miércoles, 22 de julio de 2009

Fwd: Un Tema de Actualidad (2-3) El color del Poder 220709



---------- Mensaje reenviado ----------
De: <rebecamontes2000@yahoo.es>
Fecha: 22 de julio de 2009 12:00
Asunto: Un Tema de Actualidad (2-3) El color del Poder 220709
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Un Tema de Actualidad (2-3)

EL COLOR DEL PODER

No hay "indios", pero sí hay racismo anti-indio
La "estrategia del disimulo" practicada por los emigrantes andinos que tratan de integrarse en el seno de las grandes masas cholas de la costa peruana no consigue inhibir la expresión de un racismo cotidiano que alcanza cotas de extrema agresividad. Con un talento y una capacidad de indignación infatigables, Wilfredo Ardito Vega, militante de la Asociación Peruana Pro Derechos Humanos (APRODEH), lleva años redactando la crítica despiadada de esta situación. Sus informes muestran que la lógica de la discriminación por la fisonomía impera no solamente en relación a la gente humilde, sino también para los miembros de la clase media de fenotipo demasiado andino, lo cual explicaría indudablemente el aumento de las denuncias por racismo. (…)
El ejemplo más clásico es, según el psicoanalista Jorge Bruce, la traba mental que a lo largo de la década de 1980 ha impedido a los habitantes de Lima tomar conciencia de la magnitud del genocidio que tenía lugar en la región andina: cerca de 70.000 personas asesinadas a partes prácticamente iguales por el ejército y por la guerrilla maoísta de Sendero Luminoso -es decir, alrededor de veinte veces más que las víctimas de Pinochet y dos veces más que los desaparecidos argentinos. "Me atrevo a señalar -añade Bruce-, que mucha gente en Lima no sentía sólo indiferencia. En el fondo, existía una fantasía de muerte, el deseo no aceptado que todos los serranos se murieran, se mataran entre ellos, y así seríamos un país mejor"
Solamente al cabo de unos quince años, en 2003, la Comisión de la Verdad y Reconciliación (CVR), instituida bajo el mandato de Alejandro Toledo, sacó a la luz la magnitud de la matanza perpetrada sobre las poblaciones andinas: "Hemos encontrado al cabo de nuestras investigaciones que de cada cuatro víctimas, tres fueron campesinos o campesinas cuya lengua materna era el quechua. Se trata, como sabemos los peruanos, de un sector de la población históricamente ignorado por el Estado y por la sociedad urbana, aquella que sí disfruta de los beneficios de nuestra comunidad política. […] La Comisión no ha encontrado bases para afirmar, como alguna vez se ha hecho, que éste fue un conflicto étnico. Pero sí tiene fundamento para aseverar que estas dos décadas de destrucción y muerte no habrían sido posibles sin el profundo desprecio a la población más desposeída del país, evidenciado por los miembros del PC-Sendero Luminoso y agentes del Estado por igual, ese desprecio que se encuentra entretejido en cada momento de la vida cotidiana de los peruanos". La práctica de la violación colectiva y organizada es otra faceta de la "guerra sucia" peruana: "La comisión identificó sesenta bases antisubversivas donde sistemáticamente se violaba a mujeres andinas y estos crímenes están en total impunidad. Nadie ha sido condenado y ningún militar ha aparecido siquiera a pedir perdón a las víctimas" (…)
Lucha antirracista y estratagemas de la exclusión
El combate contra esta discriminación profundamente arraigada pasa por varios frentes. Así, se empieza a observar en el medio televisivo tentativas dignas de alabanza, como son los guiones de telenovela de Michael Gómez y Eduardo Adrianzén, que intentan presentar a campesinos indígenas y afroperuanos interpretando roles distintos de los de criados o delincuentes. (…) En el campo estrictamente económico, las campañas de denuncia y boicot empiezan a tener un cierto éxito pues, en un país mayoritariamente cholo, el racismo tiene efectos contraproducentes en términos de marketing. (…) Existen, sin embargo, nichos de mercado donde el racismo sigue siendo por definición un buen negocio, porque es precisamente exclusividad y segregación lo que se ofrece al cliente. (…)
Los nuevos vates de la "raza cobriza"
A falta de un auténtico movimiento indígena, sin duda era inevitable que una corriente política organizada se apropiara de la temática etnorracial en Perú. A principios de su mandato, en 2001, el presidente Alejandro Toledo, economista formado en Stanford (California), pero originario de una ciudad miserable de la provincia andina de Ancash, hizo algún que otro gesto en el sentido de reconocer la dimensión indígena del país. Contando con su pasado de humilde limpiabotas y vendedor ambulante, así como con su fenotipo claramente indígena, durante su campaña se presentó como la reencarnación simbólica del emperador inca Pachacutec (1438-1471) y organizó su ceremonia de investidura en las ruinas de Machu Picchu, con gran despliegue de atavíos y objetos rituales. Pero fue sobre todo su esposa, Eliane Karp, una antropóloga belga especializada en el mundo quechua, la que desplegó una actividad ostensible a favor de los pueblos indígenas. Su principal iniciativa, la creación de la comisión Nacional de Pueblos Andinos, amazónicos y Afroperuanos (CONAPA), no tardó en sucumbir a la rutina burocrática y tuvo que hacer frente acusaciones en buena medida justificadas de cooptación gubernamental, nepotismo y malversación de fondos.
Frente a estas veleidades sin demasiada continuidad, la reivindicación de autenticidad étnica de la familia Humala, que surgió en la misma época, constituye un fenómeno mucho más significativo. No llega a sorprendernos que sea el resultado de un movimiento político de origen militar. En un estudio sobre la "cholificación" del ejército de tierra peruano (la marina y las fuerzas aéreas continúan siendo mucho más elitistas), la antropóloga Lourdes Hurtado Meza relata su experiencia como profesora de inglés en la Escuela Militar de Chorrillos entre 1992 y 1996. Pudo entonces constatar que muchos de sus alumnos llevaban apellidos típicamente andinos: Ancco, Condori, Choquehuanca, Huaqui, Huamán, Mamani, Sulca, etc. En cambio, habían casi desaparecido los apellidos aristocráticos y/o de origen extranjero, todavía típicos de las promociones de las décadas de 1970 y 1980, como Graham., Candiot-Bellmont, Debernardi, Harbauer y Bamberger.
Al hacerse cada vez más plebeyo, el ejército refleja mejor en la actualidad al país real y su composición étnica. Pero, además de esta evolución sociológica, hay que recordar las raíces propiamente ideológicas de cierto indigenismo militar. Cecilia Méndez recuerda que durante su infancia, bajo la dictadura nacionalista y con veleidades socialistas del general Velasco Alvarado (1968-1975), oyó por primera vez hablar quechua en la radio y en la televisión: "Con ese gesto el gobierno buscaba sembrar orgullo y borrar el estigma que se cierne (aún hoy) sobre esta lengua y, sobre todo, sobre quienes la hablan. (…) Ahora bien, al lado de la referencia a la guerrilla antichilena del general Cáceres, la apreciación globalmente positiva del "gobierno revolucionario de las fuerzas armadas" instaurado por Velasco Alvarado es uno de los principales marcadores identitarios del movimiento iniciado en los albores del siglo XXI por los hermanos Humala.
Para el patriarca del clan, Isaac Humala, antiguo militante comunista fascinado por el pasado imperial inca (de ahí los nombres de sus hijos Pachacutec, Ima Sumac, Cusicollor, Antauro y Ollanta) y la disciplina militar, "la especie humana tiene cuatro razas, una de las cuales está prácticamente apartada. La blanca domina al mundo, la amarilla tiene dos potencias: China y Japón, y la negra, pese a no estar también como las anteriores, al menos domina su continente. En cambio, la cobriza no gobierna en ningún lado. Los blancos son el 3%, por lo tanto, en un gobierno verdaderamente justo, participarían en el 3% del poder, de la economía, de todo, […] No puede ser que el 3% domine por quinientos años al 97% de la población"
Esta aritmética racial puede parecernos bastante sumaria, e incluso inquietante en su brutal biologismo, sobre todo cuando se añade al obsesivo antisemitismo destilado por la prensa etnocacerista. Pero, como señala Cecilia Méndez, los Humala son los primeros dirigentes políticos -más allá de los gestos veleidosos de la pareja presidencial Toledo- en reivindicar abierta y políticamente "[el] orgullo por los componentes 'cholos' y por los rasgos físicos y apellidos de origen quechua o aymara en un país donde instituciones, publicidad y políticos no hacen sino denigrar estos elementos (ya sea activamente o con su silencio). Ningún partido político parece considerar la discriminación racial o la exclusión lingüística como un tema central. Este asunto es usualmente dejado a las ONG y organizaciones de derechos humanos. (…)"
Marc Saint Upéry, El Sueño de Bolívar. El desafío de las izquierdas sudamericanas.
Ragarro
22.07.09




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Luis Anamaría http://socialismoperuanoamauta.blogspot.com/
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