de piedra! Gruñes, gruñes

De estas cosas de viejo...

Ahí están todas

las mujeres que amaste; llaves falsas

Con que en vano echa el hombre a abrir el cielo.

Por la magia sutil de mi experiencia

Las miro como son: cáscaras todas,

Esta de nácar, cual la Aurora brinda,

Humo como la Aurora; ésta de bronce;

Marfil ésta; ésa ébano; y aquella

De esos diestros barrillos italianos

De diversos colores... ¡cuenta! Es fijo...

¿Cuántos años cumpliste? Treinta? Es fijo

Que has amado, y es poco, a más de ciento:

¡Se hacen muy fácilmente, y duran poco,

Las estatuas de cieno! Gruñes, gruñes

De estas cosas de viejo...

A ver qué tienen

Las cáscaras por dentro! ¡Abajo, abajo

Esa hermosa de nácar! ¡qué riqueza

Viene al suelo de espalda y hombros finos!

¡Parece una onda de òpalo cuajada!

¡Sube un aroma que perfuma el viento,—

Que me enciende la carne, que me anubla

El juicio, a tanta costa trabajado!:

Pero vuélvela a diestra y a siniestra,

A la luna y el sol: no hay nada adentro!



Y en la de bronce ¿qué hallas? ¡con que modo

Loco y ardiente buscas!: aún humea

Esa de bronce en restos: ¿qué has hallado

Que con espanto tal la echas en tierra?:

¡Ah, lo que corre el duende negro: un cerdo!



Y ésa? ¡una uña! Y ¿ésa? ¡ay! una piedra

Más dura que mis bucles: la más terrible

Es esa de la piedra! Y ¿esta moza

Toda de colorines? saca! saca!

¡Esta por corazòn tiene un vasillo

Hueco, forrado en láminas de modas!

Esa? nada! Esa? nada! Esa? Una doble

Dentadura, y manchado cada diente

De una sangre distinta: ¡mata, mata!

¡Mata con el talòn a esa culebra!

Y ésa? Una hamaca! Y ¿ésa, pues, la última,

La postrer de las cien, qué le has hallado

Que le besas los pies, que la rehaces

De prisa con tus manos, que la cubres

Con sus mismos cabellos, que la amparas

Con tu cuerpo, que te echas de rodillas?

¿Qué tienes? ¿qué levantas en las manos

Lentamente como una ofrenda al cielo?

¿Entrañas de mujer? No en vano el cielo

Con una luz tan suave se ilumina,

¡Eso es arpa: eso es sol: [.........]!

¿De cien mujeres, una con entrañas?

¡Abrázala! arrebátala! con ella

Vive, que serás rey, doquier que vivas:



Cruza los bosques, que los lobos mismos

Su presa te darán, y acatamiento:

Cruza los mares, y las olas lomo

Blando te prestarán; los hombres cruza

Que no te morderán, aunque te juro

Que lo que ven lo muerden, y si es bello

Lo muerden más; y dondequier que muerden

Lo despedazan todo y envenenan.

Ya no eres hombre, Jòveno, si hallaste

Una mujer amante! o no:— ya lo eres!





CRIN HIRSUTA



Que como crin hirsuta de espantado

Caballo que en los troncos secos mira

Garras y dientes de tremendo lobo,

Mi destrozado verso se levanta...?

Sí,: pero se levanta! —a la manera

Como cuando el puñal se hunde en el cuello

De la res, sube al cielo hilo de sangre:—

Sòlo el amor engendra melodías.







A LOS ESPACIOS



A los espacios entregarme quiero

Donde se vive en paz, y con un manto

De luz, en gozo embriagador henchido,

Sobre las nubes blancas se pasea,—

Y donde Dante y las estrellas viven.

Yo sé, yo sé, porque lo tengo visto

En ciertas horas puras, còmo rompe

Su cáliz una flor,— y no es diverso

Del modo, no, con que lo quiebra el alma,



Escuchad, y os diré: —viene de pronto

Como una aurora inesperada, y como

A la primera luz de primavera

De flor se cubren las amables lilas...

Triste de mí: contároslo quería

Y en espera del verso, las grandiosas

Imágenes en fila ante mis ojos

Como águilas alegres vi sentadas.

Pero las voces de los hombres echan

De junto a mí las nobles aves de oro:

Ya se van, ya se van: ved còmo rueda

La sangre de mi herida.

Si me pedís un símbolo del mundo

En estos tiempos, vedlo: un ala rota.

Se labra mucho el oro, el alma apenas!—

Ved còmo sufro: vive el alma mía

Cual cierva en una cueva acorralada:—

Oh, no está bien:

me vengaré, llorando!







PÓRTICO



Frente a casas ruines, en los mismos

Sacros lugares donde Franklin bueno

Citò al rayo y lo atò,— por entre truncos

Muros, cerros de piedras, boqueantes

Fosos, y los cimientos asomados

Como dientes que nacen a una encía

Un pòrtico gigante se elevaba.

Rondaba cerca de él la muchedumbre

[............] que siempre en torno

De las fábricas nuevas se congrega:





Cuál, que ésta es siempre distinciòn de necios,

Absorto ante el tamaño: piedra el otro

Que no penetra el sol, y cuál en ira,

De que fuera mayor que su estatura.

Entre el tosco andamiaje, y las nacientes

Paredes, el pòrtico [.......]

En un cráneo sin tope parecía

Un labio enorme, lívido e hinchado.

Ruedas y hombres el aire sometieron:

Trepaban en la sombra: más arriba

Fueron que las iglesias: de las nubes

La fábrica magnífica colgaron:

Y en medio entonces de los altos muros

Se vio el pòrtico en toda su hermosura.







MANTILLA ANDALUZA



Por qué no acaba todo, ora que puedes

Amortajar mi cuerpo venturoso

Con tu mantilla, pálida andaluza!—

No me avergüenzo, no, de que me encuentren

Clavado el corazòn con tu peineta!



Te vas! Como invisible escolta, surgen

Sobre sus tallos frescos, a seguirte

Mis jardines sin mancha y mis claveles:

Te vas! Todos se van! y tú me miras,

Oh perla pura en flor, como quien echa

En honda copa joya resonante,—

Y a tus manos tendidas me abalanzo

Como a un cesto de frutas un sediento.

De la tierra mi espíritu levantas

Como el ave amorosa a su polluelo.







POETA



Como nacen las palmas en la arena,

Y la rosa en la orilla al mar salobre,

Así de mi dolor mis versos surgen

Convulsos, encendidos, perfumados.

Tal en los mares sobre el agua verde,

La vela hendida, el mástil trunco, abierto

A las ávidas olas el costado

Después de la batalla fragorosa

Con los vientos, el buque sigue andando.



Horror, horror! En tierra y mar no había

Más que crujidos, furia, niebla y lágrimas!

Los montes, desgajados, sobre el llano

Rodaban: las llanuras, mares turbios

En desbordados ríos convertidas,

Vaciaban en los mares; un gran pueblo

Del mar cabido hubiera en cada arruga:

Estaban en el cielo las estrellas

Apagadas: los vientos en jirones

Revueltos en la sombra, huían, se abrían

Al chocar entre sí, y se despeñaban:

En los montes del aire resonaban

Rodando con estrépito: en las nubes

Los astros locos se arrojaban llamas!



Riò luego el sol: en tierra y mar lucia

Una tranquila claridad de boda:

Fecunda y purifica la tormenta!

Del aire azul colgaban ya, prendidos

Cual gigantescos tules, los rasgados

Mantos de los crespudos vientos, rotos

En el fragor sublime. Siempre quedan

Por un buen tiempo luego de la cura

Los bordes de la herida, sonrosados!

Y el barco, como un niño, con las olas,

Jugaba, se mecía, traveseaba.







ODIO EL MAR



Odio el mar, sòlo hermoso cuando gime

Del barco domador bajo la hendente

Quilla, y como fantástico demonio,

De un manto negro colosal tapado,

Encòrvase a los vientos de la noche

Ante el sublime vencedor que pasa:—

Y a la luz de los astros, encerrada

En globos de cristales, sobre el puente

Vuelve un hombre impasible la hoja a un libro.



Odio el mar: vasto y llano, igual y frío

No cual la selva hojosa echa sus ramas

Como sus brazos, a apretar al triste

Que herido viene de los hombres duros

Y del bien de la vida desconfía,

No cual honrado luchador, en suelo

Firme y seguro pecho, al hombre aguarda

Sino en traidora arena y movediza,

Cual serpiente letal.— También los mares,

El sol también, también Naturaleza



Para mover el hombre a las virtudes,

Franca ha de ser, y ha de vivir honrada.

Sin palmeras, sin flores, me parece

Siempre una tenebrosa alma desierta.



Que yo voy muerto, es claro: a nadie importa

Y ni siquiera a mí: pero por bella

Ígnea, varia, inmortal amo la vida.



Lo que me duele no es vivir: me duele

Vivir sin hacer bien. Mis penas amo,

Mis penas, mis escudos de nobleza.

No a la pròvida vida haré culpable

De mi propio infortunio, ni el ajeno

Goce envenenaré con mis dolores.

Buena es la tierra, la existencia es santa.

Y en el mismo dolor, razones nuevas

Se hallan para vivir, y goce sumo,

Claro como una aurora y penetrante.

Mueran de un tiempo y de una vez los necios

Que porque el llanto de sus ojos surge

Lo imaginan más grande y más hermoso

Que el cielo azul y los repletos mares!—



Odio el mar, muerto enorme, triste muerto

De torpes y glotonas criaturas

Odiosas habitado: se parecen

A los ojos del pez que de harto expira

Los del gañán de amor que en brazos tiembla

De la horrible mujer libidinosa:—

Vilo, y lo dije: —algunos son cobardes,

Y lo que ven y lo que sienten callan:

Yo no: si hallo un infame al paso mío,

Dígole en lengua clara: ahí va un infame,

Y no, como hace el mar, escondo el pecho.



Ni mi sagrado verso nimio guardo

Para tejer rosarios a las damas

Y máscaras de honor a los ladrones:



Odio el mar, que sin còlera soporta

Sobre su lomo complaciente, el buque

Que entre música y flor trae a un tirano.







NOCHE DE MAYO



Con un astro la tierra se ilumina:

Con el perfume de una flor se llenan

Los ámbitos inmensos: como vaga,

Misteriosa envoltura, una luz tenue

Naturaleza encubre, —y una imagen

Misma, del linde en que se acaba, brota

Entre el humano batallar. Silencio!

En el color, oscuridad! Enciende

El sol al pueblo bullicioso, y brilla

La blanca luz de luna! —En los ojos

La imagen va, —porque si fuera buscan

Del vaso herido la admirable esencia,

En haz de aromas a los ojos surge:—

Y si al peso del párpado obedecen,

Como flor que al plegar las alas plega

Consigo su perfume, en el solemne

Templo interior como lamento triste

La pálida figura se levanta!

Divino oficio!: el Universo entero,

Su forma sin perder, cobra la forma

De la mujer amada, y el esposo

Ausente, el cielo pòstumo adivina

Por el casto dolor purificado.





BANQUETE DE TIRANOS



Hay una raza vil de hombres tenaces

De sí propio inflados, y hechos todos,

Todos, del pelo al pie, de garra y diente:

Y hay otros, como flor, que al viento exhalan

En el amor del hombre su perfume.

Como en el bosque hay tòrtolas y fieras

Y plantas insectívoras y pura

Sensitiva y clavel en los jardines.

De alma de hombres los unos se alimentan:

Los otros su alma dan a que se nutran

Y perfumen su diente los glotones,

Tal como el hierro frío en las entrañas

De la virgen que mata se calienta.



A un banquete se sientan los tiranos

Donde se sirven hombres; y esos viles

Que a los tiranos aman, diligentes

Cerebro y corazòn de hombres devoran:

Pero cuando la mano ensangrentada

Hunden en el manjar, del mártir muerto

Surge una luz que les aterra, flores

Grandes como una cruz súbito surgen

Y huyen, rojo el hocico, y pavoridos

A sus negras entrañas los tiranos.



Los que se aman a sí: los que la augusta

Razòn a su avaricia y gula ponen:

Los que no ostentan en la frente honrada

Ese cinto de luz que el yugo funde

Como el inmenso sol en ascuas quiebra

Los astros que a su seno se abalanzan:

Los que no llevan del decoro humano

Ornado el sano pecho: los menores



Y segundones de la vida, sòlo

A su goce ruin y medro atentos

Y no al concierto universal.



Danzas, comidas, músicas, harenes,

Jamás la aprobaciòn de un hombre honrado.

Y si acaso sin sangre hacerse puede

Hágase... clávalos, clávalos

En el horcòn más alto del camino

Por la mitad de la villana frente,

A la grandiosa humanidad traidores.

Como implacable obrero

Que un féretro de bronce clavetea,

Los que contigo

Se parten la naciòn a dentelladas.







COPA CON ALAS



Una copa con alas: quién la ha visto

Antes que yo? Yo ayer la vi! Subía

Con lenta majestad, como quien vierte

Óleo sagrado: y a sus dulces bordes

Mis regalados labios apretaba:—

Ni una gota siquiera, ni una gota

Del bálsamo perdí que hubo en tu beso!



Tu cabeza de negra cabellera

—Te acuerdas?— con mi mano requería,

Porque de mi tus labios generosos

No se apartaran.—Blanda como el beso

Que a ti me transfundía, era la suave

Atmòsfera en redor; la vida entera

Sentí que a mí abranzándote, abrazaba!

Perdí el mundo de vista, y sus ruidos,



Y su envidiosa y bárbara batalla!

Una copa en los aires ascendía

Y yo, en brazos no vistos reclinado

Tras ella, asido de sus dulces bordes

Por el espacio azul me remontaba!—



Oh amor, oh inmenso, oh acabado artista:

En rueda o riel funde el herrero el hierro:

Una flor o mujer o águila o ángel

En oro o plata el joyador cincela:

Tú sòlo, sòlo tú, sabes el modo

De reducir el Universo a un beso!







ÁRBOL DE MI ALMA



Como un ave que cruza el aire claro

Siento hacia mí venir tu pensamiento

Y acá en mi corazòn hacer su nido.

Ábrese el alma en flor: tiemblan sus ramas

Como los labios frescos de un mancebo

En su primer abrazo a una hermosura:

Cuchichean las hojas: tal parecen

Lenguaraces obreras y envidiosas,

A la doncella de la casa rica

En preparar el tálamo ocupadas:

Ancho es mi corazòn, y es todo tuyo:

Todo lo triste cabe en él, y todo

Cuanto en el mundo llora, y sufre, y muere!

De hojas secas, y polvo, y derruidas

Ramas lo limpio: bruño con cuidado

Cada hoja, y los tallos: de las flores

Los gusanos del pétalo comido

Separo: oreo el césped en contorno

Y a recibirte, oh pájaro sin mancha!

Apresto el corazòn enajenado!





LUZ DE LUNA



Esplendía su rostro: por los hombros

Rubias guedejas le colgaban: era

Una caricia su sonrisa: era

Ciego de nacimiento: parecía

Que veía: tras los párpados callados

Como un lago tranquilo el alma exenta

Del horror que en el mundo ven los ojos,

Sus apacibles aguas deslizaba:—

Tras los párpados blancos se veían

Aves de plata, estrellas voladoras,

En unas grutas pálidas los besos

Risueños disputándose la entrada

Y en el dorso de cisnes navegando

Del ciego fiel los pensamientos puros.



Como una rama en flor al sosegado

Río silvestre que hacia el mar camina,

Una afable mujer se asomò al ciego:

Temblò, encendiòse, se cubriò de rosas,

Y las pálidas manos del amante

Besò cien veces, y llenò con ellas:—

En la misma guirnalda entrelazados

Pasan los dos la generosa vida:

Tan grandes son las flores, que a su sombra

Suelen dormir la prolongada siesta.



Cual quien enfrena un potro que husmeando

Campo y batalla, en el portal sujeto

Mira, como quien muerde, al amo duro,—

Así, rebelde a veces, tras sus ojos

El pobre ciego el alma sujetaba:—

—«Oh, si vieras! —los necios le decían



Que no han visto en sus almas —oh si vieras

Cuando sobre los trigos requemados,

Su ejército de rayos el sol lanza,

Còmo chispean, còmo relucen, còmo,

Asta al aire, el hinchado campamento

Los cascos mueve y el plumòn lustrosos.

Si vieras còmo el mar, roto y negruzco

Vuelca al barco infeliz, y encumbra al fuerte;

Si vieses, infeliz, còmo la tierra

Cuando la luna llena la ilumina

Desposada parece que en los aires

Buscando va, con planta perezosa,

La casa florecida de su amado.

—Ha de ser, ha de ser como quien toca

La cabeza de un niño!—

—Calla, ciego:

Es como asir en una flor la vida».



De súbito vio el ciego; esta que esplende,

Dijéronle, es la luna; mira, mira

Qué mar de luz: abismos, ruinas, cuevas,

Todo por ella casto y blando luce

Como de noche el pecho de las tòrtolas!

—Nada más? —dijo el ciego, y retornando

A su amada celosa los ya abiertos

Ojos, besòle la temblante mano

Humildemente, y díjole:

—No es nueva,

Para el que sabe amar, la luz de luna.





FLOR DE HIELO

Al saber que era muerto Manuel Ocaranza



Mírala: Es negra! Es torva! Su tremenda

Hambre la azuza. Son sus dientes hoces;

Antro su frente; secadores vientos

Sus hálitos; su paso, ola que traga

Huertos y selvas; sus manjares, hombres.

Viene! escondeos, oh caros amigos,

Hijo del corazòn, padres muy caros!

Do asoma, quema; es sorda, es ciega: —El hambre

Ciega el alma y los ojos. Es terrible

El hambre de la Muerte!

No es ahora

La generosa, la clemente amiga

Que el muro rompe al alma prisionera

Y le abre el claro cielo fortunado;

No es la dulce, la plácida, la pía

Redentora de tristes, que del cuerpo,

Como de huerto abandonado, toma

El alma adolorida, y en más alto

Jardín la deja, donde blanda luna

Perpetuamente brilla, y crecen sòlo

En vástagos en flor blancos rosales:

No la esposa evocada; no la eterna

Madre invisible, que los anchos brazos,

Sentada en todo el ámbito solemne,

Abre a sus hijos, que la vida agosta;

Y a reposar y a reparar sus bríos

Para el fragor y la batalla nueva

Sus cabezas igníferas reclina

En su puro y jovial seno de aurora.



No: aun a la diestra del Señor sublime

Que envuelto en nubes, con sonora planta

Sobre cielos y cúspides pasea;

Aun en los bordes de la copa dívea

En colosal montaña trabajada

Por tallador cuyas tundentes manos

Hechas al rayo y trueno fragorosos

Como barro sutil la roca herían;

Aun a los lindes del gigante vaso

Donde se bebe al fin la paz eterna,

El mal, como un insecto, sus oscuros

Anillos mueve y sus antenas clava

Artero en los sedientos bebedores!



Sierva es la Muerte: sierva del callado

Señor de toda vida: salvadora

Oculta de los hombres! Mas el ígneo

Dueño a sus siervos implacable ordena

Que hasta rendir el postrimer aliento

A la sombra feliz del mirto de oro,

El bien y el mal el seno les combatan;

Y sòlo las eternas rosas ciñe

Al que a sus mismos ojos el mal torvo

En batalla final convulso postra.

Y pío entonces en la seca frente

Da aquél, en cuyo seno poderoso

No hay muerte ni dolor, un largo beso.

Y en la Muerte gentil, la Muerte misma,

Lidian el bien y el mal...! Oh dueño rudo,

A rebeliòn y a admiraciòn me mueve

Este misterio del dolor, que pena

La culpa de vivir, que es culpa tuya

Con el dolor tenaz, martirio nuestro!

¿Es tu seno quizá tal hermosura

Y el placer de domar la interna fiera



Gozo tan vivo, que el martirio mismo

Es precio pobre a la final delicia?

¡Hora tremenda y criminal —oh Muerte—

Aquella en que en tu seno generoso

El hambre ardiò, y en el ilustre amigo
.......


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