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martes, 22 de diciembre de 2009

domingo, 7 de diciembre de 2008

Rv: [foro_centenario] A propósito de “Marxismo sin ismos”. Entrevista a Francisco Fernández Buey



--- El dom, 7/12/08, Gustavo Pérez Hinojosa <gperezhinojosa@gmail.com> escribió:
De: Gustavo Pérez Hinojosa <gperezhinojosa@gmail.com>
Asunto: [foro_centenario] A propósito de "Marxismo sin ismos". Entrevista a Francisco Fernández Buey
Para: foro_centenario@yahoogroups.com, "generación resurgimiento" <generacion_resurgimiento@yahoogrupos.com.mx>, "UNIVERSIDAD SOCIALISTA JOSE CARLOS MARIATEGUI" <uspjcm@gmail.com>, "miguel aragon" <perunuevo2020@yahoo.com.mx>, "Luis Miguel" <luismiguel1952@yahoo.es>, "guillermo yucra" <aldrus@hotmail.com>, "Boris" <efrentron007@hotmail.com>
Fecha: domingo, 7 diciembre, 2008 10:14

A propósito de "Marxismo sin ismos".

 

Entrevista a Francisco Fernández Buey

 

 

 

 

PRESENTACIÓN

 

Francisco Fernández Buey nació en Palencia en 1943. Realizó sus estudios primariosy secundarios en su ciudad natal y, en los inicios de los años sesenta, se trasladó a Barcelona, donde cursó estudios en la Universidad Central, en la antigua Facultad de Filosofía y Letras. Profesor no numerario (PNN) de la Universidad, fue expulsado de ella por motivos políticos represivos a finales del curso académico 1974-75 y readmitido después de la muerte del general (ísimo). Ha sido profesor de metodología de las ciencias sociales en la Facultad de Económicas de la Universidad Central de Barcelona, catedrático de metodología en la Facultad de Económicas de la Universidad de Valladolid y, actualmente, es catedrático de Filosofía Moral y Política en la Universidad Pompeu Fabra. Fue uno de los fundadores del Sindicato Democrático de Estudiantes de Barcelona (SDEUB), militante del PSUC hasta finales de los años setenta y colaborador y miembro del consejo de redacción de revistas Materiales y mientras tanto.

 

Es, sin duda, uno de los mejores conocedores hispanos de Antonio Gramsci, si

bien su tesis doctoral versó sobre la obra del también marxista italiano Galvano della Volpe (Contribución a la crítica del marxismo cientificista. EU, Barcelona, 1984).

 

Entre sus numerosas publicaciones, pueden destacarse las siguientes: Lenin y su obra (Dopesa, Barcelona, 1977); Ensayos sobre Gramsci (Materiales, Barcelona, 1978); La ilusión del método. Ideas para un racionalismo bien temperado (Crítica, Barcelona, 1991); La gran perturbación. Discurso del indio metropolitano (Destino, Barcelona, 1995); La barbarie. De ellos y de los nuestros (Paidós, Barcelona, 1995); Ni tribunos. Ideas y materiales para un programa ecosocialista (junto con Jorge Riechmann, Siglo XXI, Madrid, 1996); Marx (sin ismos) (El Viejo Topo, Barcelona, 1998) y, de publicación muy reciente, Ética y filosofía política. Asuntos públicos controvertidos (Bellaterra, Barcelona, 2000).

 

 

(Fragmento principal de la entrevista publicada en "Viejo Topo")

 

 

 En contra de toda conjetura y previsión, tu Marx (sin ismos) ha sido un éxito editorial y de lectura. La interpretació n de Marx que ahí reivindicas tiene que ver con Karl Korsch, con Maximilien Rubel y con Sacristán. De este último algo hemos dicho. De los dos primeros, ¿qué destacarías de su aproximación a la obra de Marx?

 

 

Dejémoslo en éxito relativo. Marx (sin ismos) puede haber tenido dos mil lectores. El librito que publiqué sobre Lenin hace 25 años debió tener diez o doce mil. Y eso que era ya en los años del abandono del leninismo por los partidos comunistas. Las comparaciones, aunque no nos gusten, siempre ponen las cosas en su sitio. Marx (sin ismos) se inspira, efectivamente, en Sacristán, Korsch y Rubel. Sacristán ha sido el mejor lector hispano de Marx.

 

Eso lo sabía aquí toda persona culta hasta hace unos años. Si lo subrayo ahora explícitamente en el libro es porque la mayoría de los letratenientes lo ocultan y porque los más jóvenes no tienen por qué saberlo. Karl Korch fue el marxista de la tercera generación que se atrevió a historizar la obra de Marx, es decir, a leer a Marx y lo que vino después con un criterio historiográfico que fue el del propio Marx. Por eso la obra de Korch fue condenada en seguida por el estalinismo. Y Maximilien Rubel ha sido un gran marxólogo, un estudioso sin igual de la obra de Marx y de la evolución de las ideas de éste. Se puede discutir hasta qué punto está fundada la reconstrucció n que Rubel hizo de los varios volúmenes de El capital, el propio Sacristán, por ejemplo, discutió aquella reconstrucció n de Rubel. Pero es indudable que su conocimiento de Marx era inmenso: enciclopédico y detallado. Él contribuyó a dar conocer escritos de Marx que no se habían publicado nunca. Y, además, Rubel tenía una punta libertaria en su diálogo crítico con los marxismos posteriores a Marx que yo comparto.

 

Pero puede parecer que el título de tu libro es algo contradictorio. ¿Es pensable

una lectura de Marx que evite los ismos?. No crees que se podría sostener que tu punto de vista, tu interpretació n, tu aproximación no son sino otro ismo más, aunque, eso sí, mucho más razonable, ajustado e interesante.

 

Yo no veo contradicción en eso. Si la viera no habría titulado así el libro. Desde luego que puede haber una lectura de Marx que evite los ismos.

 

No hace falta ser marxista para leer (bien, o sea, comprensivamente) a Marx, como no hace falta ser teresiano para leer (bien, con comprensión) a Teresa de Ávila. Diré más: de la misma manera que alguna de las mejores lecturas de la obra de Teresa de Ávila se ha hecho desde fuera del teresianismo (e incluso desde fuera del catolicismo) , así también alguna de las mejores lecturas de Marx se ha hecho desde fuera de los marxismos (no sé hasta que punto podríamos considerar marxistas, por ejemplo, a Rubel o, más recientemente, a Dusel). Pero, en cualquier caso, Marx es un clásico interdisciplinar; es ya un clásico para los economistas y para los sociólogos serios y, desde luego, para los historiadores y para los teóricos de la política.

 

Entendámonos: un ismo no es simplemente un punto de vista en la lectura del clásico (cosa inevitable: sin lector no hay lectura); un ismo es la cristalizació n de una corriente que se inspira en las tesis que considera básicas de ese clásico.

 

 

Pero entonces ¿cómo crees que debemos aproximarnos a la obra de Marx?

 

En mi opinión, Marx debería ser un clásico para toda persona culta e ilustrada del siglo XXI, como debería serlo Maquiavelo. El que no lo hayan sido hasta ahora (ni el uno ni el otro) se ha debido a la policía política del pensamiento, que en el caso de Maquiavelo estuvo representada por la Inquisición (aunque no sólo por ella) y en el caso de Marx por la Santa Alianza que han formado los fundamentalismos del siglo XX. La función de los fundamentalismos en esto es poner etiquetas: se inventa algo llamado "maquiavelismo" y a partir de ahí se genera un prejuicio contra el auténtico Maquiavelo, contra el Maquiavelo histórico; se fabrica un maniqueo llamado "marxismo" (que es una burda simplificació n de las ideas de Marx) y a continuación se induce a la gente a pensar que ya no vale la pena leer a Marx. La comparación que estoy haciendo obliga a introducir un matiz: el llamado marxismo-leninismo ha hecho tanto contra Marx como el otro fundamentalismo. Todas las personas que conozco que se formaron en el marxismo-leninismo como ideología de estado reconocen que nunca leyeron a Marx en serio, lo mismo que aquí, con clases de religión católica obligatorias en el bachillerato, nadie leía en serio la Biblia. Supongo que no tendré que aclarar que esto que digo no es una diatriba contra todo marxismo. Es una sugerencia para que el marxismo se haga laico y lleve a cabo su propia Reforma. Si se me permite llevar la broma hasta el final diré que veo en Korsch, Sacristán y Rubel el embrión del buen Lutero colectivo que necesitamos los marxistas en el cambio de siglo.

 

 

Hablando del cambio de siglo y siendo optimistas aunque sea sólo por esta vez y olvidándonos del resto de la historia, vamos a suponer que en este nuevo siglo XXI se sigue leyendo; supongamos igualmente que se lee a Marx y siendo ya radicalmente euforizantes admitamos que se lean las obras de Marx que a ti más te interesan o que te parece que dicen más para nuestra época, ¿qué Marx debería leerse?

 

 

A esa pregunta contestó ya Sacristán hace algunos años, con motivo del centenario de la muerte de Marx. Comparto sustancialmente lo que él escribió entonces. Creo que se seguirá leyendo al Marx del Manifiesto, porque el Manifiesto es un texto literariamente soberbio, de los que conmueven de verdad y seguirá conmoviendo: a unos porque les recordará su pasado histórico reciente y a otros, a los humillados y ofendidos del mundo, porque seguirán sintiéndose identificados con el ideal de la emancipación. Sacristán auguraba que con la obra de Marx podría pasar lo que pasó con la de Goethe y mostraba su preferencia por Faust sobre el

Werther. No estoy seguro de que esa preferencia sea hoy compartida por el gran público, pero es también la mía. Y aplicando el ejemplo a nuestro cuento diría que tal vez, en el siglo XXI, en la época de la mundializació n del capitalismo y de la homogeneizació n cultural, el Marx que más se lea y que más interese sea "el Marx tardío", el Marx desconocido, el Marx que se vuelve hacia las otras culturas (hacia las culturas de aquellos pueblos de los que él mismo había dicho que "no tienen historia"), el Marx que se pone a estudiar ruso, a discutir de economía y de sociología con los populistas y de

etnología con algún eximio liberal ruso al que llamaba "amigo científico". O sea: el Marx que nunca leyeron ni dieron a leer al pueblo los marxistaleninistas rusos. Algún indicio de que las cosas van por ahí se puede encontrar en Perú, en Brasil y en otros países latinoamericanos. Claro que de esa lectura no puede salir un catecismo, sino preguntas con intención y tentativas. Pero ya eso enlazaría bien con la idea de reforma laica a la que me refería antes.

 

 

Frecuentemente has manifestado tu interés por los trabajos de Alexander Zinoviev. Yo te he oído y leído recomendar vivamente sus Cumbres abismales. Recientemente has prologado su libro La caída del imperio del mal. ¿Qué es lo que te parece más destacable de la aproximación de Zinoviev al triunfo, desarrollo y caída de la URSS?

 

 

Alexander Zinoviev es un librepensador en el sentido pleno de la

palabra. Y es, además, un librepensador laico, lo que le convierte en un personaje excepcional en la Rusia actual. Me interesa de él tanto la libertad con que satirizó la vida de la URSS del período postestaliniano como la libertad con que ha analizado y criticado todo lo que vino después de la perestroika: el ascenso a las cumbres que él llamó "abismales" (con un juego de palabras intraducible que alude a las altas alturas de la propaganda, que dan al abismo, y al mismo tiempo producen el bostezo) y el descenso apresurado, sin cuerdas ni apoyo, desde unas cumbres en las que ya casi nadie creía (y menos que nadie los burócratas y los ideólogos). Zinoviev ha contado todo eso de una forma que no tiene parangón, creo, en nuestra literatura: como un anatomista de la sociedad que al mismo tiempo siente que el cadáver que le han dado para diseccionar está vivo y es su propio pueblo. Zinoviev me parece un ejemplo de cómo la formación del lógico (él lo era profesionalmente) puede servir para hacerse un estilo propio en la consideración teórica de la sociedad. Tal vez exagera al resaltar la inclinación "comunitarista" del pueblo ruso, pero si así fuera, y ese poso resultara igualmente rastreable en otros pueblos o culturas, razón de más para leerlo con interés en Occidente. He aquí otro ruso que no es marxista y que, sin duda, Marx habría considerado como un "amigo científico" con el que dialogar de cosas de verdad interesantes para todos.

 

 

Déjame retroceder un tanto. Tu tesis doctoral, que versó sobre la obra de Gustavo della Volpe, lleva por título Contribución a la crítica del marxismo cientificista. ¿De dónde tu interés por este filósofo italiano? ¿Qué relaciones crees que existen entre la tradición marxista y la ciencia? ¿Qué valoración haces al cabo de los años de las aportaciones de autores como Louis Althusser, Lucio Colletti o el mismo Della Volpe que intentaron construir y desarrollar un marxismo anti-ideológico? ¿No era aquél un buen programa para la hora de aquellos años?

 

 

Descubrí a Galvano della Volpe leyendo un par de obras suyas hoy

olvidadas: Crítica del gusto y Lo verosímil fílmico. Eso debía ser en 1965.

 

Entonces me interesaba mucho la estética, la teoría del arte, y hablaba de esas cosas con José María Valverde, en la Facultad de Filosofía, para hacer una tesina. Luego Sacristán (que había traducido la Crítica del gusto) me recomendó que leyera Lógica como ciencia histórica, una obra formalmente complicada que muchos años después yo mismo traduciría al castellano (y que no vería la luz aquí nunca). De todos los marxistas de los sesenta Della

Volpe era el que más atención prestaba a la teoría de la ciencia de tradición analítica. No era un experto en eso, pero apuntaba bien. Siendo más joven, Della Volpe había publicado un estimulante ensayo sobre Hume y el escepticismo moderno y luego se había interesado, además, por la lingüística estructural. Era, por así decirlo, el complemento al historicismo italiano formado en Croce y Gramsci. Y, además, Della Volpe era un buen conocedor de Marx, mejor conocedor de Marx que Althusser desde un punto de vista filológico.

 

Esto ahora, desde la publicación de L´avenir dure longtemps [El porvenir está abierto], es muy patente, pero entonces no lo era: Lire Le Capital [Para leer El Capital] parecía la Biblia del marxismo. Así que, dialogando con Sacristán y Valverde, me metí en una tesis sobre Galvano della Volpe que se me fue haciendo eterna. Cuando la empecé en el 65 yo era muy dellavolpiano; cuando la terminé, creo que en el 79, me había salido una crítica del marxismo cientificista que es precisamente una crítica (respetuosa, eso sí) del punto de vista dellavolpiano y, sobre todo, de Colletti, que fue un marxista de salón. De todas formas, aún hoy sigo apreciando el esfuerzo teórico que Della Volpe hizo en Italia por echar un puente entre marxismo y filosofía analítica. El lado flojo de su programa es

que no siempre distinguió bien entre filosofía analítica y positivismo, pero ayudó, en un ambiente muy adverso, a que otros se interesan por la lógica formal. Y esto último tiene mérito: en los sesenta todavía había muchos marxistas que despreciaban olímpicamente la lógica formal en nombre de la "superior" lógica dialéctica.

 

 

Pero no sólo ha sido Della Volpe. Tu interés por el marxismo italiano viene de

antiguo. Una de tus primeras publicaciones, de mediados de los setenta, fue un conjunto de trabajos sobre la obra de Antonio Gramsci (Ensayos sobre Gramsci). ¿Qué aspectos te parecen hoy más interesantes de la obra del filósofo de los Cuadernos de la Cárcel?

 

 

La primera noticia que tuve de Gramsci fue leyendo la panorámica que Sacristán había escrito de las corrientes de la filosofía contemporánea para el Suplemento de Filosofía de la Enciclopedia Espasa a comienzos de los sesenta. De todos los marxistas allí tratados Gramsci fue el que más me tocó: no era un filósofo en el sentido técnico sino un filólogo y hombre de acción que filosofaba sobre los asuntos mundanos que más importan a las pobres gentes. Gramsci era un joven filólogo y comunista al que las circunstancias convirtieron en filósofo civil. Desde 1968 pasé horas y horas dialogando con Manolo Sacristán sobre el programa de Gramsci y sobre su tragedia personal. En la obra de Gramsci casi todo es apasionante. Lo es su lenguaje como periodista en L'ordine nuovo; su descubrimiento de la importancia de Pirandello; sus opiniones sobre los futuristas; su reflexión sobre los consejos obreros en 1920; sus cartas de amor; su reflexión sobre el Sur italiano; sus juicios sobre la evolución histórica de los marxismos; sus apuntes sobre Maquiavelo y la política moderna; su manera de entender la relación entre ética y política; sus reflexiones sobre el lenguaje y sobre lo nacional-popular. .. Estas dos últimas cosas, o sea, su manera de entender la política como ética de lo colectivo y la importancia que dio a la reflexión sobre el lenguaje para que las ideas se conviertan en creencias populares es lo más me interesa hoy de Gramsci. Y la decantación de ese interés se la debo a Valentino Gerratana, el autor de la edición crítica de los Cuadernos

de la cárcel de Gramsci, al que conocí hace muchos años a través de Sacristán. Gerratana ha hecho un trabajo impagable para el conocimiento de la obra de Gramsci en todo el mundo. El mundo académico y político italianono ha reconocido este trabajo como se merece. Esa es otra de las desgracias del cambio de los vientos de la historia en los últimos tiempos: no se sabe distinguir entre el trabajo científico bien hecho y las modas aupadas por las politiquerías en lo cultural.

 

 

En alguna ocasión has comentado que el principal defecto del marxismo o de los marxismos adicionales ha sido su escasísima atención a la psicología, a la individualidad humana y a la educación sentimental de las personas. ¿Por qué sostienes esta apreciación? ¿Crees que ese defecto es subsanable?

Marx fue un excelente teórico de todo lo macro: de la macroeconomía, de la macrosociologí a y de la historia como proceso universal. Se ocupó muy poco de lo que podríamos llamar microfundamentos de las conductas o comportamientos humanos. En su época, la psicología, como ciencia independiente, estaba muy poco desarrollada: se confundía a veces con la antropología filosófica. Además, Marx tampoco era muy bueno como "psicólogo espontáneo", que suele decirse. Creo que en todo lo que tiene que ver con el ámbito de la sensibilidad, de los sentimientos, Engels era

mejor: sabía captar mejor que Marx las razones del corazón en las relaciones interpersonales, pero tampoco tematizó ese ámbito, aunque sí dejó dicho, por ejemplo, que el nivel de liberación de una sociedad hay que medirlo a partir del nivel de liberación de las mujeres. De modo que lo que se ha llamado marxismo nació ya con un déficit en lo psicológico. Y este déficit aumentó todavía más debido al politicismo que caracterizó tanto a la Segunda como a la Tercera Internacional. Los dirigentes (entre los que hubo personas muy sensibles, como Rosa Luxemburg y Antonio Gramsci) estaban tan convencidos de que cambiando la estructura básica de la sociedad cambiaría todo que apenas se preocuparon de la educación sentimental de las personas que tenían que cambiar el mundo. También en esto ha habido excepciones notables, como Erich Fromm, pero marginales en la historia del marxismo.

 

 

¿Pero no está implícita esta ausencia en una filosofía de la historia que ve a ésta como un proceso sin sujeto y sin finalidades, según la forma de decir de Althusser?

 

 

A mí la idea de una historia sin sujeto siempre me ha puesto muy nervioso. Es posible que la historia no tenga ningún sentido apreciable y que la concepción teleológica de la historia no se aguante racionalmente. Pero de ahí a postular que no hay sujetos va un buen trecho, que es el que se saltan, con una pirueta, casi todos los estructuralismos. Prefiero en esto el punto de vista de Walter Benjamin. La historia no es, desde luego, una autopista que

conduzca a un lugar prefijado, sino más bien la sucesión entrelazada de caminos de bosque en los que nos perdemos y, a veces, volvemos a encontrarnos. Cuando no se transitan, los caminos de bosque se desdibujan y se pierden. Y entonces hay que hacer camino al andar. Pero casi siempre acabamos descubriendo, como por casualidad, que por allí, tal vez hace mucho tiempo, pasó otro u otra como nosotros. En esas circunstancias no sólo hacemos camino, nos reencontramos como especie o como subespecie, o como grupo o como parte al menos de un colectivo de andarines. La Historia, en general y con mayúscula, no hace nada; la historia la hacen las gentes, actuando como personas y colectivamente.

 

Desde este punto de vista, la filosofía de Althusser es una de lasparadojas más sorprendentes del siglo XX. En mi opinión, lo mejor de Althusser está en el prólogo al Pour Marx [La revolución teórica de Marx] y en L´avenir dure longtemps [El porvenir está abierto]. En esos dos trabajos Althusser hace historia concreta: en el primero historia de las ideas y de los movimientos reales, con sujetos que tienen nombres, personales y colectivos; y en el segundo, que es una confesión de altura, un documento excepcional, hace historia personal, historia de un sujeto trágico, que es él mismo, con sus vacilaciones y sus fobias, sus odios y sus amores, con sus imposturas reales e inventadas, con sus depresiones y sus guiños y sus engaños a los psicoanalistas, y con sus intentos desesperados- - de quien se sabe sujeto de una historia dramática-- por explicarse y explicarnos lo inexplicable.

 

 

En alguna ocasión, has señalado que en opinión de Marx la clase obrera o es revolucionaria o no es nada y has sostenido con énfasis que esa tesis plantea un problema de gran importancia para el pensamiento social en las proximidades del siglo XXI. ¿Por qué? ¿Sostendrías entonces que la clase obrera no existe hoy en el Occidente imperial?

 

¿Cómo puede pensarse hoy el asunto del sujeto transformador?

 

 

Para entender bien esa frase de Marx habría que precisar: nada, desdeel punto de vista político-cultural. Y desde ese punto de vista creo que Marx tenía razón. Cuando la clase obrera deja de ser revolucionaria aún puede seguir siendo muchas cosas, desde luego, pero todas ellas parecidas a lo que ya había sido la burguesía histórica. Y "ser como ellos" políticoculturalment e, para la clase obrera es no ser nada. Estoy esperando la anunciada tercera parte de Novecento, de Bertolucci. Pues en el final de la segunda había una clave, una clave anticipada por el Lukács de Historia y conciencia de clase: la reconciliació n forzada, y asumida, de los protagonistas que siguen forcejeando, en un abrazo ambiguo, ante el tren de la historia. En términos marxistas una clase sin conciencia no es ya una clase propiamente dicha. Y en ese sentido es obvio que la clase obrera no existe ya en el Occidente imperial. Hace años y años que no hay una huelga de las que se llamaban de solidaridad obrera. Y eso, precisamente en la fase de mundializació n del capital, cuando hay en el mundo más proletarios que nunca, lo dice casi todo. Por no haber, no hay ni proyecto deinternacionalizac ión de las luchas obreras particulares, ni proyecto cultural alternativo, ni organización internacional de la resistencia, ni programa para disputar la hegemonía a los que mandan en el mundo.

 

 

Pero entonces, ¿qué crees que está pasando? ¿Crees que sigue siendo la clase obrera o algunos de sus sectores o alguna de sus capas parte sustancial de todo proyecto emancipatorio? ¿O acaso estamos ante una nueva, novísima situación de esclavitud económica, de creciente fragmentación, que impide o hace casi imposible todo intento de rebeldía del mundo asalariado?

 

 

Hay cuatro cosas decisivas para entender lo que está pasando. La

primera es que la mayoría de los proletarios del mundo no son, como muy bien ha dicho Himkelammer, ni siquiera explotados; son excluidos de todo, están viviendo entre la esclavitud y el abandono.

 

La segunda es la fragmentación absoluta del trabajo asalariado como consecuencia de la aplicación a la producción de las nuevas tecnologías. La tercera es que los choques entre etnias y culturas y entre subsectores del proletariado han pasado a ocupar el lugar que ocupaba el enfrentamiento entre clases.

 

Sintomáticamente, hoy hay más violencia por cuestiones lingüísticas y culturales, o incluso en el seno de las familias, que en las fábricas o sus alrededores. Y la cuarta es la implantación generalizada de un concepto completamente empobrecido de democracia. Esto último es mareante: nunca el pueblo estuvo más lejos de gobernar que ahora en lo que llamamos Occidente y al mismo tiempo se exporta el invento de las "reglas formales de la democracia" a cualquier lugar del mundo sin preocuparse lo más mínimo por las costumbres y formas de relación tradicionales de los otros. Hasta llaman "demócrata" a uno que bombardea el parlamento del propio país.

 

Esta concepción dominante de la democracia está por detrás del Aristóteles de La política (que, como se sabe, no era precisamente un entusiasta de la democracia sin más). Llamar democracia a las oligarquías ha sido una práctica histórica habitual de los que mandan. Pero conseguir que, además, las gentes se lo crean es un mérito histórico de las oligarquías posmodernas.

 

No es que todo eso haga imposible cualquier rebeldía. De hecho, hay rebeldes y rebeliones en los cinco continentes: de Chiapas a Seattle y de Porto Alegre o Cochabamba a San Petetsburgo pasando por Kerala y a veces por París. Pero, por el momento, los rebeldes no se conocen entre ellos, o hablan en clave, como el conde Arnaldo ("sólo para quien conmigo va").Y, además, la desproporción entre rebelión y aceptación resignada de lo que hay es abrumadora. Mientras tanto, la mayoría de los intelectuales laicos ("la conciencia que llega desde fuera", que se dijo una vez) se dedica al cultivo del patio de su casa, que es particular. Tal vez por eso vuelven a calar las religiones por abajo. Y tal vez por eso la defensa más consistente del marxismo (o sea, con más realidad social) la han estado haciendo en los últimos tiempos los teólogos de la liberación o personas próximas a ellos.

 

Marx no habría entendido casi nada de lo que está pasando. Y Jesús de Nazaret, tampoco.

 

 

Con Carles Muntaner, has publicado un largo trabajo sobre el marxista analítico J.Elster -Making sense of Elster (Encontrándole sentido a Elster), parodiando su Making sense of Marx (Encontrándole sentido a Marx)-. ¿Qué opinión te merece el marxismo analítico, si se puede hablar así, agrupando lo seguramente diverso? ¿Tienes interés por alguno de sus desarrollos? ¿Cuáles serían tus críticas más sustanciales a estas interpretaciones del legado de Marx?

 

 

El llamado "marxismo analítico" es una corriente académica que se caracteriza por intentar reconstruir o recomponer algunas de las principales tesis y conceptos básicos del marxismo clásico con la terminología y las herramientas metodológicas de la filosofía analítica anglosajona. Como corriente, cuajó sobre todo en la década de los 80, justo cuando casi todo el mundo estaba hablando de "crisis definitiva del marxismo". Además de Elster, han escrito cosas notables desde ese punto de vista G. Cohen, J. Roemer, A. Przeworski, Van Parijs y Erik Olin Wright.

 

Uno de los rasgos del marxismo analítico ha sido su desconfianza

respecto de la filosofía de la historia de hegeliana. Y en ese sentido se puede decir que los autores de esta corriente se han propuesto librar definitivamente al marxismo de la herencia hegeliana, de su punta romántica y cosmovisionaria. Han sustituido la perspectiva holista, globalizadora o dialéctica por una aproximación metodológicamente individualista (aunque no en todos los casos) basándose en la teoría de la elección racional y en la teoría de juegos. El ámbito preferencial, aunque no único, del marxismo analítico ha sido la filosofía de la economía. Como lectura o interpretació n de la obra de Marx ese intento me parece inmantenible; creo, además, que ha habido en él una cierta fetichización de técnicas ampliamente utilizadas por la teoría económica neoclásica. Pero, en cambio, el marxismo analítico ha sido muy productivo en tanto que trabajo teórico independiente, o sea, como intento de repensar sin anteojeras conceptos como clase social, explotación, o incluso la idea misma de socialismo. Como era de esperar, en el momento en que estos autores han pasado a ocuparse de problemas prácticos o directamente relacionados con las preocupaciones de los movimientos sociales (caso de Van Parijs, de Cohen y de Erik Olin Wright) el núcleo central del marxismo analítico se ha ido disolviendo ya en la década de los noventa. Pero aún queda su impronta metodológica y su aportación a la filosofía de las ciencias sociales.

 

 

Pero tú mismo has comentado críticamente los supuestos implícitos en muchos

desarrollos de las ciencias económico-sociales. Por ejemplo, el suponer como modelo o arquetipo de racionalidad humana el comportamiento económico del individuo egoísta que tiende siempre a maximizar la propia utilidad. ¿Podrías comentar algo más este punto?

 

¿Cuáles serían tus otros puntos críticos?

 

La teoría económica neoclásica que generalmente se enseña en las

universidades es una teoría "pura" basada en una concepción del homo economicus separado de su contexto social. Uno de los supuestos de esta teoría es que cada agente, o sea, cada hombre actúa sólo movido por su interés, está correctamente informado y se comporta racionalmente sólo cuando busca maximizar el propio beneficio. Pero, incluso sin entrar a discutir la concepción antropológica de este supuesto, el egoísmo universal, parece claro que la idea de racionalidad en que descansa es bastante pobre.

 

Hace ya muchos años Amartya Sen, que es uno de los economistas más simpáticos de hoy en día, construyó la siguiente broma sobre cómo nos comportaríamos si fuera verdad que siempre estamos intentando maximizar el beneficio personal:

 

--"¿Dónde está la estación de ferrocarril? ", me pregunta alguien en la calle.

--"Allí", contesto yo, señalando la oficina de correos. "Y de paso, ¿podía

echarme esta carta al buzón"

--"Sí", contesta el otro, decidido a abrirla para ver si contiene algo valioso...

 

El artículo en que Amartya Sen hace esa broma se titulaba, sintomáticamente, "Los tontos racionales: una crítica de los fundamentos conductistas de la teoría económica".

 

La pobreza de ese supuesto se pone de manifiesto particularmente

cuando entramos en el campo de los bienes públicos, pues en este caso tienen mucha importancia las conductas basadas en compromisos que no son necesariamente egoístas. Una consecuencia trágica de la pobreza de ese supuesto económico dominante es lo que está ocurriendo actualmente en la Rusia inspirada por tal teoría económica: pensando en los términos de comportamientos como los ridiculizados en la broma anterior parece que a nadie se le ocurrió imaginar cómo iban a funcionar las calefacciones de las casas de los obreros una vez liquidadas las empresas estatales que habían tenido, entre otras, precisamente la función de ofrecer calefacción a la colectividad.

 

 

Hace algún tiempo llamaste la atención reiteradamente sobre algunas de las tesis del Lukács de las Conversaciones de 1966, e hiciste y has hecho igualmente hincapié en la modernidad del concepto de alienación del que allí habla el filósofo húngaro ¿Qué interés tiene, si actualmente lo tuvieran, las reflexiones del último Lukács? ¿No crees que el concepto de alienación es demasiado borroso, demasiado poco dibujado, que hay en él demasiada herencia espiritual idealista, en el peor de los sentidos de este término?

 

 

Del Lukács de las Conversaciones me interesan dos cosas. En primer lugar, su crítica en paralelo del estalinismo (y de sus derivaciones) y del estado de las democracias representativas realmente existentes. En segundo lugar, su diagnóstico sobre los movimientos sociales alternativos que entonces estaban en una fase incipiente, particularmente en Alemania.

 

Hacia esa fecha Lukács había llegado a la conclusión de que la fase abierta por la revolución rusa de 1917 tocaba a su fin y postuló "un nuevo comienzo". Comparó la situación de quienes quieren "volver a empezar" (entre los que se contaba) con las vivencias de los revolucionarios anteriores a 1848 y se planteó la posibilidad de un "retorno a Marx". En ese contexto Lukács dice muchas cosas agudas que, efectivamente, tomaron cuerpo luego en las rebeliones estudiantiles de 1967-1969. Y, precisamente porque el concepto de alienación se había vuelto borroso, propone centrar el análisis en las nuevas alienaciones características del capitalismo tardío, relacionadas con lo que suele llamarse consumismo inducido. También apunta ahí lo que tenía en la cabeza cuando postulaba un retorno Marx: la elaboración de una ontología del ser social, que es, en efecto, una relectura global del programa teórico marxista.

 

Lukács ha sido uno de los personajes más apasionantes de la historia del comunismo del siglo XX. El día que se escriba la gran novela de esa historia, o que se haga la película omnicomprensiva que falta, Lukács debería ser uno de los protagonistas principales. En su obra y en su personalidad está todo lo esencial de esa historia: su tragedia y su lado cómico. Algo de eso intuyó ya Thomas Mann cuando en La montaña mágica construye el personaje de Naphta a partir del modelo del joven Lukács. Pero eso no es más que un bosquejo: desde la época en que se publicó La montaña mágica hasta 1971 Lukács ha vivido de cerca todos los grandes acontecimientos del comunismo del siglo XX. Fue el superviviente por antonomasia: sobrevivió a la derrota de la república húngara de los consejos, toreó la crítica de Lenin al izquierdismo, se salvó, estando en Moscú, de las purgas de la época de Stalin, sobrevivió a la derrota de la revolución húngara de 1956, ganó el pulso a los burócratas de la época de la desestalinizació n, tuvo tiempo para enlazar con los dirigentes del movimiento estudiantil alemán del 68 (en particular con Rudi Dutschke) y aún se permitió disentir de los que por entonces recuperaban su gran obra juvenil, Historia yconsciencia de clase.

 

En un esbozo autobiográfico que escribió al final de su vida cuenta una anécdota que me parece reveladora. En la gran casa que habitaban los Lukács en Budapest su madre tenía la costumbre de castigar a los niños encerrándoles en una leñera hasta que pidieran perdón por sus faltas. El niño Lukács descubrió pronto que su padre regresaba puntualmente a casa todos los días a la una y media y que como la madre no quería que el padre viera que había problemas en el hogar les permitía salir de la leñera un cuarto de hora antes de la llegada del padre. De manera que el chaval se hizo la siguiente composición de lugar: si el castigo se producía antes de las 11 pedía perdón inmediatamente, pero si era más tarde esperaba pacientemente en la leñera y se libraba triunfantemente del perdón. Pues eso: así fue Lukács durante toda su vida, como el valeroso soldado-ideólogo Schwej de la historia del comunismo del siglo XX.

 

 

Tú has defendido en ocasiones la conveniencia de trazar puentes con autores deotras tradiciones filosóficas y culturales. ¿Con qué autores de la historia del pensamiento filosófico crees que debería alimentarse la tradición marxista? ¿Con Kant? ¿Acaso con Spinoza? ¿Con algún Russell, por ejemplo?

 

 

Marx inaugura una forma nueva de filosofar. Su filosofar es filosofía de la praxis, filosofía mundanizada. Arranca de los problemas prácticos a los que tiene que enfrentarse el ser humano y a partir de ahí se pregunta qué cuestiones generales de naturaleza teórica hay que afrontar para resolver estos problemas prácticos. Al hacerse la pregunta sobre estas cuestiones generales (de metodología, concepción de la historia, antropología, etc.)

 

Marx tenía que enlazar necesariamente con la historia de las ideas y con los grandes sistemas filosóficos. Y en ese enlace a veces es un ilustrado y a veces un romántico. Pero creo que puede decirse que a lo largo de su vida Marx acaba produciendo una cosmovisión propia, independiente, autónoma respecto de cualquier filosofía anterior. Marx no es, desde luego, un kantiano, pero tampoco un hegeliano en sentido estricto. Es un materialista radical que sigue creyendo hasta el final de su vida que el método de Hegel era el mejor de los disponibles. Si hay que decir eso con los rótulos académicos habituales se podría formular así: Marx empieza siendo un filósofo moral y acaba siendo un científico social. Pero como tocó muchas teclas en su vida también se puede decir que ha sido un filósofo de la historia y un filósofo de la política.

 

No veo la necesidad de que la tradición marxista se vuelva hacia Kant, hacia Spinoza o hacia Russell, como tampoco veo la necesidad de acentuar el hegelianismo en el marxismo. Esto no quiere decir que no sea posible producir teorías interesantísimas poniendo a dialogar a Marx con Kant o con Spinoza (o con Freud). Algunos lo han hecho, y bien. Como otros lo han hecho poniendo a dialogar a Marx con Russell y con la tradición analítica.

 

Todo eso es posible y hasta sugestivo; depende de dónde queramos poner los acentos: si en la dimensión ética, en la importancia de la consideración histórica o en la vocación científica. Lo que quiero decir es que la renovación de lo que se llama marxismo, si quiere hacerse en la línea de Marx, no vendrá por ahí. Vendrá, nuevamente, de la atención que se preste a los problemas prácticos de los hombres y mujeres de nuestro presente histórico (que ya no es el de Marx, ni el de Kant, ni el de Spinoza, ni siquiera el de Russell) así como de la capacidad teórica que se tenga para explicar esos problemas en términos materialistas y generar esperanzas fundadas en su resolución. No hay marxismo sin materialismo histórico, vocación científica e idealismo moral.

 

 

Te has definido en ocasiones como marxista leopardiano. ¿En qué consiste esto de de ser un miembro de la piara de Marx y de Leopardi a un tiempo?

 

 

Esa es una manera de decir que nos conviene corregir el optimismo

histórico que Marx heredó de Hegel. También Leopardi es un ilustrado, un poeta y pensador que arranca de los temas de la Ilustración. Pero Leopardi es también un materialista en el mejor sentido de la palabra: un pesimista paradójico, alguien que creía en el impulso fecundo del error y de la ilusión.

 

Leopardi ha sido un crítico del lado eufórico de la razón moderna y estuvo atento a las lecciones de la naturaleza. Pero no porque fuera un "reaccionario" en el sentido trivial de la palabra, sino porque era un "antiguo" en el sentido auténtico del término: creía en la superioridad de la civilización antigua y en la forma que ésta tuvo de acercarse a la naturaleza. Se suele identificar leopardismo con pesimismo a ultranza, pero, paradójicamente, este pesimismo tiene efectos positivos porque sitúa las ilusiones en su lugar propio. Para algunos, entre los que me cuento, este pesimismo leopardiano sobre la historia y el zoo humano es más profundo que el "pesimismo de la inteligencia, optimismo de la voluntad", cuyo sentido no rebasa, por lo general, el ámbito de lo político. Algo de eso hay también en Walter Benjamin y en el Camus del pensamiento meridiano. Quien mejor ha visto esto en los últimos tiempos ha sido John Berger, el cual se preguntaba agudamente por el resultado que daría poner a dialogar a Marx con Leopardi. Ya antes, en Italia, había habido un par de pensadores que se plantearon eso mismo: Cesare Luporini y Sebastiano Timpanaro. Creo que de ahí sale un buen materialismo, tal vez menos dialéctico que el inspirado en Hegel, pero, desde luego, nada vulgar. Y por ahí se puede enlazar bien con lo de que los marxistas somos miembros de la piara de Epicuro, que no es una piara de cerdos dogmáticos sino de hombres conscientes tanto de sus ilusiones como de las limitaciones que la naturaleza y la biología imponen a éstas.

 

 

Déjame finalizar formulando una pregunta demasiado general tal vez. En tu modelo o idea de socialismo, ¿qué papel juega el mercado? ¿Te parecen conciliables socialismo y mercado?

 

 

Yo no tengo un modelo de socialismo. La historia es y será siempre

una obra abierta. Ni siquiera creo que sea necesario postular un modelo único de socialismo. No hay nada más utópico, en el sentido peyorativo de la palabra, que construir modelos detallados de socialismo a la manera de Fourier. Opino que es mejor definir los principios político-jurídicos generales por los que ha de regirse una sociedad de iguales y atender luego a las diferencias culturales a la hora de aplicarlos, pues estas diferencias condicionan en gran medida las necesidades preferenciales, sobre todo aquellas que rebasan el marco de las llamadas necesidades básicas.

 

Tampoco creo que de lo que Marx escribió sobre estas cosas se deduzca un único modelo, ni en lo que hace a la organización económica propiamente dicha ni en lo que hace a la forma de organizar políticamente la comunidad resultante. Hay diferentes modos posibles de combinar mercado y estado en una perspectiva socialista.

 

Y hay tantas experiencias catastróficas de estatalizació n forzada con abolición parcial del mercado como del dejarlo todo al libre juego de las fuerzas del mercado, que se dice. Hoy en día hay mucha metafísica del mercado y convendría distinguir: no es lo mismo afirmar que la tendencia al intercambio entre humanos conduce necesariamente a alguna forma de mercado que convertir el mundo entero en un mercado o mercantilizar toda relación entre humanos, que es lo que está haciendo la ideología dominante.

 

Por lo que yo sé, ni siquiera el llamado "socialismo real" liquidó toda forma de mercado, si hablamos con propiedad. Como tampoco liquidó toda forma de propiedad privada, sino sólo la propiedad privada de los grandes medios de producción. Todas las teorías social-comunistas recientes admiten la existencia de alguna forma de mercado en una sociedad alternativa basada en la equidad y en la justicia. Al prefigurar los principios político-jurídicos de una sociedad socialista del futuro convendría hacerse a la idea de que los monstruos a los que hay que poner bozal, en la época de la globalización, son dos: el estado y el mercado mundial. Y que eso hay que hacerlo a la vez.

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    domingo, 9 de noviembre de 2008

    Por André Frossard : MARX, KARL

    Durante mucho tiempo su retrato sustituyó en millones de hogares a las difuntas imágenes de la piedad popular. Millones de niños despertaron a la vida bajo la severa mirada de ese rostro macizo, rodeado de un espeso círculo de cabellos blancos, en el que el dibujo del bigote produce la ilusión de una sonrisa. Una frente monumental, hecha para albergar dos cerebros normales en un mármol impenetrable a la objeción, proyecta hacia atrás una crin de hilos de plata cuya mata se alarga a la altura de las orejas como el peinado de una esfinge. Las cejas, en línea quebrada, abrigan, bajo sus puntiagudos tejadillos de chalet de montaña, unos ojos de extraordinaria agudeza que acosan al contradictor en todas las direcciones y ven, a través de su endeble persona, la pared en la que van a clavarlo. Una figura pétrea, inatacable a la erosión, donde la propia barba parece estar hecha de esponjosa piedra calcárea, una inexpugnable torre de pensamientos que durante lustros ha dominado el tumulto de las guerras civiles y de las asambleas revolucionarias, el estruendo de las muchedumbres conocedoras de su poder y que rendían a su genio el tumultuoso culto de la esperanza y de la cólera: Carlos Marx, «guía inmortal de la clase obrera», el único personaje de la historia comunista cuya biografía jamás ha sido modificada por la enciclopedia soviética, profeta de la revolución mundial y divinidad ideológica que continúa aún asentada, más de cien años después de su muerte, sobre una par te del mundo. Cuando nació en 1818, en la pequeña ciudad renana de Tréveris, la gran sombra de Napoleón se desvanecía lentamente de Europa como el humo rezagado de una batalla. Los reyes, mal repuestos de sus emociones, se aseguraban del final de la pesadilla palpando sus coronas. En Francia, Luis XVIII, que llegó en furgón, se volvió a marchar en calesa y regresó en carroza, príncipe ajetreado en exceso por los acontecimientos, y demasiado inteligente, por lo demás, para no notar el desgaste de un régimen restaurado bajo su bondadosa y ligeramente sarcástica protección, traducía a Horacio y practicaba los consejos de Marco Aurelio.

    El exilio le había enseñado a ser paciente y la gota le había convertido en un estoico. Federico Guillermo 111, al que ni Leipzig, ni Waterloo, ni el tratado de Viena consiguieron hacerle olvidar la humillación de Jena, cronometraba la infantería prusiana y se lanzaba por los primeros vericuetos de una política que combinaba inteligencia y fuerza y que desembocaría, cincuenta años después, en la coronación imperial de Guillermo I en Versalles, entre las ruinas de Francia.

    Desmanteladas durante algún tiempo por el huracán de la Revolución, las cortes habían recobrado sus costumbres: violines, carruseles, secretos de Estado, perifollos, ignorancia distinguida. Sin embargo, a su alrededor, todo había cambiado. Al morir, la Revolución francesa había dado a luz una sociedad nueva, burguesa, liberal, ávida de producir, de intercambiar y de triunfar y que, pensándolo bien, se parecía bien poco a su madre. Las pelucas empolvadas apenas adornaban otra cosa que la apergaminada cabeza de los viejos diplomáticos; pronto las medias de seda ya no se volverían a ver sino en las pantorrillas de los criados de lujo. El ciudadano llevaba el sombrero de copa en forma de chimenea de tren y sus pantalones tubulares anunciaban la edad de la biela. También su mobiliario había sufrido una particular revolución. Después del arco tendido para el galanteo o la réplica del estilo Luis XV, tras la depuración ideal de líneas bajo el Directorio y el Imperio, la voluta y el crucero standard preparaban la industrialización del confort.

    La literatura alemana se llamaba Goethe, y la francesa Chateaubriand, pero el «genio del cristianismo» entraba en uno de los numerosos túneles de su historia, y el joven Lamennais meditaba sobre la «in diferencia en materia religiosa». Aunque el espíritu religioso no había muerto, si al menos había plegado sus alas El siglo del vapor iniciaba su marcha hacia el futuro triunfal de la técnica y del progreso, bajo las llores de la retórica humanitaria y las aclamaciones de los burgueses deslumbrados por su próxima victoria sobre la postrer tutela de la aristocracia y del clero Ya sólo se pensaba en mayúsculas Guiado por la Ciencia y sumido en el Progreso, el hombre caminaba hacia el descubrimiento de las riquezas de este mundo Una palabra resume su filosofía de la felicidad en la tierra el materialismo. Con un sencillo adjetivo, por lo demás un tanto misterioso para la mayor parte de los que lo utilizan, un joven judío alemán con crin de león convertiría esta palabra, llena de promesas que se podían explotar, en el arma más terrible que jamás haya amenazado a la civilización occidental. El materialismo había liberado al burgués. El materialismo «dialéctico» de Carlos Marx lo condenaba a muerte sin remisión

    Era el mayor de una familia de ocho hijos (cinco chicas y tres chicos) establecida en una casa burguesa de Tréveris, cuyo anodino aspecto era similar al de cualquier ayuntamiento o al de cualquier escuela primaria de cabeza de partido de un cantón. Su padre, el abogado Heinrich Marx, hijo de un antiguo rabino del pueblo, se había creado una sólida situación en la corte de apelación de la ciudad. Su madre, perteneciente a una antigua familia de rabinos holandeses, pasa por ser, entre los historiadores, un espíritu prosaico, poco dotada para la controversia y pronta para recordar a los oradores de la familia las realidades domésticas. Un día se le reprochará como inconveniente esta reflexión irónica: «Hijo mío, en vez de escribir sobre el capital sería mejor que amasaras uno». Heinrich Marx era, por el contrario, un espíritu brillante y liberal, apasionado por el juego de las ideas y cuya influencia sobre su hijo fue, ciertamente, muy grande en cualquier caso, tan grande como lo permitiera el carácter del joven Marx. Para salvar la situación y el porvenir de sus hijos, amenazados por las medidas antisemitas de la cámara prusiana, que acababa de prohibir a los Judíos el acceso a los cargos públicos ya la mayoría de las carreras liberales, se había convertido, junto con los suyos, al protestantismo, y lo hizo con facilidad, puesto que hacía mucho tiempo que estaba apartado de cualquier práctica religiosa. Esta «conversión» no dejaría, evidentemente, ninguna huella en el espíritu del joven Marx, quien durante toda su vida despreciará las creencias y lo sobrenatural hasta el día en que él mismo, sin darse cuenta de ello, funde una religión del ateísmo que superará a la Inquisición en rigor dogmático y que de volverá a los hombres la esperanza en lo inaccesible, más allá de una «sociedad sin clases» .

    Fue un estudiante como todos los demás, incluyendo la habitual tendencia a la versificación romántica, quizá algo más aplicado en el trabajo y en la distracción, y que pasaba repentinamente de la vigilia estudiosa al alboroto nocturno. Escribió poemas en los que mozas con el vestido empapado de lágrimas mueren de amor bajo las estrellas impasibles, mientras que jóvenes caballeros incomprendidos se suicidan en la iglesia durante la boda de la amada infiel. Es una lástima que estos conmovedores escritos aún no hayan aparecido, bajo su prestigiosa firma, en tiras dibujadas. Pero este brote de fiebre sentimental, curado con cerveza, desapareció pronto. El joven Marx no tenía vocación lírica.

    Después de un año de infructuosos sueños en la Universidad de Bonn, renuncia a sollozar con la literatura de su siglo y entra en la Universidad de Berlín. Obtendrá, finalmente, en la de Jena el diploma de doctor en filosofía. Su vigorosa inteligencia ha destrozado sin mayor esfuerzo, en busca de realidades más profundas, el cartón piedra de las construcciones románticas. La violencia natural de su temperamento cambia de dirección, se eleva, y pasa del decorado de la ficción novelística al plano superior de las ideas. Marx ya es entonces lo que será hasta el final: combativo, seguro de su capacidad intelectual de lógico realista proclive a la ironía, animado por la inquebrantable convicción de que su único deber es el de «trabajar por el bien de la humanidad». tal como había escrito a los quince años en «las reflexiones de un joven ante la elección de carrera».

    Su padre, hombre liberal y sensible, ve con preocupación cómo el carácter de su hijo va adquiriendo paulatinamente el perfil duro y monolítico que le hará atravesar el siglo como una bala movida por la carga de un pensamiento explosivo. En una conmovedora carta, encontrada por el erudito Auguste Cornu, le escribe: «No puedo a veces defenderme contra ideas que me entristecen e inquietan como un sombrío presentimiento. me siento súbitamente invadido por la duda y me pregunto si tu corazón responde a tu inteligencia ya tus cualidades espirituales, si es accesible a los sentimientos de ternura que aquí en la tierra son una gran fuente de consuelo para un alma sensible, y si el singular demonio del que tu corazón es claramente víctima es el espíritu de Dios o, por el contrario, el de Fausto. Me pregunto si alguna vez serás capaz de disfrutar de una felicidad sencilla, de las alegrías de la familia y si podrás hacer felices a los que te rodear”. Pero el joven Marx está ya fuera del alcance de este tipo de razonamientos. Su espíritu, a la búsqueda del ideal, sufre toda la agitación, toda la turbación de un misionero más seguro de los principios de su misión que del contenido de su doctrina, o de un profeta al que le urge hablar pero que aún no sabe muy bien qué decir. Es un adicto a las ideas que hoy llamaríamos de extrema izquierda, pero que entonces no existían sino en estado gaseoso, pues ningún espíritu las había aún solidificado en un cuerpo de doctrina.

    Dos veces se tambalea su salud agotada por el cansancio: su familia le reprocha el abandono de la amable joven de Tréveris que será su compañera y el único amor de su vida, Jenny, hija del imponente barón von Westphalen.
    Su padre muere sin haber logrado una respuesta válida a sus inquietas preguntas, las cuales, según pueden comprobar los biógrafos, vuelven a plantearse una y otra vez. Su madre se queja de las faltas de consideración de la familia Westphalen. Jenny , modelo de tenacidad, resiste los asaltos de los suyos, que se niegan a imaginar la unión de una joven de la más rancia nobleza de Europa con un joven burgués, revolucionario para más desgracia, y al que se empieza a conocer demasiado en las asambleas políticas.

    Llega entonces la luz para el joven Marx bajo el glacial aspecto de la filosofía de Georg Wilhelm Friedrich Hegel, maestro de la dialéctica, ex seminarista luterano de Tubinga y refinado bruñidor de una doctrina hiperintelectualista, que plantea en su origen el principio mismo de la Idea, cuyo desarrollo, a través de las contradicciones de la historia, constituye la realidad de todas las cosas. La célebre «dialéctica» de Hegel consiste en conciliar una afirmación y la subsecuente negación en la superior unidad de la síntesis. Un ejemplo: La idea de «ser» introduce la de «no-ser» o la «nada», y estas dos ideas contradictorias forman juntas la noción de «devenir»: en efecto, las cosas que «llegan a ser son y no son a la vez, puesto que «cambian o se «transforman. A su vez, la noción de «devenir anuncia un grupo de pensamientos contrarios sobre la «vida» y la «muerte» , reconciliables, a su vez, en la unidad conceptual de la «evolución», y así sucesivamente; puesta en marcha esta mecánica, nada puede ya detener su movimiento en tres tiempos, tesis, antítesis, síntesis, hasta la completa absorción de lo real en la lógica.

    Este entretejido hegeliano (una línea del derecho, otra línea del revés), original manera de llevar el espíritu a la identidad mediante la contradicción, proporcionaba a Karl Marx el instrumento definitivo de su pensamiento, el método que necesitaba para explorar la historia de las sociedades humanas, criticar la civilización de su época y formular su propia concepción del mundo, en la cual las oposiciones hegelianas entre el «capitalismo» y el «proletaria do» quedarán resueltas en la unidad de la «sociedad sin clases».

    Estamos en 1843; Karl Marx tiene veinticinco años y ha resuelto su primera síntesis dialéctica casándose con su antítesis social, Jenny von Westphalen, con la que se traslada a París, morada favorita de los espíritus revolucionarios de Europa Cuando llega a la ciudad del Sena, en total hay en Francia una sola ley social, ¡Y qué ley! Defendida en la cámara de los pares por Montalambert, quien había atacado enérgicamente a «las industrias que arrancan al pobre, a su mujer ya sus hijos de las costumbres de la vida en familia, de los beneficios de la vida en el campo, para encerrarlos en insanos barracones, auténticas cárceles en las que todas las edades y todos los sexos son condenados a una sistemática y progresiva degradación», fijaba en los «ocho años» la edad de admisión de los niños en las fábricas y reglamentaba en ocho horas la jornada para los trabajado res entre los ocho y los doce años, y en doce horas entre los doce y los dieciséis años. Ésta era la ley. y no había más. Incluso el ilustre físico Gay-Lussac, honrado con una calle en el barrio latino, había combatido el proyecto declarando que «el patrono era amo absoluto en su casa» .

    Esta módica ley de 1840 es la primera ley social» votada en Francia. Antes, toda la legislación del trabajo era regulada por la ley Le Chapelier» , del 14 de junio de 1791, que prohibía la coalición «entre ciudadanos de un mismo oficio o profesión , dirigida’ en la práctica contra los obreros de la construcción que reclamaban en bloque un aumento de salario, y un decreto del 3 de enero de 1813 apoyando la prohibición de que «los niños menores de diez años» trabajaran en las minas.

    Ninguno de los grandes hombres de la Revolución había intuido mínimamente los problemas obreros. Ni Mirabeau, ni Danton, ni Robespierre, ni «el amigo del pueblo», Marat, habían presentido la evolución económica de la sociedad de su época. La ley Le Chapelier había sido adoptada y aplicada sin oposición alguna, ni tan siquiera obrera, y durante cerca de treinta años el decreto imperial de 1813 fue el único texto que demostró algún interés por los innumerables niños literalmente encarcelados a una edad muy temprana en auténticas prisiones industriales. La condición obrera era, en su conjunto, miserable. Un niño ganaba de treinta a cincuenta céntimos al día; según las profesiones, el salario de un adulto variaba entre uno y dos francos, salvo en caso de depresión económica. En Lyon, cuenta Blanqui, las obreras ganan trescientos francos al año trabajando catorce horas diarias en oficios en los que han de estar colgadas con unas correas para poder utilizar a la vez los pies y las manos, cuyo movimiento continuo y simultáneo es indispensable para tejer galones» .U n investigador oficioso señala que en «ciertos establecimientos de Normandía, el látigo figura en el oficio entre los instrumentos de trabajo» .

    De este modo, mientras Stendhal describía pormenorizadamente los delicados amores de sus coleópteros mundanos; mientras Musset, apesadumbrado, contemplaba su palidez en el Gran Canal, y la burguesía, maravillada ante el progreso del comercio y la industria, dejaba la religión a las mujeres para volcarse en la rentable mística de los «negocios», tras todo este decorado, todo un pueblo de desheredados vivía sin alegría, sin esperanza y, a veces, sin pan. El sistema feudal había sido destruido, pero, en el seno del «régimen burgués» , una nueva categoría de siervos había sustituido a la antigua. Ya no había campesinos, «siervos de la gleba», en torno a los castillos. Pero alrededor de las fábricas, multiplicadas por el genio empresarial que anima la época, las grandes concentraciones obreras forman poco a poco una clase distinta, ignorada por la ley, con una existencia miserablemente considerada ya la que se llamará «proletariado» .

    El método hegeliano había proporcionado a Carlos Marx la herramienta que su pensamiento necesitaba. La crueldad de la «condición proletaria» le indigna, centuplica su voluntad de acción y convierte al joven pensador, apasionado por la especulación filosófica, en el general revolucionario más consecuente y más temible de todos los tiempos. El marxismo naciente será una mezcla detonante de lógica y de indignación.

    Está listo el armazón de su máquina de guerra contra el mundo de las ganancias. La glotona anarquía de la sociedad de su época le señala su enemigo: el «capitalismo burgués»; sus tropas: el proletariado; el campo de batalla: la mina, la fábrica, el taller, todos los lugares de trabajo o de miseria de la ciudad y de los campos.
    El destino le proporciona un inestimable aliado en la persona del joven Friedrich Engels, nacido en 1820 en una rica familia industrial de Bremen. Se trata de un espíritu agudo, tan hábil para los negocios como ágil en la decisión política; un elegante personaje que será el Saint-Just del nuevo Robespierre, un Saint-Just previsor que salvará a su amigo de la miseria y que sostendrá hasta el final la desastrosa economía doméstica del teórico de la economía universal.

    A partir de ese momento, numerosos textos políticos llevarán la firma conjunta de los dos amigos, sin que aún hoy sea posible distinguir la aportación de cada uno a la obra común. Redactan conjunta mente el famoso Manifiesto del partido comunista, cuya publicación coincide con la revolución de 1848 y que contiene los principales rasgos de la doctrina largo tiempo impuesta, y agravada por el fanatismo, a centenares de millones de seres humanos.

    Al igual que Engels, Karl Marx es un perfecto ateo y, pese a las ilusiones de cierto número de cristianos contemporáneos. el ateísmo constituye la esencia misma del marxismo. No sirve de nada soñar con un marxismo separado de su irreligión orgánica y que limite su ambición a una reforma de las estructuras de la economía. El ateísmo integral proporciona a «Marx- Engels» la base de su doctrina, ese «materialismo histórico» para el que la sociedad y la moral de los individuos están determinados por las formas de producción. A partir de esta comprobación se desarrolla el movimiento «dialéctico» del marxismo, que ve en la historia una permanente lucha de clases entre aquellos que poseen, ya los que la defensa de sus intereses «deshumaniza» , y aquellos que no poseen, ya los que su condición de dependencia «aliena» . Hegel, cuyo pensamiento iba de la Idea a lo real, desembocaba en un vago espiritualismo conservador muy grato para el gobierno prusiano, el cual, de acuerdo con esta doctrina, resultaba ser el mejor de los gobiernos posibles, puesto que constituía, bajo la jurisdicción del maestro, la última encarnación de la Idea. Pero Karl Marx, discípulo irrespetuoso, dará la vuelta a la lógica de Hegel como a un guante. Irá de lo real a la Idea, y como por arte de magia, todo aquello que en la filosofía del hijo del pastor llevaba al conservadurismo, en la del nieto del rabino conducirá a la revolución. Al ser una emanación de las clases poseedoras, el gobierno prusiano, al igual que todos los gobiernos del mundo, no es sino un momento de la dialéctica: también lo es la burguesía, cuyo inevitable conflicto con su antítesis social, el proletariado, trae necesariamente la revolución, en la cual dicha burguesía, reducida por la concentración de riquezas a un número cada vez menor de poseedores, quedará sumergida y liquida da por la masa creciente del proletariado. Una vez victoriosa, la clase obrera abolirá la propiedad privada de los medios de producción y de intercambio, salvando, a la vez, en el paraíso sintético de la sociedad sin clases, a todos los hombres liberados del sistema económico que deshumanizaba a unos y alienaba a otros.

    Éste es el esquema de una doctrina cuya actitud solapadamente religiosa es imposible ignorar. Se trata de un contratipo ateo que pronto se convertirá en una insolente caricatura totalitaria del judeo-cristianismo tradicional: del pecado original (la caí da en la propiedad privada), a la Redención del Pobre (Cristo, Dios hecho hombre, y el proletario, hombre hecho dios ); de la cautividad en Egipto (en las garras capitalistas ), a la Tierra prometida del colectivismo, pasando por la Iglesia (fuera del partido no hay salvación), el magisterio infalible de Moscú y la llamada confesión «autocrítica», sin olvidar, en el plano supremo de la mística, esa especie de diálogo del hombre con el hombre en una suerte de divinización sin amor. Pues si el advenimiento del reino de Dios es obra de la caridad, el de la sociedad sin clases no puede ser acelerado sino por el esfuerzo conjunto de la violencia y del odio.

    Durante largos años, de expulsión en expulsión y de hotel en piso amueblado, Karl Marx llevará la vida de un proscrito escaso de recursos, dejando en Francia, en Bélgica, en Alemania y más tarde en Londres, donde terminará sus días, diversos grupos de discípulos que un día de 1864 formarán el elemento motor de la Internacional de trabajadores como resultado indirecto, en suma, de sus obligados desplazamientos. Su itinerario está jalonado de hojas muertas, gacetas sin lectores, libros y panfletos incautados que devoran sus escasos ingresos, la pequeña fortuna de su mujer y el dinero de sus amigos excepto el del sagaz Engels, quien dirige su barca fraternal como una lancha salvavidas, sin avaricia pero con discernimiento. Karl Marx experimenta hasta la náusea la deprimente dialéctica de la necesidad y del crédito, hostigado por acreedores a los que no paga, en un perpetuo estado de tensión doctrinal no apto para ningún otro trabajo que no sea el de profeta social. Para él, fuera cual fuese el amor por los suyos, la vida pública tiene absoluta prioridad sobre la vida privada. Su resistencia a la miseria ya la desgracia es, por otra parte, prodigiosa. Abrumado por las lágrimas y las justas recriminaciones de su mujer, fulminado en varias ocasiones por el más terrible golpe que pueda herir a un ser humano, la muerte de un hijo, se mantiene en pie, inamovible y como protegido contra la violencia del destino por la violencia de su propio pensamiento.

    Las únicas noticias que espera y recibe con alegría son las que le traen la confirmación de sus teorías: depresiones, crisis económicas, huelgas, rugidos revolucionarios, asonadas. Día tras día su figura histórica se dibuja con rasgos cada vez más claros en un cielo tormentoso. En los comités extremistas se admira a un filósofo capaz de hablar con semejante autoridad un misterioso lenguaje escolástico, del que no se entendería nada si no se convirtiera tan fácilmente en las más sencillas fórmulas de acción: explotación del hombre por el hombre, lucha de clases, revolución, liquidación, liberación. El respeto da paso a una actitud admirativa, y la veneración al respeto. Es el primer papa del «comunismo» (adoptó una vieja palabra para designar algo nuevo al contrario que la mayoría de los políticos ). Proudhon, cuyas impracticables teorías lo exponen a la burla del maestro, al igual que Bakunin y todos los demás, sufren a su pesar su influencia. E incluso el propio conde Tolstoi, un amable bromista, pone a su disposición su inmensa fortuna... antes de marcharse sin que ésta haya sido mermada.

    La fama del doctrinario se extiende mucho más allá de los círculos revolucionarios, y sus prestigiosos éxitos no suavizan su carácter ni la dureza de sus réplicas. N o discute, maneja los argumentos como un bloque, aplasta a quien le contradice y se marcha sacudiendo su melena.

    Las celebridades se le acercan con menos facilidad que los obreros: Reclus se queja de que no se hubiera levantado del fondo del salón para recibirle y de que permaneciera «constantemente cerca de un busto de Júpiter Olímpico, como si quisiera hacer alusión al lugar que ocupa entre las grandes figuras de la humanidad» .Aquel carnicero devoraba sobre todo papel. En Londres, donde pasó la mayor parte de sus treinta últimos años, yendo de un barrio a otro según el estado de sus recursos, la paciencia de los propietarios y las amistosas subvenciones de Engels, escribe su obra más importante, El Capital, en frases complejas, enroscadas como muelles y fabricadas sin preocuparse por su conclusión. El punto crucial del planteamiento ‘es la teoría según la cual el trabajo, como cualquier otra mercancía, tiene su valor, determinado por las necesidades del obrero, y su excedente constituye la «plusvalía» , cuyo beneficio revierte en el capital.

    Resueltos sus apuros en lo sucesivo gracias a Engels, que supo dirigir sus propios asuntos en beneficio de su común interés, Marx modifica, abandona, vuelve sin cesar a emprender el gran trabajo de su vida, que quedará inacabado. Desde el día en que el Manifiesto comunista lanzó al mundo su brillante y sombrío «¡Proletarios de todos los países, uníos!», sus teorías sólo han recibido un amago de aplicación durante las breves jornadas de la Comuna de París. Pero él está seguro, con la seguridad de un creyente, de la victoria final de su doctrina. Una cierta paz desciende sobre los últimos días de su vida, que, sin embargo, se ve atravesada por dos sufrimientos fulgurantes: la muerte de su mujer y la de su hija, Jenny Longuet. Poco después de este último golpe, al entrar en su cuarto el 14 de marzo de 1883 , Engels lo encontró tranquilamente dormido para siempre. Su tumba está en Highgate.

    La mayoría de los marxistas no conocen El Capital mejor de lo que los católicos conocen La Summa de santo Tomás de Aquino. El pensamiento de Marx, que parece también proceder de la industria pesada, ha dejado un método calificado pomposamente de científico y un catecismo revolucionario que ha dado la vuelta al mundo. Pero las teorías filosófico-económicas sacadas del marxismo han sido por doquier refutadas por los hechos y no han dado buenos resultados en ningún sitio. A pesar de la abolición de la propiedad privada, final simbólico de la «explotación del hombre por el hombre» en los países socialistas y la liquidación directa o indirecta de millones de seres humanos sacrificados a la ideología, o a la «ideología» del partido, nadie ha vivido, ni siquiera un solo día, el ideal de la sociedad sin clases. Ningún pueblo del mundo ha pasado al comunismo por efecto de la lógica marxista, y todos aquellos que han vivido esta experiencia han sido obligados a hacerlo por la fuerza de las armas, al amparo de dos guerras mundiales. Ya la desgracia doctrinal, ha de añadirse el hecho de que, a la vez que obligaba a los gobiernos «burgueses» a concebir, finalmente, una política social con frecuencia eficaz, el marxismo ha contribuido a la consolidación del capitalismo.

    Karl Marx quería sinceramente la liberación de la humanidad, y sus seguidores la aprisionaron en un totalitarismo sin precedentes; quería un hombre nuevo, y ese hombre nuevo tenía la cabeza de un comisario político; pensaba que la «dictadura del proletariado» duraría algunas semanas, y se mantuvo durante setenta años. Puede decirse que Marx lo había previsto todo, excepto el marxismo, que, como un sacramento de tinieblas, produjo en todas partes lo contrario de lo que significaba.

    «La razón truena en su cráter» , decía el magnífico canto de la clase obrera. Hoy no. se ve más que el cráter, donde ha quedado sepultada la patria del socialismo y, con ella, unas esperanzas traicionadas.

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