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lunes, 4 de mayo de 2020

RICARDO MELGAR : HACIENDO MEMORIA JOSE CARLOS MARIATEGUI EN NUESTRA AMERICA.

Haciendo memoria: José Carlos Mariátegui en Nuestra América. Mientras que la edición de los "7 Ensayos de interpretación de la realidad peruana" entraba en proceso de contracción en el Perú y se hacía muy difícil conseguir alguna reedición, en otros países salía en ediciones muy pulcras. Veamos una. La presentación corrió por cuenta de la socióloga argentina María Pía López y no tiene desperdicio: "En noviembre de 1928 se publican, en Perú, los Siete ensayos de interpretación de la realidad peruana. Desde enero de ese año, Mariátegui anunciaba la próxima publicación en cartas a amigos. Si en esos meses algunas referencias –ni numerosas ni insistentes– indican la espera de la obra, luego de su edición el tono será el del lamento. A mediados del año siguiente escribe a Samuel Glusberg narrándole su soledad y el silencio, en la prensa limeña, sobre este libro: “No hace falta decir que se prodiga atención y elogio a la obra de cualquier imbécil. A esta pequeña conspiración de la mediocridad y del miedo, yo no le haría ningún caso. Pero la tomo en cuenta porque, en el fondo, forma parte de una tácita ofensiva para bloquearme en mi trabajo, para sitiarme económicamente, para asfixiarme en silencio.”
La importancia del libro fue señalada por cronistas e intelectuales de América latina. Mientras tanto, Lima se va convirtiendo en una cárcel para su autor. Alberto Flores Galindo reconstruyó las disidencias y polémicas que cercaron a Mariátegui durante sus últimos años de vida, en los cuales Buenos Aires aparecía como destino deseado y campo abierto de experimentación intelectual y política. En La agonía de Mariátegui describe las diferencias que provocaron la ruptura del director de Amauta con el APRA y el vínculo conflictivo con la Internacional Comunista. Eso por el lado de sus alianzas posibles y fracasadas. Por el lado de sus adversarios, desde el año 27 Mariátegui sería destinatario de la persecución policial ordenada por el extenso gobierno de Augusto Leguía.
Los Siete ensayos... aparecen como culminación de una estrategia política abierta y frentista, pero también como cierre de esas posibilidades. Obra mayor entre las escritas por el peruano, está organizada y definida por una intensa vocación política que si por momentos no aparece como tal –y asume los modos de una aventura intelectual– es porque el escritor no podía ejercer esa vocación sin ligarla a otras muchas búsquedas teóricas y estéticas. No hay ruptura, todavía, en estos ensayos, con el movimiento liderado por Haya de la Torre ni con la organización internacional de los partidos comunistas. No hay rupturas, pero sí se despliegan los argumentos y un cierto tono sensible que harían inevitables las colisiones.
De este libro se ha dicho –entre otros, Alberto Zum Felde– que constituyó uno de los grandes acontecimientos de la historia intelectual del Perú: un parteaguas, un umbral. Robert Paris –que inscribe a Mariátegui en la tradición del marxismo italiano, al que debería sus aprendizajes teóricos– considera que los Siete ensayos... inauguran un campo analítico, rompen con la tradición y crean sus propias reglas. José Aricó, un tenaz difusor de la obra del peruano, dijo que las interpretaciones de la realidad peruana configuran el “más grande aporte del marxismo latinoamericano a la causa de la revolución mundial”.
Menos elogiosos son sus contemporáneos. Salvo excepciones, los comentaristas tomaron sólo una parte del libro –alguno o varios de los ensayos– o se esmeraron en señalar la distancia entre lo que era el libro y lo que debía haber sido, descubriendo las conclusiones a las que el autor del libro debería haber arribado después de un arduo camino. Este modo de la crítica, contra lo que parece cuando se presenta casi reducida al absurdo, no es infrecuente: el que reseña despliega un supuesto saber de los resultados de una investigación –práctica, escrituraria– que no llevó a cabo.
La idea de desviación, presente en las críticas al lector de Sorel, participa de la misma idea de verdad o de saber. Se dirá que son las lecturas que se forjan desde las certezas de alguna ortodoxia, ya que sólo presumiendo un saber preexistente e indudable, se puede poner el sambenitode la desviación. Pero decirlo así lleva a una poco interesante inversión especular: el festejo de la obra del ensayista por su carácter heterodoxo. Al hacerlo se sigue usando la idea de desviación, sólo que valorizada positivamente. Aun muchos de los exégetas de Mariátegui quedan presos de esta rejilla interpretativa, que reduce tanto su obra como la compleja porosidad cultural de las izquierdas del siglo veinte.
La dicotomía ortodoxia/heterodoxia es usada, en general, para situar la obra del escritor de El alma matinal dentro de la tradición marxista. Aricó, en su empresa de recuperación de un marxismo latinoamericano y tercermundista, ha hecho considerables esfuerzos por demostrar hasta qué punto Mariátegui pertenece, con más derecho que sus detractores, a esa tradición. Nunca habría sido más marxista, desde esta perspectiva, que a la hora de confrontarse con la realidad peruana, cuando despliega el método para comprender una situación concreta antes que prenderse de abstracciones o dogmas. No es necesario volver a esa discusión que, tratada de un modo más rápido o simplificador, deviene sólo un problema de etiquetas o de nombres.

El Inkario y Europa

Eludir las ideas de desviación o de heterodoxia, entonces, significa tratar de otro modo la originalidad del pensamiento mariateguiano, evidente tanto en sus libros –por lo que distingue a éstos cuando se los coloca en la serie de los escritos en la década del ‘20, pero también en lo que resta del siglo– como en las cualidades excepcionales de Amauta. La revista que Mariátegui creó y dirigió desde 1926 hasta su muerte fue el intento más logrado –si se la compara con publicaciones de otros grupos intelectuales del continente– de aunar diversos caminos: “Vanguardismos en literatura y en arte. Desde ya. Pero que en la década de los veinte, a cada paso, provocativa, saludablemente, se entremezclan con el vanguardismo político”.
Nacida como tribuna generacional de los jóvenes del Perú –que venían de las movilizaciones callejeras de 1919 y de las aulas que habían bautizado Universidades Populares González Prada–, hacia su segundo año Amauta se abandera en el socialismo. La definición política es el hilo que enlaza una continuidad entre escritos de diversa procedencia y tenor: las discusiones sobre la universidad nacida de las luchas reformistas, el psicoanálisis freudiano, el indigenismo cultural y político, el arte vanguardista. Una estética incaica en las tapas y su nombre quechua indican la importancia que en ese conjunto heterogéneo tenía la recuperación de las tradiciones indígenas. La revista es original en el modo en que une lo diverso, colocando muy distintos materiales bajo una misma pregunta, bajo un mismo objetivo: la creación de un socialismo que no sea ni calco ni copia.
Un año antes de la fundación de la revista, Mariátegui editó su primer libro: La escena contemporánea. Reunió en él una serie de escritos en los que interpreta diversos acontecimientos de la política del mundo: el fascismo, la Revolución Rusa, la agonía liberal y la incapacidad del socialismo parlamentario para superarla, las vanguardias estéticas y los intelectuales. Es el balance político de su estadía en Europa, pero también un intento inusual de aprehender el sentido de la historia, de comprender qué campo de posibles se abre a la política revolucionaria en América latina.
Y si contemporáneo será un adjetivo tan preciso como recurrente, en los artículos de Mariátegui repica en una doble reiteración: lo nuestro, lo nuevo. Una definición generacional, pero también un ademán de apropiación respecto de la época y de su sentido. El Viejo Continente deviene así laboratorio, ámbito de experimentación que el latinoamericano observará con atención. Años después diría que por aquellos caminos descubrió América: “Europa me reveló hasta qué punto pertenecía yo a un mundo primitivo y caótico; y al mismo tiempo, después de mi regreso, yo tenía una conciencia clara, una noción nítida. Sabía que Europa me había restituido, cuando parecía haberme conquistado enteramente, al Perú y a América.”
Europa y el Inkario, la vanguardia y la tradición, lo cosmopolita y lo nacional no son alternativas excluyentes en su prosa. Más bien, desarma esos polos. Lo más viejo, dirá pensando en la tradición incaica, puede ser lo más nuevo. Siempre que no sea repetición folklórica o ademán sacralizador: comprender lo antiguo, reclama en otras páginas, es posible sólo si se lo vincula a la imaginación de lo porvenir.
Las referencias a Europa –la idea con la que abre sus Siete ensayos: “No hay salvación para Indoamérica sin la ciencia y el pensamiento europeos u occidentales”– no son meras provocaciones a quienes lo han considerado, con desdén, europeizante. Contra aquellos que ven una ineluctable decadencia de Occidente, sostiene que la crisis afecta algunos rasgos del pensamiento europeo, mientras otros gozan de potencia crítica y constructiva. El marxismo aparece como lo más avanzado del horizonte científico y cultural del momento, y mantiene sus potencias en tanto es capaz de mantener una fuerte disposición para ser impregnado por otros pensamientos y de sujetar sus afirmaciones a la composición con la realidad.

Un realismo radical

El estilo de Mariátegui proviene, en parte, de la concisión periodística. Estilo de frases cortas, de adjetivación rápida, de construcción de imágenes. Carece de morosidad, quizás para adecuarse a una época de férrea pasión por la técnica y el movimiento. Y en parte proviene, como ha señalado Angel Rama, del trabajo de devastación de la retórica que inició González Prada en las letras peruanas: “Su oposición frontal a la lengua arcaizante, gozosa de la ornamentación palabrera, oponiéndole una lengua precisa, destilada como un alcohol refinado, en la línea aristocrática del enciclopedismo, ha de determinar los comportamientos poéticos de Eguren, pero también el idioma riguroso y acerado de Mariátegui”.
Los adjetivos elegidos por Rama son precisos: la lengua mariateguiana es rigurosa y acerada. Es, también, una escritura de polémica y de afirmación de un lugar de enunciación personal. Desdeña toda apariencia de imparcialidad para tomar las galas de un compromiso completo con lo pensado y escrito. La fuerza persistente de sus páginas no es ajena a esta cualidad. Si en la “Advertencia” anuncia la decisión de contribuir a una crítica socialista, en “El proceso de la literatura” se distancia de la neutralidad crítica: “Mi testimonio es convicta y confesamente un testimonio de parte”.
Esa toma de posición unifica los diversos ensayos, pero hay diferentes tonos –más distanciados, más afirmativos– en ellos. Mientras el análisis del factor religioso hace suyos los modos de una antropología de las creencias, en la que se combinan las referencias teóricas con la recuperación de datos históricos, el planteo del problema del indio es un escrito de combate, que se coloca al interior de los debates entre las distintas corrientes indigenistas para pugnar en pos de aquélla –la que se liga al nombre de Valcárcel y los intelectuales cuzqueños– que imagina la compatibilidad entre indigenismo y socialismo. Tonos distintos que se usan para desplegar, desde perspectivas convergentes, el tema central de los ensayos. Porque se comprende la importancia de la religión en la vida comunitaria cuando se muestra, en el ensayo sobre el indio, que la religiosidad inherente a ciertas prácticas colectivas supervivientes es condición de posibilidad para la conformación de una subjetividad política revolucionaria. El ensayo antropológico se coloca al servicio de la apuesta fundamental.
La mayor originalidad del pensamiento de Mariátegui parece estar en el desplazamiento del indio del lugar de víctima o merecedor de asistencia paternal hacia la posición de sujeto de la política emancipadora. Perosería más bien una originalidad de la realidad peruana, antes que de la teoría del autor de “El alma y el mito”. La innovación se origina en el apego consecuente de su análisis y de su imaginación política a esa realidad.
Esto es claro respecto de las fuentes de dos temas centrales de los ensayos. El primero ha sido señalado por Robert Paris: las diferencias del peruano con el grupo ordinovista italiano (se puede colocar aquí el nombre del más conocido de sus integrantes para los lectores argentinos: Antonio Gramsci. Las coincidencias entre su obra y la de Mariátegui han sido muchas veces señaladas, pero no dejan de resultar sorprendentes) se deben al hecho de que no es el proletariado turinés el terreno de su intervención práctica, sino las comunidades incaicas y los escasos núcleos de obreros organizados. Sobre el segundo ha puesto la atención Oscar Terán: la presencia del problema de la nación, en sus escritos posteriores al año ‘24, debe entenderse como respuesta a una carencia, a una tarea inconclusa en el Perú. Dialéctica de ausencia y construcción que lo lleva a su hallazgo mayor: la nación irrealizada aún podrá ser construida al mismo tiempo que el socialismo, y en esa doble empresa las masas indígenas tienen un papel relevante.
En los Siete ensayos... se narra la historia de un doble fracaso: el de la construcción de una nación peruana y de un régimen de producción capitalista. Migrantes de una España medieval, los colonizadores fueron incapaces de sustituir la civilización y el modo de producción derrotados. Los españoles se contentaron con succionar los bienes naturales, destrozar las vidas –despreciando como riqueza la cuantiosa mano de obra aborigen-florecer o decaer al lado de la población indígena. Así, la historia del Perú es la de modos de vida coexistentes y bifurcados, y la de la exclusión de la mayor parte de su población. Las resistencias indígenas, insistentes y violentas, son la señal de ese fracaso nacional. Porque tampoco los gobiernos nacidos de la independencia resolvieron las tareas pendientes. Ahondaron el fracaso, pese a que su camino estaba empedrado de buenas intenciones. Y si a los colonizadores les había faltado espíritu capitalista, a los independentistas les faltará burguesía: no será una clase moderna y pujante la que domine la economía peruana sino una mera mutación de los terratenientes de costumbres feudales.
No hay nación bajo el nombre de Perú, y en gran parte se debe a la ausencia de una burguesía inteligente capaz de conducir, al mismo tiempo, la integración nacional y el desarrollo económico. Esa es la primera tesis –insisto– o el diagnóstico central. Que se corresponde con la apuesta política: esas tareas ya no corresponden a las clases dominantes peruanas, sino que la energía para hacerlas realidad está en las fuerzas populares. La modificación del régimen de propiedad de la tierra es la condición para que esas tareas se concluyan y la organización de obreros y campesinos es la vía política de su realización. Lo que narra Mariátegui es la historia de un fracaso y de una posibilidad: si el primero requiere un analista lúcido, la segunda tiene por agente a un activista consecuente.

Vocaciones y persistencias

La originalidad mariateguiana, entonces, no proviene de una argucia teórica, de una lectura mejor hecha, o de una invención afortunada, sino que se debe al apego a una realidad en la que se sitúa bajo la exigencia de la transformación. Su vocación política y el realismo con el que intentó desplegarla producen sus innovaciones más sorprendentes. Desde su retorno, en 1923, del largo viaje europeo, además de su abundante obra periodística y teórica, el joven autodidacta fue dejando sus huellas en los movimientos políticos del Perú. Integrante del APRA desde su surgimiento en el ‘26, luego de la ruptura en el ‘28 fundaría el Partido Socialista del Perú. Cultivaba los vínculos con las asociaciones indigenistas y con militantes obreros. Destinado a ellos estaba el periódico Labor, intentado como una intervención menos definida ideológicamente y de alcances más amplios que Amauta.
Luego de su muerte se multiplicaron interpretaciones falaces de su vida y su obra. Entre las más recurrentes estuvo la de considerarlo un gran intelectual pero desprendido –a causa de su cuerpo mutilado y sus pasiones teóricas– de la actividad militante. De ese modo, su antiguo compañero y contrincante, Haya de la Torre, quedaba colocado como el indiscutido líder de la juventud peruana. Basta recorrer cualquier biografía del intelectual limeño para advertir lo caudaloso de sus iniciativas políticas. Pero no importa aquí el dato biográfico sino la presencia de esa vocación en la articulación de sus obras. La política es una presencia manifiesta en la construcción de los Siete ensayos...: en el tono a veces demostrativo y otras polémico, en el estilo casi de manifiesto de algunas de sus páginas, en el método de composición.
Según advierte, descreía de los libros unitarios y sólo desplegaba las escrituras que lo asediaban, los problemas que lo conmovían. La heterogeneidad de los ensayos es visible, así como sus tensiones. Arrastran hasta nosotros una época de escritura, cierto estado de la cultura y de las teorías. Lo que asombra de los ensayos mariateguianos es su capacidad de quedar sustraídos al destino de esa época. Es difícil imaginar ahora una tarea de investigación y escritura similar. No sería posible en los ámbitos académicos donde la especialización es creciente y las disciplinas fragmentan toda totalidad, ni sería posible en los ámbitos partidarios vueltos campo árido para la experimentación. La idea de historia y la de razón han perdido la fuerza que en ese momento portaban, y que permite el fluir polémico y reflexivo de los Siete ensayos.... Si algún Pierre Menard quisiera volver a escribirlos, chocaría con los obstáculos provocados por las actuales desconfianzas en esas ideas.
Difícil tarea, pero no imposible ni inactual. Porque persiste la necesidad, entiendo, de hilar esos tejidos de múltiples causalidades alrededor del núcleo productivo de las sociedades. No se puede presumir cómo o quiénes podrían hacerlo, pero es obvio que dicho oficio interpretativo no está alejado de las terrestres búsquedas de emancipación.
Ninguna obra puede reescribirse, pero algunas se dejan leer. Mariátegui es, todavía, nuestro contemporáneo, aquel que ha escrito algo necesario para esta época, el nombre –como ha dicho Horacio González– “de una discusión que nunca se cierra”. Su obra puede ser leída como uno de los momentos más altos de la vasta empresa intelectual y política que desplegaron las izquierdas durante el siglo veinte: la aventura de comprender y transformar el mundo."

sábado, 11 de abril de 2015

TESTIMONIO DE MANUEL MARTINEZ : RECUERDO DE ALBERTO FLORES GALINDO, TITO (1949-1990)

Asunto: [TacnaComunitaria] RECUERDO DE ALBERTO FLORES GALINDO, TITO (1949-1990)
Para: luismiguel1952@gmail.com





Manuel Martínez

A principios de los años 80, quien escribe estas líneas conoció al gran historiador peruano Alberto Flores Galindo. No recuerdo la fecha exacta, pero sí que la cita –gestionada por la ahora historiadora Carlota Casalino– se concretó en el Café Roma, en la Plaza San Martín de Lima. Tito –como lo llamaban sus amigos/as– me trató desde el primer momento como si nos conociéramos desde hacía tiempo. No me sorprendí; sabía que era así, muy amable, sencillo y profundo. Él, por entonces, ya era un renombrado profesor, ensayista y periodista, un académico no academicista, un militante no partidarizado de la causa por el socialismo.

Había egresado de la carrera de Historia de la Pontificia Universidad Católica del Perú a los 22 años. Su tesis, calificada como sobresaliente, contenía una exhaustiva investigación sobre el proletariado minero del centro del país: en 1974 fue publicada por esa casa de estudios con el título Los mineros de la Cerro de Pasco 1900-1930 (un intento de caracterización social). Venía también de la Ecole des Hautes Etudes en Sciences Sociales de París, a la que asistió como becario para continuar su formación. Allí amplió su mirada del marxismo, cuestionando la visión determinista y economicista, empapándose de los trabajos de la Escuela de los Annales y estudiando con Romano Ruggiero, Robert Paris, Pierre Vilar y Jean-Pierre Vernant, como lo señala muy bien Osmar Gonzales (Memoria 108, México, febrero de 1998).

Recuerdo que en aquella cita, además de intercambiar sobre las vicisitudes de la izquierda peruana, compartiendo críticas a la disputa inter-izquierdista que tendría lamentables consecuencias, el tema que más tratamos fue el impacto que había tenido la publicación de La agonía de Mariátegui (la polémica con la Komintern) (Desco, Centro de Estudios y Promoción del Desarrollo, Lima, 1980). Ese libro extraordinario, en el que escudriña con notable rigurosidad el pensamiento del Amauta, y a mi juicio –modestamente– el mejor trabajo que se escribió hasta ahora sobre el derrotero del autor de los 7 Ensayos…, no había caído bien en cierta "ortodoxia marxista". Tito se quejó por ello, señalando que quienes denostaron a Mariátegui desde su temprana muerte, ya sea por su "heterodoxia" o por su singular "interpretación de la realidad peruana", distantes ambas de la inflexible "ortodoxia comunista" de los años 30 del siglo pasado, y que luego, décadas después lo reivindicaron a su manera, pretendían que se borrara de la historia –o a lo sumo que se "matizara"– el enorme desencuentro entre el fundador del socialismo peruano y la Komintern. Sin embargo, sin duda alguna y felizmente, ese desencuentro había desbrozado el camino para pensar-proyectar-concretar una alternativa socialista "indoamericana", con "nuestro propio lenguaje", es decir como creación propia. En La agonía…Tito sostiene que el pensamiento de Mariátegui es el resultado de la confluencia de su descubrimiento del mundo andino y de su propia comprensión del marxismo: una realidad singular en la que perviven por siglos comunidades, tradiciones y utopías, por un lado, y una teoría militante que propone superar la infamia del capitalismo en un sentido socialista, por el otro. En esa confluencia, que invita a la "creación heroica", emerge la tensión-conflicto entre socialismo y nación. Gran aporte y gran legado, pero también enorme desafío para quienes estamos empeñados en construir una alternativa de liberación social.

Volví a reunirme con Tito años después, en el Cusco. Intercambiamos mucho, caminamos por calles y plazas, tomamos innumerables cafés. Pude conocerlo mejor y ratificar su bonhomía. Estaba muy lejos de los pedantes de la academia: era uno de los mayores intelectuales del Perú, de aquella Generación del 68, pero nunca perdió su humildad porque seguía buscando conocer más y más la realidad peruana, en cada rincón, en cada acontecimiento de la lucha de clases. Estaba preocupado por la guerra interna, tratando de explicarse –lejos de cualquier visión liberal o moralista– el crecimiento de la violencia y el porqué de la horadación que producía Sendero Luminoso en la multiforme sociedad peruana. Discutiendo sobre esto, me recomendó la lectura de su libro Aristocracia y Plebe: Lima 1760-1830 (Estructura de clases y sociedad colonial) (Mosca Azul, Lima, 1984), seguramente para enriquecer la mirada de ese presente con algo más que un repaso de sus antecedentes históricos. Sin embargo, claramente, ya estaba empeñado en la que se considera su obra cumbre: Buscando un Inca/Identidad y utopía en los Andes (Instituto de Apoyo Agrario, Lima, 1987). Este libro –premiado por la Casa de las Américas– condensa una pormenorizada investigación sobre la gestación y el recorrido de la "utopía andina" desde la invasión europea del siglo XVI hasta el siglo XX, que –según anota el historiador José Luis Rénique– está "en el trasfondo de los movimientos rurales andinos". Fue criticado desde la propia izquierda, mucho más que La agonía…, ya que la pervivencia de esa "utopía" era cuestionada por una visión "modernista" que prácticamente la disolvía: "el mito del Inkarri"[1] –según sus críticos– había sido desplazado por "el mito del progreso". El debate, iniciado por el antropólogo Carlos Iván Degregori (1945-2011), de la revista El Zorro de Abajo, quedó lamentablemente inconcluso, debido a que Tito quedó postrado por una enfermedad terminal que le quitó la vida en marzo de 1990. No está demás, sin embargo, apelar a los textos intercambiaron ambos autores hacia fines de los años 80. Con posiciones contrapuestas, esos textos siguen aportando al conocimiento de la complejidad del mundo andino, a las vicisitudes de su sometimiento al capitalismo colonial, no sólo desde el punto de vista político-económico sino también desde el ángulo visual cultural y subjetivo.

El 14 de diciembre de 1989, Tito escribió una carta de despedida que tituló: Reencontremos la dimensión utópica. En ella agradeció el apoyo económico brindado por sus amigos para poder tratarse en Estados Unidos. El Seguro Social del Perú, durante 10 meses, no había habilitado el tratamiento que requería. Él, a pesar de sus limitaciones físicas, logró transmitir sus sentimientos ayudado por su compañera Cecilia Rivera. El título mismo de su carta-testamento es toda una interpelación a la izquierda. Repasó su recorrido:

Aunque muchos de mis amigos ya no piensen como antes, yo, por el contrario, pienso que todavía siguen vigentes los ideales que originaron al socialismo: la justicia, la libertad, los hombres. Sigue vigente la degradación y destrucción a que nos condena el capitalismo, pero también el rechazo a convertirnos en la réplica de un suburbio norteamericano. En otros países el socialismo ha sido debilitado; aquí, como proyecto y realización, podría seguir teniendo futuro, si somos capaces de volverlo a pensar, de imaginar otros contenidos.

E incluyó un mensaje a las nuevas generaciones que tiene enorme vigencia:

No creo que haya que entusiasmar a los jóvenes con lo que ha sido nuestra generación. Todo lo contrario. Tal vez exagero. Pero el pensamiento crítico debe ejercerse sobre nosotros. Creo que algunos jóvenes, de cierta clase media, tienen un excesivo respeto por nosotros. No me excluyo de estas críticas, todo lo contrario. Ha ocurrido sin discutirse, pensarse y menos, interrogarse. Espero que los jóvenes recuperen la capacidad de indignación.

Sus Obras Completas han sido editadas en siete tomos por SUR Casa de Estudios por el Socialismo –que él fundó–. Esta es la remembranza de un amigo y discípulo.




[1] Inkarri sería Túpac Amaru I, martirizado y decapitado en 1572 por orden el virrey Toledo en la Plaza del Cusco, donde se enterró su cabeza. El mito consiste en que su cabeza está viva y que su cuerpo está creciendo para volver y restaurar un nuevo orden. Este mito subyacente habría motivado también el gran apoyo que tuvo la revolución liderada por Túpac Amaru II en 1780.



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Publicado por Blogger para TacnaComunitaria el 4/09/2015 08:55:00 a. m.



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lunes, 10 de octubre de 2011

REENCONTREMOS LA DIMENSIÓN UTÓPICA


Carta a los amigos   
Alberto Flores Galindo (1949-1990)
Lima, 14 diciembre, 1989.
Queridos amigos:
El 3 de febrero pasado fui asaltado sorpresivamente por una dolencia: un glioblastoma multiforme en el lado izquierdo del cerebro. En otras palabras, un tipo poco frecuente de cáncer que por su difícil diagnóstico y ubicación requería un tratamiento fuera del país. Gracias a los amigos pude viajar para tratarme durante dos meses en New York (Presbyterian Hospital). Tiempo después tuve que regresar una semana más a ese mismo hospital.
Imaginarán lo costoso que fue todo esto. A pesar de la buena voluntad de algunos funcionarios públicos, del Seguro Social Peruano sólo recibimos promesas, que condujeron a dilatadas reuniones, trámites y pérdida de tiempo. El Seguro Social, además, apenas reembolsaría parte de los gastos. Durante varios meses, casi todos los días, debimos ir a una y otra dependencia, buscar los papeles. Parte de nuestra documentación se perdió, el resto daba vueltas por las oficinas y tontamente nosotros también. Este engaño lleva ya diez meses. Estuvieron a pesar de todo, amigos y, excepcionalmente, algunos dirigentes nacionales que efectivamente quisieron ayudar, pero después de casi un año no pudieron pasar de la intención. Esto, sin embargo, es lo que más vale. El mío no es un caso excepcional. Al Seguro Social no le interesa ayudar a nadie, dificulta intencionalmente los trámites y la atención. El Estado y su burocracia no sirvieron, hasta ahora.
En cambio los amigos sí. Por ellos pude viajar, hacer que me atendieran y enfrentar los males. La amistad aquí no es sólo una abstracción. Es un sentimiento cotidiano y efectivo. Sin la intervención espontánea de mis amigos no podría estar refiriendo esta historia, que me mostró la riqueza de la amistad. Experimentar eso se llama ser solidarios. Muchos intervinieron e inmediatamente armaron un gran movimiento de solidaridad. Hubo desde quienes aportaron muy elevadas cantidades, hasta quienes las monedas que tenían en el bolsillo. Otros, sus visitas. Algunos sus palabras. Estuvieron también esos niños a quienes se les ocurrió llegar con sus propinas. Más importante fue verles y compartir su afecto. Lo más movilizador fue la amistad. Conocidos y desconocidos de fuera y dentro del país han intervenido. De España, Francia, Inglaterra, Alemania y Estados Unidos llegaron colaboraciones. Con ellos me he sentido no sólo peruano, sino parte de todos los sitios. En estos momentos en el Perú, cuando todo parece derrumbarse, cariño y solidaridad me mostraron otros rostros del país. Hubiera querido agradecer personalmente a, cada uno.
No importa que no se haya podido derrotar al cáncer. Perdí. Perdimos. El final es ineludible. Me aguarda tarde o temprano, en semanas más o menos la muerte. Pero lo trascendente es el despliegue de apoyo que aún sostiene mi tratamiento y mi familia, que acompaña a Cecilia, Carlos y Miguel, en los momentos más difíciles. La solidaridad fue moral y económica. Los amigos llegaron incluso a vigilar mi recuperación en el hospital, apoyaron a mi esposa, atendieron y cuidaron a mis hijos. He debido rectificarme, dejar a un lado mi habitual pesimismo. Descubrir la fuerza de la solidaridad.
Aunque muchos de mis amigos ya no piensen como antes, yo por el contrario, pienso que todavía siguen vigentes los ideales que originaron al socialismo: la justicia, la libertad, los hombres. Sigue vigente la degradación y destrucción a que nos condena el capitalismo, pero también el rechazo a convertirnos en la réplica de un suburbio norteamericano. En otros países el socialismo ha sido debilitado; aquí, como proyecto y realización, podría seguir teniendo futuro, si somos capaces de volverlo a pensar, de imaginar otros contenidos. Esto no es la moda. Es ir contra la corriente. También debemos enfrentarnos a los cultores de la muerte o de aquellos que sólo piensan en repetir las recetas de otros países. El desafío creativo es enorme. (¿Podremos?).
Es un desafío, además, donde están en juego nuestras vidas y la edificación del país. (¿Una sucursal norteamericana?) (¿Un país andino?) (¿Qué hacer con el Perú?) (¿Será posible el socialismo?).
Hasta ahora, entre 1980 y agosto de 1989, se han producido 17,000 muertes. Asesinato de propietarios, obreros, desempleados, campesinos. Todos tienen rostros y nombres aunque los ignoremos. Esto ha ocurrido en un país “democrático”, con el silencio de la derecha pero también de la inacción de la izquierda. Muchos convertidos en espectadores. No sólo estamos frente a desafíos económicos, sino también frente a requerimientos éticos.
Ahora, muchos han separado política de ética. La eficacia ha pasado al centro. La necesidad de críticas al socialismo ha postergado el combate a la clase dominante. No sólo estamos ante un problema ideológico. Está de por medio también la incorporación de todos nosotros al orden establecido. Mientras el país se empobrecía de manera dramática, en la izquierda mejorábamos nuestras condiciones de vida. Durante los años de crisis, debo admitirlo, gracias a los centros y las fundaciones, nos fue muy bien y terminamos absorbidos por el más vulgar determinismo económico. Pero en el otro extremo quedaron los intelectuales empobrecidos, muchos de ellos provincianos, a veces cargados de resentimientos y odios.
En definitiva, lo que nos resultará más costoso es haber separado moral de cultura. Socialismo es crear otra moral. Otros valores.
A pesar de algunos intentos y ciertos personajes minoritarios, hemos vivido con el despliegue del autoritarismo y la muerte. La mayoría de los intelectuales y demasiados dirigentes políticos de izquierda, hemos perdido la capacidad de vivir y sentir la indignación. Supimos de tantos enfrentamientos como el de Molinos, en el que entre los subversivos no hubo presos, ni heridos, sólo 62 muertos de los que el MRTA sólo reconoce 42. Estas son ejecuciones. Nadie protestó, reclamó, denunció, se indignó. Esta es una pérdida de moral en la izquierda. Como este hay muchos otros casos. Nos hemos acostumbrado a vivir así. Nadie se atreve a decir que hay gran cantidad de muertos, ejecutados inocentes por las fuerzas represivas. No se puede decir en público, sin romper y colocarse fuera del “orden democrático”. Pero si no lo dicen todo empeora. Puedo decir todo esto con tranquilidad y sin miedo. No temo lo que me puedan hacer. No deberíamos aceptar el armamentismo que nos quieren imponer. También nos hemos acostumbrado a los crímenes del otro lado. En este clima no nos asombra que se quiera hacer proyectos de paz y desarrollo imponiendo el orden cíe las fuerzas armadas. Imposición de los dominadores.
No creo que haya que entusiasmar a los jóvenes con lo que ha sido nuestra generación. Todo lo contrario. Tal vez exagero. Pero el pensamiento crítico debe ejercerse sobre nosotros. Creo que algunos jóvenes, de cierta clase media, tienen un excesivo respeto por nosotros. No me excluyo de estas críticas, todo lo contrario. Ha ocurrido sin discutirse, pensarse y menos interrogarse. Espero que los jóvenes recuperen la capacidad de indignación.
Estos problemas ya han sido planteados, aunque sin éxito, en otros sitios y tiempos. Fue el caso de los populistas. Nombre para diversas corrientes que aparecieron en Rusia y otros países de Europa Oriental desde mediados del siglo pasado. Al principio enfrentados con Marx, quien luego admitió la posibilidad de otra vía al socialismo que no implicara la destrucción del mundo campesino. Hasta allí llegó. Los populistas, a su vez, se diversificaron y enfrentaron entre sí. Desde los legalistas hasta los que perfeccionaron la práctica del terror. No tuvieron una sola línea y son vigentes por los problemas que percibieron y las respuestas y polémicas que desarrollaron. Planteados los problemas siguieron presentes hasta cuando, tiempo después, se eliminaron todas estas discusiones con los muchos desaparecidos o muertos por el estalinismo.
En el Perú sólo hemos pensado en una tradición comunista, olvidando a quienes fueron derrotados pero que quizá planteaban caminos que pueden ser útiles para discutir. No buscar otra receta, hacernos una. En todos los campos. Insistir con toda nuestra imaginación. Hay que volver a lo esencial del pensamiento crítico, lo que no siempre coincide con mostrarse digerible o hacer proyectos rentables. Es diferente pensar para las instituciones o para los sujetos.
El socialismo no debería ser confundido con una sola vía. Tampoco es un camino trazado. Después de los fracasos del estalinismo es un desafío para la creatividad. Estábamos demasiados acostumbrados a leer y repetir. Saber citar. Pero si se quiere tener futuro, ahora más que antes, es necesario desprenderse del temor a la creatividad. Reencontremos la dimensión utópica.
El socialismo en el Perú es un difícil encuentro entre el pasado y el futuro. Este es un país antiguo. Redescubrir las tradiciones más lejanas, pero para encontrarlas hay que pensar desde el futuro. No repetirlas. Al contrario. Encontrar nuevos caminos. Perder el temor al futuro. Renovar el estilo de pensar y actuar. Lo que resulta quizá imposible sin una ruptura con esos izquierdistas excesivamente ansiosos de poder, apenas interesados en lo que realmente sucede.
Sospecho que no hay tiempo indefinido. Desde el siglo XVI, las culturas andinas excluidas y combatidas, han podido resistir, cambiar y continuar. Fueron derrotadas al terminar el siglo XVIII. Desaparece entonces la aristocracia andina, se combate a la sociedad rural, se deporta y extermina a sus miembros. Sin embargo, subsistirá el mundo campesino. En el siglo XX nuevos enfrentamientos. Primero a principios de la década del 1920, después alrededor de 1960 y ahora. El capitalismo no necesita de ese mundo andino, lo ignora. Se propone desaparecerlo. Sobre todo ahora que tenemos nuevamente un discurso liberal, repetitivo y dirigido contra las formas de organización tradicionales. Dispone de instrumentos y posibilidades que antes no tenía.
Esto ha sucedido en otros lugares, pero aquí no es inevitable destruirlo.
Hay que proponer otro camino. Fue advertido por José María Arguedas, pero desde su muerte han transcurrido veinte años y nuestro desafío es cómo y de qué manera evitarlo. La respuesta no sólo está en un escritorio. Exigirá un cambio de vida. Lo que se proponía Arguedas en El Zorro de Arriba y el Zorro de Abajo no era el regreso al pasado sino la construcción de una nueva sociedad, donde:
Todo eso es para ganar plata. ¿Y cuando ya no haya la imprescindible urgencia de ganar plata? Se desmariconizará lo mariconizado por el comercio, también en la literatura, en la medicina, en la música, hasta en el modo en que la mujer se acerca al macho. Pruebas de eso, de lo renovado, de lo desvilecido encontré en Cuba. Pero lo intocado por la vanidad y el lucro está, como el sol, en algunas fiestas de los pueblos andinos del Perú. (José María Arguedas, El Zorro de Arriba y el Zorro de Abajo, p. 22, Lima, Editorial Horizonte, 1983).
Este fue un proyecto formulado hace veinte años y que ahora requiere que quienes se dedican al marxismo y las ciencias sociales continúen ese proyecto pensando en el futuro. Los científicos sociales no lo piensan hasta ahora suficientemente. No hay que limitar el horizonte del pensamiento a cosas locales. Ese libro de El Zorro de Arriba y el Zorro de Abajo, en contra de lo que podía suponerse, no se refiere a problemas locales, sino que aborda el conjunto de la sociedad para incluir propuestas alternativas.
Fue hecho hace veinte años, repito. Sin embargo la izquierda no ha podido todavía responder a ese desafío. Tiene miedo ahora de enfrentar el futuro. En un país como este, la revolución no sólo reclama reformas sino la formación de un nuevo tipo de sociedad. En el país se ha comenzado a discutir el lugar de los campesinos, colocándolos no sólo como anécdotas, sino pensados como protagonistas. Hay que discutir el poder, entonces no hay que discutir la producción y los mercados, sino también dónde está el poder, quiénes lo tienen y como llegar a él. Cuestionar el discurso liberal. Los jóvenes lo pueden hacer. Muchos somos viejos prematuros.
La derecha avanza en todos los terrenos. Quisieran estar listos militarmente. También dan la ilusión de un nuevo discurso. Un discurso en realidad cínico, que tiene tras suyo muchos muertos. Pero esa derecha sigue siendo una suma heterogénea de individuos con intereses particulares, muchas veces demasiado vinculados al exterior. Tampoco tienen sólo un proyecto. Por el contrario. Aparte de las discrepancias hasta ahora no asumen la construcción de una sola alternativa. Pero para ser admitidos esos izquierdistas, que frecuentan más las recepciones que las polémicas y cultivan los buenos modales, se visten a la medida. En otro lado de la ciudad, las marchas, los enfrentamientos callejeros, largos, agresivos se han vuelto frecuentes. Reclaman respuestas urgentes. ¿Las buscamos?
La cuestión se plantea sólo como el dilema entre quienes admiten la violencia y quienes optan por la vía legal. Así como hace falta una nueva alternativa, es necesario pensar el camino. Algunos creen que hay recetas ya establecidas y que apenas tienen que aplicarlas. Cuando las revoluciones han tenido éxito no ha sido así. Todo lo contrario, siempre han sido y serán excepcionales.
El socialismo en el poder comenzó sorpresivamente en 1917, hace sólo 70 años. Apareció apenas terminada la primera guerra mundial en un país y en un lugar que se suponía uno de los espacios más atrasados, donde no se produciría uno de esos cambios sustanciales. Sin embargo, allí surgió el socialismo que, años más tarde, después de la segunda guerra mundial, se expandiría a otros territorios, al Asia, al África. La empresa capitalista, en cambio, lleva ya algunos siglos de expansión. Las puertas al socialismo no están cerradas, pero se requiere pensar en otras vías. Una tercera, cuarta, quinta forma. Un socialismo construido sobre otras bases, que recoja también los sueños, las esperanzas, los deseos cíe la gente. Uno en que se dé cabida también a estas necesidades.
Se requiere de los intelectuales. Pero, insisto, lo lamentable es el desencuentro entre ellos y la militancia política. Aquí también hay una responsabilidad de quienes han estado demasiado preocupados por la lucha inmediata, la imposición de una secta, la disputa del poder minúsculo. Así se envejece. Será muy difícil que estemos a la altura de las circunstancias. pero no todo está perdido. Pueden aparecer otros personajes. Además, ya tenemos hijos. Ojalá pierdan admiración y respeto esos jóvenes, y asuman lo que no ha podido ser hecho. Pasar cuarenta años en este país es haber hecho demasiadas transacciones, consentimientos, silencios, retrocesos. Domesticados.
Algunos imaginaron que los votos de izquierda les pertenecían. Pero las clases populares piensan, aunque no lo crean ellos. No dan cheques en blanco. Recordemos cómo fluctúan las votaciones. Los pobres no les pertenecen.
Pero el socialismo —insisto— exigirá para el futuro un cambio radical en el discurso. Revolución no es sinónimo sólo de violencia. Hace falta proponer una nueva sociedad alternativa. Ahora es un poco tarde. En toda revolución siempre hay un sector demasiado radical que aparece al final. Aquí el desarrollo de los acontecimientos ha sido diferente. Ha surgido primero y, no obstante empezar desde un sector reducido, ha conseguido seguir existiendo y hasta incrementar sus seguidores. Ha aparecido un sector demasiado radical, que ha derivado en el fanatismo, el sectarismo y el crimen. Ha conseguido funcionar y por lo menos tener un relativo éxito en ciertas regiones. Con el tiempo se ha ido tornando más sectario y su acción política ha derivado en una práctica contaminada con lo criminal. Son capaces de eliminar a dirigentes populares, como hace la derecha. ¡Qué horrible! ¡Esta gente que era de izquierda! Y los demás no se lo recriminan. Guardan silencio.
Aquí —como más o menos en otros espacios— no se puede predecir y anunciar el futuro. El futuro no está cerrado. Si doy esa impresión, me corrijo. No hay una receta. Tampoco un camino trazado, ni una alternativa definida. Hay que construirlo, resultado de los múltiples factores: la experiencia de la izquierda, los discursos del pasado, los nuevos problemas. Ahora, en el Perú, hay demasiadas posibilidades contrapuestas. Los enfrentamientos son más duros, con enormes costos de vidas, pero los caminos siguen apareciendo. No es frecuente, pero queda también la posibilidad de un socialismo masivo, revolucionario, pero sin asesinatos.
En estos momentos podemos dividir el espectro político del país básicamente en tres. Tenemos de un lado a la derecha, aglutinada y representada por el Fredemo, aparentemente homogéneo, en realidad con diversos intereses que pugnan en su interior. Tenemos también a Sendero Luminoso y al MRTA, uno transitan—do a la acción criminal y otro insuficientemente creativo y sin propuesta social. Está también la Izquierda Unida en el centro, entre uno y otro. Esta izquierda oficial, empeñada en participar en las elecciones y en los mecanismos tradicionales de poder, se aleja del movimiento popular, es étnica y culturalmente distante de las mayorías populares. No puede sentir como ellos y no los incorpora en los cargos dirigenciales. Pero no es tampoco homogénea. De una izquierda que hace unos años se pensaba todavía revolucionaria, se han ido desgajando y delimitando algunos sectores. Uno transita hacia la derecha o el Apra. Aparentemente la mayoría quiere persistir tercamente en el centro. Se empeña en las reformas. Muy pegados a ellos hay también un sector, más pequeño, que quiere ser revolucionario, no criminal, que quiere remover las estructuras, no reformarlas, que empieza a plantearse el problema de la construcción de un socialismo original. Todavía no existe una alternativa revolucionaria diferente, cuajada. Requiere de esfuerzo, de creación, están allí sus elementos pero no puede crecer liderada por profesionales de clase media.
No repetir, crear otro tipo de dirigente. Dar cabida a otros sectores sociales y a los jóvenes. Ellos no deben seguir haciendo lo mismo, no pueden seguir pensando como hace veinte años. Las cosas han cambiado.
Hay quienes sienten su urgencia y quienes piensan que tienen tiempo. Es más, no es sólo un problema de tiempo. Hay también uno geográfico. Las posibilidades de acción política son diferentes según las regiones del país. Los problemas no se pueden pensar igual desde Lima, desde Ayacucho o la región central.
No se tome todo esto como una crítica por alguien —insisto—que se imagina por encima. Es en parte una autobiografía. Termino evitando ponerme como ejemplo de cualquier cosa. Lo cierto es que, como en otros sitios, hemos sido una intelectualidad muy numerosa, pero a la vez poco creativa. Incapaces de dar a nuestro propio país la posibilidad de un marxismo nuevo. Intelectuales y políticos ignoran el pasado, la historia, lo que han sido. Demasiado modernos. Incapaces de elaborar un proyecto. Insisto que mientras en muchos otros países latinoamericanos el socialismo ha sido destruido, aquí sigue vigente. Todavía. A pesar de estar arrinconado. La izquierda se divide. La mayoría, en estos momentos, parece derechizarse. Pero también está esa minoría que se radicaliza. Hay una posibilidad de izquierda en todo esto, pero debe tomar forma.
Muchas gracias a todos los amigos y desde luego, sobre todo, a quienes discrepan conmigo. Siempre mi estilo agresivo pero que no anula el cariño y el agradecimiento con todos ustedes, más aún con quienes más he discutido. Discrepar es otra manera de aproximarnos: Y, desde luego, cuando acudieron a ayudarme no les interesó saber qué posición tenía en la cultura o en la política.
Un abrazo. ¡Qué buenos amigos!
Alberto Flores Galindo.
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En: Flores Galindo, Alberto: «Reencontremos la dimensión utópica. Carta a los amigos»,  Ciberayllu [en línea]
(Consulta: 18 de marzo del 2010).
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viernes, 28 de mayo de 2010

Fwd: Rv: Alberto Flores Galindo: Historiografia....






Vicente Otta R.

ottarivera@yahoo.com

--- El vie, 5/28/10, Casa SUR <CasaSur@terra.com.pe> escribió:

De: Casa SUR <CasaSur@terra.com.pe>
Asunto: Alberto Flores Galindo: Historiografia....
A: "CasaSur" <CasaSur@terra.com.pe>
Fecha: viernes, 28 de mayo de 2010, 01:08 pm



CONFERENCIA organizada por la Facultad de Ciencias Sociales de la
Universidad Católica del Perú y SUR


"ALBERTO FLORES GALINDO:
HISTORIOGRAFIA, PENSAMIENTO CRITICO Y UTOPIA"

PONENTES:

MARCOS SORRILHA PINHEIRO (BRASIL)
GABRIEL ICOCHEA (UNMSM-PERU)
CHARLES WALKER (UCDAVIS-USA)
SINESIO LOPEZ (PUCP-PERU)
ERIK POZO BULEJE (UARM-PERU)

Día: viernes 28 de Mayo a las 6.30 p.m.
LUGAR: AUDITORIO DE LA FACULTAD DE CIENCIAS SOCIALES DE LA PUCP

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