miércoles, 1 de febrero de 2012

HOMENAJE A CESAREO MARTINEZ : LAS PALABRAS DE MANUEL AUGISTIN MARTINEZ CACERES

LAS PALABRAS
Manuel Agustín Martínez Cáceres

De niño, la “palabra” serio evocaba para mí todo aquello concerniente a los adultos
y ajeno a cualquier concepto infantil. Evidentemente, como todo niño que tan solo quería crecer, discutir de los temas serios me hacía sentir importante y maduro. En ese contexto, era normal que considerara mi padre como una persona antipática, pues muy pocas veces me tomaba “en serio”. En sus conversaciones y observaciones, mi padre buscaba siempre la manera perfecta de burlarse de mí y tomarme el pelo. Siempre queriendo hacerme creer que las montañas deambulaban en procesión hacia el este, a las cinco de la tarde. Que si un pobre perrito no puede alcanzar su objetivo, “el perro unido jamás será vencido”. Siempre remarcándome que el peruano es una persona muy cuerda, porque a cada cuadra se leía unapancarta “SE VENDE RAZÓN AQUÍ”.

Fue una época muy difícil. Mi padre, dándose cuenta de que la violencia y la opresión
lo acompañarían aún durante algunos años más de su vida; y yo queriendo ser una persona adulta, “seria”, diciéndome que Martínez era un bonito apellido, pero que no había existido hasta ahora ningún presidente Martínez. Y dale con lo de ser serio. Al leer Cinco razones me levanté contra él y me dije a mí mismo “¿Por qué mi papá nunca me habló realmente de su lucha, tan seria?” Porque en realidad nunca lo hizo. Y anduve amargo con él durante algún tiempo.

Hace seis años, cuando él se convertía en el papá modelo que todo universitario
sueña tener, me llamaron para decirme que Cesáreo Martínez acababa de morir. Mi primera reacción, por supuesto, fue de ponerme a llorar como todo hijo que pierde a su padre. Luego me puse a recordar muchos de aquellos momentos pasados en su compañía. Cómo lo quería cuando, aún niño, me sacaba a pasear (y de paso me perdía el 50% de las veces) llevándome al parque central de Chosica, donde podía vengarme haciéndole pagar mis video-juegos. Cómo lo odiaba cuando se aparecía delante de mis amigos con su broche “Democracia Ya” que hacía reír a más de uno (en realidad teníamos ya 15 años y pensábamos, ingenuos y ciegos, que Fujimori no estaba tan mal en la presidencia del país). Reviviendo todo tipo de recuerdo comprendí al final que mi padre nunca se burló de mí, sino que participó activamente a mi formación. Si nunca quiso directamente darme clases de moral o de justicia, su modo de vida y sus acciones siempre estuvieron ahí, formándome indirectamente.

Creo que mi padre, imitando la naturaleza, era una persona amoral, demasiado libre
para poder tener una línea de acción que no fuera guíada por su “instinto” de ser humano. Sus textos lo demuestran. La lucha por la libertad, la justicia y la verdad que él emprende en muchos de sus escritos son para mí el resultado de un razonamiento instintivo y no el fruto de una educación cívica. Un hombre que se fiaba muchísimo a su instinto e intuición, confiando en sus amigos, aspirando a la libertad y sobretodo protegiendo la verdad.

Los que conocieron a “Chacho” Martínez (nunca lo llamé así, no me gusta ese
sobrenombre) saben que le encantaba jugar con las palabras. Y al decir “jugar con la palabra”, quiero decir que mi padre la antropoformizó y la convirtió en su compañera de juego. La palabra, ese conjunto de sonidos y fonemas que transmiten una idea, considerada por muchos eruditos como la herramienta principal que define al ser humano, no era la herramienta sino la compañera de juego de mi padre. ¡Cómo extraño esos delirios que tanto me enervaban! ¡Cuántas veces más deberé esperar escuchar aquellas frases torturadas y cambiadas, que tanto
lo hacían reír!

Hace seis años y medio entonces, mi padre se fue de este mundo. Se llevó consigo
su estruendosa carcajada y su profunda mirada. Contento y casi llorando se despidió de mí unas semanas antes. Instintivamente, se despidió también de algunos de sus amigos. Y si el Perú perdió un buen escritor y un soñador nato, yo perdí a mi padre (que honestamente, no era un padre nato). Se fue antes de que pudiera presentarle “la amiguita”, antes de que pudiese siquiera hablarle de ella, incluso antes de que pudiera invitarlo a comer a algún restaurante para festejar un cumpleaños más. Ni siquiera tuve la oportunidad de decir “Ya, ya” a sus sendos consejos una vez más.

No soy capaz de juzgar el valor literario de Sol de Ciegos. Mi formación y mi
ignorancia literaria me lo impiden. Sin embargo, amo ese manuscrito como si fuese la
resurrección de mi padre. De todas sus obras, Sol de Ciegos muestra un Cesáreo Martínez que se asemeja más a la imagen que guardo de mi padre. Un hombre que teme la soledad, la mentira, enamorado de su estilo de vida, de su instinto-convicción; un hombre con el que me gustaría identificarme. Un mejor amigo con problemas (como todos en realidad), humano, justo. Con muchos defectos que no enumeraré, pero señalaré su existencia, convirtiendo mi padre en un hombre normal y no en un héroe. Muy parcialmente, entonces, afirmo que Sol de Ciegos es la mejor de sus obras.

Con la adolescencia y la rebeldía, mi padre se convirtió rápidamente en un modelo
para mí. Sus ideales y sus convicciones sociales ayudaron a formar los míos. Su buen humor y su pasión por su trabajo me sirven hasta ahora para poder continuar con el mío. Su pasión por la literatura dejó en mí, pobre científico cartesiano, la manera perfecta para otorgar un poco de arte y belleza a mi mundo y a mi vida.

Hace poco, leí por la enésima vez Sol de Ciegos, y me hizo tanto bien. Y es
que es hermoso poder reír y llorar delante de una hoja escrita. Citaré un verso de este poemario ‘Mirando los cerros’: “Hijo, ¿qué te pasa? Tu padre volverá pronto”. Pero mi padre jamás volvió. Sólo las palabras de mi madre siguen sonando en la noche.

Manuel Agustín Martínez Cáceres

Texto enviado con ocasión de la presentación del libro póstumo Sol de Ciegos de Cesáreo Martínez
en la Casona de la UNMSM, en julio de 2008

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