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miércoles, 8 de junio de 2016
CESAR HILDEBRANDT : EL COMPUTO DE LA ONPE ES SESGADO Y UNILATERAL
Etiquetas:
Cesar Hildebrandt
sábado, 30 de enero de 2010
HERMANITA QUERIDA
CESAR HILDEBRANDT
La doctora Martha Hildebrandt Pérez Treviño –es decir una de las
hijas con que mi prolífico y algo distraído padre aderezó
el mundo– se ha sentido ofendida por lo que escribí de
ella en este diario acogedor que me aguanta y que encima me
paga.
No veo por qué ofenderse, hermanita, cuasi hermana, sacha
hermana, semi frattella, half sister.
Sólo dije lo que de ti piensa todo el mundo: que eres una oportunista
de siete suelas, una rabona que va mudando de paisaje pero
no de oficio a medida que las tropas avanzan y cambian los
generales pero no tu arrastradera.
Y que, además, eres la única parlamentaria virgen en cuanto a
proyectos de ley presentados –has tenido el morro de no
presentar ninguno– y una de las más recalcitrantes
cobradoras del bono de escolaridad cuando lo cierto es que
tu única hija limita ya con la menopausia.
Fuiste la amante reseca del general Velasco mientras te dio trabajo.
Cuando fue derrocado te olvidaste de él y merodeaste por la
casa de Morales Bermúdez, que tenía órdenes de no darte
bola.
Durante el segundo belaundismo te recluiste en casa a ver telenovelas y
a botar sirvientas. Fue en esa época que le dijiste a tu
hija que la solución para el Perú era “la bomba cholónica,
el equivalente nacional de la bomba neutrónica”.
Matibel, tu única hija felizmente, lo contaba muy divertida, así como
contaba lo maravillosa madre que fuiste al enterarte de que
ella estaba en cinta la mismísima noche en que dio a luz a
Nadiana allá en París.
–Mi madre dice que habría que poner a un millón de indios en el
zanjón y lanzar una bomba atómica. Sería la bomba
cholónica –contaba Matibel doblándose de la risa.
No se doblaba de la risa sino que se le abrían los ojos cuando
contaba lo afortunada que eras teniendo una cuenta off shore
en un paraíso fiscal para no pagar impuestos en el Perú.
Y se le abrían más los ojos cuando contaba cómo el banco tonto
que recibía tu guardado (jerga vieja) se equivocó un día
y te abonó electrónicamente cincuenta mil dólares, jugoso
error que tú no comunicaste a tu sectorista tropical y que
terminó engrosando tu patrimonio. Porque hasta cajoneadora
has sido, hermanita. ¡Y luego dices que a ti nadie puede
hablarte de faltas éticas!
Lo que hiciste, en esa oportunidad, fue robar, dear almost sister.
Y le acabas de robar ya no a un banco caribeño sino al
Estado cobrando tus 16 mil soles de gastos de instalación
cuando hace rato que estás instalada en la casa de 28 de
Julio y en el reino de la conchudez insolente.
Esa platita de los 50 mil dólares te llegó porque así eres de
suertuda, además. Bueno, para algunas cosas. Tienes la
suerte, por ejemplo, de que la gente te tema por tu boquita
de paltera arequipeña con prurito en el poto.
Y tienes la suerte de que los periodistas te tengan terror porque ellos
hablan mal y tú bien. Porque ellos son cholos y tú blanca.
Porque ellos no gritan y tú sí. Porque a ellos les asusta
tu facha de ekeka de mala leche y peor uva, en suma.
Bueno, aquí hay un periodista que, más allá de las sangres en
curso o derramadas, jamás te tuvo miedo. Y por eso te puedo
responder como lo que –más allá de las buenas formas
hasta ahora guardadas por mí– eres de modo militante e
inocultable: una lingüista formidable y una persona
despreciable, una filóloga eminente y una sobreviviente
rastrera, una intelectual sanmarquina y una lombriz de la
moral pública. Alguien tenía que decírtelo en este país
de periodistas que gallinean en el corral.
Llamaste Simón Bolívar a Alan García cuando coqueteabas con el
aprismo a ver si algo te ligaba. Y a Fujimori no necesitaste
llamarlo Yamamoto –que se lo merecía por traidor
intrínseco y gemelo de tu alma– para trepar su higuera y
salir por el techo como una buganvilia maquillada al estilo
noche con turistas en el Moulin Rouge.
En el muladar de Fujimori fuiste, querida Martha, barchilona con
tu bacín atento, dadora de coartadas, escurridora de mocos,
limpiadora de plastas, inspectora de cagarrutas perpetradas
por el cholo Siura (aj), sirvienta con cama adentro para lo
que mande, justificadora de los asesinatos de La Cantuta,
rentada defensora de lo más zafio de la basura con galones
que te pensionaba, cobardemente altiva desde el poder,
calladita a la hora de perderlo aquella tarde en que te
quitaron el cetro del Congreso y tú perdiste el celular que
te dio el Chino (no fuera a llamar ahora que no servía para
nada).
Si el apellido Hildebrandt –los apellidos los adquiere uno sin
proponérselo, son etiquetas banales– vale algo, no es por
ti, Marthita querida. Valdrá algo por tu hermana Esther,
ser humano delicado y feliz, o sea el envés de tus reveses
de bailarina andrófoba.
O valdrá algo por algunos de tus parientes, que de ti nada tienen y
que deben haber sentido vergüenza –supongo yo– por lo
que has hecho en estos años para conservar el chofer y las
regalías, que eso es lo único que te importa.
O valdrá por mi hermana Ana María, cuya tenaz decencia va a
contramarcha de tu indecoro intelectual. O, más tarde
quizás, por mi hijo, un Hildebrandt Chávez buenmozo y
mestizo, de esos que a ti te asquean porque te crees aria y
discípula mental de Gobineau.
O por algún otro vástago que por allí saque la cara por este
apellido que vino ileso de Hannover y que tú insistes en
escupir diciendo que la seguridad social es para los que
tengan que padecerla y que no aceptarás que te quiten el
seguro privado que deberías pagar con tu sueldo.
¿Qué te has creído? ¿Es el Perú tu chacra de Paramonga, el
establo que te trae recuerdos, la acequia con pichi que te
parecía idílica? ¿Hasta dónde va a llegar tu talento
para hacer el ridículo? ¿Tiene límites la procacidad?
Hace meses fuiste a mi programa y antes de sentarte me agradeciste por
haber contratado a tu hija Matibel como productora. Siento
que, al poco tiempo, tuviera Matibel que irse por una orden
mía: la inteligencia, como sabrás, no se hereda inexorablemente.
En todo caso, yo ya no puedo volver a contratarla, lo siento mucho.
No estoy en la tele porque la tele me echó y yo eché a la
tele de mi vida.
Como te echó a ti de la suya el pobre señor Altuve, tan fino y
embajador él, tan venezolano y caballero él, soportando
tus berrinches de maldita a bordo y tus groserías de
contralto de cocina mientras lanzabas completa la vajilla y
todo lo punzocortante que encontraras a tu paso, que eso era
para ti el orgasmo supremo del carácter.
Se salvó el señor Altuve. Vivió feliz lejos de ese hígado que a
veces pensaba en que te habías convertido, hermanita. Por
esa huida fue que necesitaste de la política. El pobre
señor Altuve ya no estaba para bancarte las demasías.
Altuve debe haber muerto feliz.
Tan feliz como vivo plenamente yo, hermanita, al lado de una
maravillosa mujer espléndidamente joven que suma a su
inteligencia su integridad, a su talento su generosidad, a
su belleza su capacidad de ser siempre coherente con sus
ideas progresistas.
O sea todo lo opuesto a ti, hermanita Brujilda, escoba casi póstuma de
todas las malías, Hermelinda linda, hada madrina y
consejera de Dennis Falvy, marida de Lord Vader, hermanita
querida, histórico mojón de la frontera con Tiwinza.
La doctora Martha Hildebrandt Pérez Treviño –es decir una de las
hijas con que mi prolífico y algo distraído padre aderezó
el mundo– se ha sentido ofendida por lo que escribí de
ella en este diario acogedor que me aguanta y que encima me
paga.
No veo por qué ofenderse, hermanita, cuasi hermana, sacha
hermana, semi frattella, half sister.
Sólo dije lo que de ti piensa todo el mundo: que eres una oportunista
de siete suelas, una rabona que va mudando de paisaje pero
no de oficio a medida que las tropas avanzan y cambian los
generales pero no tu arrastradera.
Y que, además, eres la única parlamentaria virgen en cuanto a
proyectos de ley presentados –has tenido el morro de no
presentar ninguno– y una de las más recalcitrantes
cobradoras del bono de escolaridad cuando lo cierto es que
tu única hija limita ya con la menopausia.
Fuiste la amante reseca del general Velasco mientras te dio trabajo.
Cuando fue derrocado te olvidaste de él y merodeaste por la
casa de Morales Bermúdez, que tenía órdenes de no darte
bola.
Durante el segundo belaundismo te recluiste en casa a ver telenovelas y
a botar sirvientas. Fue en esa época que le dijiste a tu
hija que la solución para el Perú era “la bomba cholónica,
el equivalente nacional de la bomba neutrónica”.
Matibel, tu única hija felizmente, lo contaba muy divertida, así como
contaba lo maravillosa madre que fuiste al enterarte de que
ella estaba en cinta la mismísima noche en que dio a luz a
Nadiana allá en París.
–Mi madre dice que habría que poner a un millón de indios en el
zanjón y lanzar una bomba atómica. Sería la bomba
cholónica –contaba Matibel doblándose de la risa.
No se doblaba de la risa sino que se le abrían los ojos cuando
contaba lo afortunada que eras teniendo una cuenta off shore
en un paraíso fiscal para no pagar impuestos en el Perú.
Y se le abrían más los ojos cuando contaba cómo el banco tonto
que recibía tu guardado (jerga vieja) se equivocó un día
y te abonó electrónicamente cincuenta mil dólares, jugoso
error que tú no comunicaste a tu sectorista tropical y que
terminó engrosando tu patrimonio. Porque hasta cajoneadora
has sido, hermanita. ¡Y luego dices que a ti nadie puede
hablarte de faltas éticas!
Lo que hiciste, en esa oportunidad, fue robar, dear almost sister.
Y le acabas de robar ya no a un banco caribeño sino al
Estado cobrando tus 16 mil soles de gastos de instalación
cuando hace rato que estás instalada en la casa de 28 de
Julio y en el reino de la conchudez insolente.
Esa platita de los 50 mil dólares te llegó porque así eres de
suertuda, además. Bueno, para algunas cosas. Tienes la
suerte, por ejemplo, de que la gente te tema por tu boquita
de paltera arequipeña con prurito en el poto.
Y tienes la suerte de que los periodistas te tengan terror porque ellos
hablan mal y tú bien. Porque ellos son cholos y tú blanca.
Porque ellos no gritan y tú sí. Porque a ellos les asusta
tu facha de ekeka de mala leche y peor uva, en suma.
Bueno, aquí hay un periodista que, más allá de las sangres en
curso o derramadas, jamás te tuvo miedo. Y por eso te puedo
responder como lo que –más allá de las buenas formas
hasta ahora guardadas por mí– eres de modo militante e
inocultable: una lingüista formidable y una persona
despreciable, una filóloga eminente y una sobreviviente
rastrera, una intelectual sanmarquina y una lombriz de la
moral pública. Alguien tenía que decírtelo en este país
de periodistas que gallinean en el corral.
Llamaste Simón Bolívar a Alan García cuando coqueteabas con el
aprismo a ver si algo te ligaba. Y a Fujimori no necesitaste
llamarlo Yamamoto –que se lo merecía por traidor
intrínseco y gemelo de tu alma– para trepar su higuera y
salir por el techo como una buganvilia maquillada al estilo
noche con turistas en el Moulin Rouge.
En el muladar de Fujimori fuiste, querida Martha, barchilona con
tu bacín atento, dadora de coartadas, escurridora de mocos,
limpiadora de plastas, inspectora de cagarrutas perpetradas
por el cholo Siura (aj), sirvienta con cama adentro para lo
que mande, justificadora de los asesinatos de La Cantuta,
rentada defensora de lo más zafio de la basura con galones
que te pensionaba, cobardemente altiva desde el poder,
calladita a la hora de perderlo aquella tarde en que te
quitaron el cetro del Congreso y tú perdiste el celular que
te dio el Chino (no fuera a llamar ahora que no servía para
nada).
Si el apellido Hildebrandt –los apellidos los adquiere uno sin
proponérselo, son etiquetas banales– vale algo, no es por
ti, Marthita querida. Valdrá algo por tu hermana Esther,
ser humano delicado y feliz, o sea el envés de tus reveses
de bailarina andrófoba.
O valdrá algo por algunos de tus parientes, que de ti nada tienen y
que deben haber sentido vergüenza –supongo yo– por lo
que has hecho en estos años para conservar el chofer y las
regalías, que eso es lo único que te importa.
O valdrá por mi hermana Ana María, cuya tenaz decencia va a
contramarcha de tu indecoro intelectual. O, más tarde
quizás, por mi hijo, un Hildebrandt Chávez buenmozo y
mestizo, de esos que a ti te asquean porque te crees aria y
discípula mental de Gobineau.
O por algún otro vástago que por allí saque la cara por este
apellido que vino ileso de Hannover y que tú insistes en
escupir diciendo que la seguridad social es para los que
tengan que padecerla y que no aceptarás que te quiten el
seguro privado que deberías pagar con tu sueldo.
¿Qué te has creído? ¿Es el Perú tu chacra de Paramonga, el
establo que te trae recuerdos, la acequia con pichi que te
parecía idílica? ¿Hasta dónde va a llegar tu talento
para hacer el ridículo? ¿Tiene límites la procacidad?
Hace meses fuiste a mi programa y antes de sentarte me agradeciste por
haber contratado a tu hija Matibel como productora. Siento
que, al poco tiempo, tuviera Matibel que irse por una orden
mía: la inteligencia, como sabrás, no se hereda inexorablemente.
En todo caso, yo ya no puedo volver a contratarla, lo siento mucho.
No estoy en la tele porque la tele me echó y yo eché a la
tele de mi vida.
Como te echó a ti de la suya el pobre señor Altuve, tan fino y
embajador él, tan venezolano y caballero él, soportando
tus berrinches de maldita a bordo y tus groserías de
contralto de cocina mientras lanzabas completa la vajilla y
todo lo punzocortante que encontraras a tu paso, que eso era
para ti el orgasmo supremo del carácter.
Se salvó el señor Altuve. Vivió feliz lejos de ese hígado que a
veces pensaba en que te habías convertido, hermanita. Por
esa huida fue que necesitaste de la política. El pobre
señor Altuve ya no estaba para bancarte las demasías.
Altuve debe haber muerto feliz.
Tan feliz como vivo plenamente yo, hermanita, al lado de una
maravillosa mujer espléndidamente joven que suma a su
inteligencia su integridad, a su talento su generosidad, a
su belleza su capacidad de ser siempre coherente con sus
ideas progresistas.
O sea todo lo opuesto a ti, hermanita Brujilda, escoba casi póstuma de
todas las malías, Hermelinda linda, hada madrina y
consejera de Dennis Falvy, marida de Lord Vader, hermanita
querida, histórico mojón de la frontera con Tiwinza.
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Cesar Hildebrandt
viernes, 13 de noviembre de 2009
Aparta de mí estos vocales
CESAR HILDEBRANDT
LA PRIMERA 12/11/09
PUBLICAMOS "APARTA DE MI ESTOS VOCALES" EN EL BLOG SOCIALISMO PERUANO, MAS NO ASI EN EL BLOG CORRESPONDIENTE, DEBIDO A QUE GEORGETTE VALLEJO, MANTUVO DISCREPANCIAS SERIAS CON GERARDO DIEGO Y CON LARREA. ESTE UNO DE LOS PRIMEROS "VIUDOS" DE CESAR VALLEJO
CON RESPECTO A LA MUERTE DEL POETA LA CIENCIA DETERMINO QUE FUE REBROTE DE PALUDISMO, EN CUERPO DEBILITADO. E IGUALMENTE SE CONSIDERA ERRONEA LA MILITANCIA DEL C.VALLEJO EN EL APRA. LA AMISTAD Y/O SIMPATIA JUVENIL CON HAYA DE LA TORRE NO JUSTIFICA ESTE ACERTO, EN TODO CASO LA VERIFICACION HISTORICA DIRA SU PALABRA.
POR LO DEMÁS EL ARTICULO DEL RECONOCIDO PERIODISTA CESAR HILDEBRANDT ES ACERTADO Y PONE LOS PUNTOS SOBRE LAS IES A ESTOS SINVERGUENZAS QUE PAPORRETEAN A VALLEJO ( COMO SE PUDO EVIDENCIAR EN RECIENTE ENTREVISTA EN RPP) QUE SE CUELGAN DE LA FIGURA DE NUESTRO PERUANO UNIVERSAL PARA SUS FINES SUBALTERNOS.
NOTA DE B. SOCIALISMO PERUANO
Aparta de mi estos vocales.
CESAR HILDEBRANDT
12/1109
A mí lo que me parece atroz es que usen a Vallejo como pretexto para irse a París a cuenta de una entidad cien veces litigada por no pagar beneficios sociales a sus despedidos.
Que una universidad se llame Alas Peruanas ya es extravagante. Pero que dos vocales supremos se vayan a París para hablar del poeta a cuenta de la universidad de los cien juicios –y que viajen con sus esposas- es simplemente pícaro.
Pobre Vallejo, qué tendrá que ver con estos sinvergüenzas.
Vallejo fue una de las más típicas víctimas del Perú.
Acusado de provocar un incendio durante unas jornadas de lucha social en Santiago de Chuco, su tierra natal, es encarcelado por lo menos tres meses en una cárcel de Trujillo.
Después de publicar, ante la indiferencia general o la hostilidad manifiesta de la crítica, “Los heraldos negros”, “Trilce”, “Escalas melografiadas” y “Fabla salvaje”, se va a París en 1923. Jamás regresará. Ni muerto.
No es que la pasara muy bien en París. La miseria –ese perro rabioso- lo perseguirá siempre.
En 1924, un año después de llegar a París, Vallejo enferma gravemente y tiene que ser operado. Una hemorragia intestinal ha estado a punto de matarlo.
Le escribe entonces, desde un hospital de la caridad, una carta a su gran amigo Pablo Abril de Vivero:
“Hay Pablo en la vida horas amargas, de una negrura negra y cerrada a todo consuelo. Hay horas mucho más siniestras que la propia tumba. Yo no las he conocido antes. Este hospital me las ha presentado y yo no las olvidaré...”
Negado para toda ambición, para todo sentido práctico de la vida y para todo asomo de autobombo, Vallejo se instalará en la bancarrota permanente igual que otros se acomodan en un chalé.
Alguna vez Gerardo Diego, su amigo, contará que Vallejo no tenía ni para el metro. Y Juan Larrea abundará en conmovedores detalles sobre ese estado de pobre vocacional y romántico sin concesiones.
Suficiente ha tenido Vallejo en el norte del Perú trabajando, como empleado administrativo, en la esclavista hacienda azucarera “Roma”, donde aprendió a compadecerse. Allí se le terminó la breve dosis de pragmatismo con que vino al mundo.
Vive de cachuelos, de traducciones ocasionales, de colaboraciones mal y tardíamente pagadas, de éxitos editoriales –como el de “Rusia en 1931”- que no dan dinero. No hay premios que lo socorran ni negocios que lo llamen. Vive al límite.
Encima, en ese mismo año de 1931, la policía política francesa lo señala como agente comunista y ordena su expulsión.
Se va a España con Georgette Phillippart. Allí asiste al nacimiento de la segunda República española. Se inscribe en el Partido Comunista de España. Ha roto con el Apra para siempre.
En 1932 regresa a París en secreto. Las cosas están tan duras que Georgette vende lo único que tiene –su pequeño piso de la rue Moliere-. A partir de ese momento la pareja vivirá en hoteles cada vez más sombríos.
Escribe y publica en revistas mayores y menores. Pero un intento de publicar su obra poética resulta fallido.
La agresión fascista en contra de la República española lo sacude en 1936. Y en 1937 ya está en Valencia, en el Congreso de Escritores que se pronuncia en contra de esa corriente que ha encumbrado a Hitler en Alemania, a Mussolini en Italia, al militarismo chauvinista en Japón y que está a punto de entregar España a las fauces falangistas.
Ese es el año en que termina “Poemas Humanos” y “España, aparta de mí este cáliz”.
En 1938, el día de viernes santo, Vallejo muere a los 46 años. Todo ha empezado con una fatiga banal. El médico que lo atiende en la clínica Villa Arago, adonde lo han llevado funcionarios de la embajada peruana en París, no sabe qué decir.
Vallejo morirá sin causa aparente. Los tantos años de pobreza han hecho también su trabajo. Sólo después, muchos años después, Georgette hablará de un paludismo rebrotado -diagnóstico que más parece un pretexto para escamotearnos la verdad: Vallejo pasaba hambre y su organismo estaba muy debilitado cuando lo internaron-.
Lo entierran en el cementerio de Montrouge. Sólo en 1970, sus huesos irán a parar adonde él había querido: a Montparnasse.
De modo que esta es, simplificada casi hasta la impertinencia, la dura vida de Vallejo en París.
Por eso es que una ira veteada de desprecio me sube a la cabeza y al corazón cuando pienso que un par de buscones van a París, con toga e impostura, a hablar de quien no saben y a citar a quien no debieran ni rozar.
LA PRIMERA 12/11/09
PUBLICAMOS "APARTA DE MI ESTOS VOCALES" EN EL BLOG SOCIALISMO PERUANO, MAS NO ASI EN EL BLOG CORRESPONDIENTE, DEBIDO A QUE GEORGETTE VALLEJO, MANTUVO DISCREPANCIAS SERIAS CON GERARDO DIEGO Y CON LARREA. ESTE UNO DE LOS PRIMEROS "VIUDOS" DE CESAR VALLEJO
CON RESPECTO A LA MUERTE DEL POETA LA CIENCIA DETERMINO QUE FUE REBROTE DE PALUDISMO, EN CUERPO DEBILITADO. E IGUALMENTE SE CONSIDERA ERRONEA LA MILITANCIA DEL C.VALLEJO EN EL APRA. LA AMISTAD Y/O SIMPATIA JUVENIL CON HAYA DE LA TORRE NO JUSTIFICA ESTE ACERTO, EN TODO CASO LA VERIFICACION HISTORICA DIRA SU PALABRA.
POR LO DEMÁS EL ARTICULO DEL RECONOCIDO PERIODISTA CESAR HILDEBRANDT ES ACERTADO Y PONE LOS PUNTOS SOBRE LAS IES A ESTOS SINVERGUENZAS QUE PAPORRETEAN A VALLEJO ( COMO SE PUDO EVIDENCIAR EN RECIENTE ENTREVISTA EN RPP) QUE SE CUELGAN DE LA FIGURA DE NUESTRO PERUANO UNIVERSAL PARA SUS FINES SUBALTERNOS.
NOTA DE B. SOCIALISMO PERUANO
Aparta de mi estos vocales.
CESAR HILDEBRANDT
12/1109
A mí lo que me parece atroz es que usen a Vallejo como pretexto para irse a París a cuenta de una entidad cien veces litigada por no pagar beneficios sociales a sus despedidos.
Que una universidad se llame Alas Peruanas ya es extravagante. Pero que dos vocales supremos se vayan a París para hablar del poeta a cuenta de la universidad de los cien juicios –y que viajen con sus esposas- es simplemente pícaro.
Pobre Vallejo, qué tendrá que ver con estos sinvergüenzas.
Vallejo fue una de las más típicas víctimas del Perú.
Acusado de provocar un incendio durante unas jornadas de lucha social en Santiago de Chuco, su tierra natal, es encarcelado por lo menos tres meses en una cárcel de Trujillo.
Después de publicar, ante la indiferencia general o la hostilidad manifiesta de la crítica, “Los heraldos negros”, “Trilce”, “Escalas melografiadas” y “Fabla salvaje”, se va a París en 1923. Jamás regresará. Ni muerto.
No es que la pasara muy bien en París. La miseria –ese perro rabioso- lo perseguirá siempre.
En 1924, un año después de llegar a París, Vallejo enferma gravemente y tiene que ser operado. Una hemorragia intestinal ha estado a punto de matarlo.
Le escribe entonces, desde un hospital de la caridad, una carta a su gran amigo Pablo Abril de Vivero:
“Hay Pablo en la vida horas amargas, de una negrura negra y cerrada a todo consuelo. Hay horas mucho más siniestras que la propia tumba. Yo no las he conocido antes. Este hospital me las ha presentado y yo no las olvidaré...”
Negado para toda ambición, para todo sentido práctico de la vida y para todo asomo de autobombo, Vallejo se instalará en la bancarrota permanente igual que otros se acomodan en un chalé.
Alguna vez Gerardo Diego, su amigo, contará que Vallejo no tenía ni para el metro. Y Juan Larrea abundará en conmovedores detalles sobre ese estado de pobre vocacional y romántico sin concesiones.
Suficiente ha tenido Vallejo en el norte del Perú trabajando, como empleado administrativo, en la esclavista hacienda azucarera “Roma”, donde aprendió a compadecerse. Allí se le terminó la breve dosis de pragmatismo con que vino al mundo.
Vive de cachuelos, de traducciones ocasionales, de colaboraciones mal y tardíamente pagadas, de éxitos editoriales –como el de “Rusia en 1931”- que no dan dinero. No hay premios que lo socorran ni negocios que lo llamen. Vive al límite.
Encima, en ese mismo año de 1931, la policía política francesa lo señala como agente comunista y ordena su expulsión.
Se va a España con Georgette Phillippart. Allí asiste al nacimiento de la segunda República española. Se inscribe en el Partido Comunista de España. Ha roto con el Apra para siempre.
En 1932 regresa a París en secreto. Las cosas están tan duras que Georgette vende lo único que tiene –su pequeño piso de la rue Moliere-. A partir de ese momento la pareja vivirá en hoteles cada vez más sombríos.
Escribe y publica en revistas mayores y menores. Pero un intento de publicar su obra poética resulta fallido.
La agresión fascista en contra de la República española lo sacude en 1936. Y en 1937 ya está en Valencia, en el Congreso de Escritores que se pronuncia en contra de esa corriente que ha encumbrado a Hitler en Alemania, a Mussolini en Italia, al militarismo chauvinista en Japón y que está a punto de entregar España a las fauces falangistas.
Ese es el año en que termina “Poemas Humanos” y “España, aparta de mí este cáliz”.
En 1938, el día de viernes santo, Vallejo muere a los 46 años. Todo ha empezado con una fatiga banal. El médico que lo atiende en la clínica Villa Arago, adonde lo han llevado funcionarios de la embajada peruana en París, no sabe qué decir.
Vallejo morirá sin causa aparente. Los tantos años de pobreza han hecho también su trabajo. Sólo después, muchos años después, Georgette hablará de un paludismo rebrotado -diagnóstico que más parece un pretexto para escamotearnos la verdad: Vallejo pasaba hambre y su organismo estaba muy debilitado cuando lo internaron-.
Lo entierran en el cementerio de Montrouge. Sólo en 1970, sus huesos irán a parar adonde él había querido: a Montparnasse.
De modo que esta es, simplificada casi hasta la impertinencia, la dura vida de Vallejo en París.
Por eso es que una ira veteada de desprecio me sube a la cabeza y al corazón cuando pienso que un par de buscones van a París, con toga e impostura, a hablar de quien no saben y a citar a quien no debieran ni rozar.
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Cesar Hildebrandt
martes, 6 de enero de 2009
Estruendos mudos
¿Y los intelectuales? ¿Dónde veranean? ¿En cuántos idiomas se callan? ¿O es que esperan el premio Jerusalén?
Y ese poeta borrachoso y alguna vez divertido que tiene la voz guarapera y desprecia a todos los que no se emborrachan y esnifan y jura que es el Guinsberg de la calle de las pizzas, ¿en qué cocina de Torre Tagle sirve y con qué bocaditos se atraganta?
Repúblicas del silencio, torres de jade, almas con sordina, viejos apolillados, jóvenes veletas, pendejos de todas las falanges:
¿Dónde están que nadie los oye mientras los niños son troceados en Gaza?
¿Que esos niños están muy lejos y no nos conciernen?
Gaza está aquí nomás, a tiro de Al Jazeera: ustedes son los que están lejos.
Además, valgan verdades, a ustedes ni los niños de Lima les conciernen.
Las becas Fullbright, las becas Guggenheim, las becaciones, las vacaciones, las contemplaciones: todo eso, muchachos, los ha sacado de la historia, los ha librado del dolor, los ha vuelto esa prosa oscura y fingidamente autista, esa poesía que se empeña en no decir nada y lo logra admirablemente, esa manera tan bien pagada de hacerse los cojudos.
De los viejos, digamos, hechas las excepciones tan escasas y visibles, no cabe esperar mucho. La mayor parte de ellos envidia a Pablo Macera, que se cansó de ser honesto y bailó para Fujimori mientras tramaba la pensión de la 20530 (diez mil trescientos soles que se lleva cada mes por haber estado sesenta días en el Congreso).
Los viejos empezaron a volverse incrédulos cuando ya nadie creía en ellos. Así pasa cuando la procesión va por dentro.
Pero, ¿y los jóvenes?
Nadie dice que salgan a las calles y quemen banderas. Eso sí que puede estar pasado de moda.
¿Pero no pueden decir algo, escribir algo, balbucear algo, gritar un poco, enviar cartas, llorar por los niños de Gaza que son los mismos de Sabra y Chatila?
¿Y el señor Abugattás? ¿No es que era medio palestino? ¿Cómo están las exportaciones de textiles, señor Abugattás?
¿Y el señor Mufarech está de acuerdo con la ruleta de las balas israelíes? ¿O sólo hay tiempo para hacerse la cara de nuevo?
¿Y los Saba? ¿Tampoco tienen nada que decir? ¡Pues qué bien que lo dicen!
Y así sucesivamente.
¿Es que en el Perú ya está la Fox News?
El silencio de la mayor parte de los periodistas tiene una explicación servil.
Pero el silencio de los poetas y de las poetas, como se dice ahora, es un estruendo mudo, una afonía oportunista, una manera de congraciarse con lo peor.
En Gaza los niños son bombardeados.
En el Perú los niños pueden morir más despacio, en la cámara lenta de la tuberculosis y la anemia, caídos por el plomo de La Oroya.
En Gaza y en el Perú, en suma, los niños se mueren por causas evitables.
Pero a los intelectuales eso no les importa.
A los poetas y a las poetas no les importa.
A los novelistas que no han leído a Arguedas pero adoran a Bayly les importa menos.
A toda esa tribu la convencieron de que si su obra se metía con la realidad, entonces la realidad se metería con ellos y con ellas.
Y entonces nada de críticas arregladas en el dominical de “El Comercio”. Nada con la mafia malogradaza de los cuetos. Nada con postular a becas de los Estados Unidos, donde viven los faverón y despachan los viejos que el sistema desbravó hace un montón de años.
Por eso es que en mucho de lo que se publica, todo parece de cartón o mineralizado, abstracto hasta la desaparición del hombre, amoratado a golpes de evasión.
El sistema les dijo: no se contaminen y ellos no se contaminaron. Trabajan en quirófanos (donde opera el sistema).
Creen que si una rabia auténtica cruza por su prosa o tensa su poesía, entonces vendrán los viejos amaestrados en Texas y les dirán:
-Hum, suena a poesía social y a populismo literario. Mala cosa.
Y entonces tendrán que guardar sus pasaportes y sus venias.
Por eso odian al pobre de Juan Gonzalo Rose, que amó tanto a los demás que su poesía parece un parque para enamorados, un asilo, un colegio que sirve de refugio, un templo de la cólera.
Y por todas estas razones estos muchachos creen que hablar de Gaza infecta y hablar de la pobreza impertérrita te vuelve anecdótico y hablar de las mentiras de la aldea global ensucia lo que debe parecer siempre aséptico y salido de un laboratorio de palabras.
¿Qué ensucia Gaza, en realidad?
No ensucia nada.
Porque la página en blanco –blanca como un mandil desinfectado- sigue en blanco después de ser llenada con esas frases que son como las buganvilias estériles y que están hechas para entusiasmar a los que creen que escribir es una manera de hacerse con un puesto en la cola de las visas.
Páginas que se quedan en blanco. Páginas en blanco que están más en blanco que nunca cuando son editadas (y aplaudidas por la crítica políticamente correcta).
Páginas blancas, pálidas de miedo.
rong>
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Cesar Hildebrandt
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