jueves, 26 de octubre de 2017

Ricardo Melgar ;

Contaba con catorce años de edad cuando llegó a mis manos un libro ilustrado de gran tamaño y volumen intitulado «La sabiduría de Occidente» de Bertrand Russell. Lo leí con entusiasmo, oscilando entre asombros y preguntas. Una de ellas tuvo que ver con el acápite dedicado a Pitágoras, el filósofo y matemático de la antigua Grecia. Su teorema y sus representaciones geométricas no me tentaron, sí el doble significado que le confirió a los números, así como su uso hermético. Un 10 representaba al universo y al poder. Por añadidura presidía su ritual, su juramento de lealtad. Años más tarde, mi inquietud por la relación entre los números y el poder tomó otro curso, otra lectura. La relación de los números bajo su forma estadística en la retórica zarista aplicada a la educación, fue desnudada por Lenin - ¿en 1912? - advirtiéndole a sus lectores sobre la fascinación de los números y su capacidad de encubrir o disfrazar la realidad. Demostró que la educación pública no había crecido en número ni en calidad en Rusia. Sostuvo que era una argucia numérica. El gobierno sacaba un porcentaje favorable al comparar los establecimientos educativos del presente frente al número de escuelas de hace una década o dos, olvidándose de ponderar el crecimiento de la población y por ende, de su real demanda y oferta de servicios educativos. La educación zarista iba realmente como el cangrejo, pero su mañosa retórica numérica, la convertía en progreso. La fuerza simbólica del dato numérico comúnmente deja en silencio a la nación y a sus intérpretes de oposición. La magia de los números, la fuerza cabalística de las estadísticas amañadas desde el poder, repintan la crisis, la falta de empleo, la escasez, etc., etc. y nos llevan del oído o del ojo, al mundo imaginario que nos dibujan con la finalidad de que le demos las espaldas a todo lo que en realidad es obvio o transparente. Otras estadísticas son posibles y confiables, no las que carecen de la falsa neutralidad estatal.
Con el paso de los años, en los años ochenta, me tocó calar en los asuntos censales de la población indígena en México. Los censos de población, con especial énfasis a partir de la década del 40, construyeron una curva descendente de las poblaciones originarias. Al cotejar esas cifras con las que arrojaban mis experiencias etnográficas, descubrí el eje que sesgaba esta tendencia. El modo de registrar la adscripción étnica a través del idioma o la indumentaria. Una y otra invisibilizaban su peso demográfico real. La categoría censal "Otros" se convirtió en ese hoyo negro donde desaparecía parte de la real diversidad etnocultural. El censo como instrumento del poder puede negar a la alteridad incómoda o indeseable de su concepción acerca de la nacionalidad y la nación. Este no era un asunto privativo de México ni de los países capitalistas. Me lo recuerda el borramiento de los macedonios en los censos de población de Bulgaria, así como el desvanecimiento desmesurado de "negros" o afrocubanos en su censo del 2000.
El más reciente censo de población en el Perú es una joyita para el análisis de la retórica y los usos del poder. Quizás les ayude a muchos a poner las cifras del gobierno -cualesquiera que esté de turno- bajo la lupa, la pregunta, la crítica.
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