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lunes, 22 de agosto de 2016

Futuro de la IZQUIERDA en debate XX CONGRESO DEL PCE


Futuro de la IZQUIERDA en debate

XX CONGRESO DEL PCE

NO QUEREMOS SER
LA IZQUIERDA DEL SISTEMA
SINO LA ALTERNATIVA AL SISTEMA


Dolores Ibárruri Gómez
1895 – 1989
La Pasionaria
Heroica Dirigente del PCE

Mundo Obrero (Gema Delgado): El XX Congreso del Partido Comunista de España se adelantó para definir la política del Partido y dar respuesta a los retos de estos tiempos de excepción que vivimos. ¿Cómo valora el desarrollo y resultado del Congreso?
José Luis Centella (Secretario General del PCE): Sinceramente tengo un sabor agridulce sobre el desarrollo del Congreso. Por una parte creo que ha sido un momento importante en la vida del Partido, ha demostrado nuestra determinación a jugar un papel activo en este momento de lucha, se han tomado acuerdos importantes sobre cómo situar al PCE en la actual coyuntura política y también en relación con los temas de la UE, la política de convergencia.
Creo que también fue un momento de clarificar nuestra posición en IU. Frente a quienes habían anunciado nuestro descuelgue, el Congreso reafirmó nuestra voluntad de continuar trabajando junto a quienes lo venimos haciendo en los últimos 30 años.
También fue importante contar con las intervenciones de Cayo y Alberto poniendo de manifiesto que ambos se encuentran cómodos en el seno de su Partido y que en este ámbito es mucho más lo que les une que lo que les puede diferenciar.
Al mismo tiempo tengo que reconocer que no me gustó ver demasiada crispación en algún momento, crispación a la que no son ajenos los dirigentes que calientan el ambiente y que en ocasiones distorsionan en fondo del debate.
El objetivo que nos planteamos en el Congreso era, es dar respuesta a los retos que tiene un Partido Comunista, en un Estado como el español en este siglo XXI. No es cuestión solo de un documento de tesis, sino que entendemos requiere la elaboración de un Manifiesto-Programa que se plantee una propuesta de cómo avanzar hacia el socialismo y el comunismo en este Siglo XXI, y hacerlo desde la realidad en la que vivimos y luchamos.
No se trata de un trabajo académico, ni una elucubración teórica, se trata de encontrar y formular alternativas reales para los problemas concretos en este momento concreto, y hacerlo desde la máxima participación y el máximo rigor, es decir con una definición de la coyuntura política internacional, su concreción en Europa y en España, pero que como ocurre con el Manifiesto del Partido Comunista presentado por Marx y Engels ante la Liga de los Comunistas en 1848, aterrice en propuestas muy concretas.
Se trata de situar el papel de los partidos comunistas en este momento del Siglo XXI, cuando el capitalismo en su fase imperialista lanza la ofensiva más dura, cruel e inhumana que hayan conocido los tiempos, llevando las destrucción y la muerte a todos los rincones del planeta. Es necesario levantar la voz y poner en evidencia que está más clara que nunca la dicotomía entre Socialismo y Barbarie
M.O.: En el último Comité Federal llegó a mencionarse hasta 48 veces que el XX Congreso del PCE iba a ser un "congreso histórico". Qué es o lo que le hace histórico?
J.L.C.: Efectivamente ha sido un Congreso Histórico por varios motivos. Para empezar, porque es un momento en que el capitalismo en su fase imperialista ha desencadenado una gran ofensiva, mostrando su cara más cruel e inhumana, llevando la muerte la destrucción, la miseria a millones de seres en todo el planeta. Y esta ofensiva necesita una respuesta organizada de las fuerzas obreras que sitúe la defensa de un futuro de paz, justicia y libertad para toda la humanidad.
En España, esta ofensiva está significando el intento de consolidar la dictadura del capital en toda su extensión, desde el dominio del pensamiento único en la cultura, al dominio de la economía por un capitalismo especulativo, dependiente, cada vez más autoritario.
La confrontación está servida y tenemos que ser conscientes de que en los próximos años nos jugamos el futuro de varias décadas. No se trata de un absurdo todo o nada, sino de ser conscientes de que si se consolida un modelo de sociedad autoritaria, patriarcal, neoliberal, habremos dado un gran paso hacia atrás en la historia.
M.O.: El Congreso se ha pronunciado categóricamente por recuperar la autonomía del Partido para decidir su política de estrategias y alianzas, con una apuesta clara por la revolución democrática y por la Unidad Popular. ¿Cómo va a ser el trabajo del Partido en este terreno?
J.L.C.: En primer lugar es fundamental dejar claro lo que entendemos por Ruptura Democrática, cuestión que va muy ligada a cómo analicemos la existencia de unas crisis del régimen político conformado en España entre los años 1976 y 1982, este régimen que se ha basado en un modelo de acumulación capitalista dependiente basado en el sector servicios (especialmente la construcción y el turismo) y el endeudamiento, con un marco institucional basado en el bipartidismo y el pacto social con un soporte popular arropado en la idea de la modernización del país con la entrada en la UE que se ligaba al crecimiento económico que mejoraba la calidad de vida de gran parte de la población, todo ello con una legitimación de la monarquía garante de la estabilidad y la democracia.
A partir de 2007 este régimen entra en una triple crisis: una crisis de acumulación (que se intenta resolver socializando las pérdidas sobre los derechos y el poder adquisitivo de la gran mayoría social), una crisis del marco institucional (los partidos políticos mayormente pierden apoyo ante una parte importante de sus bases electorales) y una crisis de legitimidad (los grandes consensos de finales del siglo XX se han roto para amplios sectores de la población)
La realidad es que en este momento, la Constitución de 1978 que a nosotros se nos había quedado pequeña, al capital le viene muy grande porque le sobran los avances sociales, económicos e institucionales que eran significativos aunque fueran limitados y en algunos casos de carácter testimonial, y en este momento vuelven a aparecer dos posibilidades de resolver la crisis del régimen, una desde la reforma, para asegurar cambios limitados que den salida a la crisis institucional y recupere la legitimidad sin tocar lo fundamental, el poder económico: se pretende un nuevo ciclo político en el que el dominio del poder económico sea más directo sin intermediarios.
Es en función de esta situación que planteamos una estrategia de ruptura democrática que permita avanzar en políticas sociales, democráticas y antipatriarcales. La clave es convencer a la clase trabajadora, a las capas populares, pequeña burguesía de que es imprescindible romper con el actual estado de cosas para resolver los problemas concretos que sufre la mayoría de la población.
La clave es dejar claro que no queremos ser la izquierda del sistema, que queremos ser la alternativa al sistema.
M.O.: Uno de los acuerdos congresuales centrales ha sido la apuesta del Partido por devolver IU a sus orígenes, a volver a ser un movimiento político y social. ¿Cómo se va a traducir esto de cara a la próxima asamblea de IU dentro de unas semanas?
J.L.C.: Lo decimos claramente en la tesis que hemos discutido en esta primera fase del Congreso, en la que planteamos que para poder construir un Bloque Social y Político de carácter Alternativo, es imprescindible que IU recupere su carácter de Movimiento Político y Social sobre la base de nuevas formas de hacer política. Y por ello nos planteamos el reto de trabajar para que sindicalistas, feministas, ecologistas, republicanos/as, se sumen a la lucha política y desborden a la actual Izquierda Unida desde la más amplia unidad popular; no se trata de sustituir a una organización como es IU, por otra, sino todo lo contrario.
Como decía recientemente, que nadie se confunda, que nadie se haga falsas ilusiones, la actual dirección del PCE no se plantea, ni abandonar IU ni entregársela a nadie, daremos la batalla política por IU, por los principios fundacionales de IU y confrontaremos con quienes desde una supuesta defensa de sus siglas y su identidad la quieren llevar a formar parte del proyecto reformista, como la izquierda del régimen.
Quiero trasmitir un mensaje claro a la militancia, para que tenga certeza de que la dirección del Partido nos estamos dejando la piel en la defensa de un futuro para el PCE. Estamos convencidos de que es posible construir un Partido fuerte, organizado, implicado en el conflicto, por ello hice un llamamiento para afrontar este Congreso con ilusión, desde el debate y desde la acción.
Muchas veces se me acusa de abusar de las referencias al Partido de Pepe Díaz y de Dolores, pero es que no me canso de situar en primer plano sus enseñanzas, su defensa de las unidad popular como la principal arma de la clase obrera en su lucha contra el capital, no me resisto a recuperar su batalla contra el sectarismo como freno al desarrollo del Partido, y sobre todo los sitúo como referentes de dirigentes comunistas que saben colocar la defensa del Partido, y su unidad por encima del personalismo y falsos protagonismos.
M.O.: ¿Cómo se van a reflejar las Conclusiones del Congreso en la organización del Partido y en el papel de la militancia comunista?
J.L.C.: Es vital que el PCE sea un elemento fundamental en la batalla política y social que se está dando en estos momentos, pero para ello es imprescindible un rearme ideológico, que permita disputar la hegemonía al neoliberalismo. Y hacerlo sin sectarismo consiguiendo la máxima acumulación de fuerzas de carácter antimonopolista y antiimperialista. Este es el objetivo fundamental del Congreso: avanzar en la construcción de una alternativa de ruptura democrática sobre tres pilares.
Uno dirigido a demostrar que es posible acabar con el paro, con la deuda de las familias, el problema de la vivienda, que es posible la nacionalización de la banca y la construcción de un Estado social, es decir que es posible superar el capitalismo y avanzar hacia el socialismo en este siglo XXI.
Otro pilar debe desarrollar una democracia participativa con mecanismo de democracia directa, de confrontación con la corrupción y de recuperación de la soberanía.
Pero un tercer pilar, tan importante como los anteriores, debe ser el configurar una organización con capacidad para elaborar e incidir en la aplicación de nuestras propuestas, una organización coherente desde el debate y la síntesis de ideas, que rechace el sectarismo, el burocratismo y el izquierdismo infantil, que desde la claridad de ideas, desde un discurso que reclame sin complejos situarse en el camino hacia el socialismo sea capaz de encuadrar a los millones de personas que sufren las consecuencias de la política más antisocial y autoritaria de la historia y que necesitan un Partido, activo, organizado e implicado en el conflicto social.
M.O.: ¿Cómo va a ser el trabajo de aquí a la segunda fase del Congreso el próximo año?
J.L.C.: Esta primera fase del Congreso ha servido para ver la necesidad de preparar bien los debates que tenemos que afrontar para que la culminación de este XX Congreso permita situar al Partido en las mejores condiciones de hacer frente al reto de confrontar con la mayor ofensiva que el Capital ha desarrollado en la historia
En esta fase hemos caracterizado bien la coyuntura, hemos situado al PCE claramente en la estrategia de ruptura democrática y decidido a tener voz propia en la configuración del Bloque Político y Social que dispute la hegemonía ideológica, e institucional al capital.
Ahora se trata de concretar el cómo hacerlo, y para eso esta segunda fase tiene que tener dos elementos en paralelo; por una parte el debate en torno a las propuestas y por otra el necesario fortalecimiento del Partido para que pueda jugar un papel determinante en este momento político.
Una cosa importante que quisiera plantear de cara a la segunda fase, la necesidad de que los dirigentes asuman la responsabilidad de evitar la crispación de los debates, los ataques y descalificaciones personales que algunos dirigentes hacen, no solo no ayudan sino que crean un clima que no se corresponde con la cultura comunista. Se puede debatir todas las ideas, todas las propuestas y hacerlo desde el debate sereno y respetuoso que se tiene que dar entre camaradas que compartimos militancia.

XX Congreso del PCE, primera fase, 9 de abril de 2016
José Luis Centella, Secretario General del PCE
Gema Delgado, por la redacción de Mundo Obrero

Mundo Obrero, mensual del Partido Comunista de España
Nº 295, abril de 2016, págs. 3-4


COLECTIVO PERÚ INTEGRAL
22 de agosto 2016


lunes, 29 de septiembre de 2008

Lenin: del Estado a la revolución

Luis Felipe López-Espinosa
Universidad de Málaga (España)
Estudiante de pregrado (4º curso) de Filosofía

Málaga (España)

luisfl-e@hotmail.com


¿Por qué hay que leer a Lenin? ¿Por qué proponemos aquí una lectura de Lenin en vez de, por ejemplo, de Marx? La elección no es por supuesto arbitraria. Está claro que toda lectura de Lenin presupone una previa lectura de Marx, y especialmente del Marx de El capital. Más aún, toda lectura de Marx tiene que comenzar por El capital –para no caer en los humanismos de cierta lectura, por ejemplo la lectura otrora de moda de los Manuscritos de 1844. Pero sí que podemos apuntar una idea, la de que Lenin añade algo a Marx: y es justamente lo que le añade lo que ha de ser objeto de estudio. ¿Por qué Marx ha podido ser «revisado», y Lenin no? ¿Cuál es el núcleo del pensamiento leniniano que, a pesar de los generales malentendidos, resulta claramente incontrovertible –imposibilitando toda tarea de asimilación y digestión de su trabajo–? O como diría Zizek, ¿cuál es el núcleo del pensamiento leniniano que toca lo Real (traumático)? Y es que, guste o no (y guste o no, en primer lugar, a sus intérpretes estalinistas), Lenin propone una cierta lectura de Marx, una lectura que pone en primer plano el elemental propósito emancipatorio del marxismo, que lo convierte en una magnífica herramienta de subversión: ni capitalismo, ni socialdemocracia, ni tampoco socialismo –sino comunismo. Pero vayamos por partes.


Derrida hablaba de cómo lo realmente incómodo de ciertos autores está en no atenerse a los registros esperados (y bien fortificados por la Academia): así el propio Derrida es incómodo al entrecruzar el estilo literario con el filosófico (al negar por tanto el límite entre literatura y filosofía), como Sade es incómodo no por escribir literatura libertina (que constituía todo un género en la Francia de su tiempo) ni por hacer filosofía (que de hecho suele plagiar a los ilustrados ateos), sino por mezclar de manera inquietante la pornografía más contundente con disertaciones sobre, verbigracia, la existencia de Dios.

Y Althusser es precisamente quien da en el blanco cuando en su Lenin y la filosofía nos pone sobre la pista: Lenin es incómodo por mezclar la filosofía y la política. Lenin hace filosofía, pero no hace la filosofía que se espera que haga un filósofo:

La verdadera cuestión se refiere justamente a esa práctica tradicional, que Lenin vuelve a poner en entredicho al proponer una práctica completamente distinta de la filosofía.1

Una práctica de la filosofía que conlleva según Althusser un conocimiento, una Teoría (materialismo dialéctico) que tiene por objeto a la propia práctica teórica (incluida la misma filosofía, y es ahí donde le duele a ésta). Pero sobre todo, lo que colma el vaso es ¡¡que Lenin es un político!! ¿Cómo puede la filosofía soportar la idea de tener algo que aprender no ya de un filósofo, sino de un político? Y añadiríamos nosotros: lo peor del caso es que ni siquiera es puramente un político.

Cuando Lenin, el 4 de abril de 1917, lee sus famosas tesis, ¿quién habla, el político o el filósofo? ¿Un político que en medio de la explosión de libertades de la primera revolución de febrero parece volverse loco (no lo digo yo, lo dice la misma Krupskaya) y en vez de hacer lo que se esperaba de él, hacer «política» y luchar por unas «elecciones libres», presenta ¡unas tesis!, delirantes en palabras de Plejanov, en las que caracteriza esa misma libertad, la ausencia de violencia contra las masas, y «la confianza inconsciente de éstas en el gobierno de los capitalistas, de los peores enemigos de la paz y del socialismo»2, como los elementos constitutivos de la transición desde la primera etapa de la revolución (la de completa sumisión del proletariado) a su segunda etapa, la que pone todo el poder en manos del proletariado y el campesinado? ¿O un filósofo que «malinterpretó» la Lógica de Hegel y en vez de, una vez más, «hacer lo que cabría esperar» de un filósofo (al cabo, que se esté quietecito, que filosofe cuanto quiera pero no saque los pies del tiesto) tomó un tren sellado a través de Alemania para leer un panfleto que hablaba de revolución? Porque incluso así dicho, ni la filosofía del político ni la política del filósofo entran en los cánones preestablecidos.


El leninismo es un cuestionamiento de nuestras certezas más profundas, de aquellas en las que nos hemos criado: más que una identificación incondicional con no se sabe bien qué tipo de «extremismo», supone la «deconstrucción» del propio campo en el cual se distribuyen las distintas fuerzas en conflicto (y en el cual se puede clasificar lo normal y lo «extremo»). Un par de ejemplos. En El izquierdismo, enfermedad infantil del comunismo, obra que todo el mundo cree conocer con solo leer su título, Lenin combate tanto el conservadurismo como el aventurerismo izquierdista; pero esto no significa que su propuesta sea, como rezaba la doctrina estalinista, que la línea correcta del partido tenga que oscilar entre una y otra desde una política «de centro». El verdadero mensaje del texto es que el plano en el que hay que disponer la práctica política no es el de la frívola elección entre «izquierda» y «derecha» (como quien escoge té o café, azúcar o sacarina). Contra la metáfora espacial, lo que Lenin rescata es la lucha de clases –el capital de un lado, los trabajadores de otro– y una consecuente toma de partido por los intereses de clase de éstos. El segundo ejemplo que hay que citar es el de El Estado y la revolución: como en el caso anterior, lo que tenemos es la abolición de toda moral abstracta y de todo apriorismo, y el uso del Estado como herramienta subordinada a los intereses de la clase trabajadora y la hipótesis de su extinción en la medida en que dejase de ser necesario para llevar a cabo su función.

En un caso como en otro, tenemos la plasmación más exacta de lo que Lenin, tal vez en un exceso, llega a llamar la «moral comunista»3. Jacques Lacan formulaba la ética del psicoanálisis con el siguiente aforismo: no cedas en tu deseo. No dejes de ser sujeto deseante, no te rindas ante la satisfacción. La ética de Lenin, si se la puede llamar así, es justamente una ética del deseo, aunque se trate de un deseo revolucionario: no cedas en tus intereses de clase; sus últimos escritos, durante la etapa de la «edificación socialista», dedicados a proyectar el futuro desarrollo hacia la sociedad comunista, tienen que ver con esta ética que no se acomoda a los logros alcanzados –a la inversa, el periodo estalinista del «socialismo en un solo país» supone la vuelta a la autocomplacencia, tanto por conformarse con el socialismo (que no puede ser más que un medio más a tener en cuenta como tal, y por consiguiente imperfecto) como por regresar a las dimensiones de la política internacional clásica (basadas en el Estado-nación). Hay un interesante paralelismo entre la Escuela de Lacan y el Partido de Lenin: ambos personajes eran afectos a la escisión, a la disolución, incluso a ser excomulgados. Ambos lo fueron, de un modo o de otro, en vida o «en efigie», en lo cual tenemos que situarlos en la nada menospreciable compañía de otro gran excomulgado, literalmente hablando: Spinoza, el judío hereje de Ámsterdam. Persistir en el deseo significa que el objetivo no es alcanzar un equilibrio estable y satisfactorio, sino elevar el nivel del conflicto. Persistir en el deseo significa que la felicidad, la satisfacción, son imposibles; no hay descanso, no hay vacaciones: dejar de hacer política (rendirse en la consecución de esos intereses de clase) es perderlo todo, puede que por mucho tiempo.


Preliminares a la lectura de Lenin y de El Estado y la revolución

1

El Estado y la revolución constituye en cierto sentido la obra menos circunstancial y más teórica de Lenin si exceptuamos otras ya directamente filosóficas (Cuadernos filosóficos, Materialismo y empiriocriticismo)4; el tema naturalmente es la teoría marxista sobre el Estado, en cuya exposición bucea entre los textos más importantes de Marx y de Engels al respecto, si bien les da una forma coherente y lógica convirtiendo referencias aisladas, dispersas o ambiguas en un auténtico sistema político. Así, El Estado y la revolución se presenta de hecho como una cierta práctica de la lectura: el texto no es sino la elaboración de un cuaderno intitulado como El marxismo acerca del Estado, donde Lenin anotó y comentó laboriosamente una serie de citas de Marx y Engels, así como pasajes de obras de otros autores desde Kautsky a Bernstein5.

Por consiguiente, el texto (como toda la obra del autor) se encuadra no ya en la tradición marxista sino en un retorno a Marx (me atrevería a decir que análogo al famoso «retorno a Freud» de Lacan). Lenin, al modo de los filósofos del Renacimiento, constata que la teoría marxista y en concreto la teoría del Estado se ha «embrollado»6 por parte de las escolásticas de la II Internacional, y resulta más claro regresar a las fuentes. En su regreso, Lenin no solo lee: también reestructura y formaliza, toma partido por una cierta lectura. Una lectura que se compromete con una táctica, que es la táctica del Partido Obrero Socialdemócrata de Rusia, el luego más conocido –con tristes connotaciones, una vez más estalinistas– como Partido Comunista (bolchevique).

Y más aún, Lenin en esta obra se funda también en un previo retorno a Hegel, plasmado en los Cuadernos filosóficos. Lenin escribe su cuaderno sobre el Estado desde el exilio en Suiza entre 1914 y 1915, donde no sólo se dedica a jugar al ajedrez con Tristan Tzara frente al célebre Cabaret Voltaire. Lenin, alejado de toda posibilidad de intervenir políticamente, se dedica al estudio en la biblioteca de Berna; pero, y hablando precisamente de Voltaire, ese estudio no significa el «cultivar su jardín» de Cándido: Lenin no deja nunca de ser un político, y su apoteósica lectura de (entre otros) Hegel no es una lectura ociosa. Para empezar, es una profesión de materialismo militante: en la Lógica, la obra más idealista del idealismo alemán, Lenin declara haber encontrado más materialismo que en ninguna otra obra de Hegel7. De este modo, a partir de su lectura Lenin elabora una filosofía acorde no sólo con la moderna ciencia experimental (y por tanto, con los estudios económicos de un marxismo que aspira a ser ciencia), sino también con la práctica del proletariado revolucionario: una teoría del conocimiento no solo como reflejo de la realidad, sino como interacción con ésta en una síntesis de producción teórica y producción política. Por eso es tan importante esta excursión dialéctica, sobre la cual puede Negri declarar:

Sin la convicción del poder radicalmente innovador de la praxis el gradualismo y el reformismo son invencibles. Sin la capacidad de conducir la abstracción determinada y el método de la tendencia a la fuerza resolutiva de la praxis colectiva, el universo humano se representa como una ley implacablemente contraria a los oprimidos. Sin la fuerza de un proyecto teórico que ilumine los procesos de la praxis, la reapropiación de las masas de la alegría de gestionar el poder se convierte en algo imposible.8


2

Diré de paso que Lenin no fue (como se nos ha querido hacer creer desde posturas ora estalinistas, ora democrático-liberales) el clarividente e iluminado líder revolucionario que al frente de un puñado de agitadores dio un golpe de Estado, como nunca tuvo en el Comité Central mayor poder que cualquier otro de sus miembros –por ejemplo Stalin, que estableció monumentales redes clientelares desde su puesto de Secretario General del Partido. Tampoco nos importa demasiado a estas alturas el individuo detrás del nombre «Lenin» (el individuo ahí está en la Plaza Roja, expuesto por obra del estalinismo) nombre cuya única utilidad sería enlazar cierta ingente colección de textos, y es que precisamente a los textos nos atenemos. Ya son agotadoras las eternas y aburridas disputas morales sobre la Unión Soviética y el Gulag, o las tímidas disculpas del estudioso cuando rompe miles de reglas no escritas de etiqueta liberal. Por eso es preciso un ejercicio de honestidad y de valentía intelectuales y leer a Lenin más allá de Lenin: leerlo no con la vista en el pasado (con lo que siempre nos parecerá a destiempo, viejo, muerto) sino leerlo en nuestro momento honradamente, sin ingenuidades pero igualmente sin prejuicios: traer a Lenin a nuestros problemas, no meter en su obra problemas que no son de su tiempo y que inevitablemente no puede resolver.


3

Se ha convertido en un lugar común la descalificación de eso que sea marxismo según una mera estadística comparativa entre su plasmación histórica (estalinista)9 y lo que han podido suponer el nazismo o el liberalismo. Lo espeluznante de esta crítica empírica es que en su «objetividad» va estableciendo clasificaciones que escamotean un estudio más racional de las estructuras de los mismos Estados y gobiernos en cuestión. Si es por víctimas directas, es probable (o eso dice la doctrina oficial) que el nazismo fuese preferible al estalinismo, la democracia liberal al nazismo, y habría que resolver que la cumbre de la civilización sería el mundo feliz de Huxley.

Tan cómodo procedimiento que evita tener que estudiar el núcleo de estas formas, es asimismo un método estático que silencia la realidad de que ni comunismo, ni liberalismo, ni siquiera nazismo (basta constatar su resurgimiento)… son doctrinas completas, cerradas y sistemáticas que coincidirían con determinadas realizaciones históricas. No somos historiadores: lo que nos tiene que importar del liberalismo o del comunismo no es sino cierto bagaje teórico que hay que ordenar en vistas a comprender un momento concreto que no son por supuesto los años veinte o treinta sino nuestro momento concreto.

Por eso hay que leer a Lenin. Si lo leyéramos veríamos cómo procede un buen político, independientemente por ahora de su programa: adaptando su actividad según una visión a veces acertada y a veces errónea de cuál es la estructura social en la que está introduciendo sus propuestas, modificando sus posiciones, cediendo o negociando cuando sea necesario, o sosteniéndose implacable en los momentos clave.


Del Estado a la Revolución

Releamos este texto clave de El Estado y la revolución:

El Estado es producto y manifestación del carácter irreconciliable de las contradicciones de clase. El Estado surge en el sitio, en el momento y en el grado en que las contradicciones de clase no pueden, objetivamente, conciliarse. Y viceversa: la existencia del Estado demuestra que las contradicciones de clase son irreconciliables.10

El Estado es una máquina: su producto es la dominación de una clase sobre otra, pero sus condiciones materiales (su combustible) son las contradicciones de clase irreconciliables. No en vano nos hemos referido a cómo Lenin leyó a Hegel; y es que casi parece el calco de otro pasaje de éste referido por cierto a la inexistencia de un Estado sólido en la Norteamérica de su tiempo:

…pues un verdadero Estado y un verdadero gobierno solo se produce cuando ya existen diferencias de clase, cuando son grandes la riqueza y la pobreza y cuando se da una relación tal que una gran masa ya no puede satisfacer sus necesidades de la manera a que estaba acostumbrada11.

La elección del texto no resulta azarosa, porque Lenin anota a propósito del mismo en sus Cuadernos filosóficos, subrayado y con triple exclamación al margen que:

La inmigración en América elimina el “descontento”, y “se garantiza la continuación de la existencia del orden civil contemporáneo”… (pero este Zustand [orden] es “riqueza y pobreza”12

Para Hegel el Estado tal como lo describe no había surgido en esa Norteamérica –era innecesario– porque aún no habían diferencias de clase concentradas en un mismo espacio ni, por consiguiente, lucha de clases que hiciesen necesaria la intervención del Estado. Y es la colonización de nuevos territorios y la extensión de la población por toda Norteamérica (en definitiva, es el imperialismo) lo que dislocando, o lo que es lo mismo deslocalizando las diferencias de clase garantiza la estabilidad del orden; orden que como bien anota Lenin es riqueza y pobreza –pero escindidas, invisibles la una para la otra.

Para Lenin como para Hegel, el Estado surge cuando se manifiestan agudas contradicciones entre clases; para ambos, el Estado es la solución impuesta para hacerles frente. Pero bajo el aparente optimismo del texto hegeliano, en el que podríamos leer la tópica palabrería sobre el Estado como encarnación del Espíritu, se esconde el germen de la respuesta de Lenin: que dicha solución es la coacción de la gran masa insatisfecha. En efecto, no dice Hegel que el Estado vaya a satisfacer a esa gran masa, sino que el Estado surge al tiempo que dicha insatisfacción, por supuesto para sostener la diferencia entre la riqueza y la pobreza.

De hecho, la postura hegeliana de que el Estado es la solución de los conflictos de clase es superada, llevada un paso más adelante cuando Lenin plantea (posibilidad inimaginable para Hegel) que el Estado no pueda seguir amortiguando esa lucha de clases: es entonces cuando tiene lugar una revolución proletaria («cuando los “de abajo” no quieren y “los de arriba” no pueden seguir viviendo a la antigua»13). Únicamente cuando se acumula todo un sistema de contradicciones en el seno de una «crisis nacional general», cuando se da una contradicción fundamental entre dos condiciones (Trabajo y Capital) que a su vez son compuestas por un sinnúmero de contradicciones internas puede darse el paso de la revolución «a la orden del día», basada en la contradicción en general (la de las clases), a la «situación revolucionaria»; para activar la revolución es precisa una acumulación de circunstancias y corrientes «que puedan “fusionarse” en una unidad de ruptura»14.


Para concluir: Lenin en el siglo XXI

Lo primerísimo que tendríamos que aprender de Lenin fue su valentía por pensar, por pensar de nuevo desde cero ante la coyuntura –y por pensar siempre desde un sectarismo consecuente con una bien delimitada concepción de los intereses de clase. En una Europa en guerra, donde los chovinismos nacionales habían llevado incluso a que los partidos de la II Internacional se alineasen con sus propios gobiernos (como hizo con entusiasmo el SPD de Kautsky, llegando a votar a favor de los créditos militares), en un clima de confrontación nacionalista de la que al menos al comienzo no se libraron ni siquiera un Wittgenstein o un Freud, Lenin fue una de las pocas inteligencias que antepuso los intereses particulares de la clase obrera frente a los señuelos de «unidad» con los intereses de un capitalismo en guerra. Hasta el punto de atravesar media Europa en un vagón sellado para leer sus llamadas «tesis de abril», y sobre todo para defenderlas.

Pero en segundo lugar hay que añadir también la valentía leninista de autoborrarse: una vez más frente a la doxa habitual al respecto, lo cierto es que Lenin nunca intenta imponer en sus textos una doctrina cerrada, sino más bien nos invita a pensar en cada momento, a cada tiempo, la orientación de nuestra práctica teórica y de nuestra práctica política –algo que nos muestra con su propio ejemplo, con esa lectura de Marx que, tan a menudo, se rechaza por rígida o por ortodoxa ¡apelando justamente a una ortodoxia marxista, apelando a una lectura literal de Marx por la cual resolvemos que Lenin malinterpretó esto o aquello, o manipuló dudosamente las citas!

Estos dos elementos (pensamiento concreto de la coyuntura, y pensamiento antidogmático que apela a una constante innovación teórica), son quizás los que nos convienen para entender la posibilidad de apelar a un leninismo para el siglo XXI: un leninismo que no se define sólo por sus contenidos o su tradición teórica, sino por haberla interiorizado y estudiado con el detenimiento preciso como para haberse dado cuenta de que hay que continuarla en una coyuntura que ha cambiado.

Tristemente, Lenin ha sido leído exclusivamente (y con no poca demagogia) como teórico de la dictadura del proletariado, del Estado socialista. Tristemente, porque el concepto de socialismo ha quedado contaminado por el estalinismo. Y tristemente porque demasiado a menudo se ha olvidado el verdadero mensaje leninista. Recordemos esa frase suya sobre que

De la consolidación de tal o cual “matiz” puede depender el porvenir de la socialdemocracia rusa durante muchísimos años15

Por eso no es casual que Lenin apelase al cambio de nombre del POSDR por el de Partido Comunista: Lenin no es socialista sino comunista, y el socialismo es para él un medio para tal fin. Porque ya lo decía Marx en El dieciocho brumario (y para entender esta sentencia, hay que recordar que Marx no era un anarquista):

En su lucha contra la revolución, la república parlamentaria se vio finalmente obligada a reforzar con medidas represivas los medios y la centralización del poder gubernamental. Todas las revoluciones perfeccionaban esta máquina en lugar de quebrarla. Los partidos, que pugnaban alternativamente por el poder, consideraban la toma de este monstruoso edificio estatal como el botín principal del vencedor.16

domingo, 24 de agosto de 2008

Hacia un nuevo comienzo ... por otro camino

Hal Draper
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Escrito: En 1970.
Esta edición: 2001, Marxists Intenet Archive.
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Este es un artículo sobre los antecedentes históricos de la cuestión de la secta como forma de organización, así como las alternativas a ella existentes. No se presenta para que sea adoptado o votado por nadie (tener que decirlo explícitamente refleja algunos hábitos sectarios de funcionamiento). Por otra parte, es verdad que afecta al curso organizativo que nuestro comité quiere seguir, pero éste no sólo proviene de las fuentes puramente históricas. Este artículo puede ser útil para dar idea de las flexibles posibilidades propias del camino no sectario, pero no ofrece modelos a copiar. Bastará con que contribuya a alcanzar esta conclusión: hay un camino hacia un partido revolucionario que no es el camino de la secta.
Esta línea de pensamiento no es un producto momentáneo. Desde un punto de vista histórico, se desarrolla a partir de dos experiencias realizadas en los dos últimos años: (1) Trabajando sobre la presentación de la política de Marx, he tenido que plantearme cuál era el pensamiento de Marx y Engels en este campo. (2) A la vez, he tenido la interesante experiencia de leer las Obras escogidas de Lenin, desde el tomo 1 hasta el 20 (hasta la I Guerra Mundial), tratando de comprobar si había alguna base real para la fábula "estándar" sobre el "concepto de partido" en Lenin (no la hay). Naturalmente, este trabajo no tenía lugar en el vacío, pues estaba presente el eterno problema de cómo construir. Es obvio que lo que viene a continuación es únicamente la presentación de una línea de pensamiento, y no un intento de demostración.
Hal Draper, 1971

El problema es: cómo construir un partido socialista revolucionario. En los Estados Unidos, no ha habido ningún progreso estimable hacia él en el último tercio de siglo (desde el final de la segunda guerra mundial). La meta sigue estando ahí, pero el camino hacia ella debe ser reconsiderado.
El camino que hemos seguido conduce a un callejón sin salida. Tenemos que retrocer hasta encontrar una bifucarción que dejamos atrás. El camino por el que hemos marchado es el camino de la secta. Definiremos qué quiere decir esto, y por qué y cuándo comenzó. Y explicaremos por qué no conduce a ningún sitio, que es donde estamos ahora.
Argumentaremos que la historia demuestra que debe haber otro camino, un camino diferente. De hecho, aunque sin plantearnos explícitamente el problema, ya iniciamos un camino diferente a principio de 1964, cuando se formó el Independent Socialist Committee para dar nueva vida a Independent Socialism como tendencia política, alentando la formación de clubes locales (el primer Independent Socialist Club se formó en el campus de Berkeley, a finales de 1964). Pero entonces no pensamos que se trataba de una alternativa a la organización tipo secta, por lo que el naciente movimiento Independent Socialist retrocedió de nuevo a la ruta de la "secta", a consecuencia de presiones fáciles de identificar. Nos proponemos repensar completamente todo esto.

Comencemos retornando a Marx
Sobre este tema, no cabe ninguna duda de cuáles eran las opiniones y la práctica de Marx. De hecho, probablemente tuvo una reacción excesiva, debida a la intensidad de su determinación de no tener nada que ver con cualquier secta, incluyendo una secta propia.
Para Marx, era una secta cualquier organización que estableciese como su frontera orgánica algún tipo de opiniones (incluyendo las de Marx), o que hiciese de esas opiniones el factor determinante de su forma organizativa.
Ni Marx ni Engels formaron ni quisieron formar nunca un grupo "marxista", entendiendo por tal una asociación afiliativa basada en un programa exclusivamente marxista. Toda su actividad organizativa discurrió por otro camino.
Entonces, ¿cuál sería, conforme al pensamiento de Marx y Engels, la actuación adecuada de quienes comparten sus opiniones y quieren llevarlas a la práctica? La tarea sería llevar esos puntos de vista a los movimientos y organizaciones que han surgido de forma natural a partir de la lucha social realmente existente. La tarea no sería inventar una forma "superior" de organización, sino influir sobre estos movimientos y organizaciones de clase, desarrollando cuadros revolucionarios en ellas y trabajando, en definitiva, por hacer avanzar al movimiento en su conjunto.
El movimiento en su conjunto: Marx y Engels sabían -y decían- que este proceso podría, muy probablemente, involucrar escisiones; no hicieron un fetiche de una absoluta unidad entendida como condición del propio proceso. Pero las rupturas que ellos veían como naturales no eran las provocadas artificialmente por una corriente ideológica que despliega desde fuera una abstracta bandera programática, sino aquellas que surgen orgánicamente del propio progreso del movimiento. Esperaban que estas rupturas se produjesen en dos direcciones: por un lado, elementos aburguesados opuestos a una línea de clase y al desarrollo del movimiento en el sentido de la lucha de clases; por otro, sectas ideologizadas que observarían como el movimiento de clase se alejaba de sus particulares panaceas y recetas.
Ellos esperaban que semejantes elementos se escindirían, o que los elementos saludables de la clase obrera tendrían que romper con ellos, pero, sin embargo, nunca pensaron que la línea de demarcación orgánica fueran las particulares opiniones programáticas de una vanguardia (el programa en abstracto) sino, más bien, el significado político, desde el punto de vista de la lucha social, del nivel político alcanzado por el movimiento de la clase (es decir, el programa en concreto, el programa concretado en la lucha de clases realmente existente).
Así, durante 1847, Marx y Engels, que se habían incorporado a la Liga Comunista, trabajaron con gran habilidad para liberarla de su resaca sectaria y conspirativa, pero, simultáneamente, Marx dedicó sus esfuerzos en Bruselas, donde vivía, a la construcción de la Asociación Democrática, que ni siquiera era programáticamente socialista. Y cuando la revolución estalló en el Continente, inmediatamente se orientó hacia el vaciamiento (disolución) de la Liga Comunista como vehículo de vanguardia de la operación orgánizativa.
En Colonia, durante la revolución, ellos actuaban (organizativamente hablando) en tres niveles distintos, ninguno de ellos similar a una secta marxista: (1) En el movimiento democrático de izquierda (Unión Democrática) [Esta parte del cuadro no tiene nada que ver con nuestro problema actual, pues está relacionado con el problema de la política ante una revolución democrática-burguesa]; (2) En la Asociación Obrera de la ciudad, una amplia organización de clase; (3) En su propio centro político. ¿Y qué crearon como su centro político? En ningún caso una organización, sino más bien un periódico y su equipo editorial, esto es, una voz. Y este equipo es lo que funcionó como la "tendencia Marx", tal y como se observaba a sí mismo y como era considerado públicamente.
Con el declive de la revolución, y tras volver a Londres, Marx estuvo de acuerdo en la reconstitución de la Liga Comunista temporalmente; pero pronto, a finales de 1850, Marx se percató de que la crisis revolucionaria había terminado, mientras que la mayoría de los miembros reaccionaron a la frustración coinvirtiéndose en un grave caso de infantilismo sectario. La Liga se rompió y se desintegró. Marx nunca repitió tal experiencia.
Durante los años 50, Marx y Engels no se esforzaron en crear nuevas organizaciones, sino que se concentraron exclusivamente en la producción y publicación de la literatura que hiciese posible la educación de cuadros. Este período terminó únicamente cuando el movimiento obrero, por sí mismo, anunció la creación de la organización ad hoc que hoy conocemos como la Primera Internacional.
La Primera Internacional era tan distante de la idea sectaria de organización, que nunca se pronunció claramente por el comunismo, y solamente apoyo matizadamente una versión del colectivismo económico en su último congreso. Y era tan amplia, dentro de un marcado carácter de clase, que nadie soñaría en poder duplicarla hoy.
En cualquier caso, el enfoque de Marx era 180 grados opuesto al de la secta: en vez de comenzar con el Programa Omnicomprensivo y reunir a su alrededor una banda de escogidos procedentes de cualquier estrato de clase (especialmente intelectuales), Marx quiso partir de sectores de la clase obrera que se encontraban en movimiento y activos en la lucha de clases, aunque fuese con un "bajo" nivel, adaptando el programa a aquello para lo que estos sectores estaban preparados. Esta es la manera de comenzar.

Marx: el lado negativo
Dentro del amplio movimiento de la Primera Internacional, Marx y Engels no establecieron ningún tipo de centro político propio, y en eso consiste precisamente el carácter excesivo de su reacción, no, desde luego, en su nula inclinación hacia la creación de una secta marxista.
Si bien Marx usó el Consejo General y su influencia en él como su "centro político"; sería fácil explicar por qué esto no era suficiente. Probablemente, Marx tenía la impresión de que otro comportamiento impediría su influencia personal en el Consejo General, pero el precio a pagar por ello fue que, cuando la Internacional desapareció, la formación de un espacio marxista definido estaba aún en una etapa que ni siquiera podríamos catalogar como elemental.
Este hecho negativo -me refiero a la ausencia de un marco marxista de cualquier tipo, no a la renuncia a crear una secta marxista- es una de las razones de fondo que explican la forma en que, en diferentes países, surgieron los diversos partidos socialistas, incluyendo los denominados partidos "marxistas".
El primer centro "marxista" fue establecido por un hombre (Hyndman) hostil a Marx y al pequeño círculo de socialistas ingleses directamente influidos por Marx; Hyndman estableció este centro "marxista" como una típica secta del peor tipo, y su desastrosa influencia sobre el marxismo inglés no ha sido aún superada. Ni Marx, ni Engels ni nadie de su círculo más próximo ofreció nunca algún tipo alternativo de centro político marxista, lo que condujo a que la personificación de Marx para el público británico fuera un hombre al que podemos considerar como el más tosco "fundador del marxismo" que haya podido encontrarse en cualquier país del mundo.
La alternativa obvia a la secta habría sido lo que Marx hizo en Colonia: el establecimiento de un órgano de prensa por los amigos británicos de Marx, una publicación portavoz de ideas marxistas, un modelo de cómo había de dirigirse al movimiento de clase, un marco organizador. Pero no se hizo nada de esto, provocando un vacío. Así, la operación sectaria de Hyndman se movió en el vacío.
Aunque Eleanor Marx hizo un trabajo brillante como organizadora del Nuevo Sindicalismo (un sindicalismo militante de masas), organizando a los trabajadores desorganizados y no cualificados, se trató de un trabajo individual, que carecía de otra referencia visible. Aunque ella y Aveling hicieron un buen trabajo en la extensión de la acción política independiente de la clase obrera, con un impacto que ayudó a la creación del Partido Laborista, su esfuerzo no tuvo el efecto concomitante de ayudar a la selección y formación de un espacio marxista que pudiera hacer más de lo que ellos solos hacían.
Este error -la incapacidad para establecer algún tipo de centro político reconocible no sectario- fue repetido después, con menor excusa, por Rosa Luxemburg en Alemania; mientras que en Polonia sus camaradas crearon una secta, no un partido de clase.
El aborrecimiento extremo que Marx sentía hacia las sectas no le impidió reconocer las contribuciones positivas de algunas sectas. No cayó en una evaluación unilateral del papel histórico jugado por algunas sectas, al igual que su odio hacia el capitalismo no excluyó el reconocimiento de sus grandes contribuciones positivas al desarrollo de sociedad. De la misma forma que el Manifiesto Comunista ofrece lo que ha sido denominado como un himno de alabanza a las aportaciones positivas de la burguesía, Marx y Engels ardían frecuentemente en alabanzas a las contribuciones de las sectas utópicas.
No perdieron tiempo en lamentaciones por el hecho que que estas contribuciones fueran hechas primero por sectas (a veces más bien grotescas, como la "religión" saint-simoniana), pues ellos comprendían las presiones que empujaron a los ideólogos socialistas hacia la forma de secta. Lo verdaderamente importante, pensaban ellos, era empujar en una dirección diferente, orientando a los socialistas hacia un camino organizativo distinto.
Marx resumió esto en una carta bien conocida (1871): "La Internacional se fundó a fin de reemplazar las sectas socialistas o semisocialistas por una organización real de la clase obrera para luchar... Por otra parte, la Internacional no hubiera podido afirmarse si el curso de la historia no hubiese destrozado ya al sectarismo. El desarrollo del sectarismo socialista y el desarrollo del movimiento obrero real están siempre en relación inversa. Cuando las sectas están (históricamente) justificadas, la clase obrera no está aún madura para un movimiento histórico independiente. Tan pronto como ha alcanzado esa madurez, las sectas se hacen esencialmente reaccionarias. Por cierto, en la historia de la Internacional se ha repetido lo que la historia general nos muestra en todas partes. Lo caduco tiende a reconstituirse y a afirmarse dentro de las formas recién alcanzadas. Y la historia de la Internacional ha sido una lucha continua del Consejo General contra las sectas y contra los experimentos diletantes, que tendían a echar raíces en la Internacional contra el verdadero movimiento de la clase obrera".
Evidentemente, no se trata de determinar a priori la fecha exacta en la que se hace reaccionaria la forma de secta. Eso no puede hacerse.
Marx comenzó a luchar por crear su propio camino hacia un moviento revolucionario, y para ello debía enfrentarse con firmeza a la idea sectaria. Aunque más tarde se probara que en el año 1864 las posibles contribuciones de las sectas no estaban aún históricamente totalmente agotadas, eso es irrelevante respecto al curso seguido por Marx. La secta de Lassalle en Alemania (ver comentarios de Marx en la carta antes citada) o la mencionada secta de Hyndman en Inglaterra continuaron jugando un papel (¡ay!), un papel que también tuvo un aspecto positivo mientras no hubo otra alternativa en marcha.
Indiscutiblemente, a veces una camarilla puede ser mejor que nada, pero esa perogrullada no indica una línea a seguir. Por otra parte, la secta socialista de los germanoamericanos emigrados era, en opinión de Marx y Engels, peor que nada, y esperaban que se destrozaría y desaparecería (desafortunadamente, un siglo después sigue con nosotros: SLP).
De todo esto no se sigue, pese al odio extremo que Marx sentía hacia la forma de secta, que todas las sectas sean igualmente nocivas. Todo lo contrario: existen tremendas variaciones al respecto. Si observamos ejemplos más próximos a nostros, los "oehleristas" (una microsecta que se separó de la secta trotskista en 1935) no contribuyó nada al desarrollo de un movimiento revolucionario, excepto como tema de hilaridad (lo que no debe ser desdeñado en tiempos difíciles). Por el contrario, la Liga Socialista Independiente aportó los elementos esenciales del socialismo revolucionario de nuestro tiempo. ¡Hay una gran diferencia! Pero no contradice la única conclusión a la que queremos llegar en este momento: hay un camino hacia el partido revolucionario que no es el camino de la secta.

La anatomía de la secta
En resumen: hemos visto tres posibles enfoque. Podemos descartar ya el que se restringe a militancias individuales, sin ningún tipo de centro político. El verdadero problema es si el centro político debe ser necesariamente una secta. Lo que está en juego en ello no afecta sólo a dos formas organizativas, sino a la relación entre la vanguardia y la clase.
La secta se autocoloca en un alto nivel (muy por encima de la clase obrera) y se sostiene sobre una escasa base, ideológicamente selectiva (y, habitualmente, externa a la clase obrera). Proclama su carácter obrero basándose en sus aspiraciones y en su orientación, no por su composición social ni por su modo de vida. Comienza entonces a intentar arrastrar la clase obrera hasta su nivel, o hace un llamamiento a esa clase obrera para que lo alcance. Desde dentro de sus fronteras orgánicas, envía al exterior a exploradores para que contacten con la clase obrera, y a misioneros que conviertan a dos aquí y a tres allá. La secta se imagina convertida algún día en un partido revolucionario de masas, ya sea por un crecimiento paulatino, por la unidad con otras dos o tres sectas o quizá por algún proceso de entrismo. Marx, por el contrario, opinaba que los elementos de vanguardia debían evitar, ante todo, la creación de muros orgánicos entre ellos y el movimiento de clase. La tarea no era elevar hasta el "Programa completo" a dos trabajadores aquí y a tres allí (y menos aún a dos estudiantes aquí y a tres intelectuales allí), sino buscar las palancas que puedan servir para impulsar a toda la clase, o a sectores de ella, hacia niveles más elevados, tanto en el ámbito de la acción como en el de la política.
La mentalidad de secta ve su santificación únicamente en su Programa completo, precisamente en lo que la separa de la clase obrera. Si, dios no lo permita, alguna de sus consignas comienza a hacerse popular, inmediatamente se asusta: "Algo debe estar pasando. Debemos haber capitulado a alguien" (no es una caricatura, sino la vida visma). El enfoque de Marx era todo lo contrario. La tarea de la vanguardia era precisamente poner en marcha consignas que pudiesen ser populares en el nivel real alcanzado por la lucha de clases en un momento determinado, poniendo en movimiento al mayor número de trabajadores que fuese posible.
Esto significa actuar sobre un tema y en una dirección, yendo por un camino que llevará al conflicto con la clase capitalista y su Estado, así como con sus agentes, incluyendo los "lugartenientes obreros del capitalismo" (sus propios líderes).
La secta es una versión en miniatura del futuro partido revolucionario, un "pequeño partido de masas", una edición microscópica del partido de masas aún inexistente. Mejor dicho, eso es lo que la secta piensa de si misma o intentar ser.
Su método orgánico es el método del "como si": actuemos como si ya fuésemos un partido de masas (en un grado minúsculo, naturalmente, acorde con nuestros recursos), pues ese es el camino para convertirnos en un gran partido de masas. Publiquemos un periódico para los trabajadores, igual que si fuéramos un partido obrero, y si no podemos publicar un diario, como haría un verdadero partido de masas, al menos podremos publicar un semanario o bisemanario para agotar nuestros recursos; eso hará de nosotros un pequeño (irreal) partido de masas (pero esta fachada solamente es autoilusoria, ya que si lográ engañar a un trabajador, éste se dará cuenta pronto de lo poco que había detrás). Construyamos un partido "bolchevique" siendo "disciplinados" como buenos bolcheviques (así, sobre la base de una falsa noción de la disciplina "bolchevique", aprendida de los enemigos del leninismo, la secta es "bolchevizada" en una camarilla interiorizada y petrificada, que reemplaza las obligaciones de una cohesión política por argollas de hierro como las necesarias para maneter unidas las maderas de un desmoronado barril).
Hay una falacia fundamental en la idea de que el camino de la miniaturización (imitando un partido de masas en miniatura) es el camino al partido revolucionario de masas. La ciencia prueba que la escala en la que vive un organismo vivo no puede cambiarse arbitrariamente: los seres humanos no pueden existir a la escala de los liliputienses o los brobdingagenses, pues sus mecanismos vitales no podrían funcionar. Las hormigas pueden cargar 200 veces su propio peso, pero una hormiga que midiese seis píes no podría levantar 20 toneladas, incluso aunque pudiera existir en algún monstruoso modo. En la vida organizativa, esto también es cierto. Si se intenta crear una miniatura de un partido de masas, no se consigue un partido de masas miniaturizado, sino un monstruo.
La razón básica es la siguiente: el principio vital de un partido revolucionario de masas no es simplemente su Programa completo, que puede copiarse sin más que un activista mecanógrafo y puede ser ampliado o reducido como un acordeón. Su principio vital es su involucración integral como una parte del movimiento de la clase obrera, su inmersión en la lucha de clases no por la decisión de un Comité Central, sino porque vive en ella. Este principio vital no puede imitarse o miniaturizarse; no se reduce como un dibujo animado ni se encoge como una camisa de lana. Como una reacción nuclear, este fenómeno se produce únicamente cuando existe una masa crítica, por debajo de la cual el fenómeno no es menor, sino que desaparece.
Entonces, ¿en qué puede imitar la pretendida miniatura a un partido de masas? Solamente en la vida interna (una parte de ella y en cierto modo), pero esta vida interna, mecánicamente trasladada, es ahora ajena a la realidad que rige en un verdadero partido de masas. Si separamos los intestinos de un león de su cuerpo, lo que obtenemos en realidad es... tripas. Por este motivo la vida interna de una secta tiende a ser un ejercicio de irrealismo, de meras fachadas, de imitaciones rituales.
Así, como lo único que tiene al alcance de su ritualizada parodia es la vida interna del partido de masas, la mentalidad de camarilla solamente se encuentra a gusto en la vida interna. Más allá de esta vida interna, la dura realidad de aislamiento e impotencia se hace insufrible, al no tener la más mínima semejanza con la vida exterior de un partido de masas. La vida interna de la secta deja de ser un mal necesario para el desarrollo de sus actividades públicas, para convertirse en un gratificación sustitutiva.
El obrero perteneciente a un partido de masas se irrita por la necesidad de gastar mucho tiempo en reuniones de las organizaciones del partido o de sus fracciones, incluso aunque sea lo suficentemente buen marxista para comprender que estas cosas son necesarias. La mentalidad de secta, por el contrario, solamentes se encuentra cómoda y satisfecha en esas actividades subterráneas, en las que puede disfrutarse convenientemente de la charla revolucionaria, mientras que una reunión sindical es considerada como un estorbo.

¿Y los bolcheviques?
¿Pero acaso los mismos bolcheviques no se desarrollaron desde una secta hasta un partido de masas? Si ellos pudieron hacerlo, quizá podamos nosotros...
No, los bolcheviques no llegaron a ser un partido de masas siguiendo el camino de la secta. Y el ¿Qué hacer? no propone una forma organizativa sectaria. Todas esos cuentos de hadas sobre las concepciones del partido propias de Lenin son invenciones de antibolcheviques profesionales y de los estalinistas; sin embargo, obviamente no podemos tratar eso aquí en profundidad. Quizá baste lo que digo a continuación.
Consideremos el camino encarnado en el ¿Qué hacer? En el período anterior, los pasos preliminares hacia un partido de masas en Rusia no habían tomado la forma de sectas, sino de círculos locales obreros y de asociaciones regionales. No se habían desarrollado como sucursales de una organización central sino de forma autónoma, en respuesta a las luchas sociales.
Lo que Lenin comenzó a organizar en el extranjero, ante todo, no era una secta, ni una organización afiliativa, sino un centro político: una publicación (Iskra) con un equipo editorial. La tendencia Iskra tomó cuerpo en un equipo editorial, no en una secta. La asociación a la que Lenin aspiraba era un partido de masas. No un partido formado exclusivamente por los que estuviesen de acuerdo con su marxismo revolucionario, sino un partido de masas lo sufientemente amplio como para incluir a todos los socialistas, y, desde luego, a todos los militantes obreros. Podría tener diversas tendencias en su seno, y los marxistas consistentes podrían ser una minoría, al menos durante cierto tiempo.
Lenin no cometió el error de interponer una secta entre su tendencia (con la línea correcta) y el amplio movimiento de la clase en lucha, ni tampoco incurrió en la equivocación de descuidar la construcción de un centro político y, a través de él, crear un espacio marxista.
Fueron los mecheviques y el ala derecha, no Lenin, quienes escindieron para no permitir una mayoría del ala izquierda. Ni siquiera en los años de formación del partido bolchevique hizo Lenin de la necesidad virtud: nunca adoptó el punto de vista según el cual el partido tendría que limitarse a los bolcheviques. Por el contrario, luchó coherentemente por un amplio partido en el que su ala izquierda tendría tanto derecho a ganar su dirección por medio del voto democrático como podría tenerlo su ala derecha. La escisión tuvo lugar, ante todo, en el aspecto organizativo.
Por supuesto, la situación de ilegalidad condicionó las formas orgánicas de muchas maneras, pero no es lo que determinó que Lenin rechazase formar una secta bolchevique. Si Iskra se hubiese establecido en Petrogrado en vez de hacerlo en el extranjero, la relación esencial no habría cambiado; de hecho, cuando se logró una legalidad parcial durante un corto período tras la revolución de 1905, una de las consecuencias fue la fusión temporal de los grupos bolchevique y menchevique en un partido de masas unificado, aunque Lenin conservó un centro político bajo la forma de una publicación y su equipo editorial. El inicio de cierta legalidad no empujó a Lenin hacia la formación de una secta bolchevique, sino en la dirección opuesta, hacia la unidad con los mencheviques en un partido de masas (no la unidad de los centros políticos ideológicos).
¿Pero no eran bolcheviques y mencheviques "fracciones" del dividido partido? Formalmente lo eran, pero en aquellos días una fracción significaba una cosa diferente. En ambos lados, y en otras tendencias organizadas integrantes del movimiento ruso, una "fracción" funcionaba como un centro político público, con su publicación y equipo editorial propios como vehículo de su poítica.
Estas fracciones (bolchevique y menchevique) no eran organizaciones afiliativas, en el sentido de las sectas que nosotros hemos tratado de construir. Si vemos los documentos escritos por Lenin poco antes de 1914, cuando el buró de la Internacional Socialista estaba trabajando sobre el problema de la unidad entre bolcheviques y mencheviques, observamos que Lenin, para probar que los bolcheviques tuvieron el apoyo de una mayoría de los trabajadores socialistas en Rusia, da estadísticas sobre la circulación de los órganos de prensa, sobre las contribuciones financieras, etc., pero nunca sobre número de afiliados o miembros. Nadie dio cifras de miembros.
En Rusia, las organizaciones con afiliados eran grupos de partido locales y regionales que podían simpatizar una parte con los bolcheviques y otra parte con los mencheviques, o apoyar a unos u otros en cada circunstancia. Cada vez que se realizaba un "congreso del partido" o conferencia, cada grupo debía decidir si asistía al de unos o al de otros, o a ambos.
Esto indica que tanto bolcheviques como mencheviques no eran orgánicamente sectas dedicadas a captar miembros, y ni siquiera fracciones en el sentido orgánico que sería perteniente hoy, sino centros políticos basados en una iniciativa de propaganda y editorial, junto a un aparato organizativo central para forjar lazos con todas las secciones del movimiento obrero, mediante "agentes", colaboradores literarios, etc. (este añadido es algo crucial, aunque no me explayaré en ello). Los miembros individuales del partido en Rusia, o los grupos del partido, podían distribuir las publicaciones de los bolcheviques, las de los mencheviques o ninguna de ellas. Muchos preferían distribuir un órgano que no representase a ninguna de esas fracciones, como el que Trotsky creo en en Viena, o utilizar a su libre albedrío las publicaciones que más les gustaban de cada una de las fracciones.
Obviamente, gran parte de este escenario estaba condicionado por la ilegalidad o por la naturaleza de la escisión entre bolcheviques y Mencheviques. No proponemos que sea un modelo automático para nosotros hoy día; hablamos de ello por una razón totalmente opuesta: porque hay algunos que, erróneamente, pensando que los bolcheviques se desarrollaron utilizando la forma de una secta, proponen, también erróneamente, la "secta de tipo bolchevique" como modelo. Pero nunca ha existido una "secta bolchevique". Esa invención fue posterior, procedente de la Comintern.
En todo caso, podemos sacar la siguiente conclusión provisional: si el partido bolchevique no se desarrolló como partido revolucionario siguiendo el camino de la secta, entonces debe haber otro camino. De hecho, la conclusión histórica va más lejos: ningún partido revolucionario o semirevolucionario de masas ha llegado a ser un partido de masas siguiendo el camino de la secta.
Esto no prueba que no pueda ocurrir. No prueba, por sí mismo, que sea imposible que una secta evolucione orgánicamente hacia un partido de masas, si en algún momento se da cuenta de que está siguiendo un camino equivocado y toma otra ruta. Pero no nos interesa demostrar tal cosa. Lo único que necesitamos comprender es que debe haber otro camino, un camino que realmente fue seguido por socialistas revolucionarios con más o menos éxito.
Lo que se ha demostrado es que el camino de la secta no debería seguirse acríticamente, sin reflexionar, como si fuera el único posible o imaginable. Por el contrario, el camino de la secta no ha dado nunca resultados hasta ahora. Lo que ha funcionado ha seguido una vía muy diferente, y que, por lo tanto, se merece al menos ser tomada en consideración.

¿Cómo y cuándo revivió la forma de secta?
Este otro camino sólo fue ignorado por la mayoría de los marxistas revolucionarios a partir de fecha relativamente reciente, durante el período de la Comintern. El gran desarrollo histórico que ocultó ese camino tras una cortina y empujó a seguir la ruta de la secta fue el período de revolución que siguió a la I Guerra Mundial, en el que la Comintern propuso la formación de partidos revolucionarios como una "emergencia" de inmediata necesidad. En cada país tuvo que constituirse inmediatamente un partido revolucionario, incluso aunque fuese un forzado producto de invernadero. Así lo exigían los "21 Puntos" de la Comintern.
La motivación era clara: la revolución mundial estaba en la orden del día para toda Europa. Y era cierto que la revolución mundial estaba en la inmediata orden del día (en Europa). Pero ahora sabemos que resulta completamente imposible forjar partidos revolucionarios genuinos por medio de órdenes que fuercen el proceso (al menos, partidos revolucionarios capaces de vencer). Esta es la razón esencial por la que el enemigo (en primer lugar, la socialdemocracia) fue capaz de derrotar esta revolución europea. Y la derrota de esta revolución fue el punto de giro de la historia social moderna, de la que deriva en mundo actual.
La mejor conocida consecuencia de esta derrota fue el ascenso del estalinismo, la estalinización de los partidos comunistas y de Rusia. Una consecuencia bisimétrica ha afectado a las corrientes que rechazaron la estalinización o que rompieron con ella: por lo general, han visto la degeneración del movimiento como una consecuencia de la estalización, en vez de comprender la estalinazación como consecuencia de la derrota y de la degeneración del movimiento. Sobre la base de ese punto de vista, se creyó que el éxito revolucionario dependía solamente de la forja de una vanguardia dirigente que no fuese estalinista, que fuese verdaderamente revolucionaria; esto es, de la formación de una vanguardia dirigente que tuviese la Línea correcta, lo que resultaría suficiente.
El proceso de creación forzada de "partidos" revolucionarios en un invernadero asumiento uno de los "21 Puntos" (y al margen del contexto objetivo de los verdaderos "21 Puntos") fue tomado como algo dado de antemano por una nueva generación de revolucionarios o aspirantes a revolucionario, para los que la historia comenzaba en 1917. El resultado fue una primera ola de sectas "bolcheviques" durante el período inicial del declive de la revolución europea, tratando de imitar a lo que creían habían sido los bolcheviques.
Un ejemplo típico fueron los "bordiguistas" italianos y otros vástagos de los izquierdistas infantiles de la Comintern, tendencias que Lenin había atacado en su "El izquierdismo, enfermedad infantil del Comunismo". Como es bien conocido, estos bien intencionados pero bastante ignorantes izquierdistas no sabían nada sobre cómo el partido bolchevique se había forjado realmente. Para ellos, el ultimátum de los "21 Puntos" no era una especial medida de emergencia, procedente de revolucionarios sensatos en la situación poco común de sentir el aliento de una crisis revolucionaria inmediata sin que exista un partido revolucionario. Para ellos, esta medida de emergencia, esta medida deseperada, llegó a ser la regla, el "normal" modo "bolchevique" de actuar... incluso si ya no existía la situación histórica que explicaba por qué se había recurrido a los "21 Puntos".
Generalizado como el modelo normal, este camino de invernadero hacia el "partido" revolucionario es algo así como esto: usted levanta la bandera del Programa Correcto para establecer su frontera orgánica. Usted hace esto sin considerar la situación objetiva porque es un imperativo suprahistórico. Usted hace esto con cualquier que esté a su alrededor, por ejemplo otras dos buenas personas (¿no se decía que en los días obscuros de la guerra el partido bolchevique de Lenin se redujo a un puñado de personas?). Usted se declara como el Partido Revolucionario, y ya que tiene el Programa Correcto, los trabajadores tendrán que llegar hasta su puerta... y ya tiene usted su secta.

Una ojeada al modelo trotskista de secta
Las reticencias de Trotsky durante varios años a romper con los partidos comunistas estaban condicionadas, entre otras cosas, por el hecho de que no veía ninguna alternativa sino la formación de una secta trotskista, a lo que era reacio.
Debe recordarse que, durante todo el período inicial de su desarrollo político (es decir, hasta 1914), Trotsky no había comprendido lo que Lenin estaba haciendo. Durante décadas, había peleado amargamente contra el curso orgánico de Lenin, que denunciaba como una política "escisionista". ¿Cuál era la política "escisionista" que le horrorizaba? Era la formación de un centro político distinto alrededor de un Programa completo y correcto, basando un centro político sobre el Programa completo, pero no una secta. El curso de Trotsky como un "conciliador" orgánico en el movimiento ruso significó que, como Luxemburg en Alemania y la mayoría de la "izquierda" de la Segunda Internacional, él tampoco había entendido la naturaleza del camino de Lenin hacia el partido revolucionario. Durante la mayoría de la vida política de Trotsky, los únicos cursos orgánicos que podía comprender era el curso de la secta y de los escisionistas (con el que interpretó a Lenin) o el curso pantanoso y ficticio de los que traficaban con la "unidad del partido".
Resulta irónico que la estalinización de los partidos comunistas forzase a Trotsky a formar su propio "centro político" (la Oposición de izquierda) dentro de los partidos comunistas, esto es, dentro de un movimiento estalinizado que no toleraba ningún centro de oposición política en su seno. El camino que él había denunciado dentro de la socialdemocracia rusa de la preguerra (donde era posible) era el mismo que se vio obligado a tomar dentro del movimiento estalinista (donde era imposible).
No es muy sorprendente, por tanto, que, cuando los grupos trotskistas no pudieron continuar adoptando la forma orgánica de un centro político de Oposición de Izquierda dentro de los partidos comunistas, adoptasen naturalmente la única otra forma que conocían: la secta. Sin duda, Trotsky lo hizo muy a disgusto, por lo que el siguiente experimento fue la entrada en la socialdemocracia, con la esperanza que encontrar allí un camino no sectario hacia el partido de masas. El esperado sustituto era la incubación de un partido revolucionario dentro del movimiento de masas que la socialdemocracia se suponía que representaba. Proseguir aquí esta historia sería una disgresión, pues lo que nos interesa constatar ahora es que antes y después del experimento "entrista", la completa e irreflexiva aceptación del modelo de "secta bolchevique" produjo una profusión de microsectas desprendidas de la macrosecta trotskysta a partir de los años 30. Además, en EE.UU. se hizo mucho más difícil ver cualquier otro camino a causa de la ausencia de un movimiento político masivo de la clase obrera.

La experiencia WP/ISL
Hay otro caso que exige nuestra inmediata atención, pues se trata de nuestro inmediato antecesor: el Workers Party/Independent Socialist League de 1940-58. En resumidas cuentas (aunque merecería decicarle más tiempo en otro momento), este caso se desarrolla en tres etapas.
La formación del Socialist Workers Party fuera del Partido Socialista. El entrismo trotskista en el Partido Socialista (gestación en la matriz socialdemócrata) abortó a finales de 1937, cuando Trotsky (y, con él, parte de la dirección trotskista, agrupada en torno a Cannon) decidió que el mundo, incluyendo EE.UU., estaba a punto de entrar en una situación revolucionaria, lo que inmediatamente desencadenó el retorno al modelo de los "21 Puntos" (al menos, esta vez volvía a tener como motivación la sensación de encontrarse ante una situación de emergencia). Según este modelo, como vimos antes, el Partido Revolucionario debe anunciarse a toda costa ante el mundo, con su bandera y su programa desplegados, con el tiempo suficiente para anticipar el impacto de la revolución.
El ala derecha del PS estaba tan ansiosa de expulsar a los trotskistas como nosotros lo estábamos de irnos, así que el resultado real fue una colaboración mutua. En cualquier caso, a comienzos de 1938 el Socialist Workers Party se presentó ante la clase obrera de los Estados Unidos, y durante el mismo año nació la IV internacional, nuevamente como forzado fruto de invernadero.
No había ninguna ambigüedad en cómo se veía a si mismo el nuevo partido: era el Partido Revolucionario destinado a salvar el mundo, y crecería rápidamente hasta ser la fuerza dirigente en la clase obrera, con la esperanza de que ocurriese a tiempo para poder dirigir la revolución que se estaba desarrollando. Desplegando el Programa completo y correcto, la secta (es decir, el "partido" que realmente existía) recorrería el camino hacia un partido de masas.
El inicio de la guerra reventó por dos vías diferentes este punto de vista incuestionado. Lo más conocido es que el Programa completo siguió siendo completo pero dejó de ser correcto (defensa de la Unión Soviética, pacto Hitler-Stalin, aparición del imperialismo estalinista, invasión de Finlandia y Polonia, etc.). Pero aquí resulta más pertinente resaltar el segundo aspecto que marcó en 1939-40 la lucha que sacudió y rompió la organización: la denominada "cuestión organizativa".
Como ya detallamos entonces en un largo documento titulado "Guerra y conservadurismo burocrático", lo que ocurrió es que la secta que se autodenominaba partido reaccionó al estallido de la guerra... como una secta. En el momento no lo entendimos así: hablábamos del "conservadurismo burocrático" de la dirección Cannon. Esta respuesta sectaria del SWP se acentuó mucho más tras la escisión: el SWP actuó durante toda la guerra como un crustáceo, encerrándose en su caparazón para proteger su gelatinoso cuerpo, y anunció la política de "preservar sus cuadros", en vez de tratar de encontrar las maneras y medios que permitiesen fortalecerles participando en la lucha durante la guerra.
En total contraste, el Workers Party que formamos tras la ruptura siguió una vía que podría describirse como la de un "pequeño partido de masas". Pero realmente actuamos como tal, y no sólo nos limitamos a hablar de ello. El WP se implicó con energía y de forma militante en actividades que podrían haber sido emprendidas por un partido de masas si hubiese existido, realizando un excelente trabajo revolucionario de oposición en las empresas y sindicatos,que iba acompañado con la distribución masiva de un popular semanario agitativo, etc.
Evidentemente, este trabajo de "partido de masas" sólo podía hacerse a una escala relativamente pequeña o, lo que es lo mismo, a una mayor escala pero limitada a unas pocas situaciones locales, pues eramos un "partido de masas" verdaderamente pequeño. Las previsiones subyacentes seguían siendo las mismas: crisis revolucionaria al acabar la guerra o poco después, y rápido crecimiento donde estábamos trabajando.
Esta vía parecía tener sentido, sólo de forma temporal, por obvias razones coyunturales: durante todo el período de la guerra nosotros fuimos la única y exclusiva tendencia socialista de oposición dentro de la clase obrera. ¡Situación de monopolio de la que no ha disfrutado nadie desde entonces! La "industrialización" o "proletarización" de nuestros miembros fue relativamente fácil por la situación de guerra (para los que no habían sido llamados a filas). Tampoco carece de importancia mencionar que nunca ha sido tan fácil financiar nuestra actividad, a causa de los salarios industriales, la dedicación de nuestros miembros y un astrónomico sistema de contribuciones sobre la renta.
En suma, durante este limitado período y en esa especial situación, las contradicciones de una secta actuando como un pequeño partido de masas podían ser paliadas -y de hecho lo fueron- al calor de la actividad.
Podría quizás argumentarse que si el resultado de la guerra hubiese sido la revolución en Europa y en América, como esperábamos entonces, esta vía se habría justificado históricamente. No tengo ningún interés en discutir sobre esto, ya que tampoco me interesa sostener ninguna teoría de la inevitabilidad ni mantener que si hubiésemos sido "más sabios" deberíamos haber hecho otra cosa. No son éstos los temas en discusión, y los menciono únicamente para excluirlos de ella. Lo que me interesa ahora es solamente explicar cómo y por qué la vía una secta tipo "pequeño partido de masas" era temporal y conyunturalmente posible y esperanzadora.
Pero en 1946 llegó el día de rendir cuentas. Ese año marcó una línea divisoria, pues para la mayoría de nosotros se fue haciendo muy claro que la esperada Revolución Mundial postbélica había sido abortada o que, en cualquier caso, no iba a tener lugar. Estábamos obligados a una reorientación fundamental.
En consecuencia, 1946 es también el año de un definitivo saldo de cuentas en el seno del WP con el grupo sistemáticamente sectario formado por la clique de Johnson.
Se trataba de una clique con un programa de facción, esto es, un montón de programas adaptables a cada ocasión. En 1946, la clique/facción de Johnson reaccionó formalmente al nuevo estado de cosas declarando con doble vehemencia que la revolución estaba a la vuelta de la esquina, que surgirían soviets en dos años, que el capitalismo se había derrumbado en toda Europa y que el poder rodaba por las calles: en otras palabras, encararon la desagradable realidad con la típica fantasía de la mentalidad sectaria. De acuerdo con ello, desplegaron un programa que contraponía "grupos de lucha" (entonces denominados "comités de fábrica") a los sindicatos convertidos en contrarrevolucionarios, que se habían transformado en órganos del Estado, etc. Con todo este galimatías, estos sectarios sistemáticos hicieron las maletas y se pasaron al SWP, donde hicieron una actividad fraccional revolucionaria durante un breve período, para después desplegar su bandera ante el mundo entero formando su propia secta, que luego se escindiría, etc.
El mismo año hubo otro intento de reorientación del Workers Party, realizado por gente más seria. Era un esfuerzo para teorizar y sistematizar la concepción organizativa tipo "pequeño partido de masas", no ya como una reacción ad hoc a las circunstancias de la guerra (que es lo que fue), sino como un concepto general y eterno, aplicable ahora más que antes. La frase "pequeño partido de masas" se inventó y escribió entonces. Este intento fue rechazado por la organización.
Más allá de esta discusión, y con una constante decadencia de la situación política de EE.UU. en una "calma chica" (clima de guerra fría, McCarthismo, etc.), la organización tuvo que hacer frente, sin autoengañarse, a su futuro como una secta entre otras sectas. En una tesis presentada en 1948 y discutida hasta que fue aprobada en 1949, la organización aceptó abrumadoramente unas básicas verdades: que no eramos un "partido" excepto en el nombre; que no existía en el país ningún "partido" socialista; que todos los grupos socialistas, incluyendo el nuestro, éramos en realidad sectas, en el mejor de los casos "grupos de propaganda", y que sólo podíamos ser una buena secta, una secta sensata, en vez de ser una secta estúpida, fastasmagórica y autoengañada; que aunque la historia sólo permitía en ese momento ser un secta, podíamos decidir no mantener una política sectaria ante la clase obrera y sus movimientos; etc. En consecuencia, el "Workers Party" pasó a denominarse "Independent Socialist League."
Todo esto era muy sensato Pienso que la ISL era la mejor y más sensata secta entonces posible: pero esto sólo sirvió de ayuda durante unos pocos años, pues toda la izquierda se agotó durante los años 50. La ISL no se meció a si misma contándose monstruosidades y fantasías sectarias; simplemente se marchitó en la enredadera y cayó, mientras que otras sectas realizaban todo tipo de contorsiones políticas: el Partido Socialista se redujo a nada, el SWP se transformó en un apéndice estalinoide...

¿Qué es un "centro político"?
Como toda esta trayectoria fue recorrida sin autoexamen y sin ninguna diferenciación analítica entre los diversos caminos, es preciso proceder retrospectivamente a dicha diferenciación. Lo dicho hasta aquí manifestaría que, en la práctica, el establecimiento de un "centro político" distinto de una secta -es decir, un centro de propaganda y educativo no dedicado a la captación de miembros, a diferencia de los grupos afiliativos encerrados dentro de unos muros orgánicos- ha tomado la forma concreta de una iniciativa editorial, con su correspondiente equipo editor, acompañada de un aparato organizativo más o menos desarrollado, decicado a llevar adelante las tareas políticas del centro.
Esta ruta ha sido más habitual de lo que podría indicar lo contado hasta aquí. Los EE.UU. contemporáneos muestran ejemplos sobre los que es conveniente echar un vistazo. Es cierto que el panorama radical parece estar cubierto de sectas, pero además existen también algunas tendencias no organizadas en forma de sectas sino de centros políticos en torno a una publicación.
Quizás la más efectiva políticamente haya sido la tendencia política representada por la Monthly Review (MR), un algo amorfo espectro de políticos estalinoides independientes del Partido Comunista. Aunque la revista ha sido también el organizador de una tendencia política, no ha evolucionado hacia una cristalización organizativa de tipo afiliativo, salvo en algunas intentonas realizadas por grupos locales de "Amigos" de MR, asociados a MR o cosas similares. Lo mismo puede decirse de The Guardian. Cabe dudar si estos elementos han tenido una perspectiva que se plantease contribuir algún día a la formación de un partido revolucionario; parece más bien que, prioritariamente, se han planteado impregnar a la izquierda con sus ideas específicas.
Otro ejemplo relativamente exitoso es Liberation, pero pagando como precio aquello que originalmente constituía su propia política. Esta revista se constituyó como un centro político de la tendencia partidaria del pacifismo absoluto. Como tal, ha sido un fracaso total, ya que el pacifismo absoluto está más muerto que nunca. De hecho, Liberation se convirtió en otra cosa, en la que el pacifismo era solamente un tropezón en la sopa. Como su política es confusa, no tiene mucha importancia como centro político. Ha mantenido principalmente un periodismo radical difuso.
Dissent se fundó más o menos conscientemente como un esfuerzo para mantener algo así como un centro político, sin formar una organización sectaria, por gente que se había hecho socialdemócrata en un país sin socialdemocracia. Más tarde, Dissent y L.I.D. acordaron unirse. L.I.D. es un ejemplo interesante de una organización originalmente de tipo afiliativo que, al desaparecer sus miembros, se transforma en una operación de tipo centro político, socialdemócrata en lo político, aunque no estaba agrupada en torno a una revista. New Leader ha sido otro ejemplo de una operación socialdemócrata (sector CIA) en torno a un centro político sin organización de tipo afiliativo. Todos estos casos, en sus especifidades, han estado fuertemente condicionados por sus fuentes de financiación.
De hecho, casi toda la prensa política tiende, por su propia naturaleza, a convertirse en algún tipo de centro político, ya que es una fuente de ideas. He mencionado ejemplos dispares, indicando que puede haber muchas variantes. No hay un modelo orgánico que podamos copiar. De lo que se trata es de darnos la idea general de un desarrollo que no involucra la construcción de una secta afiliativa, y ponernos a trabajar para expresar nuestras aspiraciones y opiniones. Una de las peculiaridades de la vía que queremos seguir es que queremos formar un centro político que tenga como objetivo la formación de los prerequisitos de un partido socialista revolucionario.

¿Qué queremos hacer?
Si abstraemos las peculiaridades nacionales, de tiempo y lugar, así cómo las condiciones específicas en las que se desenvolvió la actividad organizativa de Lenin, podemos decir que la laboriosa formación de la tendencia bolchevique logró tres cosas a lo largo del tiempo, tres cosas que, en mi opinión, pueden aplicarse casi en cualquier caso y que ciertamente se aplican a lo que nosotros estamos obligados a hacer.
El proceso de formación de la tendencia bolchevique creó un cuerpo de doctrina, un cuerpo de literatura política que expresó un determinado tipo de socialismo revolucionario; formó cuadros obreros y militantes alrededor de ese núcleo político; estableció su "tipo de socialismo" como una presencia en las políticas de izquierda, con nombre y fisonomía propios. Esto resume también nuestras tareas.
No tenemos ninguna necesidad de prever o predecir exactamente cómo se formará el partido revolucionario del futuro. Pero los resultados sólo pueden ser favorables si estas tres tareas se realizan. Si tenemos estas tareas en nuestras cabezas, ciertas actividades toman una diferente prioridad e importancia. Por ejemplo, para las sectas la tarea editorial es una actividad entre otras, a la que no dan una prioridad destacada. Tiende a ser desplazada hasta el último lugar de la agenda, con una sola excepción: la publicación de un órgano "de masas", que tiende a tomar tal prevalencia que apenas puede hacerse ninguna otra cosa. Desde nuestro punto de vista, esa es una grave equivocación a la hora de establecer las prioridades. La creación (publicación y distribución) de un cuerpo básico de literatura es la tarea de un centro político de la que depende todo lo demás. Es el medio principal para el fin deseado. La tarea primera de esta literatura es hacer posible la formación de los cuadros, para proveer la nutrición política que permitirá el desarrollo de esos cuadros, lo que resultaría imposible a falta de ese fondo literario.
Evidentemente, tales cuadros se desarrollarán localmente. Un centro político tiene una ventaja enorme sobre el Comité Nacional o el Comité Central de una secta que emite directivas, tesis, expedientes disciplinarios, etc. a su micro-imperio de mini-sucursales. Las relaciones de un centro político con clubes locales, grupos socialistas o sindicales, grupos de trabajadores y activistas individuales pueden ser infinitamente variadas y flexibles. Pero las relaciones de una secta son dicotomizadas en dos tipos: con los miembros de la organización, una relación regida por los estatutos; con los no afiliados, una relación obstaculizada por una barrera organizativa.
Tras un primer período en el que tendremos que realizar un gran trabajo de preparación, apostamos por una implicación mucho mayor con cuadros locales, pero basada en una relación diferente, que ofrece nuevas posibilidades.
No pretendo deletrear en este artículo nuestro programa para los próximos seis meses. Nuestras perspectivas ya van mucho más lejos de lo somos capaces realmente de manejar. Y esto es sólo el comienzo; si conseguimos ponernos en marcha en un año más o menos, estaremos moviéndonos adecuadamente a lo largo de este camino.
Debemos tener una perspectiva a largo plazo. no estamos proponiendo un esquema del tipo "hágase rico en 10 días", sino todo lo contrario: una línea de preparación para el futuro que sólo puede obtener frutos reales tras un largo recorrido. Deberíamos pensar desde el punto de vista de un Plan para no menos de diez años (digo diez años porque es un buen número redondo y se denomina década.) Desperdiciamos la pasada década en dos callejones sin salida. Si, para finales de los 70, tenemos algunas realizaciones sólidas en las tres tareas básicas antes enumeradas, entonces habremos dado los primeros pasos apreciables hacia el objetivo de un partido revolucionario.

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