miércoles, 29 de junio de 2016

Fwd: 28 de junio. Día del Árbol. El árbol de mi infancia.


---------- Mensaje reenviado ----------
De: <dsanchezlihon@aol.com>
Fecha: 28 de junio de 2016, 9:39
Asunto: 28 de junio. Día del Árbol. El árbol de mi infancia.
Para:


 
 
 
 
 


 
CAPULÍ, VALLEJO Y SU TIERRA
Construcción y forja de la utopía andina
 
2016 AÑO
CONSTRUCCIÓN DE CONCIENCIA
Y CONCRECIÓN DE SOLUCIONES
 
JUNIO, MES DE LOS NIÑOS,
DEL MEDIO AMBIENTE, DE LA GLORIA
DE ARICA Y DE LA IDENTIDAD ANDINA
 
CAPULÍ ES
PODER CHUCO
 
SANTIAGO DE CHUCO
CAPITAL DE LA POESÍA
Y LA CONCIENCIA SOCIAL
 
*****
 
28 DE JUNIO
 
 
DÍA
DEL
ÁRBOL
 
 
FOLIOS
DE LA
UTOPÍA
 
EL ÁRBOL
DE MI
INFANCIA
 
Danilo Sánchez Lihón
 
Profesor de sollozo
–he dicho a un árbol–
palo de azogue, tilo rumoreante...
César Vallejo
 
 
1. El árbol
y las aves
 
Si algo conozco de jilgueros, gorriones, picaflores y torcazas es porque de niño tuve un árbol que era mi amigo, mi confidente y hasta un protector mío, hasta donde subía a compartir alegrías y tristezas, confiarle secretos y formularle preguntas.
¡Era una casuarina!
Subido a ella permanecía horas admirando la vida y milagros de las aves y de todo ser que transitara por sus ramajes sin tiempo.
Así: orugas, mariposas, abejorros; pero también contemplando iridiscencias fugaces, panales de mieles y nidos siempre estupefactos.
Allí también, el balanceo rumoroso de sus hojas, sintonizar la cadencia de la vida recóndita, los aromas que emana la tierra y el perfume que exhala cada flor.
Allí el poder oír desde su copa la conversación ingenua o el habla de la gente, que es muy distinto a escucharla desde el suelo y desde  tierra.
Allí cada perspectiva del campo, de cerca y en lontananza se hace más diáfana. Allí los cambios de tonos y formas de los arreboles en el cielo se lo sienten más en el alma.
 
2. Creció
robusto e indómito
 
Ese árbol lo plantaron mis padres en Urupamba, a tres cuartos de hora de camino, en la parte alta de Santiago de Chuco, al lado de una casa de campo que son terrenos de mi tío Leoncio y de mi tía Carmen, y que era como si tuviéramos un huerto tras la casa.
Y lo sembraron allí porque mis padres, recién casados, no tenían ni una pulgada de tierra dónde caerse muertos. Ni tampoco lo tuvieron después, ni nunca. Pero sí nos concibieron a nosotros, sus hijos, que en realidad somos sus gajos de tierra transida y temblorosa.
Cuando niño yo iba frecuentemente a ese sitio, donde se erigía la casuarina en medio de aquel campo fragante, y al costado de la cabaña que se adormilaba a la sombra de aquel árbol, orgulloso y raro en ese paisaje a la vez sencillo y silvestre.
Lo adopté como mío mucho antes de que yo pudiera entender ni darme cuenta de la historia que ese árbol representaba. Y de cómo mis padres se hicieron de esa planta. Y de cómo la sembraron allí, donde creció robusta e indómita para que yo en ella me albergara.
Ahora simboliza para mí una tierna historia de amor, cual es el cariño que mis padres inocentes y candorosos se profesaron.
 
3. Formulada
la petición
 
Porque los hechos ocurrieron así:
Mi madre era una niña preciosa e hija de una de las familias más ricas del pueblo. En cambio don Pascual Danilo, mi padre, era un muchacho humilde, tímido y más bien cerril. Y con mucha inclinación y arraigo por todo lo que fuera campesino; hermano mayor de una familia numerosa cuyo padre había muerto.
Un ser noble, correcto y límpido, respetuoso hasta de que una araña se descuelgue y se balancee en el aire sin él poder matarla, porque de repente se ilusiona que ella va a traer la suerte. ¡Ingenuo, el pobre! Pero, ¡quien fascinaba a esa niña!
Cuando se atrevió a pedir su mano animado por ella que tanto lo seguía con la mirada, fue una tremenda concesión sólo el hecho de que mi abuelo Benigno Rojas le concediera la entrevista. Hasta ahí llegó y no pudo ir más allá el ruego que le hiciera a ese señor ufano su hija predilecta y consentida; porque además de linda mi madre es valerosa.
Formulada la petición en la audiencia que le concedió mi abuelo, quien no paraba de preguntarse cómo se atrevía ese guiñapo a pedir la mano de su joya más preciada, le preguntó a quien sería después mi papá lo siguiente: si se había dado cuenta cómo vivía la señorita de la cual él se atrevía a pedir su mano, y con la cual él pretendía casarse. A lo que el inocente muchacho respondió que sí.
 
4. Amaba
a ese muchacho
 
Ahí vino entonces la verdad categórica: ¿Iba a poder darle la misma condición social?
Si tanto enfatizaba que la quería y la adoraba, ¿iba a poder darle la misma situación económica?
Para aumentar su humillación y vergüenza le requirió que mi padre le expusiera cuáles eran sus ingresos y recursos económicos.
El colmo de sincero y desolado el pobre empezó a tratar de hacerlo. Porque, ¡cándida es la gente que ama! ¡Y más si es de alma campesina y no se da cuenta a veces del ridículo que hacen ante los señores!
Allí mi abuelo, que dos veces fue alcalde de esa ciudad señorial, montó en cólera y ya enojado se puso de pie y le dijo:
– ¡Hágame el favor de retirarse y nunca más volver a pisar esta casa! echo que mi padre cumplió con eso hasta morir. Así lo quisiéramos llevar arrastrando.
Y lo amenazó con recluirlo en un asilo de locos o mendigos, si se atrevía a seguir mirando a la niña de sus ojos, quien, bañada en lágrimas no sabía cómo decirle a su padre adorado que ella amaba a ese muchacho valeroso, aunque inerme e indefenso en lo que su padre le exigía.
 
5. Sellaba
ese destino
 
Después de esta conversación mi futuro padre trató de convencer a esa flor rozagante que se olvidara de él, a fin de ser feliz y hacer dichoso a su padre y a toda su familia. Aunque prometió nunca olvidarla ni dejar de amarla siempre.
Ahí vino la decisión terrible de esa niña, cual fue rechazar de plano la sugerencia. Y al contrario, resolvió abandonar su casa donde todo lo tenía, y fugarse con él que no tenía nada, salvo la devoción que a ella le profesaba.
Este hecho significó para mi madre ser desheredada. Y marginada de por vida de su casa matriz. De lo contrario yo firmaría como Sánchez Rojas, como era el apellido social de mi orgulloso abuelo.
Y esa niña siguió a mi padre, fuese él a donde fuese, sobre todo por las sendas rijosas de las privaciones de todo cariz. En Trujillo ella, que antes bastaba que se antojara algo para que lo tuviera, tuvo que lavar ropa ajena para ayudar a mi padre en los estudios a fin de hacerse Preceptor Rural de Educación.
Elección de ser maestro, con lo cual él reafirmaba que no le había amedrentado la condena de mi abuelo de carecer de recursos económicos, sino que elegía mi progenitor esa profesión sellando ese destino y vocación de pobreza para siempre.
 
6. De balcones
enrejados
 
Y esa condición se mantuvo hasta el final de su vida, en la cual no acumuló ni pretendió jamás ningún bien material.
– Aprendí a comer camotes –dice mi madre con sus ojos hechos una fuente– que antes los botaban y nadie los comía. ¡Ahora sí se sirve hasta en los platos de lujo! ¡Y son ricos! Así refiere, resistiéndose y a punto de llorar cuando evoca esos días. Y más bien haciendo la mueca de querer sonreír, para disimular.
Ya los dos pajarracos en Trujillo salían a matar el hambre paso a paso, cogidos de la mano por la placita de El Recreo, de inmensos ficus centenarios y confiterías luminosas, bajo toldos multicolores que mostraban helados y productos apetitosos que ellos no podían probar sino solo apenas mirar.
Ella siempre preciosa, aunque ahora leve y pálida, ¡cuando había sido rolliza y sonrosada! ¡Pero ahora más angelical todavía! Ambos caminaban como dos provincianos desubicados y tímidos.
Daban vueltas y vueltas sin poder probar bocado alguno en la ciudad colonial, de casonas solariegas y delicadamente iluminadas, de balcones enrejados y alminares que remataban en arabescos. Y carrozas relucientes que pasaban llevando dentro gente atildada y de abolengo.
 
7. Ilusionada
y bella
 
Mirándose a los ojos y observando los juegos y tío-vivos, llegaron hasta una tómbola ubicada al centro de la placita, donde se rifaban variedad de artefactos y otros cachivaches.
Todo ocurrió tan rápido que mi padre, sin saber cómo ni por qué ya tenía entre los dedos un boleto que el animador avispado, criollo y zamarro dejaba en las manos de los distraídos caminantes y transeúntes que por allí pasaban.
– ¡Nunca tengo suerte en rifas! –Se disculpó quien sería mi futuro papá ante la jovencita candorosa, quien después sería mi mamá. Y a quien él nunca dejó de tratar como una princesa nacida en cuna de oro.
– ¡Yo nunca he ganado nada en sorteos! –Le volvió a repetir a ella tratando de devolver el papelito.
Pero al verla a su lado tan inocente, ilusionada y bella, solo por deferencia le preguntó:
– ¿Tú, quieres apostar?
– ¡A ver! ¡Sí! ¡Por nuestro amor! –Dijo ella echándose a sus hombros, sonriente y cogiendo el boleto. Y añadió enternecida– ¡Todo sea nuestro bien!
 
8. Sonreía
el destino
 
Y mi padre tuvo que alcanzar las únicas monedas que tenía. Y que eran para el pan de esa noche y los camotes de los días venideros.
Corrió la ruleta. Y se fue deteniendo poco a poco hasta dar con el número que justo era el que tenía en la mano la princesa de los cuentos de hadas. ¡Y mi futura mamá!
– ¡Suerte! ¡Suerte! Vean cómo a esta linda parejita, ¡señores y señoras!, ¡les sonríe la suerte! –Grita sensacional y a todo pulmón el vendedor o rifero.
Ellos se alegraron. ¡Saltaba de alegría mi madre! ¡Por fin les sonreía el destino! ¡Y no todo sería sacrificio y privaciones para siempre!
Ahora la suerte, hasta entonces esquiva, de rostro adusto e implacable con ellos, les hacía por lo menos una dulce guiñada.
– ¡Ya ves! –Le decía ella–. ¡Vamos a ser felices! ¡Y tiene que llegarnos la dicha algún día!
¿Qué se habrían ganado? ¿Una plancha para desajar los vestidos? ¿Una lámpara para alumbrarse en la oscuridad en que vivían? ¿Una pequeña cocina para cocer los alimentos crudos que comían? Ellos no sabían lo que se había puesto en juego.
 
9. No
lloré
 
– ¿Qué es? ¿Qué es? –preguntaban con ansiedad.
¡Se habían ganado una plantita, chiquita y enjuta como un pollito o un pajarillo desvalido! Como ellos, una presencia desolada en la infinitud del universo.
¡Qué decepción! ¡Qué desencanto en esos días de hambre, de frío y desamparo!
Se sonrieron por compromiso y siguieron caminando ya con la bolsita de papel periódico húmeda y acunada en los brazos de quien sería mi mamá.
Caminaban cada uno pensando en la ironía del destino: ¡No tenían casa donde vivir, ni luz en el cuarto, ni agua corriente, que había que traerla del caño del callejón de enfrente! ¡Nada!
Y ahora se les agregaba un ser todavía más débil y tenue. Ser que les traspasaba su frío después de caminar varias cuadras apretada como iba contra el vientre de mi mamá.
– No lloré por orgullo y por el cariño que le tenía a tu papá. –Se seca primero unas lágrimas mi madre cuando cuenta y ya no resiste echarse a llorar. Pero después, y ya sin poder contener su llanto de aquella vez, no este que es otro, le preguntó entre sollozos quién era ya su esposo.
– ¿Qué hago con esta plantita? –Le inquirió humilde, al verlo a él cabizbajo y meditabundo.
 
10. Aún
vivía
 
– No sé. Si quieres déjala por ahí. –Le respondió él, más confundido que seguro de lo que decía.
Pero, más por vacilación que por creer que hacía bien, mi madre no pudo deshacerse de ella.
Tres meses duraron los cursos vacacionales, tiempo en el cual mi madre cuidó de la plantita en la habitación fría y oscura del colegio adonde habían conseguido posada por estar estudiando mi padre para ser maestro.
Cuando tuvieron que regresar ese palito apenas verde con solo dos hojitas diminutas ¡aún vivía en su bolsita de papel periódico!, sin haber desarrollado ni un solo milímetro, seguro por recato. Ni decrecido tampoco, quizá con buena intención y cautela.
Y fue lo único que trajeron en el maletín, en la góndola temblequeante que los trajo de vuelta, y al descender a la calle empedrada sostenían en sus brazos como equipaje, ya en Santiago de Chuco.
La sembraron en Urupamba, al lado de una cabaña de campo perteneciente a mis tíos Leoncio y Carmen, hermana de mi padre; lugar adonde nosotros frecuentemente íbamos.
 
11. Por su tronco
sonoro
 
Allí creció, al principio titubeante e indecisa, porque era rara entre todas las plantas de la comarca, en donde reinaban altivos alisos, robles portentosos, eucaliptos ariscos, fresnos primorosos y señoriales jacarandás.
Pero después la plantita tomó confianza y creció indetenible, tanto que superó en altura a los árboles más soberbios y ufanos que la miraban extrañados.
Eso sí, tengo que decirlo, creció un poco torcida y ladeada hacia el techo de la cabaña, como queriendo protegerla, cubriéndola con su sombra y sus exhalaciones de cariño.
Cuando yo era niño, ni bien cruzaba la tranquera, por donde se desbordaba una acequia, y donde había una poza casi siempre cubierta por las hojas amarillas, corría a abrazarme de ella.
Chapoteaba sobre el agua de la poza desbordada adonde caían las hojas de un manzano que crecía a su vera, de tronco robusto y adonde yo iba tirando la alforja, la gorra, el saco, y cuanto me dificultara en los brazos, para treparme a la casuarina por su tronco sonoro hasta sus ramas altas.
 
12. Tierna
historia de amor
 
Allí se posaban todas las aves que hay en el universo, y a toda hora: sea en las mañanas, sea en las tardes o ya sea en las noches asombradas.
Allí yo espiaba los nidos de gorriones bulliciosos: las santas rositas azuladas, las cuculíes que nos enternecían con sus trinos y zureos.
Bajo su sombra protectora, ya a oscuras, llegaban hasta sus ramas las lechuzas y el tuco temible, que donde se pose la gente lo corre y espanta a pedradas.
Para nosotros, por el hecho de guarecerse en nuestra casuarina, dejaba de ser un anuncio de malagüero.
Y, al contrario, nos daba confianza, porque era tener al malvado y malhechor pero de aliado y consejero:
– Tucúuu, tucúuu, tucúuu. –Arrullaba por las noches con su canto temible nuestro sueño.
Ahora, cada vez que distingo de cerca o a lo lejos una casuarina, evoco aquella de mi infancia. Y la tierna historia de amor que por siempre se depararon mis padres.
 
 
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