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viernes, 8 de octubre de 2010

Vargas Llosa, por fin


El Premio Nobel de Literatura de 2010 ha recaído por fin en Mario Vargas Llosa. Es un galardón merecido y largamente esperado, que alegra a los peruanos, más allá de discrepancias, y honra a las letras peruanas y latinoamericanas.

Puedo preciarme de haber sido uno de los primeros peruanos que exaltaron el valor del novelista desde que, muy joven, apareció en nuestro horizonte cultural. En Caretas, en junio de 1964, dediqué varias páginas a su novela temprana La ciudad y los perros, y recogí la opinión del poeta y crítico español José María Valverde: “Es la mejor novela de lengua española desde Don Segundo Sombra”.

Más tarde, cuando apareció Conversación en la Catedral, se me ocurrió buscar a Alejandro Esparza Zañartu, quien en esa novela aparece bajo el nombre de Cayo Bermúdez. Ocurrió entonces un episodio insólito: alguien había dicho a René Pinedo, reportero gráfico de Caretas, que Esparza vivía en las afueras de Chosica dedicado al cultivo de paltas. Partimos hacia allá, en un auto de la revista, sin más referencias que ese rumor. Dábamos vueltas por la campiña chosicana cuando Pinedo exclamó: “¡Don César, ahí está!”. En efecto, casi a nuestro lado circulaba un auto manejado por el personaje. El vehículo se detuvo a la altura de un portón. Desembarcó el piloto, y, en el momento en que abría la puerta, Pinedo le dijo: “Señor Esparza, somos de la revista Caretas y queremos conversar con usted”. Algo tartamudeó el dueño de casa, y quiso cerrar violentamente la puerta, pero Pinedo había ya puesto el pie en el umbral. El portazo hubiera podido fracturar el pie de Pinedo. Siguió un diálogo violento con el ex torturador. Cuando le pregunté por su opinión sobre lo que Vargas Llosa había escrito respecto de él, respondió: “No he comprado todavía el libro. Él ha debido conversar conmigo antes de escribir, para cerciorarse. Yo le habría dado datos”.

Escribí en esa misma edición de Caretas un juicio crítico sobre lo que me parecían las debilidades del retrato de una dictadura. Quizás debí tomar en cuenta que Mario había publicado esa novela cuando apenas tenía 26 años de edad. Precisé, sí, el acierto de formular preguntas como la referente a en qué momento se jodió el Perú, planteando así “una interrogación que sacude a varias generaciones de peruanos”.

Eran los días en que acababa de apartarse de la militancia en la célula “Cahuide” de la Juventud Comunista. En la época de su actividad política yo estaba en la cárcel y luego recién liberado. No tuve un trato directo con él, pero ya entonces, él, estudiante de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos, había incursionado en el periodismo e impresionaba por su dominio del idioma, fruto de lecturas insaciables, y por su capacidad de trabajo. Abelardo Oquendo recordó que en un momento el futuro escritor, que se había casado sin tener un céntimo, había acumulado siete puestos de trabajo: era secretario de Raúl Porras para una investigación histórica, escribía para Radio Panamericana crónicas sobre sesiones del Senado, ejercía la crítica literaria en el diario La Crónica, elaboraba para la Beneficencia Pública de Lima fichas sobre muertos ilustres y laboraba como traductor en la agencia de noticias France-Presse.

El dominio del idioma, el rigor en la investigación y la dedicación en el trabajo se forjaron en esos años. Leí una de estas noches un ensayo testimonio de Alfredo Torero sobre José María Arguedas. Aparte discrepancias post-mortem de Torero con Vargas Llosa, uno de los aspectos que me asombra en aquél es la profundidad histórica, la riqueza verbal, la exactitud del léxico, la claridad de la sintaxis.

En José María Arguedas. La utopía arcaica y las ficciones del indigenismo (1996), Mario arremete injustamente contra Arguedas, pero en 1964 me dijo: “Yo tengo una gran admiración por Arguedas. Él parte de una realidad concreta. En él, el detalle anecdótico adquiere una dimensión universal. En literatura, folclor es pintoresquismo; realidad vista con ojos forasteros. Arguedas escribe desde adentro”.



Vargas Llosa y la política

Mario Vargas Llosa se ha internado en la política desde muy temprano. Su ruptura con la izquierda empezó con el caso de la autocrítica del poeta cubano Alberto Padilla. Antes, había escrito el mejor ensayo latinoamericano de defensa de la Revolución Cubana. Su actuación más notable en el campo político es la que tuvo en 1987, cuando encabezó una protesta contra la estatización de la banca digitada por Alan García.

Se convirtió a partir de eso en líder de una coalición de derecha, el Frente Democrático Nacional, que lo proclamó candidato a la presidencia de la República. Se le ha reprochado haber anunciado con demasiada franqueza el programa neoliberal, mientras su opositor, Alberto Fujimori, sostenía que iba a gobernar sin ese programa y contra él. Apenas encaramado en el poder, Fujimori procedió a desmentirse.

Un episodio poco conocido de esa etapa ocurrió cuando Luis Bedoya Reyes desmintió unas declaraciones de Vargas Llosa, que había informado de un acuerdo del Frente para que el candidato para la alcaldía de Lima fuera Eduardo Orrego, de Acción Popular, y el del Callao, un miembro del Partido Popular Cristiano. Bedoya quería que los dos candidatos fueran de su partido. Mario se indignó, renunció a la candidatura presidencial y viajó a Europa. Costó convencerlo de que retornara a la lid.

Mario es enemigo enconado de los gobiernos de Fidel Castro en Cuba, de Hugo Chávez en Venezuela y de Evo Morales en Bolivia. Lo hace en nombre de la libertad y los derechos de los individuos. Es su derecho y su libertad.

A veces se equivoca el gran escritor. Defendió la agresión a Irak, partiendo del supuesto de que Sadam Husein tenía armas de destrucción masiva. No protestó por la agresión a los pueblos amazónicos, quizá porque en su novela El Hablador presenta un personaje que parece haber inspirado “El síndrome del perro del hortelano” de Alan García.

La Academia sueca ha premiado en Vargas Llosa su exploración de la cartografía del poder. Pero hasta ahora él ha omitido el análisis del poder del dinero y del imperialismo, no necesariamente en la ficción.

Conocida es su condenación del nacionalismo y el patriotismo, “último refugio de los canallas”, según Samuel Johnson. En el suplemento cultural del diario madrileño El Mundo afirmó el 3 de setiembre: “Yo creo que el patriotismo es un sentimiento positivo, en lo que tiene de adhesión a la tierra en que naciste”.

Mario Vargas Llosa es mejor narrador que político.

domingo, 12 de abril de 2009

El rumor de Rose


César Lévano
cesar.levano@diariolaprimeraperu.com


Hoy se cumplen 26 años de la muerte de Juan Gonzalo Rose, el poeta que nos mejoró la vida con sus versos y su vida transparentes.

Bueno es recordarlo en estos días en que las palabras de muchos políticos y periodistas chorrean fango.

Fui amigo fraterno de Rose desde nuestra temprana juventud y cultivamos juntos un amor intransigente e inalterable por la justicia y la belleza. Cuando él regresó del destierro en México, con esta frase me dedicó su libro Cantos desde lejos: “Para César Lévano, hermano del canto y la esperanza”.

Habíamos militado en la Juventud Comunista antes de que él partiera al destierro, y yo a largos años de cárcel. Al volver del exilio me dijo: “César: voy a escribir, pero no sobre ti, sino sobre la mujer que te esperó tanto tiempo cuando estabas tras las rejas”.

Ignoro si cumplió esa promesa. Sé que hay mucha poesía y prosa de Rose inédita, y también una zona adrede oculta.

Meses atrás, cuando en el Museo de la Nación se presentó la Obra Poética de Rose hice notar que faltaban algunos poemas, entre ellos la llameante “Voz de orden”, y también algunas canciones, sobre todo el hermoso yaraví “A los héroes del pueblo”, que tiene música de Manuel Acosta Ojeda. En vista de lo cual y por lo tanto, leí el poema y entoné el canto.

Fue una manera atinada, creo, de justificar mi presencia allí como presentador de una creación que conozco tanto como a su autor. Me redime el hecho de que hubo ovación y bravos.

Pocos saben, o hacen como que ignoran, que escribí el prólogo de una antología de Juan Gonzalo a la que titulé “Camino real”. La edición fue ocurrencia de admiradores del poeta bajos de fondos, pero aptos para la colecta

Los editores propusieron varios nombres para el prólogo: Alberto Escobar, José Miguel Oviedo, Washington Delgado y otras eminencias.

Rose movió la cabeza y despachó su voz de orden: “El prólogo lo hace César Lévano”.

Poeta de la ternura y el combate, Juan Gonzalo se apartó de la militancia partidaria decepcionado por las revelaciones sobre los crímenes de Stalin (lo expresó en una conferencia en la Biblioteca Nacional); pero eso no desmoronó su pasión por la justicia y el socialismo.

El viejo orden, aún subsistente, maltrató al adolescente puro; no le enturbió el corazón. Meses atrás, cuando depurábamos con Víctor Merino unos versos míos a los que hace mucho él puso música, Víctor recordó estas líneas desconocidas de Rose que él musicalizó:

Mi mano derecha no sabe
lo que hace mi mano izquierda.
Mi mano izquierda no sabe
lo que hace mi mano derecha.
Pero con ambas manos yo te amo
y levanto tu nombre sobre el tiempo,
con ambas manos tomo tu cabello,
flora del paraíso.
Junto mis manos para rezar
y las separo
para colocarlas en tus hombros,
única balanza de mi dicha.

Díganme si eso no es poesía, es decir, amor.

viernes, 13 de marzo de 2009

Hecha la ley (del agua)...

Publicado hoy 13 de marzo en La Primera.

La triple alianza Apra-fujimorismo-Unidad Nacional aprobó ayer la Ley de Recursos Hídricos o Ley del Agua. El carácter social de esos grupos define el sentido de la norma.

El punto medular es el artículo segundo.

El artículo frasea una aceptación aparente del orden constitucional: “El agua”, dice, “constituye patrimonio de la Nación. El dominio sobre ella es inalienable e imprescriptible”.

Enseguida viene la trampa: “Es un bien público y su administración sólo puede ser otorgada y ejercida en armonía con el bien común, la protección ambiental y el interés de la Nación. No hay propiedad privada sobre el agua”.

O sea que el agua no puede ser privatizada, pero la administración del agua, sí. Por eso se eliminó de este segundo párrafo la frase “sin fines de lucro”.

El texto final es contrario a la razón, al interés social y a la paz en el agro, permite que ingresen a la administración del agua sectores privados, con fines de lucro, lo cual es contrario al avance contemporáneo de los derechos humanos.

La experiencia demuestra, particularmente en América Latina, que la privatización del agua, desemboca en abusos y conflicto. En Argentina y Bolivia, administradores privados abusivos fueron expulsados por acción enérgica de masas.

La lucha por el agua, como la lucha por la tierra, es parte del drama latinoamericano. Hay toda una épica de ese movimiento en nuestra América. Allí están, para expresarlo, Agua de José María Arguedas y Diles que no me maten de Juan Rulfo.

La ley aprobada no oculta su afán centralista, privatista y favorable a los magnates del agro y la minería. Elimina, por ejemplo, las Autoridades Autónomas de Cuenca que antes existían y concentra la gestión del líquido en una Autoridad Nacional del Agua (ANA), que desde Lima fijará derechos de agua, trasvases y tarifas.

La bancada nacionalista ha señalado, con razón, que la ley priva a las regiones de participación real en el manejo de este recurso vital, particularmente en el agro: “Los ‘Consejos de Cuenca’ establecidos en la ley se reducen a comisiones multisectoriales de diálogo y coordinación, sin ningún poder decisorio sobre el destino del agua”.

La ANA favorecerá sin duda a los grandes mineros, deseosos desde siempre de apoderarse de las cabeceras de cuenca, de las que dependen el medio ambiente y el agro. No por gusto ha aprobado la ley Santiago Fujimori, quien, desde los días en que era funcionario de la Embajada de Japón, ha sido tramitador de la gran minería.

Aspecto neurálgico de la ley es el irrespeto de derechos de las comunidades andinas y amazónicas. La triple alianza olvida que en este momento poblaciones de la selva tocan tambores de guerra frente a la agresión de las petroleras.

La ley del agua no está hecha para calmar tales ardores.

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