miércoles, 25 de mayo de 2016

RICARDO MELGAR : ANTE LA MUERTE DE OSWALDO REYNOSO

«Entre los despojos de la tarde
nos hemos congregado para escucharte» Oswaldo Reynoso
Una gran pérdida para la narrativa peruana, para sus amigos, colegas y discípulos. Oswaldo Reynoso seguirá gravitando en nuestra memoria de la mejor manera. En 1962 era una figura desconocida para la mayoría de los jóvenes de mi edad. Sus dos libros publicados previamente habían tenido restringidos públicos lectores. Un año más tarde, cambió el horizonte gracias a la segunda edición de «Los Inocentes», conocida a partir de 1964 como «Lima en rock». Reynoso devino en figura disidente y respetada dentro de la narrativa peruana. Va el anécdota de nuestra primera y accidental aproximación a la obra de Reynoso. Vuelvo a 1963. Un viernes en la tarde, Jorge Puccio, Humberto Devettori y Enrique Miróquesada, vísperas de concluir nuestros estudios secundarios, decidimos realizar una incursión por el centro de Lima. Recorrimos varias calles del centro histórico, mientras intercambiábamos ideas acerca de nuestro futuro. Fue Jorge quién lanzó una idea atrevida: «es tiempo de formar nuestras bibliotecas, será nuestro punto de arranque». Todos poseíamos libreros en los cuales se agrupaban obras diversas que nos habían sido heredadas o regaladas. Carecíamos de la idea o proyecto de formarlas según nuestras preferencias mudables o no. Al llegar a la Plaza San Martín, divisamos un quiosco de Populibros que vendían paquetes de cinco libros a precios muy accesibles. El editor era el escritor Manuel Scorza. Curioseamos los libros en venta y como si nos hubiésemos adivinado el deseo compartido, realizamos nuestra primera compra de libros. A partir de entonces cambió nuestro sino. Fue en sentido figurado un ritual de pasaje. Uno de esos libros era «Los inocentes». Obra acerca de las tramas urbanas de la vida ordinaria de adolescentes y jóvenes de extracción popular: enamoramiento, sexualidad, rock, baile, billar, bronca, transgresión, detención policial, deseos y sueños.
Dos años más tarde, frecuentaba el café bar «El Palermo», allí conocí a Oswaldo al participar en un círculo ampliado en el que se hablaba de novedades literarias y políticas. Su círculo cerrado era «Narración» el cual se proyectaba a través de una revista cultural de combate que llevaba el mismo nombre. Dicha revista floreció entre mediados del sesenta y principios del setenta del siglo pasado. Oswaldo, una noche sesentera en el Palermo, posiblemente un sábado, nos propuso a todos los que estábamos en su mesa, irnos de noche de pueblo. Asentimos y nos cooperamos para irnos en dos taxis. La ruta la eligió nuestro narrador, quería literalmente darnos un baño de pueblo a lado de los migrantes andinos. Arribamos a uno de los márgenes del Coliseo.Oswaldo capitanéo al grupo y nos hizo ingresar a una cantina con rocola, la primera que encontramos. En dicho local, además de nosotros, había un fornido joven huancaíno que se solazaba tomando cerveza y poniendo música huanca: chonguinadas y huaylas. Oswaldo motivado por ese despliegue de nostalgias culturales de este migrante, decidió darnos cátedra acerca de la música de la sierra central. No faltó quién le dijese: «pura paja teórica y nada de baile. » Oswaldo aceptó el reto. Salió al ruedo junto a la rocola y desafío al joven huanca a bailar chonguinada. Resultó entre lúdico y cómico el señorial baile en pista tan limitada de espacio. Nuestro narrador no quedó contento y desafío al mismo joven a bailar huaylas. Los zapateos de Oswaldo y del joven nos impresionaron, tanto como sus movimientos y cortes de cadera. Fuerza y movimiento. La prueba era quién rompía el piso de a de veras y quién tenía más fuerza de cadera. Los encontronazos fueron espectaculares que mirábamos con algo de asombro y entusiasmo y no pocos brindis por los bailadores. Sin embargo, el joven huanca sacando toda su fuerza, le dio tal caderazo a Oswaldo que lo mandó de espaldas sobre nuestra mesa. Se acabó el baile. Aplaudimos a ambos a rabiar. Decidimos consolar a Oswaldo con dos nuevas tandas de cervezas. Cierro estas evocaciones, con la memoria abierta y abatida.


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