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martes, 30 de noviembre de 2010

PRIMER GRAN PARTIDO DE MASAS Y DE IDEAS


---------- Mensaje reenviado ----------
De: Cuatro Atletas del Apocalipsis y un pastorcito <edboma3@gmail.com>
Fecha: 29 de noviembre de 2010 09:52
Asunto: [TacnaComunitaria] PRIMER GRAN PARTIDO DE MASAS Y DE IDEAS
Para: luismiguel1952@gmail.com


Hoy, retumba, como nunca en el oído de los militantes del socialismo peruano, la expresión del inmortal Johann Wolfgang von Goethe: ¡Más luz, más luz!, cuando se discute en torno a la facción orgánica y doctrinariamente homogénea del primer gran partido de masas y de ideas de toda nuestra historia republicana.

Daniel Bensaïd fue uno de los dirigentes estudiantiles de mayo del 68, militante en las filas de las Jeunesses Communistes Révolutionnaires, al lado de Alain Krivine. Animador de Mayo del 68 desde el Movimiento 22 de marzo permaneció fiel a su compromiso revolucionario hasta el final de su vida, contrariamente a tantos nombres ilustres de su generación convertidos en "rebeldes arrepentidos".

Daniel es uno de esos raros ejemplares que jamás renunció a sus ideales. Trotskista de una nítida filiación marxista hasta su último aliento. Michael Lowy recuerda, en Daniel Bensaïd al comunista herético, "¿Cómo no amar y no admirar su extraordinaria creatividad y, sobre todo, su espíritu, anti y contra todo, de resistencia a la infamia del orden establecido?". El creía que "el revolucionario es un hombre de duda opuesto al hombre de fe, un individuo que apuesta desde las incertidumbres del siglo, y que pone una energía absoluta al servicio de certezas relativas."[1] Es decir, pensaba como afirmamos los socialistas peruanos que el revolucionario es un hombre de duda pero, al mismo tiempo, un hombre de fe. El comunismo del siglo XXI era, para Daniel Bensaïd dice Lowy, el heredero de la Comuna de París, de la Revolución de Octubre, de las ideas de Marx y Lenin, y de los grandes vencidos: Trotsky, Rosa Luxemburgo, el Che Guevara. Pero el comunismo también era algo nuevo, a la altura de lo que está en juego en el presente: un ecocomunismo (término que él inventó), integrando centralmente el combate ecológico contra el capital.

Vladimir Ilich Lenin sigue a Johann Gottlieb Fichte en un punto. Ambos tienen la misma actitud para enfrentar las dificultades. Cuando les hacían ver que sus ideas iban contra la realidad respondieron enfáticamente: "peor para la realidad". Lenin era materiísta y Fichte ideísta y, sin embargo, coinciden en esa postura. La voluntad de los hombres trasciende los límites de las filosofías. La voluntad es conciencia de una necesidad. Conciencia es apropiación de la "sustancia" de la materia. El cerebro se apodera de la materia (cosa en si) y la domina transformándola (cosa para sí) en una realidad que se mueve al margen de nuestra conciencia. Los humanos adquirimos conciencia de los conflictos de clase en el terreno de la economía pero los dirimimos en el ámbito de la política. Sin embargo, el hombre común sólo puede visualizar la salida al pantano, cuando vive la experiencia, en los puntos críticos de la historia social. La conciencia rutinaria sólo cambia en periodos muy especiales de derrumbamientos y reconstrucciones. Son éstos periodos los que Lenin buscaba con el olfato del mejor sabueso.

Michael Löwy, en el prefacio a La teoría de la revolución en el joven Marx [2], nos explica que la utopía estratégica es una utopía disruptiva, es decir, depende de la acción que se apropia de la eventualidad de una brecha y de las virtualidades del combate. Es el arte de los atajos que los cazadores de oportunidades transforman en innovaciones heréticas. En las grandes crisis (ni los de arriba ni los de abajo pueden seguir viviendo como antes) la necesidad de un cambio se complementa perfectamente con la oportunidad de realizarlo. El destino cabalga sobre las ancas de la diosa azar. Los resultados de gran parte de nuestras acciones depende de "circunstancias que escapan a nuestro control". En cada paso que damos el azar puede intervenir para bien o para mal. La lucha de clases nos brinda muchas oportunidades. En más de las veces son oportunidades perdidas porque no se tiene a punto la facción orgánica y doctrinariamente homogénea del primer gran partido de masas y de ideas. Afinamiento de la máquina de combate, en medio de la lucha de masas, para la lucha final es la tarea del presente. En estas líneas es suficiente decir que el partido proletario es un gran cazador de oportunidades.

Los temas de organización están a la orden del día en el Perú de la chicha de jora, el masato y el cebiche. En esta ocasión, en flagrante herejía, continuamos la publicación de algunos ensayos de reconocidos pensadores de filiación trotskista. La construcción de partido y las oportunidades en los procesos sociales es uno de los temas centrales en el debate en curso.

¡Adiós, tristes obispos bolcheviques![3] ¡Adiós doctrinarios, adiós sectarios, adiós fanáticos de la línea única, adiós fervorosos hinchas depositarios del monopolio de la ciencia! ¡Adiós pedantes profesores tudescos del marxismo! Hace unos meses publicamos dos trabajos de Hal Draper[4]. Hoy ponemos ante vuestros ojos un ensayo Daniel Bensaïd: Lenin: ¡Saltos! ¡Saltos! ¡Saltos!

Tacna, 27 noviembre 2010
Edgar Bolaños Marín

[1] Löwy, Michael, Daniel Bensaïd, comunista herético, Versión electrónica

[2] Michael Löwy, La teoría de la revolución en el joven Marx, versión electrónica.

[3] César Vallejo, Despedida recordando un adiós, 12 de octubre 1937, obra poética completa, versión electrónica.

[4] Véase: http://tacnacomunitaria.blogspot.com/search/label/Hal%20Draper



Daniel Bensaïd
LENIN: ¡SALTOS! ¡SALTOS! ¡SALTOS!


Escrito: En 2002. Publicado por vez primera: Como "Leaps! Leaps! Leaps!: Lenin and Politics", en International Socialism, no. 95, Julio 2002. Versión al castellano: Guillermo Crux. Fuente del presente texto: Transcripción proporcionada por Reven. Esta edición: Marxists Internet Archive, mayo de 2010.

A Hannah Arendt le angustiaba que la política pudiera desaparecer completamente del mundo. El siglo había atestiguado tales desastres que la pregunta de si acaso «la política todavía tiene significado alguno» se había vuelto inevitable. Los problemas que se debatían en estos miedos eran sumamente prácticos: «La falta de significado en el que el conjunto de la política ha terminado está confirmada por la vía muerta en la que se acumulan las cuestiones políticas específicas».[1]

Para ella, la forma que tomaba esta temida desaparición de la política era el totalitarismo. Hoy nos enfrentamos a una forma diferente de peligro: la tiranía del mercado. Aquí la política se encuentra aplastada entre el orden de los mercados financieros –que presentan como natural– y las prescripciones moralizantes del capitalismo ventrílocuo.

El fin de la política y el fin de la historia coinciden entonces en la repetición infernal de la eternidad de la mercancía en la que se escuchan las voces apagadas de Fukuyama y Furet: «La idea de otra sociedad se ha vuelto casi imposible de concebir, y nadie en el mundo de hoy ofrece algún tipo de consejo sobre el tema. Aquí estamos, condenados a vivir en el mundo tal como es».[2] Esto es peor que la melancolía –es desesperación, como hubiera dicho Blanqui–, la eternidad de la humanidad basada en los índices de las bolsas.

Hannah Arendt pensaba que podía ponerle una fecha al principio y al fin de la política: inaugurada por Platón y Aristóteles, pensaba que encontró «su culminación definitiva en las teorías de Marx».[3] Anunciando el fin de la filosofía, dice que Marx también, por alguna broma de la dialéctica, pronunció eso de la política. Esta idea no reconoce la política de Marx como la única concebible frente a la violencia capitalizada y los fetichismos de la modernidad: «El Estado no es válido para todo», escribió, pronunciándose claramente contra «la exageración presuntuosa del factor político» que hace del Estado burocrático la encarnación del abstracto universal. Más que una pasión unilateral por lo social, su esfuerzo se dirige a la emergencia de una política de los oprimidos que empieza desde la constitución de órganos políticos no estatales, que preparan el camino para la necesaria extinción del Estado como un órgano separado.

La cuestión vital, urgente, es aquella de la política desde abajo, política para los excluidos y marginados de la política estatal de la clase dominante.

Tenemos que resolver el enigma de las revoluciones obreras y sus tragedias repetidas: ¿cómo nos sacamos de encima lo muerto y ganamos el premio? ¿Cómo una clase que ve impedido su desarrollo físico y moral en su vida diaria debido a la servidumbre involuntaria del trabajo forzado puede transformarse en el sujeto universal de la emancipación humana? Las respuestas de Marx en este punto derivan de una apuesta sociológica –el desarrollo industrial lleva al crecimiento numérico y la concentración de la clase trabajadora, que a su vez hace progresar su organización y su conciencia. Así, se dice que la lógica del capital por sí sola lleva a «la constitución de los proletarios como clase dominante». El prólogo de Engels de 1890 a la edición del Manifiesto Comunista confirma esta suposición: «En cuanto al triunfo final de las tesis del Manifiesto, Marx ponía toda su confianza en el desarrollo intelectual de la clase trabajadora, fruto obligado de la acción conjunta y de la discusión».[4]

La ilusión según la cual la obtención del sufragio universal le permitiría al proletariado inglés, que era la mayoría de la sociedad, ajustar la representación política a la realidad social deriva de esta apuesta. En el mismo espíritu, en su comentario de 1898 sobre el Manifiesto, Antonio Labriola expresó la opinión de que «la deseada fusión de comunistas y proletarios es de ahora en adelante un hecho cumplido». La emancipación política del proletariado fluía necesariamente de su desarrollo social. La historia convulsa del siglo pasado muestra que no podemos escapar tan fácilmente del mundo embrujado de la mercancía, de sus dioses sanguinarios y de su «caja de repeticiones». La relevancia intempestiva de Lenin necesariamente es el resultado de esta observación. Si la política hoy todavía tiene una oportunidad de apartar el peligro doble de una naturalización de la economía y una fatalización de la historia, esta oportunidad requiere un nuevo acto leninista en las condiciones de la globalización imperial. El pensamiento político de Lenin es el de la política como estrategia, la de los momentos favorables y los eslabones débiles.

El tiempo «homogéneo y vacío» del progreso mecánico, sin crisis ni rupturas, es un tiempo no político. La idea sostenida por Kautsky de una «acumulación pasiva de fuerzas» pertenece a esta visión del tiempo. Una versión primitiva de una fuerza tranquila, este «socialismo fuera del tiempo» y a velocidad de tortuga, disuelve la incertidumbre de la lucha política en las proclamadas leyes de la evolución histórica.

Lenin, por el contrario, pensaba la política como un tiempo lleno de lucha, un tiempo de crisis y derrumbamientos. Para él, la especificidad de la política se expresa en el concepto de una crisis revolucionaria, que no es la continuación lógica de un «movimiento social», sino una crisis general de las relaciones recíprocas entre todas las clases de la sociedad.

La crisis se define entonces como una «crisis nacional». Actúa para poner al desnudo las líneas de batalla, que han sido oscurecidas por la fantasmagórica mística de la mercancía.

Entonces, por sí solo, y no en virtud de alguna inevitable maduración histórica, puede transformarse el proletariado y «convertirse en lo que es».

De esta forma se unen estrechamente la crisis revolucionaria y la lucha política. «El conocimiento que puede tener de sí misma la clase obrera está indisolublemente unido a un conocimiento preciso de las relaciones recíprocas de todas las clases en la sociedad contemporánea, un conocimiento que no es sólo teórico, mas bien debiéramos decir que es menos teórico que fundado en la experiencia de la política». Ciertamente es a través de la prueba de la política práctica que se adquiere este conocimiento de las relaciones recíprocas entre las clases. Transforma «nuestra revolución» en una «revolución de todo el pueblo».

Este enfoque es absolutamente opuesto a un obrerismo crudo, que reduce lo político a lo social. Lenin rechaza categóricamente «mezclar la cuestión de las clases con la de los partidos». La lucha de clases no se reduce al antagonismo entre el obrero y su patrón. Enfrenta a la clase trabajadora con «el conjunto de la clase capitalista» en el nivel del proceso de la producción capitalista como un todo, que es el objeto de estudio del Volumen III de El Capital. Esta, además, es la razón por la cual es perfectamente lógico que el capítulo inconcluso de Marx sobre las clases, entre en este punto y no en el Volumen I sobre el proceso de producción o el Volumen II sobre el proceso de circulación. Como partido político, la socialdemocracia revolucionaria representa entonces a la clase trabajadora, no sólo en sus relaciones con un grupo de patrones, sino también con «todas las clases de la sociedad contemporánea y con el Estado como una fuerza organizada».

El tiempo del momento propicio en la estrategia leninista ya no es más el de las Penélopes y Danaides electorales, cuyo trabajo es constantemente desecho, sino el que le da un ritmo a la lucha y se sostiene sobre la crisis –el tiempo del momento oportuno y de la coyuntura singular, donde la necesidad y la eventualidad, acción y proceso, historia y evento se encuentran entrelazados. «No deberíamos imaginar a la revolución en la forma de un hecho singular: la revolución será una rápida sucesión de explosiones más o menos violentas, alternándose con fases de calma más o menos profundas. Por eso es esencial la actividad de nuestro partido, la focalización de su actividad, siendo posible y necesario trabajar tanto en los períodos de la más violenta explosión como en aquellos de calma, esto es, realizar un trabajo de agitación política unificada en toda Rusia».

Las revoluciones tienen su propio ritmo, marcado por aceleraciones y desaceleraciones. También tienen su propia geometría, donde la línea recta es interrumpida en bifurcaciones y giros repentinos. El partido entonces aparece bajo una nueva luz. Para Lenin, este ya no es el resultado de una experiencia acumulativa, ni el modesto maestro con la tarea de elevar a los trabajadores del oscurantismo y la ignorancia hacia la iluminación de la razón. Se vuelve un actor estratégico, una suerte de caja de velocidades para la lucha de clases. Como Walter Benjamin claramente reconoció, el tiempo estratégico de la política no es el tiempo homogéneo y vacío de la mecánica clásica, sino un tiempo fracturado, lleno de nodos y matrices donde se conectan y gestan eventos.

Sin ninguna duda existe, en la formación del pensamiento de Lenin, una interacción de rupturas y continuidades. Las mayores fracturas (que no son rupturas epistemológicas) pueden ser ubicadas en 1902, en el trabajo ¿Qué hacer? y Un paso adelante, dos atrás, o de nuevo en 1914-1916, cuando fue necesario repensar el imperialismo y el Estado a la luz de la guerra, retomando el hilo de la lógica hegeliana. Al mismo tiempo, a partir de El desarrollo del capitalismo en Rusia, un trabajo fundacional, Lenin establecerá el marco que le permitirá luego hacer correcciones teóricas y ajustes estratégicos.

Las confrontaciones en el curso de las cuales los bolcheviques se definieron son una expresión de su revolución dentro de la revolución. Desde las polémicas de ¿Qué hacer? y Un paso adelante, dos pasos atrás, los textos clásicos esencialmente preservan la idea de una vanguardia centralizada con disciplina militar. El punto clave se encuentra en otro lado.

Lenin está luchando contra la confusión, que él describe como «desorganizadora», entre el partido y la clase. El establecimiento de una distinción entre el partido y la clase tiene como contexto las grandes controversias entonces en curso en el movimiento socialista, especialmente en Rusia. Esto es, en oposición a las corrientes populistas, economicistas y mencheviques que a veces convergían para defender el «socialismo puro». La aparente intransigencia de esta ortodoxia formal en realidad expresa la idea de que la revolución democrática debe ser necesariamente una etapa en el camino a la revolución histórica. Mientras espera fortalecerse y alcanzar la mayoría social y electoral, el naciente movimiento obrero se supone que abandona el liderazgo en favor de la burguesía y se contenta con actuar en apoyo de la modernización capitalista. Esta confianza en la dirección de la historia, según la cual todo llegaría a su debido tiempo para aquellos que esperan, es la base de las posiciones ortodoxas de Kautsky en la Segunda Internacional: «debemos avanzar pacientemente por las rutas del poder hasta que el poder caiga como una fruta podrida».

Para Lenin, al contrario, la meta es lo que guía al movimiento, la estrategia antecede a las tácticas, la política a la historia. Por eso es necesario separarse antes de unirse, y para unirse, «utilizar cualquier manifestación de descontento, haciéndolo sin importar lo pequeña que pueda ser». En otras palabras, concebir la lucha política como «más extensa y compleja que la lucha económica de los trabajadores con los patrones y el gobierno».[5] Así, cuando Rabocheye Dyelo deduce los objetivos políticos de la lucha económica, Lenin lo critica por «bajar el nivel de la variada actividad política del proletariado». Es una ilusión imaginar que «el movimiento obrero puro» es capaz por si mismo de elaborar una ideología independiente. El propio desarrollo espontáneo del movimiento obrero, por el contrario, lleva a subordinarse a la ideología burguesa». Para la ideología dominante no es una cuestión de manipulación de conciencias, sino el objetivo resultante del fetichismo de la mercancía. A su puño de hierro y servidumbre forzada solo se puede escapar a través de la crisis revolucionaria y la lucha política de partidos. Esta es verdaderamente la respuesta de Lenin al enigma sin resolver de Marx.

Para Lenin todo lleva a la concepción de la política como la entrada en escena de lo que estaba ausente: «la división en clases es ciertamente, en última instancia, la más profunda base para el agrupamiento político», pero esta última instancia se «establece solo mediante la lucha política». De esta forma, «el comunismo, literalmente, irrumpe desde todos los puntos de la vida social: decididamente, florece en todas partes. Si una de sus salidas es bloqueada con particular empeño, entonces el fenómeno encontrará otra, a veces la más inesperada». Por eso es que no podemos saber «qué chispa comenzará el fuego».

De aquí la consigna que, de acuerdo con Tucholsky, resume la política leninista: «¡apresuraos!». Listos para lo improbable, lo inesperado, lo que suceda. Si Lenin pudiera describir la política como «economía concentrada», esta concentración significaría un cambio cualitativo en las bases según las cuales la política no puede fallar en «imponerse sobre la economía». «Al defender la fusión de los puntos de vista económicos y políticos», Bujarin, por otro lado, se «desliza hacia el eclecticismo». Igualmente, en su polémica de 1921 contra la Oposición Obrera, Lenin critica este «infeliz nombre» que otra vez reduce la política a lo social y la demanda de que la administración de la economía nacional debería ser directamente dada a los «productores agrupados en sindicatos», lo que terminaría reduciendo la lucha de clases a una confrontación de intereses particulares o regionales sin síntesis.

La política, por el contrario, tiene su propio lenguaje, gramática y sintaxis. Tiene sus propias latencias y deslices. En el escenario político, la lucha de clases transfigurada tiene «su más completa, rigurosa y mejor definida expresión en la lucha de partidos». Derivado de un registro específico que no puede ser reducido a sus determinaciones inmediatas, el discurso político es más cercano al álgebra que a la aritmética. Su necesidad es de orden diferente, «mucho más compleja», que aquella vincula directamente las demandas sociales a la relación de explotación. Al contrario de lo que los «marxistas vulgares» imaginan, la política «no sigue dócilmente a la economía». El ideal del militante revolucionario no es un sindicalista con un estrecho horizonte, sino el «tribuno de la plebe» que aviva el fuego de la subversión en todas las esferas de la sociedad.

El «leninismo», o más bien el leninismo estalinizado concebido como ortodoxia estatal, muchas veces es hecho responsable por el despotismo burocrático. La noción de partido de vanguardia, separado de la clase trabajadora, es de este modo concebida como portadora del germen de la sustitución del vivo movimiento social por el aparato en los círculos de un infierno burocrático. Sin embargo, a pesar de lo injusta que pueda ser, esta acusación pone sobre la mesa una dificultad real. Si lo político no es idéntico a lo social, la representación de unos por otros necesariamente se vuelve problemática: ¿sobre qué se basa la legitimidad?

Para Lenin, hay una gran tentación de resolver la contradicción suponiendo que existe algún agente que representa de manera completa y adecuada a quienes los han elegido, culminando en el vaciamiento de la política. Las contradicciones en la representación no permiten que ningún agente pueda de manera exclusiva y constante abarcar la pluralidad constitutiva sobre la que se eleva sin eliminar la misma. Este aspecto de la cuestión abarca a otro no menos importante, considerando que Lenin no parece reconocer el alcance de su innovación. Al parafrasear un texto canónico de Kautsky, lo distorsiona significativamente de la siguiente forma: Kautsky escribió que la «ciencia» llega a los proletarios «desde fuera de la lucha de clases a través de la 'intelectualidad burguesa'». Por medio de un giro verbal extraordinario, Lenin lo traduce como «la conciencia política de clase» (más que la «ciencia») llega «desde fuera de la lucha económica»[6] (más que desde fuera de la lucha de clases, que es tanto política como social), ya no a través de los intelectuales como categoría social, sino a través del partido como un agente que estructura específicamente el espacio político. La diferencia es muy sustancial.

Tanta insistencia en el lenguaje de la política, donde la realidad social se manifiesta a través de la permanente interacción entre desplazamientos y cristalizaciones, debería lógicamente resultar en una forma de pensamiento basada en la pluralidad y la representación. Si el partido no es la clase, la propia clase debería ser representada políticamente por muchos partidos, expresando sus diferencias y contradicciones.

La representación de lo social en lo político, debería entonces volverse el objeto de una elaboración jurídica e institucional. Lenin no llega tan lejos. Un detallado estudio, que trasciende el alcance de este artículo, sobre sus posiciones respecto de la cuestión nacional y la cuestión sindical en 1921, y sobre la democracia en 1917, nos permitiría verificar esto. [7]

De esta manera, Lenin sujeta la representación a reglas inspiradas por la Comuna de París, con el objetivo de limitar la profesionalización política: los representantes electos deben percibir un sueldo igual al de un obrero cualificado, vigilancia constante sobre los favores y privilegios para los funcionarios, la responsabilidad de los elegidos hacia aquellos que los eligieron. Contrariamente a un mito persistente, no planteaba el mandato imperativo de los delegados por parte de sus representados. Éste era el caso en el partido: «los poderes de los delegados no deben estar limitados por mandatos imperativos»; en el ejercicio de sus poderes «son completamente libres e independientes»; el congreso o asamblea es soberano. Igualmente a nivel de los órganos estatales, donde «el derecho de revocar a los diputados» no debe confundirse con un mandato imperativo que reduciría la representación a la suma de intereses particulares y puntos de vista estrechamente locales, sin posibilidad de síntesis alguna, que privaría a la deliberación democrática de toda sustancia y relevancia. En cuanto a la pluralidad, Lenin afirmó constantemente que «la lucha de matices de opinión» en el partido es inevitable y necesaria, en tanto tenga lugar dentro de los límites «aprobados por acuerdo común». Sostuvo «que es necesario incluir en las reglas del partido garantías de derechos para las minorías, para que los descontentos, las irritaciones y los conflictos que constante e inevitablemente surgirán, puedan ser sustraídos de los acostumbrados cauces filisteos de querellas y disputas, y ser dirigidos hacia los cauces todavía desacostumbrados de una lucha constitucional y dignificada por las propias convicciones. Como una de estas garantías esenciales, proponemos que a la minoría se le permita uno o más grupos de escritores, con el derecho a estar representados en los congresos y con completa 'libertad de expresión'».[8]

Si la política es una cuestión de opción y decisión, implica una pluralidad organizada. Ésta es una cuestión de principios de organización. En cuanto al sistema de organización, puede variar según las circunstancias concretas, a condición de no perder el hilo que guía los principios en el laberinto de las oportunidades. Así es como incluso la notoria disciplina en la acción parece menos sacrosanta de lo que admitiría el mito dorado del leninismo. Conocemos cómo Zinóviev y Kámenev fueron culpables de indisciplina, oponiéndose públicamente a la insurrección, y aún así no fueron apartados permanentemente de sus responsabilidades. El propio Lenin, en circunstancias extremas, no dudó en exigir el derecho personal de desobedecer al partido. Así, contempló la idea de dimitir de su cargo para retomar la «libertad de agitar» en la base del partido. En el momento crítico de la decisión, escribió bruscamente al Comité Central, «me fui a donde ustedes no querían que fuera (al Smolny). Adiós».

Su propia lógica lo llevó a visualizar la pluralidad y la representación en un país sin tradiciones parlamentarias ni democráticas. Pero Lenin no extrajo todas las conclusiones. Hay por lo menos dos razones para ello. La primera es que había heredado de la Revolución francesa la ilusión de que, una vez que el opresor ha sido derrocado, la homogeneización del pueblo o de la clase es sólo una cuestión de tiempo: las contradicciones entre el pueblo pueden ahora sólo provenir del extranjero o de la traición. La segunda es que la distinción entre lo político y lo social no es una garantía contra una inversión fatal: en lugar de llevar a la socialización de lo político, la dictadura puede significar la estatización burocrática de lo social. ¿Acaso no se aventuró el propio Lenin a predecir «la extinción de la lucha entre los partidos dentro de los soviets»?

En El estado y la revolución, los partidos pierden ciertamente su función en favor de una democracia directa, que no se supone que sea completamente un Estado separado. Pero, al contrario de las esperanzas iniciales, la estatización de la sociedad triunfó sobre la socialización de las funciones estatales. Absorbidos por los principales peligros del cerco militar y la restauración capitalista, los revolucionarios vieron crecer bajo sus pies el peligro no menos importante de la contrarrevolución burocrática.

Paradójicamente, las debilidades de Lenin están más ligadas a sus inclinaciones libertarias que a sus tentaciones autoritarias, como si un eslabón secreto uniera las dos. La crisis revolucionaria aparece como el momento crítico de la posible resolución, donde la teoría se vuelve estrategia:

«La historia en general y más particularmente la historia de las revoluciones es siempre más rica en su contenido, más variada, más polifacética, más viva, más ingeniosa que lo que pueden concebir los mejores partidos, las vanguardias más conscientes de las clases más avanzadas. Y eso es comprensible ya que las mejores vanguardias expresan la conciencia, la voluntad y la pasión de decenas de miles de hombres, mientras que la revolución es uno de los momentos de especial exaltación y tensión de todas las facultades humanas –el trabajo de la conciencia, la voluntad, la imaginación, la pasión de centenares de miles de hombres incitados por la más áspera lucha de clases. De aquí surgen dos conclusiones prácticas de gran importancia: primero, que la clase revolucionaria, para poder llevar a cabo su tarea, debe poder tomar posesión de todas las formas y todos los aspectos de la actividad social sin la más mínima excepción; segundo, la clase revolucionaria debe estar lista para reemplazar rápidamente una forma por otra y sin advertencia».

De esto Lenin deduce la necesidad de responder a eventos inesperados donde a menudo la verdad oculta de las relaciones sociales se revela repentinamente: «No sabemos y no podemos saber qué chispa... encenderá la conflagración, en el sentido de elevar a las masas; por consiguiente, debemos, con nuestros principios nuevos y comunistas, ponernos a trabajar para remover todas y cada una de las esferas, incluso las más viejas, mohosas y aparentemente irremediables, ya que de no ser así no podremos resolver nuestras tareas, no nos prepararemos comprensivamente, no estaremos en posesión de todos las armas». [9]

¡Remover todas las esferas! ¡Estar prestos para las soluciones más imprevisibles! ¡Permanecer listos para el cambio súbito de formas! ¡Saber emplear todas las armas! Éstas son las máximas de una política concebida como el arte de los acontecimientos inesperados y de las posibilidades efectivas de una coyuntura determinada.

Esta revolución en la política nos devuelve a la noción de crisis revolucionaria sistematizada en La Bancarrota de la Segunda Internacional. Se define por una interacción entre varios elementos variables en una situación: cuando los de arriba ya no pueden seguir gobernando como antes; cuando los de abajo no toleran ser gobernados como antes; y cuando esta imposibilidad doble se expresa por una efervescencia súbita de las masas. Adoptando estos criterios, Trotsky enfatiza en su Historia de la Revolución Rusa «que estas premisas se condicionan mutuamente es obvio. Mientras el proletariado actúe más decidida y confiadamente, más éxito tendrá en ganarse a las capas medias, más aislada estará la clase dominante, y más aguda será su desmoralización. Y, por otro lado, una desmoralización de quienes dominan llevará agua al molino de la clase revolucionaria».[10] Pero la crisis no garantiza las condiciones de su propia resolución. Esa es la razón por la cual Lenin hace de la intervención de un partido revolucionario el factor decisivo en una situación crítica:

«No es cada situación revolucionaria lo que da lugar a una revolución. La revolución sólo surge de una situación en la que los cambios objetivos antedichos son acompañados por un cambio subjetivo, a saber, la habilidad de la clase revolucionaria de emprender la acción revolucionaria de masas lo suficientemente fuerte como para romper (o dislocar) el viejo gobierno, que nunca, ni siquiera en un período de crisis se cae, si no es derrocado».[11] La crisis sólo puede resolverse por la derrota, a manos de una reacción que a menudo será sanguinaria, o por la intervención de un sujeto resuelto.

Esta era la interpretación del leninismo en Historia y Conciencia de Clase de Lukács. Ya en el V° Congreso de la Internacional Comunista esto le valió el anatema de bolchevique termidoriano. Lukács en realidad insistía en el hecho de que «Sólo la conciencia del proletariado puede señalar el camino que nos lleve fuera del callejón sin salida del capitalismo. En tanto esta conciencia esté ausente, la crisis continúa permanentemente, regresa a su punto de partida, repite el ciclo...». Lukács argumenta que, «la diferencia entre el período en el que se libran las batallas decisivas y el período anterior no estriba en la magnitud y la intensidad de las batallas en sí mismas. Estos cambios cuantitativos son meramente sintomáticos de las diferencias fundamentales de calidad que distinguen estas luchas de las anteriores...

Ahora, sin embargo, el proceso por el cual el proletariado se vuelve independiente y «se organiza como clase» se repite e intensifica hasta el momento en que se alcance la crisis final del capitalismo, el momento en que la decisión se encuentra cada vez más en manos del proletariado».[12] Esto tiene resonancias en los años treinta cuando Trotsky, enfrentado al nazismo y la reacción estalinista, produjo una formulación que equipara la crisis de la humanidad con la crisis de dirección revolucionaria.

La estrategia es «un cálculo de masa, velocidad y tiempo», escribió Chateaubriand. Para Sun Tzu, el arte de la guerra ya era el arte del cambio y de la velocidad. Este arte requería adquirir «la velocidad de la liebre» y «llegar a decisiones inmediatamente», porque está probado que la victoria más famosa podría haber sido una derrota «si se hubiera entrado a la batalla un día antes o unos días después». La regla de conducta derivada de esto es válida tanto para los políticos como para los soldados:

«Nunca permita que se le escape cualquier oportunidad, cuando la encuentre favorable. Los cinco elementos no están en todas partes, ni se encuentran igualmente puros; las cuatro estaciones no se suceden de la misma forma todos los años; la salida y la puesta del sol no siempre se encuentran en el mismo punto en el horizonte. Algunos días son largos y otros cortos. La luna crece y mengua y no siempre ilumina con la misma intensidad. Un ejército bien dirigido y bien disciplinado imita idóneamente todas estas variaciones».[13]

La noción de crisis revolucionaria hace suya esta lección de estrategia y la politiza. En ciertas circunstancias excepcionales el equilibrio de fuerzas llega a un punto crítico. «Toda ruptura de los ritmos produce efectos de conflicto. Molesta y perturba. También puede producir un hueco en el tiempo, que hay que llenar con una invención, con una creación. Esto ocurre, individual y socialmente, sólo atravesando una crisis». ¿Un hueco en el tiempo? ¿Un momento excepcional? Por medio de la cual puede surgir el hecho incumplido que contradice la fatalidad del hecho cumplido.

En 1905 Lenin coincide con Sun Tzu en su valoración de la velocidad. Es necesario, dice, «comenzar a tiempo», para actuar «inmediatamente». «Formar inmediatamente, en todos los lugares, grupos de combate. Debemos realmente ser capaces de tomar al vuelo aquellos 'momentos fugaces' de los que habla Hegel y que constituyen una definición excelente de la dialéctica». Esto se debe a que la revolución en Rusia no es el resultado orgánico de una revolución burguesa que se extiende en una revolución proletaria, sino un «entrelazamiento» de dos revoluciones. Si el desastre probable puede evitarse depende de un sentido agudo de la coyuntura. El arte de la consigna es un arte del momento favorable. Una instrucción particular que era válida ayer puede no serlo hoy, pero puede ser nuevamente válida mañana. «Hasta el 4 de julio de 1917 la consigna de 'Todo el poder a los soviets' era correcta». Luego ya dejó de serlo. «En este momento y sólo en este momento, quizás sólo durante algunos días a lo sumo, o durante una semana o dos, semejante gobierno podría sobrevivir».

¡Unos días! ¡Una semana! El 29 de septiembre de 1917, Lenin escribió al dubitativo Comité Central: «La crisis ha madurado».[14] La espera estaba volviéndose un crimen. El 1° de octubre los llamó a «tomar el poder de una vez por todas», a «recurrir a la insurrección de una vez por todas».[15] Unos días después lo intentó nuevamente: «Estoy escribiendo estas líneas el 8 de octubre... El éxito de la revolución rusa y la revolución mundial depende de dos o tres días de com bate».[16] El todavía insistía, «estoy escribiendo estas líneas en la noche del 24. La situación es crítica en extremo. De hecho ahora está absolutamente claro que retardar el levantamiento sería fatal... Ahora todo pende de un hilo. Por eso es necesario actuar esta misma noche».[17]

«Rupturas en la gradualidad», anotó Lenin en los márgenes de la Ciencia de la Lógica de Hegel, al comienzo de la guerra. Y enfatizó, «La gradualidad no explica nada sin saltos. ¡Saltos! ¡Saltos! ¡Saltos!».[18]

Tres comentarios breves para concluir la relevancia de Lenin hoy. Su pensamiento estratégico define una disposición capaz de actuar respecto a cualquier evento que pudiera ocurrir. Pero este evento no es el Evento absoluto, que no proviene de ninguna parte, que algunas personas han mencionado con referencia al 11 de Septiembre. Se sitúa en las condiciones de una posibilidad históricamente determinada. Eso es lo que lo distingue del milagro religioso.

Así, la crisis revolucionaria de 1917 y su resolución por medio de la insurrección se vuelven estratégicamente pensables dentro del marco trazado en El Desarrollo del Capitalismo en Rusia. Esta relación dialéctica entre la necesidad y la contingencia, la estructura y la ruptura, la historia y el evento, establece las bases para la posibilidad de una política organizada en el tiempo, en tanto que la apuesta arbitrariamente voluntarista a la explosión súbita de un evento puede permitirnos resistir al aire de los tiempos, que generalmente nos conducen a una posición de resistencia estética en lugar de un compromiso militante para modificar pacientemente el curso de los acontecimientos.

Para Lenin –al igual que para Trotsky– la crisis revolucionaria se forma y comienza en la arena nacional, que en el momento constituye el marco de la lucha por la hegemonía, y prosigue hasta ocupar su lugar en el contexto de la revolución mundial. Por lo tanto, la crisis en la que surge el doble poder, no se reduce a una crisis económica o a un conflicto inmediato entre el trabajo asalariado y el capital en el proceso de producción. La pregunta leninista –¿quién se perfilará en las alturas?– es aquella de la dirección política: ¿qué clase será capaz de resolver las contradicciones que están ahogando a la sociedad, capaz de imponer una lógica alternativa a la de la acumulación de capital, capaz de trascender las relaciones de producción existentes y de abrir un nuevo campo de posibilidades? La crisis revolucionaria, por consiguiente, no es una simple crisis social, sino también una crisis nacional: en Rusia tanto como en Alemania, en España al igual que en China. La pregunta hoy es indudablemente más compleja dada la magnitud en que la globalización capitalista ha reforzado la imbricación de los espacios nacionales, continentales y mundiales. Una crisis revolucionaria en un país central tendría una dimensión internacional inmediatamente y requeriría respuestas en términos que son al mismo tiempo nacionales y continentales, o incluso directamente globales en cuestiones como la energía, la ecología, la política de armamentos, los movimientos migratorios, etc. No obstante, sigue siendo una ilusión creer que podemos evadir esta dificultad eliminando la cuestión de la conquista del poder político (bajo el pretexto de que el poder hoy está divorciado del territorio y se esparce en todas partes y en ninguna) en favor de una retórica de los «contra-poderes». Los poderes económico, militar y cultural quizás se esparcen más ampliamente, pero también se encuentran más concentrados que nunca. Uno puede pretender ignorar el poder, pero el poder no lo ignorará a uno. Uno puede actuar básicamente negándose a tomarlo, pero desde Cataluña en 1937 hasta Chiapas en 1994, pasando por Chile en 1973, la experiencia demuestra hasta la actualidad que el poder no dudará en tomarnos de la forma más brutal. En una palabra, una estrategia de contra-poder sólo tiene algún sentido en la perspectiva del doble poder y su resolución. ¿Quién se impondrá?

Finalmente, los detractores identifican a menudo al «leninismo» y al propio Lenin con una forma histórica de partido político que se dice que ha muerto junto con el colapso de los partidos-estados burocráticos. En este juicio apresurado hay mucha ignorancia histórica y frivolidad política, que sólo pueden ser explicadas parcialmente por el trauma causado por las prácticas estalinistas. La experiencia del siglo pasado plantea la cuestión de la burocratización como un fenómeno social, más que la cuestión de la forma del partido de vanguardia heredada del ¿Qué Hacer? En lo que concierne a las organizaciones de masas (no sólo las políticas, sino igualmente los sindicatos y los movimientos) están lejos de ser las menos burocráticas: en Francia los casos del Partido Socialista, del supuestamente renovado Partido Comunista, o de los Verdes, son completamente elocuentes sobre este punto. Pero por otro lado –como hemos mencionado– en la distinción leninista entre partido y clase hay algunos senderos fecundos para pensar las relaciones entre los movimientos sociales y la representación política. Igualmente, en los principios superficialmente desacreditados del centralismo democrático, los detractores enfatizan principalmente el hipercentralismo burocrático ejemplificado en forma siniestra por los partidos estalinistas. Pero un cierto grado de centralización, lejos de oponerse a la democracia, es la condición esencial para que exista –porque la delimitación del partido es un medio de resistir los efectos disolventes de la ideología dominante, y también de apuntar a una cierta igualdad entre los miembros, contraria a las desigualdades que son generadas inevitablemente por las relaciones sociales y por la división del trabajo. Hoy podemos ver muy bien cómo el debilitamiento de estos principios, lejos de favorecer una forma más alta de democracia, lleva a la cooptación por parte de los medios de comunicación y la legitimación por parte de un plebiscito de líderes que incluso son menos controlados por la base. Más aún, la democracia en un partido revolucionario apunta a producir decisiones que son asumidas colectivamente para actuar sobre la relación de fuerzas.

Cuando los detractores superficiales del leninismo proclaman haberse liberado de una disciplina sofocante, en realidad están vaciando la discusión de toda su relevancia, reduciéndola a un foro de opiniones que no compromete a nadie: después de un intercambio de libertad de expresión sin ninguna decisión común, todos pueden salir igual que como vinieron y ninguna práctica en común hace posible probar la validez de las posiciones contrapuestas que se toman en consideración. Finalmente, el énfasis puesto en la crisis de la forma de partido –en particular por parte de los burócratas reciclados que provienen de los antiguos partidos comunistas– a menudo les permite evitar hablar sobre la crisis de contenido programático y justifica la ausencia de preocupación estratégica. Una política sin partidos (como quiera que se llamen: movimiento, organización, etc.) termina, en la mayoría de los casos, en una política sin política: ya sea en un seguidismo sin objetivos a la espontaneidad de los movimientos sociales, o en la peor forma de vanguardismo individualista elitista, o finalmente en una represión de lo político en favor de lo estético o lo ético.

NOTAS

1. H.Arendt, ¿Was ist Politik? (Munich, 1993), pp. 28, 31.

2. F.Furet, The Passing of an Illusion (Chicago, 1999), p. 502.

3. H.Arendt, op. cit, p.146.

4. K.Marx y F.Engels, Collected Works, vol. 27 (Londres, 1975), p. 59.

5. V.I.Lenin, Collected Works, vol. 5 (Moscú, 1960), pp. 430, 452.

6. Ibid, pp. 383, 422.

7. Así en el debate de 1915 sobre el ultraimperialismo, Lenin percibe el peligro de un nuevo economicismo, donde la madurez de las relaciones capitalistas de producción a escala mundial sería el preludio a un derrumbamiento final del sistema. Encontramos nuevamente esta preocupación por evitar cualquier reducción de lo político a lo económico o lo social en los debates de comienzos de los años 20 en la caracterización del Estado soviético. A aquellos que hablan de un Estado obrero, Lenin les contesta que «la cuestión es que no se trata exactamente de un Estado obrero». Su formulación es entonces más descriptiva y compleja que una caracterización sociológica: es un Estado obrero y campesino «con deformaciones burocráticas», y «allí tenemos la realidad de la transición» [V.I. Lenin, op. cit, vol. 32, p. 24]. Finalmente, en el debate sobre los sindicatos, Lenin nuevamente defiende una posición original: ya que no son un órgano del poder político, los sindicatos no deben transformarse en «organizaciones estatales coercitivas».

8. V.I.Lenin, op. cit, vol. 7, p. 450.

9. V.I.Lenin, op. cit, vol. 31, p. 99.

10. L. Trotsky, The History of the Russian Revolution (Londres, 1997), p. 1024.

11. V.I.Lenin, op. cit, vol. 21, p. 214.

12. G.Lukács, History and Class Consciousness (Londres, 1971), pp. 76, 313.

13. H.Lefebvre, Eléments de rythmanalyse (París, 1996).

14. V.I.Lenin, op. cit, vol. 26, p. 82.

15. Ibid, pp. 140-141.

16. Ibid, pp. 179-181.

17. Ibid, pp.234

18. V.I.Lenin, op. cit, vol. 38, p. 123.

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Publicado por Cuatro Atletas del Apocalipsis y un pastorcito para TacnaComunitaria el 11/29/2010 06:33:00 AM



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lunes, 19 de abril de 2010

Rv: [foro_centenario] MARIATEGUI “HA MUERTO, LE PEGABAN TODOS”



--- El lun, 19/4/10, edgar bolaños <edboma2@yahoo.com> escribió:

MARIATEGUI "HA MUERTO, LE PEGABAN TODOS"….

Apenas fallecido J.C. Mariátegui, la Internacional Comunista dejó traslucir su dura aunque infundada crítica a sus tesis revolucionarias originales, entre ellas la composición social del Partido Socialista del Perú. Así a la crítica del Secretariado Ejecutivo del Comité Ejecutivo de la I.C ., en Mayo de 1930, siguió la del importante teórico de la I.C ., V.M. Miroshevski, en 1941. La imputación era evidente : Mariategui "intentaba refutar –sin lograrlo la tesis marxista-leninista del partido de clase" (¡Anatema!, debía responder el movimiento socialista o comunista internacional) . Imputación que se esgrimiría amenazante como una "espada" durante las décadas siguientes contra todo aquel que recordase o intentase recordar siquiera, la composición social que Mariátegui diera al Partido Socialista y pretendiese analizar las posibles razones que tuvo para ello. Tal hábito aún permanece consciente o inconscientemente en el debate dentro del movimiento socialista peruano, como un fantasma de la "ortodoxia" mal entendida que debiese funcionar como un "vade retro inmundas anima" de los exorcismos medievales. Continue la lectura en:

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    domingo, 6 de julio de 2008

    EDUARDO IBARRA : El Partido de Masas de Mariátegui

    Año del 87 Aniversario de la Creación Heroica de José Carlos Mariátegui
    (1921-2008)

    I
    En carta a Moisés Arroyo Posadas del 30 de julio de 1929, Mariátegui
    escribió: “Todos los elementos responsables y autorizados de nuestra tendencia ideológica, están con nosotros, en el trabajo de dar vida a una agrupación definida, realista, de masas” (1). Y en carta a César Vallejo del 14 de octubre del mismo año, agregó sobre su proyecto de partido: “no cejaré en el empeño de dar vida a un partido de masas y de ideas, el primer gran partido de masas y de ideas de toda nuestra historia republicana” (2). Este proyecto de un partido de masas, singularmente avanzado en lo ideológico-teó rico y no consumado plenamente en lo político-orgánico por la temprana muerte del maestro, puede valorarse en los cuatro aspectos del contenido del Partido.

    En lo ideológico. Como se sabe, Mariátegui fundamentó la línea ideológica del Partido. En julio de 1928, escribió: “Lenin aparece, incontestablemente, en nuestra época como el restaurador más enérgico y fecundo del pensamiento marxista, cualesquiera que sean las dudas que a este respecto desgarren al desilusionado autor de Más allá del Marxismo. La revolución rusa constituye, acéptenlo o no los reformistas, el acontecimiento dominante del socialismo contemporáneo. Es en ese acontecimiento, cuyo alcance histórico no se puede aún medir, donde hay que ir a buscar la nueva etapa marxista” (3). Y en octubre de 1928, dejó programáticamente sentado: “El capitalismo se encuentra en su estadio imperialista. Es el capitalismo de los monopolios, del capital financiero, de las guerras imperialistas por el acaparamiento de los mercados y de las fuentes de materias brutas. La praxis del socialismo marxista en este período es la del marxismo leninismo. El marxismo-leninismo es el método revolucionario de la etapa del imperialismo y de los monopolios. El Partido Socialista del Perú, lo adopta como su método de lucha” (4). Por eso, en mayo de 1929 se ratificó en su adhesión al marxismo-leninismo: “La posición marxista, para el intelectual contemporáneo, no utopista, es la única posición que le ofrece una vía de libertad y de avance”. “Lenin nos prueba, en la política práctica, con el testimonio irrecusable de una revolución, que el marxismo es el único medio de proseguir y superar a Marx” (5). Y toda esta adhesión al marxismo-leninismo se concretó en lucha contra el revisionismo, como precisamente lo testimonia el libro Defensa del Marxismo.


    En lo teórico. En julio de 1925, Mariátegui llamó a aplicar “un método científico al examen de los problemas peruanos” (6). Y, en carta a la redacción del Boletín de la UPGP, enero 1927, ya sin recurrir al lenguaje esópico, renovó su llamado: “Hace año y medio propuse la organización de una especie de seminario de estudios económicos y sociológicos, que se proponga en primer término la aplicación del método marxista al conocimiento y definición de los problemas del Perú. Hoy renuevo mi propósito” (7). Pero ya en julio de 1925, había puntualizado “Que hay que empezar por estudiar y definir la realidad peruana. Y que hay que buscar la realidad profunda: no la realidad superficial” (8). Y que de lo que se trata no es de obtener “interesantes y variados retazos de la realidad nacional”, sino de construir “un cuadro de la realidad entera” (9), es decir, una teoría de la realidad peruana, una teoría de la revolución peruana. El pensamiento de Mariátegui es, precisamente, en su base, sobre todo una teoría de la realidad peruana, una teoría de la revolución peruana.


    En lo político. Mariátegui tenía una concepción estratégica de la revolución peruana, pero, en el estrecho marco del presente artículo, nos limitaremos a señalar un solo elemento fundamental de dicha concepción. Tempranamente, en abril de 1920, Mariátegui observó: “En virtud de una orden del día de Serrati, el partido declaró su adhesión a la Internacional de Moscú y, en consideración al programa de Génova superado por los acontecimientos y por las condiciones internacionales creadas por la guerra, introdujo en él varias reformas. Conforme a estas reformas, el partido conceptúa que los instrumentos de dominación del estado burgués no pueden en ninguna forma transformarse en órganos de liberación del proletariado. Que a ellos deben ser opuestos nuevos órganos proletarios -consejos de obreros, de campesinos, etc.-, que, funcionando por ahora bajo la dominación burguesa como instrumentos de lucha, serán mañana los órganos de transformació n social y económica del orden de cosas comunista. Que el régimen transitorio de la dictadura del proletariado debe marcar el paso del poder de la burguesía a los trabajadores” (10). En agosto de 1921, anotó: “Turati y su fracción observan que dos son las concepciones socialistas de la actualidad, basadas naturalmente en una diversa apreciación del instante histórico. La primera es la concepción maximalista de que frente a la crisis burguesa, la acción socialista debe ser exclusivamente insurreccional y revolucionaria. Y la segunda es la concepción evolucionista de que la acción socialista debe ser constructiva y no debe despreocuparse de los problemas de la crisis sino, más bien, trabajar porque aboquen a soluciones socialistas o semisocialistas. En suma, que el socialismo debe preparar dentro de la sociedad actual las bases de la sociedad futura” (11). Y, en julio 1928, dejó sentado: “la praxis marxista… propone precisamente la conquista del poder político como base de la socialización de la riqueza” (12).


    En lo orgánico. En setiembre de 1928, Mariátegui señaló que la revolución rusa “ha producido un tipo de hombre pensante y operante” (13). Esta fue la concepción de Mariátegui del tipo de militante que requiere el Partido.. En octubre del mismo año, escribió: “La organización de los obreros y campesinos con carácter netamente clasista constituye el objeto de nuestro esfuerzo y nuestra propaganda, y la base de la lucha contra el imperialismo extranjero y la burguesía nacional” (14). Esta concepción de la composición social del Partido era nueva en el movimiento comunista internacional, y, además, constituye uno de los dos aspectos de la concepción mariateguiana del partido de masas. En el mismo mes, agregó el maestro: “De acuerdo a las condiciones concretas actuales del Perú, el Comité concurrirá a la constitución de un Partido Socialista, basado en las masas obreras y campesinas organizadas” (15). Este es el otro aspecto de su concepción del partido de masas. Mariátegui propuso el nombre de Socialista para el Partido, en primer lugar, porque en el Perú de su tiempo no se había producido aún la degeneración parlamentaria y reformista del socialismo, como ya había ocurrido en Europa y en algunos países de América Latina, y, por tanto, la palabra Socialismo no designaba entonces aquí una especial posición oportunista, y, en segundo lugar, porque dicho nombre facilitaba la fundación pública, legal, de la organización política del proletariado. En otras palabras, Mariátegui propuso el nombre de Socialista, porque entendió que este nombre obraba como sinónimo de Comunista. Por eso estableció el marxismo-leninismo como la base de unidad partidaria y acordó la moción de su afiliación a la Internacional Comunista. El Partido de Mariátegui era, pues, un partido doctrinariamente homogéneo (16). De los cuatro acuerdos tomados por la Reunión de la Herradura, realizada el 16 de setiembre de 1928, uno de ellos decía: “3º- El Comité Ejecutivo del Partido Socialista estará formado por la ‘célula secreta de los siete’”. La mención en este acuerdo de una “célula secreta de los siete”, ha suscitado, a lo largo del tiempo, distintas interpretaciones, entre las cuales destaca aquella que quiere ver en dicha célula un compartimiento especial permanente, encargado de mantener los principios marxistas en el seno de un partido con una militancia ideológicamente heterogénea. Esta idea es incorrecta. La “célula de los siete” se explica por el hecho de que las circunstancias obligaron en un principio a sostener la estabilidad del proyecto mariateguiano en el grupo de elementos entre los cuales se habían forjado especiales lazos de recíproca confianza (17). Por eso, para la Reunión de la Herradura, “Fueron escogidos con detenida escrupulosidad los compañeros de más solvencia, de más responsabilidad, capaces de imprimir, desde el primer momento, una buena dirección al Partido que se trataba de fundar” (18). Y no hay razones para dudar de la veracidad de estas palabras. Así pues, la “célula de los siete” sólo tuvo como propósito asegurar la estabilidad del proyecto mariateguiano, consistente en construir un partido marxista-leninista, es decir, un partido doctrinariamente homogéneo, o sea, un partido que fuera la materializació n de la doctrina (19). En consecuencia, el carácter temporal de la “célula secreta de los siete” es un hecho. Por eso, en los acuerdos de la Reunión de la Herradura, esta célula es mencionada en relación al grupo dirigente a elegirse. Y, en efecto, así se hizo en la reunión del 7 de octubre de 1928, conocida como la Reunión de Barranco: Mariátegui fue nombrado Secretario General; Portocarrero Secretario Sindical; Martínez Secretario de Propaganda; Regman Tesorero; y Navarro e Hinojosa fueron agregados a la Secretaría Sindical. De “los siete”, pues, únicamente Borja quedó fuera de todo cargo orgánico. De hecho, con esta reunión empezó a cesar poco a poco la razón de ser de la “célula secreta de los siete”. Por consiguiente, no es admisible la idea según la cual Mariátegui planteó un compartimiento especial permanente, secreto, como parte de la estructura del Partido, que debía reproducirse secretamente en todas las instancias orgánicas, es decir, prácticamente como un partido secreto dentro de otro partido legal (20). UNA IDEA ASÍ ESTÁ EN ABSOLUTA CONTRADICCIÓN CON LA LITERATURA DE MARIÁTEGUI SOBRE EL PARTIDO; CON SU CONCEPCIÓN DEL MARXISMO; CON SU POSICIÓN ADVERSA A LA FUNDACIÓN DE UN PARTIDO CON “TODOS LOS ELEMENTOS CAPACES DE RECLAMARSE DEL SOCIALISMO” (21); CON SU PROYECTO DE UN PARTIDO IDEOLÓGICAMENTE DEFINIDO, TEÓRICAMENTE REALISTA Y SOCIALMENTE DE MASAS, ES DECIR, DE UN PARTIDO DE MASAS Y DE IDEAS; Y, FINALMENTE, CON EL CARÁCTER MARXISTA-LENINISTA DEL PARTIDO SOCIALISTA DEL PERÚ. El Partido de Mariátegui fue, pues, un partido doctrinariamente homogéneo. Por eso, en la polémica con Haya, el maestro anticipó: “Los elementos de izquierda que en el Perú concurrimos a su formación, constituimos de hecho -y organizaremos formalmente- un grupo o Partido Socialista, DE FILIACIÓN Y ORIENTACIÓN DEFINIDAS” (22). Por eso la Reunión de Barranco aprobó la moción, redactada por Mariátegui, en la que, entre otras cosas, se sostiene: “3º- La lucha política exige la creación de UN PARTIDO DE CLASE, en cuya formación y orientamiento se esforzará tenazmente por hacer prevalecer sus puntos de vista revolucionarios clasistas” (23). A solicitud de esta reunión, en la que, además de “los siete”, participaron dos nuevos elementos, Castillo y Chávez, Mariátegui redactó los Principios programáticos del Partido Socialista, en los que se plantea claramente el marxismo-leninismo como la base de la unidad partidaria. Es sumamente expresivo el hecho de que esos Principios Programáticos “fueron remitidos a las células del país y del extranjero” (24), pues ello demuestra que fueron circulados en toda la extensión del Partido. El Partido de Mariátegui era, pues, un partido doctrinariamente homogéneo. Pero la discusión habida en la Primera Conferencia Comunista Latinoamericana entre la delegación peruana y el resto de delegaciones a propósito del Partido Socialista del Perú, dio lugar a la leyenda de un doble compartimiento en el proyecto mariateguiano. Como se sabe, dicha discusión comprendió un amplio círculo de problemas: oportunidad de la fundación, nombre, doctrina, composición social, programa, ligazón con las masas y estatus. Veamos una a una estas cuestiones.


    En cuanto a la oportunidad de la fundación, el maestro señaló: “Mariátegui regresa en este tiempo de Europa con el propósito de trabajar por la organización de un partido de clase” (25). “‘Nuestra Epoca’ no trae un programa socialista; pero aparece como un esfuerzo ideológico y propagandístico en ese sentido. A los dos números, cesa de publicarse, desaprobada por la empresa periodística a la que prestan sus servicios sus principales redactores; pero éstos prosiguen en sus gestiones por crear un Comité de Propaganda Socialista. Se une a ellos otro redactor de ‘El Tiempo’, Luis Ulloa, procedente del antiguo partido radical, quien con motivo de sus campañas periodísticas contra los ‘hambreadores del pueblo’ se relaciona con los sindicalistas. Se constituye el Comité con la adhesión de Del Barzo y algunos obreros próximos a él y de los dos grupos de estudiantes… que ha tomado parte hasta entonces en la agitación obrera. El grupo tiende a asimilarse a todos los elementos capaces de reclamarse del socialismo, sin exceptuar aquellos que provienen del radicalismo gonzales-pradista y se conservan fuera de los partidos políticos. Una parte de los elementos que lo componen, dirigida por Luis Ulloa, se propone la inmediata transformació n del grupo en partido; la otra parte, en la que se cuentan precisamente los iniciadores de su fundación, sostienen que debe ser mantenido como Comité de Propaganda y Organización Socialistas, mientras su presencia no tenga arraigo en las masas. El período no es propio para la organización socialista; algunos de los elementos del comité redactan un periódico: ‘Germinal’, que adhiere al movimiento leguiísta; Mariátegui, Falcón y sus compañeros se separan, finalmente, del grupo que acuerda su aparición como partido el 1º de Mayo de 1919” (26). Y en Aniversario y Balance, precisó: “El trabajo de definición ideológica nos parece cumplido. En todo caso, hemos oído ya las opiniones categóricas y solícitas en expresarse. Todo debate se abre para los que opinan, no para los que callan. La primera jornada de ‘Amauta’ ha concluido. En la segunda jornada, no necesita ya llamarse revista de la ‘nueva generación’, de la ‘vanguardia’, de las izquierdas’. Para ser fiel a la Revolución, le basta ser una revista socialista” (27). Por su parte, Hugo Pesce, uno de los dos delegados peruanos a la mencionada Conferencia, afirmó: “Sabemos que con su constitución (del Partido) corremos riesgo, pero ello es un proceso largo, que tiene su historia, que ya ha venido elaborándose” (28) Pero el delegado estadounidense, Simons, dijo que “Un Partido Comunista se constituye sobre la base del programa de la Internacional Comunista y con los elementos que están de acuerdo con este programa, aunque agrupe solamente una parte del proletariado. Es un error considerar que no se puede formar el Partido porque no todo el proletariado adherirá al mismo” (29).


    En cuanto al nombre, Mariátegui señaló que “En Europa, la degeneración parlamentaria y reformista del socialismo ha impuesto, después de la guerra, designaciones específicas. En los pueblos donde ese fenómeno no se ha producido, porque el socialismo aparece recién en su proceso histórico, la vieja y grande palabra conserva su grandeza” (30) Pero Pesce afirmó: “Dejo constancia, compañeros, que el partido socialista es solamente una táctica”. “Queremos constituir el partido socialista para polarizar una serie de elementos que pueden actuar entre las masas” (31). Y el delegado de la Internacional Comunista, Luis, dijo que “Nuestros camaradas deben esforzarse por modificar sus planes concernientes a la creación de un Partido Socialista” (32).


    En cuanto a doctrina, Mariátegui señaló: “El marxismo-leninismo es el método revolucionario de la etapa del imperialismo y de los monopolios. El Partido Socialista del Perú, lo adopta como su método de lucha” (33). Pero Pesce afirmó: “¿El Partido Socialista es la expresión de nuestro pensamiento, de nuestra línea? El partido socialista lo hemos constituido como táctica, como medida de ligazón con las masas. No venimos a decir que el partido socialista es la expresión profunda de los que luchamos por los intereses del proletariado” (34). Y el delegado argentino, Codovilla, dijo: “En un principio, los compañeros sostenían que el partido socialista no sería bolchevique, que tendría programa máximo y mínimo, y que sería un partido amplio, justamente para impedir que los reformistas tomaran la iniciativa de su creación y pudieran hacer de él un partido de oposición burguesa”. “Ellos quieren impregnarlo de la ideología marxista” (35).


    En cuanto a la composición social, Mariátegui señaló: “1º- La organización de los obreros y campesinos, con carácter netamente clasista, constituye el objeto de nuestro esfuerzo y nuestra propaganda y la base de la lucha contra el imperialismo extranjero y la burguesía nacional” (36). Pero Pesce afirmó que “hemos creído conveniente constituir un partido socialista que abarque la gran masa del artesanado, campesinado pobre, obreros agrícolas, proletariado y algunos intelectuales honestos” (37). Y el delegado Luis dijo que “El proletariado debe tener un partido, pero no un partido compuesto por tres clases” (38).


    En cuanto a programa, Mariátegui señaló que “El programa debe ser una declaración doctrinal” y, después de fundamentar los principios doctrinarios y de establecer las Reivindicaciones Inmediatas, agregó que “Los grupos estrechamente ligados que se dirigen hoy al pueblo, por medio de este manifiesto, asumen resueltamente, con la conciencia de un deber y una responsabilidad histórica, la misión de defender y propagar sus principios y mantener y acrecentar su organización, a costa de cualquier sacrificio. Y las masas trabajadoras de la ciudad, el campo y las minas y el campesinado, cuyos intereses y aspiraciones representamos en la lucha política, sabrán apropiarse de estas reivindicaciones y de esta doctrina, combatir perseverante y esforzadamente por ellas y encontrar, a través de cada lucha, la vía que conduce a la victoria final del socialismo” (39). Pero los delegados peruanos, en lugar de presentar a la Conferencia los Principios Programáticos del Partido Socialista, redactados por Mariátegui, presentaron el programa de la célula de París, redactado por Ravines (40). Y el delegado Codovilla dijo que “Al proletariado se le educa diciéndole claramente lo que nos proponemos, demostrándole que toda nuestra acción, por pequeña que sea, tiende siempre a un solo fin: a la revolución. Para eso no se precisan ni programas máximos ni mínimos; basta el programa comunista que es el de la revolución social” (41).


    En cuanto a estructura, Mariátegui señaló que “El Comité procederá a la organización de comités en toda la república y de células en todos los centros de trabajo, con relaciones estrictamente disciplinadas” (42). Pero Pesce afirmó que “El partido socialista se basa en nuestro Grupo, el cual es enteramente afín con la ideología de la Internacional Comunista” (43). Y el delegado Luis afirmó que “Si el Partido Socialista no es más que una máscara legal para el Partido Comunista, podemos encarar este método, pero para nuestros camaradas no es lo mismo. Quieren formar y desarrollar paralelamente dos partidos proletarios. Uno secreto, ilegal, reservado para los iniciados al pequeño grupo seleccionado de comunistas ya conscientes; otro, público, legal, ampliamente abierto a los elementos intelectuales, que no serían admitidos en el Partido Comunista, es decir, a los elementos simpatizantes de la pequeña burguesía, cuya ideología no es comunista, que no ofrecerían garantía para el progreso del Partido Comunista. No se trata, pues, de una máscara legal del Partido Comunista, sino de un segundo partido proletario cuya base social será algo más amplia que la del Partido Comunista y cuyo programa algo menos completo, menos revolucionario, más reformista, o por lo menos, más confuso. Y nuestros compañeros esperan controlar el segundo partido mediante el primero” (44).


    En cuanto a la ligazón con las masas, Mariátegui escribió que “el Comité concurrirá a la constitución de un partido socialista, basado en las masas obreras y campesinas” (45). Pero Pesce dijo que “Si con nuestro grupo podemos controlar el partido y dirigir sus acciones, ¿no es acaso un medio bueno de ligazón con las masas?” (46). Y el delegado Luis dijo que “Nuestros camaradas deben… plantearse el problema de la ligazón con las masas, sobre la forma de un bloque obrero y campesino” (47).



    En cuanto al estatus del partido, Mariátegui señaló que “La libertad del Partido para actuar pública y legalmente, al amparo de la Constitución y de las garantías que ésta acuerda a sus ciudadanos, para crear y difundir sin restricciones su prensa, para realizar sus congresos y debates, es un derecho reivindicado por el acto mismo de fundación pública de esta agrupación” (48). Pero Pesce dijo que “Dejo constancia, compañeros, que el partido socialista es solamente una táctica; eso no quita que nosotros no hagamos el intento de aprovechar la situación de semilegalidad en el momento electoral” (49).Y el delegado de la Internacional Juvenil Comunista, Peters, dijo que “Nuestros camaradas del Perú proponen la creación de un ‘partido socialista’ y argumentan diciendo que este partido no será más que la máscara legal del Partido Comunista, pero los mismos camaradas del Perú se refutan, cuando nos dicen que ese partido socialista tendrá una composición social amplia, que será formado por obreros, campesinos, pequeño burgueses, etc. En suma, no se trata de ‘una máscara legal’, sino de otro partido político más ‘accesible’, como dicen los mismos camaradas peruanos”. “Cread, a pesar de todas las dificultades, un partido comunista ilegal… que podrá, también estudiar los medios legales para la creación de organizaciones auxiliares de masas” (50).



    Pues bien, la totalidad de estas cuestiones discutidas en la Primera Conferencia Comunista de Buenos Aires, demuestra, en primer lugar, que los delegados peruanos plantearon cualquier cosa menos el proyecto mariateguiano de un partido de masas, y, en segundo lugar, que, como consecuencia, los delegados de los otros partidos no pudieron sino criticar los argumentos de circunstancia presentados por los delegados peruanos. Es decir, tanto los primeros como de los segundos se mostraron subjetivos y desorbitados en sus argumentos.



    En consecuencia, la idea según la cual el proyecto de partido de Mariátegui comprendía dos compartimientos, dos niveles, prácticamente dos partidos, ES UNA IDEA EN ABSOLUTA CONTRADICCIÓN CON LA LITERATURA DE MARIÁTEGUI SOBRE EL PARTIDO; CON SU CONCEPCIÓN DEL MARXISMO; CON SU POSICIÓN ADVERSA A LA FUNDACIÓN DE UN PARTIDO CON “TODOS LOS ELEMENTOS CAPACES DE RECLAMARSE DEL SOCIALISMO”; CON SU PROYECTO DE UN PARTIDO IDEOLÓGICAMENTE DEFINIDO, TEÓRICAMENTE REALISTA Y SOCIALMENTE DE MASAS, ES DECIR, DE UN PARTIDO DE MASAS Y DE IDEAS; Y, FINALMENTE, CON EL CARÁCTER MARXISTA-LENINISTA DEL PARTIDO SOCIALISTA DEL PERÚ.



    II


    Pero ocurre que, algunas personas demasiado desenvueltas, pretenden ignorar ahora la concepción mariateguiana del partido de masas y, a título de seguirla, plantean, sin embargo, una concepción distinta. Veamos esto.

    En lo ideológico. En el artículo El partido de Mariátegui, García plantea que “los ismos están demás para el marxismo o cosmovisión marxista. Basta uno solo para abarcar con él a todos los maestros universales habidos y por haber”. De esta manera la adhesión a la verdad universal se formula como marxismo y nada más que como marxismo. Pero esto es erróneo en sí mismo, pues deja en la sombra el desarrollo del marxismo.,y, además, está en abierta oposición al planteamiento de Mariátegui, que, consciente de que “Lenin aparece, incontestablemente, en nuestra época como el restaurador más enérgico y fecundo del pensamiento marxista”, de que es en la revolución rusa “donde hay que ir a buscar la nueva etapa marxista”, de que “Lenin nos prueba, en la política práctica, con el testimonio irrecusable de una revolución, que el marxismo es el único medio de proseguir y superar a Marx”, llegó a la conclusión irrecusable de que “El marxismo-leninismo es el método revolucionario de la etapa del imperialismo y de los monopolios”, por lo que programáticamente estableció que “El Partido Socialista del Perú, lo adopta como su método de lucha”. Es claro entonces que la formulación de nuestra adhesión a la verdad universal constituye una necesidad de expresión del desarrollo del marxismo y de nuestras fundamentales diferencias en concepción y métodos con las diversas corrientes del oportunismo y el revisionismo, y, por tanto, formular esa adhesión con la sola palabra marxismo constituye de hecho una puerta abierta para el confusionismo ideológico. El partido del proletariado no sólo tiene que ser un partido adherido al marxismo en todo su desarrollo histórico, sino que, además, debe expresar debidamente esta adhesión. Dejar en la sombra el desarrollo del marxismo es negar el método de Mariátegui.


    En lo teórico. En este terreno es necesario señalar únicamente que, no obstante algunos aciertos, García ha procedido a tergiversar ciertas ideas de Mariátegui, y muy especialmente su concepción del partido de masas (51). Esta actitud revela una utilización arbitraria de la piedra angular del marxismo peruano. Lo que no es poca cosa.

    En lo político. Como se sabe, García propone un municipio que tiene “que ser una corporación de trabajo, Legislativa y Ejecutiva a la vez”, y que, además, “tiene que planificar su economía, asumiendo sus funciones de producción, administració n y gobierno. En síntesis, tiene que ser la célula económica de la nueva sociedad” (52). Pero esta última frase no se condice con aquella otra que aparece en el mismo lugar

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